SEXPLOSIÓN (Simón Merril)

 

Si hemos de creer en lo que dice el autor —y cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a creer en los autores de ciencia ficción— la actual riada de sexo se va a convertir en un diluvio en los años ochenta. Pero la acción de la novela Sexplosión empieza veinte años más tarde, en una Nueva York cubierta de masas de nieve, durante un crudo invierno. Un anciano de nombre desconocido camina con dificultad, hundiéndose en la nieve y chocando con loscoches sepultados, llega a un rascacielos oscuro y silencioso, saca del bolsillo una llave ligeramente entibiada por el contacto con su cuerpo, abre un portal de hierro y baja al sótano. El camino recorrido por el hombre y unos recuerdos intercalados constituyen el contenido de la novela.

Aquel subterráneo sumido en una oscuridad rasgada solamente de trecho en trecho por el débil haz de luz de una linterna, sostenida por la mano temblorosa del anciano, era una especie de museo o, tal vez, una sección de expedición (o más bien sex-pedición) de un consorcio poderoso de la época en que América invadió una vez más Europa. La manufactura semiartesanal de los europeos se vio enfrentada con la marcha implacable de la producción automatizada, obteniendo una victoria instantánea el coloso postindustrial de la ciencia y la técnica. En el campo de batalla quedaron en pie tres consorcios: GENERAL EXOTICS, CIBERBORDELICS y LOVE INCORPORATED. Cuando la producción de estos gigantes estaba en su apogeo, el sexo —hasta entonces una diversión privada, una gimnasia colectiva, un hobby, o un coleccionismo artesanal— se convirtió en la filosofía de la civilización. McLuhan, un viejo robusto que vivió hasta aquellos tiempos, demostró en su GENITOCRACY que ése, precisamente, ha sido el destino de la humanidad desde que ésta escogió el desarrollo técnico, y que ya los remeros de la antigüedad encadenados a las galeras, los leñadores del Norte con sus sierras, la máquina a vapor con su cilindro y émbolo, habían marcado el ritmo, la forma y el sentido de los movimientos que componen la actividad sexual, o sea, el sentido del hombre. La despersonalizada industria USA absorbió las sabias posiciones del Oriente y del Occidente, transformó las trabas medievales en cinturones de incastidad, indujo a los artistas a proyectar copuladores, sexarios, magnopenes, megaclitos, vaginetas, pornotas, puso en marcha convoyes esterilizados de los cuales empezaron a bajar sadomóviles, cohabiteros, sodómnicos caseros y gomorcados públicos y fundó, al mismo tiempo, unos institutos científicos de investigación, dedicados a luchar por la liberación del sexo de la servidumbre de perpetuar el género humano.

El sexo dejó de ser una moda, ya que se había convertido en una fe. El orgasmo pasó a ser un deber ineludible y constante; sus contadores con saetas rojas ocuparon el sitio de los teléfonos en las oficinas y en la calle. Entonces, ¿quién era el anciano errante por los corredores de las salas subterráneas? ¿Un consejero jurídico de GENERAL EXOTICS? En sus recuerdos aparecen unas causas famosas, que habían llegado hasta el Tribunal Supremo, sobre el derecho a reproducir mediante maniquíes el aspecto físico de personas famosas, empezando por la First Lady de Estados Unidos. GENERAL EXOTICS ganó el juicio al precio de doce millones de dólares y ahora la luz trémula de una linterna se refleja en las polvorientas campanas de plástico, bajo las cuales permanecen las primeras estrellas de cine y las primeras damas de la alta sociedad mundial, princesas y reinas con magníficos atuendos, impuestos, como una condición inexcusable, por el fallo del tribunal.

En el transcurso de un decenio, el sexo sintético progresó de un modo espectacular, desde los primeros modelos, hinchables o de cuerda, hasta unos prototipos con regulación térmica y acoplamiento retroactivo. Los originales habían muerto mucho tiempo atrás, algunos de ellos vivían aún, convertidos en asistencia, viejas momias; pero el teflón, el nilón, el dralón y el Sexofix habían resistido a la acción del tiempo y, como en un museo de figuras de cera, las bellas damas, arrancadas a las tinieblas por la luz de la linterna, miraban al anciano con una sonrisa fija en los labios. Todas ellas tenían en la mano una cassette con un programa de seducción grabado (la sentencia del Tribunal Supremo prohibía al vendedor colocar la cinta en el maniquí, pero cada comprador podía hacerlo en privado en su casa).

