La muerte en Venecia (Thomas Mann)

La muerte en Venecia

La muerte en Venecia (Der Tod in Venedig) es una novela breve publicada por el escritor alemán Thomas Mann en 1912.

La novela expone una anécdota en apariencia muy simple. Presenta tan sólo a dos personajes cabalmente caracterizados que despliegan una acción mínima. Los escenarios de dicha acción se reducen, casi, a los espacios de un exclusivo hotel de veraneo veneciano y a la playa contigua a dicho hotel, lugares que se alternan en la rutinaria languidez de una estancia vacacional.

El interés de la obra reside, no obstante, en el drama interior de uno de los personajes, Gustav von Aschenbach, destacado escritor alemán de edad madura que ha llegado a Venecia buscando renovar la inspiración exhausta. Ya instalado en el hotel, Aschenbach se interesa en un adolescente polaco de nombre Tadzio, dotado de una belleza extraordinaria, el cual termina convirtiéndose en objeto de silenciosa adoración para el escritor.

Se inicia entonces una minuciosa descripción del trance psicológico de Aschenbach, cuya moralidad convencional comienza a ceder bajo el empuje de una pasión prohibida: el rigor intelectual y la estoica disciplina del escritor se consumen en las brasas del amor y el respetable Aschenbach se va convirtiendo en un ser indulgente a quien el tardío amor trastorna. Sin embargo, los delirios amorosos del artista se mantienen en un plano puramente intelectual, pues el temor al rechazo le impide acercarse físicamente al joven Tadzio.

Paralelos a esta anécdota, algunos cuadros descriptivos de la ciudad de Venecia y de sus habitantes se presentan aquí y allá con trazo expresionista, perfilando los rasgos de un entorno grotesco y decadente que anticipan la fatalidad: la epidemia de cólera que se cierne sigilosamente sobre la ciudad de los canales.

Las autoridades ocultan la existencia de la peste, temerosas del éxodo de los turistas. Sin embargo, los rumores acerca del mal se difunden y los extranjeros comienzan a marcharse. Aschenbach, que ha sabido de la peste tempranamente, renuncia a partir para no privarse de la cercanía de Tadzio, cuya familia parece ignorar por completo lo que está sucediendo.

La salud de Aschenbach decae progresivamente hasta que cierto día, cuando la familia del muchacho se prepara a partir como el resto de los turistas, mientras contempla extasiado a su amado Tadzio en la playa, Aschenbach sufre un desmayo que anticipa su próxima muerte. La novela termina con un comentario convencional, no exento de ironía, acerca del pesar que ha suscitado en el mundo la muerte del artista.

La muerte en Venecia es una obra que, debido a su complejo simbolismo, genera variadas interpretaciones. Baste referir, a modo de ejemplo, la significación de Venecia, la ciudad de las apariencias y las ilusiones románticas y, al mismo tiempo, una ciudad-despojo que puede considerarse un emblema de la decadencia que afecta al propio Aschenbach.

Hay una parte autobiográfica en esta novela, la que Thomas Mann, quien realizó un viaje a Venecia del 26 de mayo al 11 de julio de 1911, reconoció públicamente.

La obra fue llevada al cine por Luchino Visconti en su película Muerte en Venecia. Ha inspirado también una ópera de Benjamin Britten.

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LA MORAL DE LA PROFESION DE LAS LETRAS (Robert Louis Stevenson)

 

 La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad, tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil, es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la nómina de nuestros asistencia, viejos y honestos libros ingleses se cerrase antes de que impresores codiciosos continuaran envileciendo una noble tradición y rebajando a sus propios ojos una raza famosa. Mejor dejar nuestros silenciosos templos vacíos que llenarlos de sacerdotes venales y fulleros.

