LA NOSTALGIA ETERNA COMO IDEAL POÉTICO

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Felipe Sérvulo, La niña de la colina
Prólogo de Enrique Badosa
In-Verso Ediciones de poesía, Barcelona, 2012, 62 págs.

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por Anna Rossell

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Un regalo este nuevo poemario de Felipe Sérvulo y también la noticia de la creación del nuevo sello editorial que lo publica, que dirige Amalia Sanchís, dedicado exclusivamente al género. La intención de Sanchís de dar acogida en in-Verso a la poesía de calidad se cumple con el primer poemario que publica, el último de Felipe Sérvulo, La niña de la colina, que, siguiendo su habitual trayectoria, mantiene el listón al nivel al que nos tiene acostumbrados.
La de Sérvulo es sin duda poesía amorosa. Sin embargo el epíteto, que se ha ganado a pulso las reservas de muchos lectores, recupera en este caso la inocencia de sus orígenes. Felipe Sérvulo es poeta elegíaco por excelencia, escribe sobre el dolor de la ausencia, es escritor de la nostalgia. En este sentido es heredero directo de la más pura actitud romántica, actualizada. Lejos de cualquier floritura lingüística, Sérvulo cultiva un lenguaje sencillo, pero nada simple, que devuelve a la palabra humilde la profundidad significativa que tiene cuando se usa con honradez, precisión y renovada frescura. Su poesía se lee con la fluida naturalidad que sólo consiguen los maestros de calado y reconcilia con el género, tan a menudo maltratado por la artificiosa afectación petulante de quien equipara lo ininteligible a la aptitud.

Los poemas de Felipe Sérvulo evocan a menudo la expresión de las fotografías antiguas de algunas mujeres, el sugestivo misterio de su mirada, y de la contemplación de estos retratos parece que se nutra el autor para escribir. Su blog Inventario de silencios – http://inventariodesilencios.blogspot.com.es/-, en el que da fe de su afición al coleccionismo fotográfico, así parece sugerirlo. Si bien de modo diferente, la escritura del poeta bebe como la de Winfried Georg Sebald o Alexander Kluge en otros géneros literarios, de lo que Barthes ha llamado el punctum de una fotografía, de aquel detalle que atrae la atención de quien la contempla en una clave íntima y personal, que deviene algo proustiano: “Percibo el cansancio en tu mirada / y tus párpados llevan / el íntimo secreto de tantos domingos / domados por la vida” (Son como la propia floración), “En tu pequeño escritorio / encuentro fotos oscurecidas // Parecen fotos de muertos / […] // Tantos ojos que me observan // Yo les aparto la mirada / y les digo que la vida es eso: / una ilusión” (El gato maúlla). O bien: “Como un regalo inesperado, / entre las páginas de un libro, iluminan / una carta y una foto: ‘María, / queridísima e inolvidable María’ // […] / María’: ojos grandes / y hoyuelo en la barbilla, / guapa, sin más alhajas. / Boca sin besos. / Ecos lejanos que duermen. // […]” (María). La voz poética es puro lamento de anhelo inalcanzado, en cualquiera de sus variantes, a menudo una ensoñación lejana, nunca cumplida: “Caminas por el infinito / mar de los sueños, / donde brota la aguamiel / para los labios / […]” (Mechas de oro viejo), pero también el plañido del desamor: “Ya sabes que no hay perdón / para el olvido. Nos deja / en los confines de un mar inmenso / que no tiene desenlace. // […] somos náufragos sin faro / […]” (Náufragos), o por la distancia espiritual de los amantes: “[…] pero, en ciertas tardes, tú / caminas a lugares lejanos. / Lo veo en el exclusivo / brillo de tus ojos. // Y te vuelves península, / porque tu mente –eso pienso- / se ha ido a la ciudad / de los corzos. // […]” (Tu cuerpo como península). O la indiferencia: “Tu mirada es un paisaje / donde no me reconozco. // […]” (Una pareja se besa). El amor es para la voz poética sinónimo de vida, un estado casi místico, que anula los destructores efectos del tiempo: “[…] // La niña se pudre de pena / en la colina. / […] // Si sé de ti, me vuelvo / casi joven. // ¿Adónde vas con la boca / encendida de musgo? / […] / ¿Por qué me dejas / tan temprano? // […]” (Nos reímos tanto).
Altamente recomendable este volumen, preclaro heredero de la mejor poesía española. Del autor, galardonado entre otros con los premios de poesía Blas Infante (1986, 1987, 1988), Sant Jordi (1986, 1987), Salvador Espriu (1992) y Ciudad de Ponferrada (1997) y finalista en otros tantos, se han publicado, además, Hasta el límite de las violetas (Ed. La Mano en el Cajón, 1995), Las noches del Sur (Diputación Provincial de Jaén, 1996), Casi la misma luz (Tágilis Ediciones, 1999). Cartografía de la materia (Diputación Provincial de Jaén, 2005).

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EL FINAL DE LA UTOPÍA

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Uwe Tellkamp, La Torre
Trad. Carmen Gauger
Anagrama, Barcelona, 2011, 887 págs.