Los lentos y vacilantes pasos del viejo solitario levantaban torbellinos de polvo, a través de los cuales se transparentaban en rosa pálido, en el fondo de la sala, unas escenas de amor colectivo (las había incluso de treinta personas), parecidas a enormes rosquillas o cocas apretadamente trenzadas. ¿Era, tal vez, el mismo presidente de GENERAL EXOTICS quien andaba por los estrechos pasadizos entre los gomorcados y los acogedores sodómnicos? ¿O, quizá, el proyectista principal del consorcio, aquel que había dado forma genital primero a América y luego al mundo entero? El aposento contiguo estaba lleno de paneles con sus mandos y programas, con aquel precinto de plomo de la censura por el cual se había entablado una causa jurídica a seis niveles, así como de montones de contenedores, listos para el envío a los países de allende los mares, repletos de bolas japonesas, olfatorios, cremas preamatorias y miles de otros artículos de esa clase, previstos de instrucciones para el uso y folletos explicativos.

Era la épica de una democracia por fin conseguida, donde todos podían hacerlo todo con todos. Atentos a los consejos de sus propios futurólogos, los consorcios contravinieron el decreto antitrust, se repartieron clandestinamente el mercado mundial, desarrollando, cada uno de los tres, una especialización diferente. El GENERAL EXOTICS promocionaba la igualdad de derechos entre la norma y la desviación, y los dos consorcios restantes invertían grandes capitales en la automatización. Para convencer al público de que la saturación del mercado era imposible, ya que la gran industria, si es de veras grande, no se limita a cubrir, simplemente, las necesidades sino que las crea, se comercializaron prototipos de mayales para la flagelación, de trilladoras y de azotadoras especiales. Los medios antiguos de lascivia doméstica fueron a parar junto a los sílex y los palos de los hombres de Neardenthal. Los hombres de ciencia organizaron unos cursillos preparatorios de seis u ocho años de duración, que daban acceso a la carrera superior de ambas eróticas, e inventaron el neurosexátor y toda clase de silenciadores, filtros antirruidos, masas aislantes y aspiradores especiales de sonidos, para que los vecinos no perturbaran mutuamente su reposo y su goce con gritos inmoderados.

Sin embargo, era preciso seguir adelante, siempre y con valor, ya que el estancamiento es la muerte de la producción. Ya estaba en vías de planificación y modelado un Olimpo para uso individual, ya se formaban en las rutilantes factorías de CYBER-BORDELICS los primeros androides de plástico parecidos a las diosas y dioses griegos. Incluso se estaba pensando en los ángeles, para cuya fabricación había sido prevista una reserva financiera para los costos de eventuales juicios intentados por las Iglesias. Por otra parte, había que dar una solución a ciertos problemas técnicos: ¿Que material usar para las alas? La pluma natural podía hacer cosquillas en la nariz. ¿Debían ser movibles? ¿No sería una molestia? ¿Y la aureola? ¿Qué clase de interruptor de su luz y dónde colocarlo? Etc., etc. Entonces se abatió como un rayo la catástrofe.

La substancia química necesaria para la producción, llamada —en clave— NOSEX, había sido sintetizada ya mucho tiempo atrás, tal vez en los años setenta. Conocía su existencia sólo un pequeño grupo de profesionales iniciados. El producto, obtenido por los laboratorios de una modesta empresa relacionada con el Pentágono, fue considerado al principio como un arma secreta. En efecto, el NOSEX, aplicado en aerosol, podía diezmar la población de cualquier país, ya que la ingestión de una fracción de miligramo de la preparación eliminaba todas las sensaciones que acompañan al acto sexual. El mismo seguía siendo posible, pero sólo como una especie de trabajo físico bastante agotador, como, por ejemplo, el lavado y planchado de la ropa. Después se tomó en consideración el proyecto de utilizar el NOSEX para frenar la explosión demográfica en el Tercer Mundo, pero la idea fue archivada, a causa del peligro que implicaba.

¿Cómo ocurrió la catástrofe mundial? Nadie lo sabe. ¿Es cierto que los almacenes de NOSEX volaron a consecuencia de un cortocircuito que inflamó un depósito de éter? ¿Fue, acaso, un acto de sabotaje cometido por unos enemigos industriales de las tres compañías, dueñas del mercado? ¿O bien tuvo algo que ver con ello una organización revolucionaria, ultraconservadora o religiosa? Nunca conoceremos la respuesta.

Fatigado por su vagabundeo en la inmensidad de los sótanos, el anciano se sienta en las suaves rodillas de una Cleopatra de plástico (después de haber apretado bien los frenos), y dirije sus pensamientos —como a un abismo— hacia el gran colapso de 1998. En un día, corno por reflejo de repulsa, el público se volvió de espaldas a todos los productos que colmaban el mercado. Lo que ayer tentaba, hoy tenía el mismo atractivo para la gente que la vista del hacha puede tener para un leñador cansado, o la de un barreño para una lavandera. El eterno (al parecer) encanto, aquel embrujo impuesto por la biología al género humano, se esfumó sin dejar rastro. Desde entonces, los pechos sólo evocaban el recuerdo de que los hombres eran mamíferos, las piernas, de que podían andar, y las posaderas, de que tenían sobre qué sentarse. ¡Nada más! ¡Absolutamente nada! Dichoso McLuhan por no haber llegado en vida a esta catástrofe, él, quien en sus obras había interpretado la catedral y el cohete cósmico, el motor de reacción, la turbina, el molino de viento, el salero, el sombrero, la teoría de la relatividad, los paréntesis de las ecuaciones matemáticas, los ceros y los signos de admiración como otros tantos sucedáneos y sustitutivos de esa única actividad que equivale a la percepción de la existencia en estado puro.