 Dos elementos concurren en la elección de cualquier forma de vida: el primero, el gusto innato del elector; el segundo, que la actividad elegida sea especialmente útil. Como cualquier otro arte, la literatura reviste singular interés para el artista, y, en un grado que le es peculiar entre las demás, es útil a la humanidad. Ambas son justificación bastante para el hombre o la mujer que la adopta como quehacer de su vida. No me extenderé sobre el asunto de los salarios. El escritor puede vivir de la literatura. Si no con tanto lujo como dedicándose a otros oficios, con menos. La naturaleza del trabajo que realiza durante el día contribuye a su felicidad más que la calidad de los alimentos que toma por la noche. Sea cual fuere su vocación y por mucho que al año le reporte, uno sabe de sobra que ganaría aún más engañando. Todos tendemos a dar excesiva importancia a la posibilidad de pasar estrecheces; pero tales consideraciones no debieran influir en la elección de aquello que ocupe o justifique buena parte de nuestra existencia; y como el patriota, el misionero o el filósofo, debemos elegir la profesión noble y sencilla en que sirvamos mejor a la humanidad. La naturaleza, si se sigue con fidelidad, es madre previsora. Una debilidad por el tintineo de las palabras lleva a un muchacho a entregarse de por vida a las letras; con el tiempo, cuando adquiere mayor gravedad, descubre haber elegido mejor de lo que pensara; descubre que si gana poco, lo gana con creces; si recibe un salario escaso, su posición le permite prestar considerables servicios; que en alguna medida está en sus manos proteger al oprimido y erigirse en defensor de la verdad. El mundo está tan amablemente organizado, son tales los bienes que pueden derivarse de un adarme de confianza en uno mismo y tal es, en particular, la buena estrella de este oficio de escribir, que deberían combinarse placer y ganancia para ambas partes, y ser a la par tan placentero como tocar el violín y tan útil como un buen sermón.

 Nos estamos refiriendo a la literatura seria; y con los cuatro grandes de nuestros mayores a quienes todavía rendimos admiración y respeto, con Carlyle, Ruskin, Browning y Tennyson ante nosotros, sería cobarde considerarla de entrada desde una perspectiva menor. Aunque no podamos seguir a estos atletas, aunque ninguno de nosotros sea tal vez demasiado vigoroso, sabio u original, sostengo que con cualquier obra literaria, por humilde que sea, nos cabe hacer mucho bien o causar mucho daño. Puede que sólo deseemos complacer; es posible que, a falta de mejores luces, nos conformemos con satisfacer la ociosa y efímera curiosidad de nuestros contemporáneos; y es posible asimismo que tratemos, aunque sea tímidamente, de instruir. En cualquiera de los tres casos hemos de comerciar con ese insigne arte de las palabras que, al ser el dialecto de la vida, penetra fácil y poderosamente en el espíritu de los hombres; y siendo así, en cada una de estas facetas contribuimos a alimentar la suma de sentimientos y de opiniones que se conocen bajo el nombre de opinión pública o sentimiento popular. En estos tiempos de prensa diaria, el índice de lectura de una nación modifica considerablemente su índice de expresión oral; y ambas, la lectura y el habla, constituyen el medio más eficaz de educar a la juventud. Un hombre o una mujer virtuosos pueden retener a cualquier joven durante un tiempo en una atmósfera sana; pero a la postre, es el ambiente contemporáneo el que domina sobre el común de las medianías. La frecuente vileza corintia del periodista americano o del croniqueur parisiense, tan fácilmente digerible ejerce una influencia negativa incalculable; tocan todos los asuntos, y todos con la misma mano egoísta; inician a las cabezas jóvenes e inexpertas en un espíritu indigno; surten a las mentes romas de citas punzantes. El volumen de estas feas preocupaciones desborda el de las escasas intervenciones de los grandes hombres; el desprecio, el egoísmo y la cobardía se desparraman en grandes hojas sobre las mesas en tanto que su antídoto, en pequeños volúmenes, reposa intacto sobre las estanterías. He aludido a los americanos y a los franceses no porque sean más viles, cuanto por ser más legibles que los ingleses; el daño que causan es más efectivo: en América, debido a las masas; en Francia, al escaso número de lectores; pero también entre nosotros se descuidan diariamente las servidumbres de la literatura, diariamente se suprime o tergiversa la verdad y diariamente se degrada el tratamiento de los asuntos importantes. No se considera al periodista como un funcionario serio; pero estimad el bien que podría hacer por el daño que hace; valga un solo ejemplo: el hecho de que cuando, en un mismo día, dos periódicos de tendencia política opuesta vocean abiertamente una noticia determinada en interés de su propio partido, nos sonreímos del descubrimiento (¡ya no es tal descubrimiento!) como si se tratara de un buen chiste o de una estratagema excusable. Mentir tan descaradamente apenas es mentir, es cierto; pero una de las enseñanzas que profesamos transmitir a los jóvenes es el respeto a la verdad; y no creo que semejante formación se vea coronada por el éxito mientras algunos de nosotros cultivemos y el resto apruebe sin el menor reparo la falsedad pública.