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Por Anna Rossell

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Como avanza el subtítulo, Sobre un país desaparecido, La Torre es la epopeya del hundimiento de la República Democrática Alemana. Uwe Tellkamp (Dresden, alemania, 1968) conoce por experiencia los ambientes que recrea y sabe transmitir con verosimilitud diálogos y situaciones: sitúa la acción en un barrio residencial de su ciudad natal y sus protagonistas representan la burguesía intelectual entre la que él creció, uno de los cuales –Christian- comparte con el autor rasgos biográficos. La novela –Deutscher Buchpreis 2008- arranca en 1982, un mes después de la muerte de Brezhnev, y acaba el 9 de noviembre de 1989-, con la caída del muro. En casi novecientas páginas Tellkamp se despacha a gusto con un diferenciado y amplio repertorio de personajes, todo un espectro de actitudes y posiciones ideológicas en los últimos años de la RDA.
La arquitectura de tan amplia panorámica se sustenta sobre todo en tres caracteres: el adolescente, bachiller y soldado Christian Hoffmann, su padre, Richard, médico, y su tío Meno Rohde, biólogo de formación, investigador frustrado por no cumplir con los obligados requisitos de estricta fidelidad a la nomenklatura, y lector en una editorial. En torno a estos tres pilares, que le permiten dar cuenta sobre todo del mundo de la edición y la censura, de la sanidad y del militar en el antiguo satélite de la Unión Soviética, el autor despliega otro sinfín de personajes, que nos acercan a los sombríos matices de una sociedad burguesa intelectual que cree en el humanismo y en el librepensamiento y se encierra en sí misma para protegerse de la atmósfera hostil que reina en su país entre los muros de las decadentes mansiones, otro tiempo esplendorosas, que ahora se ven obligados a compartir por imposición socialista. A ello remite el título, que alude a la vez al aislamiento en la torre de marfil y a la Sociedad de la Torre del Bildungsroman de Goethe Los años de formación de Wilhelm Meister. Es patente la intención de dejar constancia de los rasgos más negros característicos de la RDA, así como el esfuerzo de hacerlo con objetividad y sin ira: los problemas de las viviendas compartidas, la dolorosa desconfianza de todos hacia todos por el espionaje generalizado en el estado policial, la censura editorial, las separaciones familiares, los intentos de huída, los chantajes, los entresijos de la propaganda, los mecanismos de defensa -desde la sutileza en la escritura hasta el cinismo-, las concesiones hasta la humillación de todo aquél que pretende estudiar una carrera, los constantes sobornos integrados en la vida cotidiana, el deterioro medioambiental por la grave contaminación.
El lector agradecerá sin duda la pormenorizada prolijidad de los ambientes que le permitirán hacerse una idea ajustada del panorama político, social y humano de la alemania del Este. Sin embargo la novela peca a mi modo de ver de innecesaria reiteración, sin la cual se mantendría igualmente la visión panorámica.
Estilísticamente la novela se sirve de la técnica de montaje: cada uno de los personajes principales narra desde su punto de vista personal, se alterna el estilo indirecto con las extensas entradas del diario de Meno Rohde y con el flujo de conciencia, sobre todo hacia el final, en que el realismo predominante da paso a algunas escenas surrealistas. Asimismo Tellkamp compagina momentos de escueta sintaxis en los diálogos con otra larguísima y enrevesada, a su vez con largos incisos intercalados.
Tellkamp se ganó el reconocimiento literario en su país sobre todo a partir de la concesión del Premio Ingeborg Bachmann 2004 precisamente por su soberano manejo de los estilos lingüísticos, con un capítulo de su proyecto de novela Der Schlaf in den Uhren. Posiblemente sea la capacidad para desarrollar diferentes registros, –argot funcionarial, el grosero de algunos soldados o el dialecto sajón, entre otros- , una de las mejores cualidades de la novela original, que se pierde forzosamente en la traducción española. Al lector en español no familiarizado con la historia de la RDA y las claves de su vida cotidiana, sirven de gran ayuda las frecuentes aclaraciones a pie de página con que la traductora dota a su versión. No sale tan airosa, sin embargo, en la tarea de la difícil traducción a la que se enfrenta, contaminada demasiado a menudo de calcos alemanes léxicos y sintácticos. La Torre es la primera novela de Tellmann que se publica en España, también en catalán (Empuries 2011).

© Anna Rossell

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LA POESIA TAMBÉ POT SER NAIF

LA POESIA TAMBÉ POT SER NAIF

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«Vers un país de poesies»,
Maica Duaigües,
Parnass Ediciones, Barcelona, 2011
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*

per Anna Rossell

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He conegut la Maica Duaigües fa tot just una setmana i l’he conegut a través d’aquest poemari que avui presentem, «Vers un país de poesies». A ella mateixa la vaig veure divendres passat per primera vegada. Amb ella no m’uneix cap llaç d’amistat. De moment.

Dic això perquè no és una situació que es doni massa sovint, que faci la presentació d’un llibre algú que coneix tan poc la seva autora. Però això precisament pot resultar un avantatge a l’hora d’apropar-se objectivament a un llibre seu. Perquè la mirada del lector llavors no va carregada de prejudicis, no hi ha una expectativa concreta, no hi ha preconcepció, i l’objectivitat -en la mesura que l’objectivitat és possible- pot ajudar a valorar-ne el contingut. Però també és cert que conèixer la persona directament, i no només a través de la seva obra, pot il·luminar la interpretació dels seus textos, pot afegir-hi aquell què que amb la lectura sola se’ns esmuny. Però sigui com sigui, no hi ha dubte que cadascuna de les vies té els seus avantatges i els seus inconvenients. I he de dir que és amb la distància que dóna el desconeixement -amb aquesta mirada innocent- que m’he apropat als seus textos.

Com bé diu al pròleg en Josep Colet i Giralt, a qui la Maica reconeix com el seu mestre,  aquest poemari és una invitació al joc, a jugar amb les paraules. En Josep Colet, que coneix personalment la Maica, diu d’ella en aquest pròleg que “juga dins la seva vida –es posa reptes i dificultats a vèncer–, i escriu com viu, amb la fresca sinceritat de l’espontaneïtat, i sempre de viatge per un món de monotonies, que ella, però, sap fer singular, jugant amb les idees, amb la mirada i amb els mots. I, repeteixo: ‘jugant’, perquè em penso que aquesta és la clau del llibre.”

Certament, coincideixo plenament amb Josep Colet que la fresca sinceritat de l’espontaneïtat i el joc -el joc en general i amb les paraules- són la clau del poemari. Ella mateixa ho anuncia quan, per encapçalar alguns dels seus poemes, fa servir cites que evoquen el món fabulós amb què els infants s’apropen a la literatura, com ara «Alícia al País de les meravelles», o algun conte dels germans Grimm.