Toda esta argumentación perdió su fuerza en pocas horas. La humanidad se vio amenazada por el trance de morir sin dejar descendencia. Todo empezó por una crisis económica, comparada con la cual, la del año 1929 era una bagatela. Su primera víctima fue el comité de redacción del Playboy, que se prendió fuego y pereció entre las llamas. Pasaban hambre y saltaban por la ventana los empleados de los locales de strip-tease, hicieron bancarrota las revistas ilustradas, grandes consorcios de publicidad, institutos de belleza, grandes productoras de películas, se tambaleó toda la industria calitécnica y de perfumería, luego la de ropa interior; en el año 1999, en América había 32 millones de parados.

Entonces, ¿qué podía interesar todavía al público? Fajas para los herniados, jorobas sintéticas, pelucas de pelo gris, individuos afectados de parálisis y temblores, en sus sillas de ruedas, ya que era lo único que no se asociaba con el esfuerzo sexual, esa pesadilla, esos trabajos forzados; interesaba lo único que parecía garantizar la falta de una circunstancia erótica, o sea, el descanso y la tranquilidad. Por aquel entonces, los gobiernos, conscientes del peligro, emprendieron la movilización de todas las fuerzas, para salvar la especie. Los artículos de la prensa apelaban a la razón y al sentido de responsabilidad, los sacerdotes de todas las confesiones aparecían en la televisión, desplegando las más convincentes persuasiones y evocando los altos ideales del hombre; pero aquel coro de voces autorizadas no era capaz de vencer la indiferencia de los oyentes. No surtían efecto ni los manifiestos ni las arengas, que imploraban que los humanos vencieran su repugnancia. Los resultados eran insignificantes: una nación tan sólo, la japonesa, extremadamente disciplinada, obedeció, apretando las mandíbulas, a las consignas oficiales. En vista del fracaso, las autoridades instituyeron unos incentivos materiales especiales, diplomas de honor, distinciones, primas, premios, condecoraciones, medallas y concursos de fornicación. Cuando esta política falló a su vez, vinieron las inevitables represiones. En respuesta, las poblaciones de regiones enteras se negaron en rotundo al deber procreativo, la juventud buscó refugio en los bosques, la gente mayor producía unos certificados de impotencia falsificados, el soborno corrompía las comisiones sociales de control y vigilancia; cada persona se prestaba a controlar eventualmente al vecino, pero ella misma, en cuanto podía, evitaba aquella tarea agotadora.

La época de la catástrofe ya es solamente un recuerdo surgido en la mente del anciano solitario, sentado en los sótanos en el regazo de Cleopatra. La especie humana no se extinguió. La procreación se efectúa actualmente de modo sanitario, aséptico e higiénico, parecido a una vacunación; al cabo de años de inseguridad y peligro, sobrevino una cierta estabilización. Sin embargo, la cultura no soporta el vacío; la tremenda sensación de falta de vivencias, generada por la implosión del sexo, introdujo la gastronomía en el puesto vacante. Esta última se divide en normal y viciosa; existen perversiones gulísticas, álbums de pornografía restauradora, y la absorción de alimentos en ciertas posiciones se considera terriblemente indecente. Está prohibido, por ejemplo, comer fruta de rodillas (la secta de viciosos de la posición arrodillada lucha actualmente por conseguir esta libertad), no se permite comer espinacas ni huevos revueltos con las piernas levantadas hacia el techo. Pero hay (¡naturalmente!) unos locales clandestinos donde los expertos y los «gourmets» disfrutan de espectáculos obscenos: a la vista de los concurrentes, unos plusmarquistas especiales se atiborran de tal suerte que a los espectadores se les hace la boca agua. De Dinamarca llegan de contrabando unos álbums pornoalimenticios, donde se muestran verdaderos horrores (sin excluir la consumición de huevos revueltos a través de una pajita, mientras el consumidor, removiendo con los dedos un plato de espinacas sazonadas con una gran cantidad de ajo y, al mismo tiempo, oliendo salsa de carne al chile, yace encima de la mesa envuelto en un mantel, con las piernas atadas con una cuerda enganchada al molinillo de café, que sustituye en la orgía descrita la lámpara de techo). El premio Femina ha sido adiudicado este año a una novela cuyo protagonista frotaba el suelo con crema de trufa y luego lo lamía, habiéndose revolcado previamente en spaghetti. Cambió también el ideal de la belleza: ahora hay que ser un gordinflón de ciento treinta kilos de peso, ya que así se demuestra una capacidad extraordinaria del sistema digestivo. También la moda ya no es la de antes: no hay manera de distinguir a la mujer del hombre por lo que lleva encima. En los parlamentos de los estados más evolucionados se está debatiendo la cuestión de la posibilidad de iniciar a los niños en edad escolar en los secretos de los procesos digestivos. Hasta ahora, el tema, por indecente, constituye un tabú hermético.