 Dos obligaciones incumben a todo aquel que se adentre en el mundo de la escritura: fidelidad a los hechos y vigor en el tratamiento. En cualquier terreno literario, por humilde que sea para merecer tal nombre, la fidelidad a los hechos es de vital importancia para la formación y el bienestar de la humanidad, y tan difícil de guardar que el fiel que lo intente prestará con ello cierta dignidad a su ser de hombre. Nuestros juicios se fundan en dos elementos: primero, en las experiencias consustanciales a nuestra alma; pero en segundo lugar, en los testimonios de la naturaleza de Dios del hombre y del Universo que de forma diversa nos llegan desde el exterior. Estas formas diversas pueden en su mayoría reducirse a una sola, ya que todo lo que aprendemos del pasado y mucho de lo que aprendemos de nuestro tiempo nos llega a través de los libros y de los periódicos, e incluso aquellos que no saben leer aprenden de segunda mano gracias a esas mismas fuentes o a la información de los que saben. De ahí que la suma de conocimientos o de ignorancia contemporáneos del bien y del mal sea, en buena medida, obra de los que escriben. Por fuerza han de advertir que el conocimiento de todo ser humano responde, en tanto en cuanto sepan comprobarlo, a las circunstancias de su vida; que ninguno se considera un ángel o un monstruo; ni tiene el mundo por un infierno; y tampoco da en creer que todos los derechos se reducen a los de su país y su casta, y todas las verdades a su credo de parroquia. Todo hombre ha de conocerse a sí mismo para poder así enmendarse; ha de enseñársele lo que hay fuera de él para que sea bondadoso con su prójimo. Nunca será un error decirle la verdad, pues en su delicada situación, tejiendo con el paso del tiempo su propia teoría de la vida, gobernándose a sí mismo, o alentando y reprobando a los otros, cualquier pormenor tiene singular importancia para su conducta; y aun si un hecho determinado le desalienta y corrompe, siempre será mejor que lo sepa; pues en este mundo tal cual es, y no en un mundo más fácil merced a las censuras de su formación, debe recorrer su camino hacia la ignominia o la gloria. En suma, siempre es ocioso mentir; y nunca será acertado escamotear la verdad. Acaso sea precisamente aquello que omitimos lo que alguna persona necesitaba, porque lo que para uno sirve de medicina es para otro un veneno, y he conocido hombres que se han sentido confortados por la lectura del Candide. Todo hecho forma parte del gran rompecabezas que nos corresponde construir; y nada se pone abiertamente en el camino del escritor que no guarde alguna relación sutil, imperceptible para él, con el alcance y la totalidad de su objeto. Con todo, ciertos elementos son infinitamente más necesarios que otros y con ellos debe contender la literatura en primerísimo lugar. No es difícil distinguirlos, ya que la naturaleza, una vez más, actúa de guía; y los elementos necesarios debido a su eficacia son aquellos que revisten mayor interés para el espíritu natural del hombre. Aquellos coloreados, humanos, pintorescos, y enraizados en la moral, y aquellos otros claros, indiscutibles, que forman parte de la ciencia, son por sí mismos de capital importancia, seducen por su interés y resulta útil transmitirlos. Mientras el escritor se limite a narrar, habría de hablar principalmente de éstos. Hablar de los elementos amables, hermosos y sanos de nuestra existencia; y sin escatimar en su relación los males y tristezas de nuestro tiempo, conmovernos mediante ejemplos; aludir a las gentes sabias y virtuosas del pasado, emocionarnos mediante analogías; y de todos ellos habría de hablar con sobriedad y franqueza, sin glosar defectos, para que no desconfiemos de nosotros mismos y nos hagamos exigentes con nuestro prójimo. Por ello la literatura contemporánea, aunque efímera y frágil, mueve en la sensibilidad de los hombres los resortes del pensamiento y la bondad, y les sirve de apoyo (pues es fácil apoyar a quienes emprenden el viaje) en su camino hacia la justicia y la verdad. Y si en modo alguno produce este efecto, ¡cuánto más podría hacerse de quererlo los escritores! Ninguna biografía de cuantas se recogen en los anales del pasado dejará, si es debidamente estudiada, de sugerir o prestar ayuda a algún contemporáneo. Y no existe ninguna encrucijada en los asuntos actuales de la que todavía no pueda decirse algo útil. Incluso el periodista cumple una función y, con una mirada lúcida y un lenguaje sencillo, puede revelar injusticias y señalar el camino hacia el progreso. Por último: en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es siendo preciso. La vivacidad es una virtud secundaria que presupone la primera; pues producir vívidamente una impresión falsa sólo es hacer más conspicuo el fracaso.