A la Maica Duaigües no li agraden els poemes críptics, ella prefereix les paraules senzilles i planeres, les que es fan entenedores a la gent, a ella li agrada arribar sense complicacions al lector, defuig l’ambigüitat i s’oposa radicalment a aquella poesia que pretén fer de la pseudointel·lectualitat un sinònim de qualitat. Ella és directa i parla sense embuts, es presenta sense màscara de cap mena, tal qual és i pensa. Això que dic no només es desprèn de l’esperit general que traspua el poemari que presentem avui, sinó que, a més, ella dedica humorísticament un poema a aquesta qüestió, un poema que penso és tota una tarja de presentació de l’estil d’escriptura que la caracteritza, un estil fictíciament càndid i picardiós, que es serveix tot sovint del rodolí per afrontar la vida amb optimisme i compensar les dificultats que ens reporta.
El poema és la rèplica que la Maica li va escriure a un amic, també poeta, el qual li havia dedicat a ella una poesia, amb què es va haver de barallar, perquè no aconseguia entendre.

Al poema li precedeix el següent aclariment:

«(Estrany) poema dedicat a un amic
per respondre a un poema (ben estrany)
que em va dedicar.»

I el poema mateix diu així:

«Déu-n’hi-do, quin embolic més gros,
llegir-te un tros
i no saber el que em dius
i cercar més avall
per trobar algun detall
que em faci entenedor
el to
d’aquest poema que
m’has dedicat.
Ai, quin esglai, m’agafarà un desmai,

I miro de llegir-te de costat [vers escrit en diagonal al poemari]

per veure si li trobo l’entrellat,
Però, Rubén, per a mi ets massa modern,
i el teu profund missatge se m’esmuny,
per més que premo el vers dintre del puny

Un xic picada, també estic,
i això que et dic va de debò :
ja sé que sóc carrossa, però no tant,
perquè m’engeguis a Fontainebleau:

Brindem per l’Orson Wells, que és al cantó!»

(«Kin Kas»)

Crec que aquest poema es força representatiu de l’escriptura de la Maica: el tema que aborda és un estil d’escriptura poètica del qual ella es desmarca fent amb aquesta poesia la seva pròpia contraproposta, amb simpatia i amb gràcia. I ho fa buscant expressament la rima fàcil, que posa al servei de l’humor -tot el poema en va ple, d’humor-. També és representatiu d’ella dir les coses clares, sense replecs, com les pensa: «Un xic picada també estic, / i això que et dic va de debò: / ja sé que sóc carrossa, però no tant, / perquè m’engeguis a Fontainebleau […]». El joc és constant: juga amb la rima, amb la imatge (quan posa esbiaixat el vers «I miro de llegir-te de costat»), amb l’humor… . Tot plegat són trets estilístics que ella empra molt sovint en altres poemes del llibre. A la Maica li agrada trencar regles i equilibris; juga, a més, amb llengües estrangeres: tradueix un poema a diferents llengües o bé els composa directament en una altra llengua que no és la catalana i ens l’ofereix tal qual, sense traducció.

Tot fent un recorregut per aquest registre humorístic i enjogassat hi trobem, però, al seu torn, variacions d’estil que donen fe que la Maica el conrea amb subtilitat:

Per exemple, jugant amb la intertextualitat, fent servir de rerefons «Alicia al País de les Meravelles», de Lewis Carroll, evoca el poder de la literatura per incitar la imaginació i suggerir-nos que la fantasia ens permet de viatjar allà on voldrem:

«Vaig arribar-hi per atzar;
era una tarda quan, llegint,
vaig veure córrer un vers molt blanc
i, curiosa, el vaig seguir.

En cada plana i cada mot
era, el poema, tan sentit,
que jo vaig caure al pou profund
on, rere d’un enreixat d’or
hi havia, clos, un bell jardí.

[…]

Hi havia allà mateix la clau.
Si fossis tu, la giraries?
Jo sí ho vaig fer: ja hi puc entrar…!
¿Vols venir amb mi
vers un país de poesies?»

(«Vers un país de poesies»)

O bé s’acosta al gènere de la cançó popular infantilitzant conscientment el text, com per exemple en el poema que dedica a una estada a Mallorca, que ella mateixa bateja amb el subtítol de «cançoneta«, on fa servir amb agilitat la rima de rodolí i la repetició, que la defineixen:

«A Mallorca tornaria
ni que fos per un sol dia
i si algun cop em perdés,
a Mallorca qui em cerqués
em trobaria.»

(«Tornaré a Mallorca, Cançoneta»)

O aquesta variant del proverbi popular:

«Ni home ni dona;
això ve després.
Primer, ser persona,
i no a l’inrevés.

[…]

Guanyar intel·ligència,
guaitar l’infinit,
lluitar amb paciència
per qui és oprimit.
Diferents, els sexes?
Això s’ha acabat.
Viure com persona,
aquesta és la fita
i la dignitat!»

(«Gènere»)

El joc entre paraula i imatge es manifesta també tot sovint, de vegades de manera discreta, com és el cas del primer poema que he llegit, «Kin Kas«, aquell on un vers esbiaixat ens suggeria una proposta de lectura per mirar d’entendre un text; d’altres vegades amb un protagonisme clar de la imatge, com en el poema que duu el títol de «Clau de sol«, on el “sol” és un pentagrama amb la corresponent clau musical i on la imatge substitueix repetidament el text i juga amb la polisèmia de la paraula “sol” i fins i tot amb les síl·labes de paraules que, casualment, compten amb un “sol”, com ara «soliloqui», «sòlid» o «solitària«.