Finalmente, las ciencias biológicas tomaron por objetivo de su desarrollo la liquidación del sexo, un órgano prehistórico superfluo. Los embriones serían concebidos sintéticamente y criados conforme a los programas de la ingeniería genética, obteniéndose por este sistema unos individuos asexuados, lo que acabaría de una vez por todas con aquellos recuerdos espantosos de los cuales no puede librarse la memoria de los que han vivido la catástrofe del sexo. En unos laboratorios llenos de luz, verdaderos templos del progreso, nacerá el magnífico hermafrodita, mejor dicho, el ser sin sexo, y la humanidad, lavada de su infamia anterior, podrá hartarse de toda clase de frutos, prohibidos únicamente por la gastronomía.

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La posibilidad de una isla – Michel Houellebecq

El ensayista y poeta Michel Houellebecq se ha labrado una sólida reputación de novelista desde su primera incursión en el género con Ampliación del Campo de Batalla. Desde entonces ha creado una obra de ficción unitaria, donde cada libro complementa al anterior, hasta el punto de que el sentido global de esta obra sólo se puede asimilar leyéndolas en orden cronológico. La columna vertebral de esta sucesión que continúa con Las Partículas Elementales, Plataforma y la reciente La Posibilidad de una Isla, está compuesta de un análisis realista, crudo, cruel y descarnado de la condición humana, y especialmente de las relaciones sexuales, el amor y el deterioro físico y mental. A través de las historias, Houellebecq compone realmente una obra de carácter filosófico que supone una sacudida, convirtiéndose en una especie de Nietzche de la sociedad de consumo. Los paralelismos con el filósofo alemán son constantes, sobre todo en las referencias a la creación del superhombre (en este caso mediante la ciencia).

Una dosis de darwinismo elemental, el valor del amor como única posibilidad de trascender y las obsesiones del escritor acerca del sexo y la vejez consiguen dar forma no a un pensamiento endeble y previsible como cabría esperar de tal mezcla, sino un discurso vitalista, cínico, humorístico y sorprendente, un golpe constante a cualquier verdad establecida y, por tanto, no apto para políticamente correctos.

En ese sentido, Houellebecq deja unos cuantos anzuelos en La Posibilidad de una Isla. Critica a algunos literatos clásicos o suelta algunos despropósitos machistas o xenófobos perfectamente localizados. Ni hay que decir que los amantes de la corrección han picado a la primera, tachando una vez más al autor de fascista. Con un truco tan fácil, Houellebecq debe haberse relamido los bigotes al dejar en evidencia a tantos “peces” de la estulticia. El ardid de la zanahoria y el caballo funciona todavía.

Estas pequeñas trampas que surgen del escándalo suscitado a raíz de su procesamiento por calificar de estúpido el Islam, se completan con otra novedad basada también en sucesos actuales: la auto-parodia. El protagonista de La Posibilidad de una Isla, un cómico francés, se califica como un fino analista de la realidad contemporánea. El contenido biográfico resulta obvio, y Houellebecq realiza toda una crítica de su propia persona basada en el cinismo, el sarcasmo y la ironía, algo peculiar e impropio en la mayoría de los novelistas. Diseccionar sus miserias mediante el humor parece constituir la vía por la que pasar de la filosofía teórica a la práctica, en cierto modo predicar con el ejemplo abandonando la torre de marfil. Aunque todos los protagonistas de sus anteriores novelas tienen un carácter similar, esta es la primera vez que el alter ego del autor aparece tan claro y queda tan maltrecho como el que más. Con esta “exposición pública”, Houellebecq obliga a sus detractores a bajar a la arena dejando atrás los ataques simplistas, aunque casi todos se han quedado en los anzuelos que comentábamos. En cualquier caso, las referencias a la actualidad no impiden que el lector que esté al margen de estos acontecimientos se pierda por el conjunto de guiños y bofetadas destinadas al mundillo literario y político.

La Posibilidad de una Isla narra los últimos años de vida de un humorista, de sus amores y relaciones sexuales y del contacto con una secta que promete la inmortalidad. En la narración se intercala la historia de algunos clones de los personajes, aunque propiamente no se puede clasificar a la novela dentro de la ciencia-ficción, ya que Houellebecq –como ya hizo en Las Partículas Elementales– suele servirse de algunos elementos de ese género para buscar un alejamiento de aquello que analiza.