 No obstante, un suceso puede contemplarse desde distintos puntos de vista; puede ser referido con ira, lágrimas, risas, indiferencia o admiración, y el relato, en consonancia con estos sentimientos, se convertirá en algo distinto. Los periódicos que en su día informaron sobre el regreso de nuestros representantes en Berlín, aun cuando no difirieran en los hechos como tales, se apartaron unos de otros considerablemente en su espíritu; de tal modo que una de las descripciones fue una segunda ovación y la otra un insulto prolongado. En toda obra literaria el argumento es un factor trivial, y el punto de mira del escritor, por ser menos discutible, es mucho más importante que cualquier otro. Ahora bien, este espíritu que anima el argumento, importante en todo género de obras literarias, adquiere máximo relieve en las obras de ficción, meditación o alabanza; pues no sólo les da color, sino que también selecciona los pormenores; no sólo modifica, sino que conforma la obra. De ahí que en una vastísima extensión del terreno literario la cordura o la demencia del escritor, o un pasajero talante humorístico, constituyan no sólo las líneas maestras de su obra sino también lo único que, en rigor, puede comunicarnos. En su sentido más amplio, toda obra de arte transmite primero la actitud del autor, sin menoscabo de que en ella se halle implícita toda una experiencia y una teoría de la vida. El autor que ha mendigado su pensamiento y reposa en una fe de estrechas miras no puede, aunque quiera, expresar la totalidad o siquiera diversas facetas de esta variada existencia; pues, llevando una vida limitada, no admite algunas en su teoría, del mismo modo que sólo de forma imprecisa y desganada las reconoció en su experiencia. De ahí la inhumanidad, ruindad y bajeza de las obras religiosas sectarias; de ahí las limitaciones, afines aunque diferentes, de las obras inspiradas por el espíritu de la carne o por ese gusto detestable por la alta sociedad. Por ello la primera obligación del hombre que se ponga a escribir es intelectual. A sabiendas o no, se ha constituido en guía de la inteligencia de los hombres, y debe procurar conservar la suya ágil, generosa y lúcida. Todo, salvo los prejuicios, debe tener en él un portavoz; debe ver el lado bueno de las cosas; guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente; y reconocer desde el principio que sólo tiene una herramienta en su taller, y esa herramienta es la solidaridad. [El ejemplo admirable para todos los escritores jóvenes de la generosa solidaridad literaria de Swinburne merece, cuando menos, una nota. No vacila en reconocer el mérito, ya en Dickens o en Trollope, ya en Villon, Milton o Pope. Esta es la actitud en la cual deberíamos todos perseverar no sólo en la crítica, sino también en todas las facetas de la actividad literaria.]