O bé, en aquest altre, de títol «Queda… (repressió)», on juga amb el disseny allargat d’un punt de llibre, trencant les paraules per les síl·labes escaients per aconseguir la musicalitat que li interessa i embotir-les en l’estretor del punt de llibre:

«I queda tot
en un impuls
que ràpid tor-
na al seu indret
i no s’allu-
nya del meu front;
és com un nú-
vol molt espès
que ningú mai
no pot desfer.

[…]»

(«Queda…
(repressió)»)

O se’n riu d’ella mateixa i de les batalles que lliura amb l’ordinador i els seus programes, que li declaren la guerra bel·licosament, com per exemple en el poema que titula amb punyent ironia «Cantata al WP 5.1.»:

«He decidit
de fer un escrit
seguint les normes del Wordperfect
perquè m’han dit
que és més polit
de fer-ho així
que a la Olivetti.

I m’he posat
a treballar
amb tarannà
de lluitador
sense parar:
ja premo ací…
reculo allà…
i ara, la coma… , se me’n và… ,

Em        quedo        sola
dins           l’espai     ,
ai!
Vull suprimir…
vull esborrar…
VULL ACABAR!

I l’F11 m’ha explicat
que tot això,
l’ordinador,
ja ho porta ben codificat,

Quina vergonya! M’ha enxampat!
Hauré d’anar
tecles enrere
i desfer tota la renglera.

Un tab amunt
un tab avall,
toc manual,
i blocs marcats
per tots costats…

Ara veurem
com quedarà:
shif, F7
desprès el sis…
Quin enrenou!
Això no és res
del que jo he escrit,
és un pastís
de Sant Mateu!

Jo plego. Adéu!,
Sabeu que us dic?,
que vull deixar
ben subratllat
que ja estic negra,
i no sé pas
si tornaré
a escriure res
tot aquest mes.
(o al menys avui)

Una postdata, si més no,
car ben mirat, ja és divertit
aquest bullit d’ordinador!»

(«Cantata al WP 5.1.»)

De la tònica iconoclasta de la Maica, de la seva voluntat de desmitificació i del seu esperit pragmàtic i planer en dóna testimoni, a més del que ja he anat enumerant, la manera com tracta l’haiku, aquesta forma poètica tradicional japonesa dedicada a la naturalesa, fruit de la meditació d’un esperit elevat, la qual la Maica fa baixar del núvol de la mística contemplativa per deixar-la allà on ella creu que ha d’estar, tocant de peus a terra. I sense pensar-s’ho dues vegades bateja els seus haikus amb el títol d’ «Haikus d’un dia feiner» i en fa tot un rosari descriptiu de les activitats quotidianes més prosaiques.

Per l’ample ventall de registres que aplega, el llibre sembla fet amb la voluntat conscient de reunir en un volum una mostra molt variada d’estils i de temàtiques poètics, a diferència de com és tradicional de presentar un poemari: que es fa en un registre estilístic uniforme i amb un fil temàtic que recorre tot el conjunt. Aquesta intenció de no actuar de la manera habitual ve subratllada pel fet que el criteri que segueix per presentar els poemes és –contràriament al costum- d’ordre alfabètic, segons la primera lletra del títol. Però l’originalitat i l’humor que caracteritzen l’autora la porten a ordenar-los del revés, és a dir, no de l’A a la Z, sinó de la Z a l’A. També aquest és un gest que la presenta a ella com a poeta, un gest amb què es desmarca conscientment de la tradició i que atorga a la Maica la seva original empremta personal; i és alhora una manera de dessacralitzar el gènere poètic, de desmitificar-lo i apropar-lo als lectors de tota edat, mena i condició. La poesia de la Maica és assequible i fresca, i gairebé sempre, divertida. La Maica seria una gran pedagoga de poesia a les escoles. Reuneix totes les condicions per ser-ho i crec que no m’equivoco si dic que sabria despertar en els més joves el gust per a la lectura i l’escriptura.

Però per bé que la tònica joguinosa i humorística hi predomini, la Maica no utilitza aquests trets com una màscara; quan cal -perquè la temàtica ho exigeix- deixa l’humor de banda com a eina principal, sap canviar el registre, i no defuig abordar temes com l’amor i la mort, per bé que mai no ho fa des del tremendisme i el postís dramatisme; ho fa amb naturalitat, tal com els seus poemes em permeten d’imaginar que ella afronta la vida: no s’esmuny de res que en formi part, però en defuig les complicacions innecessàries. I els poemes, de tons tan diferents –per bé que ara jo els tracti en dos blocs per separat per raons metodològiques-, en el seu poemari no ho estan de separats; s’alternen el divertiment enjogassat i la seriositat transcendental, per les mateixes raons atzaroses que aquests dos estats d’ànim es donen a la vida, també alternats. I així ens anem trobant els uns i els altres i anem passant del predomini del joc al predomini del profund sentiment. Encara que a voltes els dos, que de natura sembla que s’excloguin, saben conviure en un mateix text.

Perquè cal destacar la facilitat de la Maica per escriure poesia en registres tan diferents, i la facilitat que té de fer-ho de vegades coquetejant amb l’humor fins i tot quan escriu sobre temes transcendents, passant de l’humor a la seriositat en el mateix poema, gradualment, de la mateixa manera gradual com el camaleó canvia de color i s’adapta al medi per fer-se mimètic.

En una bona pila de poemes la Maica abandona completament la clau de l’humor:

«Última cita de la meva agenda:
Sra. Mort;
Data desconeguda.

Misteriós viatge sense postals ni lletres,
l’adéu en un sospir que no s’escoltarà,
en enfrontar-me, sola,
a tot l’ignot,

[…]

Sorprenentment, Amor i Mort s’assemblen
Tot parlant: Amor…mort….amor…mort….amor… mort…,
i estimant i morint acomplim
el cicle assenyalat.

Sento la consciència; equipatge invisible
que m’acompanyarà quan l’anima s’escapi
del meu cos rovellat.

La vida, aquesta vida;
aquesta banda del mirall que ens enlluerna.
Darrere del vitrall: un altre joc,
amb altres regles…,
potser.»