A partir de esta base, el escritor se dedica a lo que mejor sabe hacer: hurgar en la herida. A modo de autopsia, en La Posibilidad de una Isla vuelve a abrir en canal a las sociedades occidentales a través de un modelo de personajes característico desde Ampliación del Campo de Batalla: europeos cultos, con cierto talento y una buena formación, que sin embargo luchan en vano por la felicidad, atenazados por sus propias iniquidades y limitaciones, capaces de rozar los sublime en algún instante para ser vencidos casi siempre por su mediocridad y la mezquindad moral.

Houellebecq se enfrenta a todo ello con un estilo distintivo, sin adornos, directo y vibrante, que consiste en dar vueltas a sus obsesiones para extraer alguna certeza. Lo hace con riesgo y “a pelo”, dejando a la vista –si seguimos el símil de la autopsia- las vísceras y su olor pestilente. En ese camino tiene altibajos, reiteraciones, algún pasaje aburrido y bastantes excesos. En ocasiones alcanza un tono profético-visionario algo exagerado, pero en conjunto el talento del autor lleva de nuevo a buen término una novela que siempre es la misma desde Ampliación del Campo de Batalla y que parece asumir como tal. A pesar de repetir la fórmula sigue estremeciendo con las nuevas aportaciones a ese “árbol” y consigue, como en sus libros anteriores, hacer pensar al lector y obligarle a separar el grano de la paja.

En un capítulo de La Posibilidad de una Isla, el protagonista, Daniel 1, reflexiona sobre la dificultad de introducir la pornografía en sus números humorísticos, debido a las dificultades para cambiar este género. Las críticas a Houellebecq por los pasajes de sexo suelen ser constantes, a modo de “si nos saltamos esos fragmentos…”. El escritor parece que se ha propuesto renovar la pornografía, si bien los resultados se asemejan a los conseguidos por Henry Miller, ya que se quedan en pasajes que suponen un descanso tanto para el lector como para el novelista, sin conseguir realmente un más allá en las escenas de sexo. Al igual que Miller resulta mucho más interesante cuando habla de otras cuestiones, pero no hay que minusvalorar dichos pasajes, que si bien explícitos y habituales, sirven unas veces como nexo y otras como respiro, por lo que su importancia siempre es crucial, como sucedía con el novelista americano. En cierto modo, la obscenidad sirve como medio de transporte.

Esta nueva radiografía de la sociedad a través de un cinismo a veces casi insoportable y un humor cáustico ya marca de la casa, ofrece de nuevo el mensaje de los libros anteriores y todo un clásico en la literatura universal: el amor verdadero, aquel en el que las personas pierden su identidad e independencia en favor del otro, es lo único que da sentido a la vida. Todo esto, hay que señalarlo, lo dice un hijo de puta que, parafraseando a Roosvelt cuando hablaba de Somoza, es nuestro hijo de puta. Se recomienda por tanto mantener los barbitúricos, sogas, cuchillas de afeitar y balcones bien lejos durante esta recomendable lectura que nada tiene de condescendiente.

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Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Las amantes (Elfriede Jelinek)

Paula y Briggitte son dos chicas cuyo único objetivo en la vida es casarse con su hombre y dedicarse a él. Las dos se quedan embarazadas y las dos se casan, aunque para una de ellas la "felicidad" y su "sueño conyugal" desaparecerá de la manera más tonta, y por su culpa.

Se trata de la novela de Elfriede Jelinek, de las que yo conozco, más flojita y más fácil de leer. En la contraportada se dice que es una parodia de la novela romántica, pero yo eso no lo he visto mucho. Como en otras obras, Elfriede demuestra un desmesurado odio o rechazo al sexo masculino, o al sexo en general, que puede "hacer gracia" al principio pero que a estas alturas ya resulta cargante y molesto.

Tratemos de pensar que lo que critica es la actitud de esas mujeres sumisas que "viven por y para el amor", y cuya meta en la vida es dejar el trabajo para ocuparse de su casa y de su familia, cuyo horizonte vital es meramente la satisfacción de su "hombre". Parece una crítica de la idealización del "amor" (en este caso dudo de que lo sea, se habla mucho de él, pero los personajes no demuestran nada más allá del deseo de hacerse con un cónyuge o compañero que las "proteja")

Elfriede pinta a esas mujeres con las peores tintas, aunque con cierta dosis de compasión; cifran su salvación, la salvación de una vida vulgar y de trabajo, en un marido; no así, cuando habla de los hombres, que son siempre brutos, zafios, maltratadores, vulgares, borrachos y solo piensan en el sexo.

"heinz se comporta como si no tuviera cerebro, sino solamente rabo"

"dar palizas es divertido, pero Erich aún no lo sabe"

"el cuñado de paula, algo que reparte palizas y se emborracha"

"si erich tuviera que escoger entre paula y una motocicleta, escogería la motocicleta"

Como se puede observar, la visión de Elfriede Jelinek acerca de los hombres no puede ser peor jaja.