 La segunda obligación, más difícil de precisar, es de orden moral. A la mente afluyen mil humores diferentes en torno a los cuales, cuando se destacan, tiende a sedimentarse alguna forma de literatura. ¿Debe permitirse esto? Ciertamente no en todos los casos, pero sí en más de los que los puristas quisieran. Sería de desear que toda obra literaria, y especialmente toda obra de arte, surgiera de impulsos racionales, humanos, vigorosos y saludables, fueran cómicos o trágicos, religiosos, humorísticos o románticos. Con todo, es innegable que muchos libros valiosos son parcialmente demenciales; algunos, sobre todo religiosos, parcialmente inhumanos; y muchos tienen un cariz malsano e impotente. No odiamos una obra maestra porque nos protejamos de sus máculas. A fin de cuentas, no buscamos sus defectos, sino sus virtudes. Ningún libro es perfecto, ni siquiera en su concepción; pero muchos causan las delicias del lector, le hacen mejor y le reconfortan. Los salmos hebreos constituyen la única poesía religiosa que ha existido sobre la faz de la Tierra; sin embargo, sus salidas de tono hieden a hombre de carne y hueso. Alfred de Musset era una naturaleza retorcida y venenosa; cuando le acuso de tener un mal fondo, me limito a citar a ese frívolo y generoso gigante, el viejo Dumas; empero, cuando le impulsaba a escribir un sentimiento estrictamente creativo, podía ofrecernos obras como Carmosine o Fantasio, en las cuales se diría que había vuelto a encontrar, para pulsarla y deleitarnos, la última nota de la comedia romántica. Tengo para mí que cuando Flaubert escribió Madame Bovary pensaba principalmente en una especie de realismo malsano; pero ¡ved cómo en sus manos el libro se convirtió en una obra maestra de sobrecogedora moralidad! Y lo cierto es que cuando un libro se concibe en un estado de tensión extrema, con el alma a nueve veces su potencia, nueve veces encendida y electrizada por el esfuerzo, nuestra condición es aprehendida con tanta amplitud que, por más que el diseño principal pueda ser trivial o mezquino, no deja de transmitir alguna verdad o belleza. La dulzura se desprende de la fuerza; pero una idea mediocre mal ejecutada es mediocre de principio a fin. Y esto no alentará a amanuenses patizambos, de muñeca frágil, que deben tomarse su trabajo a conciencia o avergonzarse de practicarlo.

 El hombre es imperfecto; mas, en su literatura, debe expresarse a sí mismo sus opiniones y preferencias; porque hacer cualquier otra cosa sería correr un riesgo más peligroso que el de ser inmoral; sin duda, el de ser un embustero. Disfrazar un sentimiento, incluso si es bueno, es convertirlo en un travestido; no nos será útil. Ocultar un sentimiento, si uno está seguro de poseerlo, es tomarse libertades con la verdad. Posiblemente todo punto de vista al alcance del hombre cuerdo contenga alguna verdad y sea, en el contexto adecuado, de provecho para la especie. No temo a la verdad, si hay alguien capaz de decírmela, pero sí a las medias verdades impertinentemente pronunciadas. Hay un tiempo para la danza y un tiempo para el lamento; un tiempo para ser brusco y otro para ponerse sentimental; para ser ascético como para glorificar los apetitos; y el hombre que sepa combinar en su obra estos extremos, en el momento y la proporción justos, habrá dado con la obra maestra tanto del arte como de la moral. La parcialidad es inmoral; pues yerra todo libro que ofrezca una visión tergiversada del mundo y de la vida. El problema radica en que el débil deba ser parcial; la obra de uno es deprimente y deletérea; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, de una sensualidad epiléptica; la de un cuarto, de un amargo ascetismo. En literatura, como en nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único que podemos hacer es asegurarnos lo más posible; y para ello sólo existe una regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio. De nada sirve escribir un libro y dejarlo reposar durante nueve o incluso noventa años; pues durante su redacción sólo parcialmente te habrás convencido a ti mismo; la postergación debe preceder a cualquier comienzo; y si meditas sobre una obra de arte dale una y mil vueltas al asunto y asegúrate de que te agrada su sabor antes de elaborar un volumen que conserve el mismo gusto de principio a fin; si te propones entrar en el campo de la controversia, debes primero reflexionar sobre la cuestión bajo toda suerte de circunstancias, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. Este análisis riguroso, imprescindible para cualquier forma de escritura solidaria y veraz, hace del ejercicio del arte una noble y prolongada enseñanza para el escritor.