(«Última cita»)

O bé aquest:

«[…]

I un final de tenebra,
quan, decidida,
vindré a buscar-te,
amor, arran de mort,
com he vingut avui,
arran de vida.»

(«Primavera i tardor»)

O encara aquest, que ve precedit d’una cita del poema «El Somni«, de Carles Duarte, a qui sembla anar dedicat el poema, poeta que és sovint punt de referència per a l’autora:

«Somnia, bon amic…,
que a l’Univers dels Somnis,
hi vius acompanyat
de tantes solituds
que avui escrius,
i que et descriuen
com un ésser ben tendre…

[…]»

(«Somnia, bon amic!»)

La Maica arriba molt endins quan conjuga el sentiment profund amb el seu credo de lírica senzillesa, igualment profunda:

«Estrenyo el teu record
amb els meus braços buits,
sens tenir-te la veu,
sens tenir-te ni l’ombra,

[…]

Estrenyo el teu record,
i, ja tranquil·la, dormo,
pensant que potser tu
m’abraces igualment,
més enllà de l’absència.»

(«Estrenyo el teu record»)

I aquest altre:

«Immortal, l’home;
és l’ésser, quan recorda,
i troba el mar,
la sal, el llibre de la vida.

La nit… és nit encara.

Recobra forces, tot llegint
les pedres enfosquides
de la història,
mentre el peu nu,
damunt el terra, cerca
nodrir-se de la seva
persistència.

La pedra… és pedra encara.

El cervell i la oïda
s’enlairen, i s’allarguen,
s’estiren com el coll
dúctil d’un cigne
volent captar el darrer vestigi
de la paraula sàvia.

La veu… és veu encara!»

(«Immortal, l’home»)

Tot i que, com he dit, els poemes no estan cohesionats per un leitmotiv, l’autora torna sovint sobre imatges que apareixen de manera recurrent i que ens donen pistes de les seves claus: el sol, la lluna (i el nas de la lluna), la mort, el silenci, el desig de viatge vers l’ignot…, el somni, els estels, el mar, el cel, allò sublim i intemporal, el color blau…, símbols i metàfores que defineixen la Maica com a una dona que enyora els paratges naturals, lluny del neguit de la gran ciutat, uns paisatges que la fan retornar amb fruïció al seu Calafell per trobar-hi la pau que la reconcilia amb el món, el lloc on, entre llibres, amics i silenci, es retroba amb ella mateixa i amb la poesia, el lloc on se sent créixer i enriquir-se, el lloc on tot l’espera per escriure:

«Me’n vaig: adéu sol,
hores de reflexió…
Deixaré els somnis,
la solitud i els llibres.

Em cal reaparèixer
al món d’ahir, de sempre,
i bescanviar paraules.

Jo he de tornar, però,
a l’íntim univers,
silenciós,
on sols hi ha:
el nas de la lluna,
el lladrar d’un gos,
i els estels, tots estesos…»

(«Retorn a ciutat»)

O bé aquest, on s’hi fa palès el desig d’endinsar-se en terrenys desconeguts:

«Com una barca sobre el blau,
desplego veles.

Que el vent em dugui mar enllà,
i que el timó sigui l’atzar;
no vull mes brúixola ni far
que el sol tancant-me les parpelles.

[…]»

(«Desplego veles»)

Vull destacar també el valor de les il·lustracions que acompanyen el poemari, en un intent reeixit de donar un toc de calidesa i qualitat afegida al llibre, pel fet que les seves autores – Rosa Galceran, Maria Ara, Gemma Sales i Rosa Maria Esteller- tenen una estreta relació amb l’autora. I també el regal que se’ns fa del CD amb els poemes recitats per la poeta mateixa, que ens podem baixar des de la seva pàgina web.

Només em resta desitjar-vos que gaudiu dels poemes de la Maica viatjant amb la fantasia amb què ella ens convida a fer-ho sobre la catifa encantada de les seves lletres.

© Anna Rossell

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CINCELANDO LA PALABRA

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CINCELANDO LA PALABRA  

Mapa de costas

Marcelo Díaz García

Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2011, 60 págs.

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por Anna Rossell

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Nada que se diga sobre un texto literario sustituye el propio texto literario, nada de lo que se diga sobre un autor suple el conocimiento directo del autor. Si ésta es una afirmación válida en general, lo es mucho más en el caso de escritores cuya trayectoria se marca como objetivo depurar el lenguaje poético destilándolo gota a gota -poemario a poemario- hasta llegar al núcleo, a lo esencial del verbo, devenido entonces metáfora potente. El autor habrá tejido así un tupido entramado de símbolos que, despojados de la palabra y la sintaxis supérfluas, condensan lo significativo de forma centrípeta y conforman un mundo que, si bien se nutre de referentes universales, el poeta sabe moldear y hacer suyo para expresar su propio universo en la clave más íntima y personal. Corresponde entonces a cada lector adentrarse en la trama metafórica de esta poesía para establecer subjetivamente en cada momento el significado que corresponde a cada imagen, un significado que cambia, se renueva y hasta se transforma con cada nuevo contexto hasta llegar incluso a subvertirse.

Creo que el epíteto que mejor caracteriza el estilo poético de Marcelo Díaz es el de críptico, etimología que remite a lo oculto, a lo oscuro, a lo encubierto que habrá de descubrir el lector por sí mismo, estableciendo el sentido a partir de la observación de las recurrencias metafóricas, descifrándolo en sus distintos contextos y echando mano de su personal bagaje asociativo cultural y emocional. Porque el lenguaje poético que despliega Marcelo Díaz reclama el aprendizaje de su código. Marcelo Díaz no es un poeta al que podamos conocer leyendo de él unos poemas aislados; para conocerlo deberemos leer su poemario completo. Sus claves pueblan la obra entera con ademán absoluto, conforman un todo, un poemario suyo es el documento que encierra en sí mismo el código secreto para acceder a él. Como sucede con otros grandes poetas, ya consagrados, como Gottfried Benn o Paul Celan, el significado de su verbo no está fuera, se crea a partir de la inusitada circunstancia de la lengua del poemario, que se hace así de nuevo.