Esta novela al parecer fue escrita en el año 1975, con lo cual no sé hasta qué punto estas situaciones que se nos narran son posibles en su país, Austria, hoy en día. Desde luego, parecen propias de otra época.

La novela cuenta de forma paralela las aventuras de las dos chicas, Paula y Briggitte, y sus deseos de cazar a los respectivos Heinz y Erich, el rechazo de los padres de alguno de ellos por la "pretendienta", la irrupción de una chica llamada Susi mucho menos vulgar, de las que se "reservan" y por tanto "tienen más valor en el mercado", las reacciones de las familias cuando las chicas quedan embarazadas (con las típicas dudas de la madre de él: "a saber si es hijo de mi hijo, que la que se va con uno se va con todos, etc, etc"). Como en el resto de la producción de la autora se observa una acusada misantropía, un odio o repugnancia a todo lo que son las relaciones humanas, familiares, de pareja, etc… Sin embargo, esta es, repito, de las que he leído, su novela más "amable". No hay casi descripciones desagradables o fuertes, e incluso las típicas escenas de sexo son contadas con cierto humor, usando expresiones vulgares en ocasiones.
Véase una muestra:

"heinz quiere salir rápidamente antes de que sea demasiado tarde y esté todavía en el interior de briggitte, pero briggitte se cierra, su cabeza está todavía con las pobres pastas de avellana, sí, y con el bolso nuevo espachurrado por el suelo, pero las fuerzas de su cuerpo están completa y automáticamente concentradas en heinz.

heinz siente un gran placer y grita muy fuerte.

briggitte con gusto le metería en el morro toda la pelusa acumulada debajo del sofá, hasta que se le saliese por las orejas.
heinz vuelve a gritar ruidosamente para que se vea lo bien que lo pasa con el trato y el teatro.

briggitte gruñe atormentada, sus globos oculares siguen el camino de las pastas de avellana por medio de la suciedad del suelo. qué guarra qué es la madre, que no barre, aunque ni siquiera tiene que atender a un hombre.

heinz vuelve a gritar ruidosamente, muy rápido, cada vez en espacios de tiempo más cortos. cómo le gusta eso al pedazo de animal.

briggitte estamparía con gusto su cabeza berreante contra la pared. si tiene que hacerlo, ¿no puede por lo menos hacerlo bajito? el niñito saldrá igualmente disparado de su interior, grite más o grite menos.

(…)

briggitte no se mueve, pero está llena de moco. llena de moco pestilente…"

Una curiosidad de la novela es que está escrita sin mayúsculas, como se puede apreciar en este párrafo que he transcrito. Hay puntos y comas, y todo eso pero incluso los nombres propios y las palabras de inicio de frase están en minúscula. No alcanzo a entender las razones de esta curiosa puntuación, a no ser que se trate solamente de llamar la atención.

El humor (negro) que tiñe toda la novela queda de manifiesto también en los títulos de los capítulos, que a veces son de partirse, ejem: "briggitte odia a heinz", "¡qué bonita cópula de nuevo!", "sobre la matriz de briggitte", "¡a briggitte también le da asco heinz!", etc, etc… El estilo es el de siempre, un poco telegráfico y aforístico.

En resumen, una obra que no aporta mucho a la producción de la Premio Nobel austriaca, que no conmueve ni afecta a las vísceras, como sí hacen otras de sus novelas.

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El niño prodigio (Thomas Mann)

Un cuento cínico sobre un niño prodigio, que toca sus propias composiciones al piano, pero que, a mi ver, demuestra su verdadera precocidad en el manejo de las emociones del públco y el engaño del actor circense.
En cierto modo me pareció una versión masculina de Lolita, sin sexo explícto, en la que el protagonista va desgranando efecto sobre efecto para ocultar que lo único que lo hace diferente o superior es su edad. Al mismo tiempo, los personajes que asisten al concierto, van afirmando sus propios miedos, o sus prejuicios, y predisponiéndose a alejar de sí mismos la fascinación que les produce el niño.

Muy inquietante

www.javier-perez.es

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La pianista (Elfriede Jelinek)

 

Erika es una mujer de más de 35 años, profesora de conservatorio, que vive sometida totalmente a su madre, quien no solo la crió para ser un genio (cosa que no logró, ya que fracasó durante un concierto de piano decisivo) sino que controla todos y cada uno de sus movimientos, especialmente que se acerque a hombres. Esto provocará una represión brutal en la profesora de piano y todo tipo de perversiones sexuales y fantasías autodestructivas, por no hablar de la terrorífica relación amor-odio entre madre e hija. Pero un día Walter Klemmer, un joven sano y fuerte, alumno de Erika se enamora de ella y hace lo posible por ser correspondido. Su relación llegará al límite.