 Entretanto, queda mucho por hacer, mucho por decir y repetir una y mil veces. Toda obra literaria que suministre hechos fidedignos o impresiones placenteras presta un servicio a la comunidad. Servicio del que incluso puede estarse agradecidamente orgulloso de haberlo prestado. Las más insignificantes novelas son una bendición mejor que el cloroformo para quienes pasan por un mal momento. La vida de nuestro buen capitán de barco halló justificación cuando Carlyle alivió su espíritu con The King\’s own o Newton Forster. Deleitar es servir; y si no es difícil instruir y entretener a la vez, sí lo es, en cambio, conseguir plenamente lo primero sin lo segundo. Alguna circunstancia del escritor o de su obra aflora incluso en el más insípido de los libros; y leer una novela que fue concebida con un cierto vigor multiplica nuestras experiencias y ejercita nuestra solidaridad. Todo ensayo, todo poema, todo artículo, todo entre–filet, está abocado a penetrar, aun efímeramente, en el espíritu de una parte de la comunidad y colorear, siquiera de forma pasajera, sus pensamientos. Cuando corresponda discutir algún asunto, cualquier escriba de la prensa tiene la valiosa oportunidad de iniciar la discusión con un espíritu digno y humano; y si hubiera en nuestra prensa un número suficiente que lo hiciera así, ni el público ni el Parlamento tendrían por qué caer en los pensamientos más mezquinos. Acaso el escritor tropiece de paso con un tema sugestivo, ameno, tonificante, aunque sea así para un solo lector. Sería, por cierto, muy desdichado si no convenciera a ninguno. Además, tiene la posibilidad de dar con algo que sea cumprensible para una inteligencia mediocre; y que una inteligencia mediocre lea por una vez y comprenda, constituye un hito memorable en su formación.

 Nos encontramos, pues, con una tarea que merece la pena y que debe intentarse hacer bien. Por ello, si me dispusiera a recibir en nuestro oficio a un contingente considerable, no sería en virtud de un sueldo mejor, sino porque fuera un oficio en buena y gran medida útil; que todo comerciante honrado pudiera, con sus solos esfuerzos, hacer más útil aún para la humanidad; que fuera difícil hacerlo bien y posible mejorar con los años; que exigiera de sus practicantes una reflexión escrupulosa, convirtiéndose así en una enseñanza perpetua para las naturalezas más nobles; y que, fuera cual fuese su retribución, siguiera estando mal retribuido en la gran mayoría de los mejores casos. Porque a buen seguro que a estas alturas del siglo diecinueve, nada hay que un hombre honrado deba temer cun mayor recelo que ganar y gastar más de lo que se merece.

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CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE (Robert Louis Steven

 

 CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE

 

 

 

 Con la seductora franqueza de la juventud me plantea una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que todo depende de la vocación.

 

 Saber lo que a uno le gusta marca el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad totalmente experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida. Una y otra vez aúna el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante; pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna excepción –y el destino entra aquí en escena–, es en los momentos en que, hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte que solamente consiste en saburear y dar cuenta de la experiencia.

 

 Esto, que no es tanto vocación por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo inquebrantable por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas de su vocación. La ejecución dc un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista.

 

 Si descubre en usted inclinaciones tan acusadas, no haya lugar para vacilaciones: ríndase a ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle excesivamente) que, al principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda, el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán empeñados en la tarea amada.

 

 Mas, me recordará, pese a la devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas, a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas, arte. El artista inútil no habría sido un panadero del todo incompetente. Y el artista, incluso si no divierte al público, se divierte a sí mismo; al menos ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los beneficios directos –el salario del oficio– son reducidos, pero los beneficios indirectos –el salario de la vida– son incalculables. No existe otro negocio que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos deseables.

 

 Pero el ejercicio del arte no sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus esfuerzus. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con facilidad, tales son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac) ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquéllos, la gran mayoría de su audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pcnsamiento, a solas en su estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su arte.

 

 Aquí conviene hacer dos advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres. Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar. Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vìsta) por servicios que desea ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de vida más viril.

 

 Al hablar de un estilo de vida más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde. El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su arte ya le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su derecho a tales honores.

 

 Pero la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar: proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado. Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos a la suprema amargura de la picota, en esencia tarnbién cortejamos a la humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos! Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces (como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de comprender.

 

 Y advierta que éste parece ser el final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su nombre, según creo. es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort y un quehacer se hacen más necesarios, el escritor debe abandonar a la par su medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una situación falsa.

 

 Pero el escritor (pese a los notorios ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel? ¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan expresar hasta qué punto es más necesario para un hombre mantener a su familia que conseguir –preservar– alguna distinción en las artes. Pero si es responsable de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor) roba de forma tal que siempre sale impune.

 

 Y ahora quizá me pregunte: si el artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre, después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su Eracaso. O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?