Definir la poesía de Marcelo Díaz y acercarla a los lectores con palabras cotidianas sólo puede quedar en un intento. Las palabras se transforman con su pluma en otra cosa, exigen al lector trabajo duro. Sin embargo el título de su último poemario, «Mapa de costas», es diáfano y directo. «Mapa de costas» no lleva a equívoco, sugiere claramente la intención del autor -viajero navegante sin perder de vista tierra firme-, que en su periplo vital explora el litoral para diseñar el plano que sirva de orientación a sí mismo y a otros. Esta gran metáfora es la que subyace en todo el poemario. Así, cada poema es el dibujo de un accidente avistado en la distancia, la circunstancia que acompaña y condiciona al viajero, que anota en su bitácora las incidencias y vicisitudes del viaje, registradas con la exactitud y la profundidad del alma de un poeta explorador de la geografía de la vida y de la condición humana.

A partir de este supuesto, Marcelo Díaz crea un lenguaje poético-metafórico envolvente, que se mueve en este campo semántico de modo recurrente. Pero el poeta no nos lo pone fácil; la recurrencia y sus variaciones no equivalen a sinónimo; cada reiteración convoca en su contexto un significado nuevo o renovado, y al lector corresponde desentrañar su sentido en cada caso. Marcelo Díaz desarrolla un estilo léxicamente reduccionista que es inversamente proporcional a la riqueza metafórica que despliega por la fecundidad y frondosidad de su polisemia, aprovechando incluso la ambigüedad sintáctica.

Así sus claves simbólicas se mueven con insistencia por el campo semántico de la frontera y sus variaciones: ‘linde’, ‘orilla’, ‘costa’, ‘horizonte’, ‘la utopía’, ‘el beso’, ‘el dintel’, ‘vínculo’, ‘ahí’, ‘al otro lado’, ‘en aquel lado’…; o bien sugieren el contraste ‘claro-oscuro’: ‘noche’, ‘sombra’, ‘día’, ‘luz’ y otros campos semánticos asociativos colindantes: ‘miedo’, ‘misterio’, ‘secreto’, ‘niebla’, ‘bruma’, ‘lo encubierto’, ‘el deseo’, ‘la muerte’, ‘el viaje’; o remiten al elemento que ya anuncia el título, al ‘agua’: ‘mar’, ‘río’, ‘manantial’, ‘lluvia’, ‘savia’, ‘vida’, tiempo o a los eternos acompañantes del viajero en el mar, eterno Ulises: ‘cielo’, ‘estrellas’, ‘nubes’, ‘aire’, ‘viento’, ‘el Sol’, ‘la Luna’, ‘los dioses’. Y aun otras más difícilmente agrupables en un conjunto: ‘la videncia’, ‘el dolor’, ‘andamio’,
‘ángulo’, ‘vértice’, ‘arruga’, ‘manos’, ‘pozo’, ‘palabra’, ‘alfabeto’, ‘deseo’,’ labio’, ‘flor’, ‘adelfa’,  o colores (‘magenta’, ‘cobalto’, ‘añil’…), ‘espejo’, ‘sueño’, ‘el Hombre’…  .

Y es el Hombre, con inicial mayúscula, el terreno que explora el poeta -el Hombre y su circunstancia-. El poeta indaga cuál es su naturaleza y cómo se percibe a si mismo: una vida más que transcurre y pasa, que cumple el ciclo vital imparable de la creación: «Este líquido rumor indetenible / es el censo de los ojos que lo miran y lo vieron. / Ni presagia el mar. / Es agua este río / que llama a la vida alzando las casas y los árboles, / […]. / Boga en ruta irregresable su
cuerpo, / sin pétalo barca que lo vuelva la chorro de su fuente. / Pero el ciclo de la nube, / […], / aguarda el peso para volverse lluvia. / […]. // […]. / Pero habito el agua y la bebo y soy agua. // Quizás siempre es así en los ovillos de los ciclos». (poema 23).

Una idea de cumplimiento de la historia que remite al destino inexorable, ajeno a
la voluntad del ser humano: «No sé la hora de las cosas que se cumplen. / […] // En la flor de la duda, / de los gestos curtidos sen los días de la luz y la derrota, / leo episodios del hombre vivo y
navegante, / respeto su huella, si tiene la voz cegada, / y retengo mi puño, / abro firme el hueco de caricias / sin atreverme a más. // No sé más de las horas que se cumplen». (45).

En esta misma línea del ciclo que se cumple, la voz poética se pregunta por la huella
que deja el ser humano a su paso: «Es estéril tu semen sobre la tierra ovario. / Ciclos trazados en laberinto irretornable / la previenen de tu mano / y los suicidios que acaecen en tus
ojos, / o en ese vientre que alimenta a destajo la sangre«. (44)

O se pregunta por el sentido de la vida humana: «[…] / ¡Para qué el horizonte! / Ayer, el día no llegado, / quitarán su dibujo / porque otras caderas nebulosas / han desarraigado la distancia de la higuera hasta las nubes. / Entonces… / ¿qué hago, incluso al caminar a la utopía? // Y no quiero evocar porque estaría muerto. / Y la muerte, al fin, / ¿qué tendrá de estrella comida por las algas? / o / ¿qué tendré yo de la luz que escapó de ese banquete?» (21).