Ya había leído otra obra de Elfriede Jelinek y por tanto estaba familiarizada con su peculiar estilo de escritura, que se caracteriza por el uso del tiempo presente, la frialdad y desapasionamiento en la descripción de hechos terribles, y sobre todo de los sentimientos y emociones más extremos, la abundancia de metáforas y símiles extraordinarios para caracterizar sucesos cotidianos (que provocan una impactante sensación de extrañamiento), la crítica sin concesiones tanto a las relaciones entre sexos, como al capitalismo, a su propio país, Austria, etc… A pesar de ello, esta obra me ha impresionado. La manera cómo Elfriede desnuda lo que está oculto en nuestra sociedad, las cosas que todos saben pero nadie se atreve a decir, sobre todo en las novelas, concebidas como entretenimiento burgués, políticamente correcto, es tan implacable que es imposible no sentir desasosiego leyendo sus líneas, eso en el mejor de los casos.
Sería difícil explicar cuál es el tema central de La Pianista, novela corta, pero compleja a pesar de lo escaso de su argumento, y muy intensa en emociones. Podría decirse que es la sobrecogedora relación de amor y odio entre esa madre que controla la vida de Erika, cómo viste, con quién habla, a qué horas llega de la calle, etc, y que ha llegado al extremo de evitarle todo tipo de compañía masculina o incluso amigos. La madre y la hija tienen escenas de tremenda brutalidad. En al menos dos ocasiones que yo recuerde se enzarzan en una pelea violenta en la que arrancan los pelos, se golpean y se hacen de todo; pero también está el contrapunto de la escena en que Erika se arroja en la cama sobre la madre, y la cubre de besos, que incluso la madre interpreta como "cochinadas", besos casi sexuales, y trata de quitársela de encima. Erika no parece odiar conscientemente a su madre, sino más bien todo lo contrario. Pero esa madre la ha convertido en una reprimida incapaz de sentir no solo deseo sino incluso el menor placer. Erika visita salas X para ver pornografía, que no le excita. Toma los pañuelos manchados de semen de los hombres que estuvieron antes que ella y los huele; va a los parques de la ciudad donde se reunen las parejas y los espía mientras hacen el amor; pero nunca siente nada. Es un pedazo de hielo. Ni siquiera cuando se automutila con cuchillas, observandose con frialdad, es capaz de experimentar una sensación, aunque sea de dolor.
Podría ser también esa historia de "amor" tan sui géneris entre Erika y el joven Klemmer, quien desea posearla, y olvidarla. En una escena en un baño, se enzarzan en besos y caricias; ella lo masturba, pero luego no le permite tener un orgasmo. Le prohíbe tocarse, y él le suplica que le deje, que sino le va a doler y no podrá caminar durante tres días. Pero ella le impone esa condición si quiere seguir viéndola. Son escenas tormentosas, en las que el joven se somete no de buen grado a los caprichos de la profesora, a la cual admira por sus conocimientos musicales. A lo largo de la novela se iría incrementando la tensión entre ambos con escenas de sexo y violencia, siempre desgarrador. En un momento dado, al conocer los terribles deseos masoquistas de Erika él se derrumba y le pierde el respeto y el amor, hasta llegar a satisfacerla en sus deseos, cuando ella ya no lo deseaba.
Lo más curioso es la reacción de violencia de Klemmer cuando siente que él no es el que domina la situación, sino que ella lo maneja. Entonces se rebela de un modo casi primitivo.
Así pues, se trata de una novela sobre relaciones de poder, usando como metáfora el sexo. Poder de la madre sobre Erika (al parecer la propia Elfriede tuvo una experiencia poco grata con su madre, que la quería convertir en niña prodigio de la música), de Erika sobre Klemmer y viceversa, sobre Erika y sus alumnos, con los cuales es dura y exigente, poder de los hombres sobre las mujeres, etc…
Jelinek critica el sexo masculino y pinta con cierto victimismo a la mujer, siempre objeto de los caprichos del hombre brutal. Su prosa es como un cuchillo; no deja títere con cabeza. Pone en evidencia lo que es capaz de lograr un exceso de exigencia de perfección, como el de la madre hacia su hija, "un genio", el exceso de amor, que transforma a los hijos de esa madre terrible en inútiles sociales, además de crear un vínculo de dependencia psicológica traumático. Jelinek es políticamente incorrecta, y no se priva de hacer juicios acerca de los extranjeros, los turcos, etc; claro que también se ensaña con sus compatriotas. Hay mucha violencia y sexo en esta novela, pero el sexo descrito también es violento. Cuando Erika quiere amor, después de sentir que su cuerpo muerto renace, el sexo sigue siendo violencia. Una historia muy triste. Y no apta para todos los paladares, pero que aporta una nueva visión y rompe los esquemas en un panorama literario aburrido, mediocre y acomodaticio.
No es una autora fácil, y quizás se excece en el número de páginas para lo que cuenta, pero la lectura de esta novela no dejará a nadie indiferente.

Existe una película del mismo título: La Pianista, 2001

Fragmento de La Pianista:

De camino a la escuela Erika ve inevitablemente por todos lados la destrucción de individuos y comestibles, pocas veces ve que algo crece y florece. Tan sólo en el parque del ayuntamiento o en el parque público, donde las rosas y los tulipanes brotan carnosos. Pero incluso éstos se precipitan, porque llevan en sí mismos el proceso de descomposición. Es lo que piensa Erika. En sólo el arte tiene una existencia más duradera. Erika lo cuida, lo poda, lo ata a una guía, lo desmaleza y finalmente cosecha. Pero, ¿quién sabe todo lo que se ha perdido o ha sido acallado injustamente? Cada día muere una pieza musical, una novela o un poema porque ya no posee razón de existencia en nuestro tiempo. Y lo que parecía eterno ha perecido, ya nadie lo conoce. Aun cuando habría merecido seguir existiendo. En el curso de piano de Erika ya hay niños que machacan a Mozart o a Haydn, los más avanzados se deslizan sobre los patines de Brahms y Schumann, cubriendo el bosque de la literatura musical con sus babas de caracol.

Elfriede Jelinek 

Algunas obras de Elfriede Jelinek Galardonada con el Premio Nobel de Literatura del año 2004.

Novelas
Somos reclamos, baby (1970
Los excluidos (1980)
La pianista (1983)
Deseo (1989)
Una novela de entretenimiento (2000)

Libro de poemas
Las sombras de Lisa (1967)

Ensayo
Los hijos de los muertos (1995)

Teatro
Obras de Teatro

* "Was geschah, nachdem Nora ihren Mann verlassen hatte oder Stützen der Gesellschaften" (Lo que ocurrió después de que Nora abandonara a su marido o pilares de las sociedades)
Estreno Vereinigte Bühnen Graz/Otoño de Estiria, 1979
* "Clara S, musikalische Tragödie" (Clara S, tragedia musical)
Estreno Bühnen der Stadt Bonn, 1982
* "Burgtheater. Posse mit Gesang" (Burgtheater. Sainete con canto)
Estreno Bühnen der Stadt Bonn, 1985
* "Begierde und Fahrerlaubnis (eine Pornographie)" (Deseo y permiso de conducir (una pornografía)
Estreno Otoño de Estiria Graz, 1987
* "Krankheit oder Moderne Frauen. Wie ein Stück" (Enfermedad o Mujeres Modernas. Como una pieza)
Estreno Schauspiel Bonn, 1987
* "Präsident Abendwind. Ein Dramolett, sehr frei nach Johann Nestroy" (Presidente viento nocturno. Un dramoleta, muy libre según Johann Nestroy)
Estreno Schauspiel Bonn, 1992
* "Wolken. Heim" (Nubes. Hogar)
Estreno Schauspiel Bonn, 1988
* "Totenauberg"
Estreno Burgtheater (Akademietheater), Viena, 1992
* "Raststätte oder Sie machens alle. Eine Komödie" (Parador de autopista o Lo hacen todos. Una comedia)
Estreno Burgtheater, Viena, 1994
* "Stecken, Stab und Stangl. Eine Handarbeit" (Bastón, vara y caña. Una artesanía)
Estreno Deutsches Schauspielhaus, Hamburgo, 1996
* "Ein Sportstück" (Una pieza deportiva)
Estreno Burgtheater, Viena, 1998
* "er nichts als er (zu, mit Robert Walser)" (él sólo él (a, con Robert Walser)
Estreno Festival de Salzburgo en coproducción con el Deutsches Schauspielhaus, Hamburgo, 1998
* "Das Lebewohl (Les Adieux)" (El adiós)
Estreno Berliner Ensemble, 2000
* "Das Schweigen" (El silencio)
Estreno Deutsches Schauspielhaus, Hamburgo, 2000
* "Der Tod und das Mädchen II" (La muerte y la muchacha II)
Estreno Expo 2000 Hannover en coproducción con el Saarländisches Staatstheater Saarbrücken y ZKM Karlsruhe, 2000
* "MACHT NICHTS – Eine kleine Trilogie des Todes" (NO PASA NADA – Una pequeña trilogía de la muerte)
Estreno Schauspielhaus Zurich, 2001
* "In den Alpen" (En los Alpes)
Estreno Münchner Kammerspiele en coproducción con el Schauspielhaus, Zurich, 2002
* "Prinzessinendramen: Der Tod und das Mädchen I – III und IV – V" (Dramas de princesas: La muerte y la muchacha I – III y IV – V)
Estreno de las partes I – III Deutsches Schauspielhaus, Hamburgo, 2002
Estreno de las partes IV y V Deutsches Theater, Berlín, 2002
* "Das Werk" (La central)
Estreno Burgtheater Viena, 2003
* "Irm & Margit" Teil con "Attabambi Pornoland".
Estreno Schauspielhaus, Zurich, 2004
http://reginairae.blogcindario.com/2005/09/00215-la-pianista-de-elfriede-jelinek.html

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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