El gesto filosófico de la poesía de Marcelo Díaz deviene teológico cuando el poeta se erige en cronista de la creación invirtiendo el discurso tradicional al uso: el Hombre aparece como demiurgo que crea a sus dioses, y aflora la dimensión psicológica, la necesidad humana de la existencia divina: «En el principio de los días, / el hombre creó a los dioses plurales, / los nombró con sus miedos, / y sublimó sus oscas [sic] cobardías. / Precoces y ávidos guisanderos freudianos / cocinaban una mitología asequible / hasta que a dios lo hicieron uno, / […]». (39)  Y sigue en el mismo poema denunciando a quienes, en nombre de Dios y de la religión, traicionan la sagrada y necesaria religiosidad que habita como semilla en el ser humano: «El polvo alumbró una teología enferma / […]. / Ceremonia y oro conduciendo a la miseria / para ese pastoreo a los sumisos. / Una secta de célibes pronuncia La Escritura / con el dedo alzado de infundir miedo, / vaciando el hueco religioso sin respeto. // […]» (39). Y acaba por poner la bondad humana en su lugar, más allá de ritos eclesiales ortodoxos: «Fuera del círculo del báculo y la tiara / los buenos brillan en sus ojos, / sus manos dan pan sin comprar el cielo, / sienten en su pecho aquel libro guardado / y en silencio pronuncian con su mano lo escrito«. (39).

 

Pero Díaz no renuncia a la utopía, si la criatura humana adolece de trascendencia, si el ser humano ha creado a sus dioses, si su destino está trazado de algún modo, en su poesía laten valores que se contraponen, que redimen al humano y lo subliman. Así a la voz poética se opone a menudo un malhechor “ellos”, destructor y agresivo, claramente diferenciado del “yo” hablante, un “ellos” de
los que la voz poética se distancia por rechazo: «Ellos querían obligar a una estrella / y decorar con brillo su café humeante. / A este techo corto que pueden rozar los ojos / llegaban sus manos
doradas y altivas. / Sin remedio de dioses ni de cielos, / trazaron la escala hasta una punta / y la poblaron de cuerpos, / cuerpos con hambre. / […] / Y la poblaron de vidas, / vidas mutiladas. / […]. / Y la estrella se diluyó en el agua / sin sabor a nada, inútil millonésima. / Sólo el brillo irritado y sanguíneo de los ojos / seguía matando los pétalos lucientes / que guardaban
los gérmenes del beso. / […]. // Otra punta sin brillo atravesó sus manos / y no encontró ni el alma. […]». (38).

O en este otro, donde el «ellos« acecha de nuevo y amenaza: «Cruzaban el campo atrochando por donde había color. / El vicio cobarde de la muerte indebida / afilaba las sicas [sic] de sus ojos / y ya parecían guadañas, / la sombra avanzando su vértigo, avaricia, / traición a la recta ortodoxa de la caña. // ¿Dónde habitan sus gérmenes de cieno y noche? // ¡Pero qué herida a todas horas / ese paseo que se calza el crimen / en el nombre de dios, / y del oro, / y del espíritu mentira!» (40).

Sin embargo la voz poética no se rinde, no sucumbe a las fuerzas del maligno; el crimen se «comete en el nombre de dios y del oro, y del espíritu de la mentira», pero el color se opone al «vicio cobarde, a la muerte indebida, a la sombra avanzando su vértigo», la «avaricia» es «traición a la recta ortodoxia«; «la luz» se contrapone a «la sombra», a los «gérmenes», al «cieno» y a la «noche», pero late en el ser humano, también, el germen constructivo y vence, pues a continuación exhorta: «Pero ved, hagamos. / No se derrumba el mar, / no desflorece la tierra acampada y fértil, / no se tuerce la mirada creciente en la luz, / ni el brazo sosteniendo el sistema de los versos«. (40).

El yo poético alerta sobre la amenaza que se cierne sobre los hombres buenos por las maquinaciones de los que astutamente urden con nocturnidad el mal, que lleva el signo de la ambición y del dinero: «Mi corazón de hierba tiene siempre un rocío de albor. […]. // Pero la astucia es noctámbula / y siempre abre una lámpara para robar la noche. / El viaje de los justos lleva a una paz. / En el descanso de esos buenos, / astutos con ojos de moneda, / secta de posesos de certeza única, / crimen permanente, / […], / con la palabra perversa, / bajo tulipas de dioses que inventaron, / urden el robo de las vidas, / vida pan, / vida agua, / vida voz, / vida entera. // Mi corazón de hierba se escarcha al vislumbrar la noche«. (37).

Marcelo Díaz reivindica la poesía y la palabra como herramienta vital, existencial: «Tengo la palabra para medir mis ojos, / […], / luz, cauce, herramienta, cavidad de mares, [sic la coma] / pequeños para poner el infinito adentro […]. / Palabra para anunciar dolor del que ve mi tacto oscuro, / palabra para anunciar la luz de la que ve mi tacto abierto. // Mientras ande y esté viva mi sangre, / la palabra es un síntoma veraz entre existencias». (23)

Marcelo Díaz no es un poeta fácil. Acercarse a su poesía es un reto, un desafío del que se regresa agotado, como agota la vida cuando gesta y germina, cuando crea lo verdaderamente nuevo; su estilo rezuma innovación léxica, sintáctica, morfológica y semántica, gusta de la paradoja y de la combinación inusitada de palabras. Así «Ayer» es «el día no llegado», «las algas comieron una vez estrellas» (21); o cuando al describir «un plano de curvo itinerario» se refiere a «Las avenidas rectilíneas» (8); al contrario de lo que es habitual, el poeta habla de «vencer el sueño» o de una «Cuneta que engulló el camino«, (22), y no al revés; habla de un «ejército pequeño que esconde las flores» (20), de «vena sin sangre», de «caras expectantes […] callando su palabra» (15), de «lindes que deslimitan« (16), de «flores incorruptas, solamente efímeras» (2), de «poetas videntes, vestidos sin ropa»; de «ángulos […] pequeños para poner el infinito dentro» (12); o nos sorprende con la paradójica magnífica sentencia: «La mentira es una verdad terrible»(30). Al poeta le gusta deconstruir para crear de nuevo, como gusta del uso del prefijo ‘des-‘: cuando habla de «desacertar la luz« (26) o dice «Desvísteme de algo de lo que tiene la muerte [… ], despojado hasta un débil deseo« (30), «cartera para un desarchivo de proyectos« (15), «lindes que deslimitan mi anchura» (16), «Qué deshabita el trecho ante tus ojos» (11), «porque otras caderas nebulosas / han desarraigado la distancia de la higuera hasta las nubes« (21), «desacertar la luz« (26), y gusta de la composición léxica de cuño propio, como cuando habla del «xilófago vivo« (10), del «pétalo barca« (23), de la «ventana cobijo« (41), escritas aún por separado, para dar un paso más en el proceso creativo de la palabra y hacer de dos palabras una, al referirse al «gesto sedazúcar« (8), al «cuerpo […] que ha de vivir su trozotierra» (16), o cuando echa mano de la transferencia sensorial: «[…] Las albas sucesivas calibran el ángulo del verso / para acertar los ojos que lo escuchen, […]» (25), «Este líquido rumor […] / es el censo de los ojos que lo miran y lo vieron […]» (23).

«Mapa de costas», es el último y reciente poemario de un poeta cuya andadura empezó allá en los años ochenta con Forja de mar -«Poemas de la posesión terrena»- (1982), «Gozne devenido» -«Poemas de la posesión debida»- (1988) y «Ágora» (1992), ha seguido con «Continente de auroras»
(1996), «Amarinte» –narrativa- (1997), «Lindario» (1999), «A tiempo» (2005) –libro conjunto de poesía y escultura- y «Viaje sin memoria» (2008) –por el que obtuvo el Premio Ciudad de Alcalá-.

Marcelo Díaz es escultor, además de gran creador con la palabra.

 

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REGRESIÓNN ROMÁNTICA A UN PASADO MÍTICO

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REGRESIÓN ROMÁNTICA A UN PASADO MÍTICO

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Sjón, «Maravillas del crepúsculo»
Trad. Enrique Bernárdez
Nórdica Libros, Madrid, 2011, 213págs.
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por Anna Rossell
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«Maravillas del crepúsculo», del polifacético escritor islandés Sjón, cuyo nombre completo es Sigurjón Birgir Sigurðsson (Reikiavik, 1962), es una historia fabulosa en el sentido más original de ambos términos, pues se inspira en una biografía real de una época en que la ignorancia y el miedo eran acicate de fábulas y leyendas, de seres mágicos y míticos, de superstición y brujería. En esta novela, publicada en su versión original –Rökkurbýsnir- en 2008, Sjón recrea el ambiente de la Islandia de la primera mitad del siglo XVII, a partir de la vida de Jón Guomundsson, que en su libro adopta el nombre de Jónas Palmason, un personaje fáustico, estudioso naturalista, también llamado El Erudito. El libro nos retrotrae al mundo frío y hostil en el que vive el protagonista en su aislamiento, el destierro al que le ha condenado el alto tribunal, que juzga como brujería sus conocimientos de la medicina. En la isla en la que vive con su esposa y sus hijos sin otro contacto humano, el confinado se entrega a sus pensamientos, al trabajo de compilar en un libro su erudición naturalista científico-imaginaria y a la talla de imágenes. Tal diseño del personaje y de su situación determina la técnica de registros narrativos del texto, que no siguen la ortodoxia lineal y alternan la prosa poética –en ocasiones de tinte onírico, alucinatorio y mítico-, con el lenguaje lapidario y estrictamente descriptivo de las entradas de un diccionario enciclopédico, que el autor distingue con letra cursiva. Con estos ingredientes Sjón consigue descripciones bellísimas de la naturaleza que dan fe de su madera poética –ha publicado más poemarios que novelas-, así como de su adscripción a la orientación surrealista del grupo poético Medusa, que fundó en 1980. El lenguaje que evoca en su anacronismo la época en la que se ubica la acción y que la traducción trata de respetar arduamente, adopta en la novela un papel privilegiado, hasta el punto de que, como informa el traductor en una nota al final, documenta “incluso las palabras de una lengua piyin vasco-islandesa que usó en esa época y que conocemos por fuentes manuscritas islandesas de entonces”.

La novela, que se estructura en cuatro capítulos narrados en primera persona, precedidos y seguidos de una “Obertura” y una “Coda o repetición” respectivamente, lleva intercalado un paréntesis, -“Piedra en el riñón”-, en tercera persona: el tiempo que transcurre a partir del momento en que Jónas Palmason logra salir de la isla con la esperanza de conseguir una revisión de su juicio y el levantamiento de su castigo, y que se cierra con la frustración de aquella y el regreso a su destierro de partida.
Con todo, la desgraciada vida de Palmason, inmersa en la atmósfera de una Islandia que se debate entre el catolicismo y la reforma luterana, entre el obscurantismo y la ilustración, no transmite en absoluto un rechazo de aquel tiempo pasado, como parecen anunciar las últimas palabras de Lucifer en la escena del cielo de la “Obertura”: “[…] yo no incliné la rodilla ante aquel nuevo animalito del padre, por eso fui expulsado del cielo. Pero a ti, ser humano, te regalé al despedirme mi visión de ti”. Al contrario, la novela rezuma añoranza romántica de un tiempo pasado en que el ser humano vivía en consonancia más armónica con la naturaleza, a pesar (o quizá precisamente por ello) de las creencias fantásticas que promueve lo desconocido. No es casual la cita de «Los discípulos de Sais», de Novalis, que resumen la utopía romántica de la desaparición de los límites entre los seres vivos y las cosas para constituir el todo absoluto de la creación en comunión con Dios, una utopía en la que se extienden los pensamientos alucinados de Jónas Palmason en sus últimos días solitarios en la isla: “Ora las estrellas parecíanle hombres, / ora los hombres parecíanle estrellas; / las piedras, animales; / y las nube, plantas”.

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