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LAS SAGAS NÓRDICAS

LAS SAGAS NÓRDICAS

© Enrique Bernárdez (texto)

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¿Qué es una saga?

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En la antigüedad escandinava se llamaba saga a las pequeñas leyendas sobre seres heroicos, mitológicos, etc., como las que de hecho aparecen en las Eddas.  Sin embargo, en el siglo XIII apareció en Islandia un género literario al que se aplicó la misma denominación y que no tiene prácticamente relación directa con aquellas antiguas leyendas: la saga propiamente dicha.

La palabra islandesa saga quiere decir "lo dicho, lo contado".  En general, podríamos traducirla por "narración" y así se puede aplicar también a las historias narrativas escritas en Islandia y Noruega sobre los reyes de este último país.  Sin embargo, el sentido fundamental del término ha pasado a referirse fundamentalmente a un tipo determinado de obra literaria que se produjo en Islandia entre los siglos XIII y XIV, aunque hay epígonos posteriores.

Los estudiosos clasifican las sagas en varios tipos; el principal de ellos es el de las Sagas Islandesas.  Otras son las sagas históricas, las caballerescas, las de obispos, las de santos… Nos limitaremos a considerar aquí las de islandeses.

Definir lo que son las sagas es a la vez sencillo y extremadamente complejo.  Porque existe una considerable diversidad: tenemos dentro del mismo grupo de sagas de islandeses, algunas de carácter fundamentalmente histórico, mientras que otras unen a partes iguales realidad histórica y ficción, las hay también en que predomina lo ficticio e incluso algunas está claro que son simples obras de ficción sin base histórica.  Sin embargo, en general podemos decir que una saga es una narración, cuya acción transcurre en torno a la época de la colonización de Islandia, hasta la conversión del país al cristianismo, en torno al año 1000 y en la que se cuenta la vida de un personaje islandés.

Podríamos compararlas con novelas históricas o con biografías noveladas.  En unas y en otras, el autor sitúa la acción en un tiempo pasado y, asesorándose mediante libros de historia, biografías, etc., hace una narración que puede ser completamente inventada, aunque siempre haya algunos elementos de carácter histórico.  Los personajes, o el personaje principal, pueden ser inventados también, o reales, en cuyo caso el elemento histórico puede ser más o menos importante, incluso hasta predominar con claridad.  Lo mismo sucedía con las sagas, tanto por la forma en que trabaja el autor como por su propio carácter literario.

Los personajes pueden ser muy diversos, aunque predominan los poetas, como Gunnlaug Lengua de Víbora, o los guerreros vikingos, aunque muchas veces un vikingo era a la vez importante poeta, como Egil Skallagrimsson, personaje importantísimo, núcleo de la saga de su mismo nombre, y un poeta nunca desdeñaba las hazañas guerreras, como el mismo Gunnlaug.  Pero también podía tratarse de simples campesinos, jefes territoriales, etc., como en la Saga de Hrafnkel.  Lo que exigía era que el personaje fuera importante, en cualquier sentido, que en su vida hubieran sucedido grandes acontecimientos y, desde luego, que fuera islandés.  De manera que la saga es un género literario narrativo peculiar de la Islandia medieval y que apenas posee contrapartidas en las otras literaturas medievales europeas.  Cabe destacar, por fin, que sobre este sentido de la palabra saga se ha llegado a crear una especie de género literario especial contemporáneo, dentro de la novela.  El término se usa, sobre todo en el ámbito anglosajón, para novelas que cuentan la historia de una familia.  A partir de aquí, el término ha empezado a usarse mucho en castellano con el sentido de "historia de una familia".  Lo que, si no coincide plenamente con el significado del término tal como lo hemos definido más arriba, sí se aproxima más a él que la definición del diccionario académico, quien lo define como "cada una de las leyendas recogidas en los dos libros llamados Eddas que se refieren a los antiguos escandinavos".

Otro tipo de narración breve de la misma época recibe el nombre islandés de "thaettir" (thattr en singular).  No son propiamente sagas, pues no suelen narrar la vida completa de un personaje, sino que se limitan a una aventura de especial importancia; es posible que, a veces, se dedicara un thattr a un personaje que no se había hecho merecedor de una saga completa, pero que había realizado algún hecho especialmente destacable.  Es más o menos también la diferencia que ahora podemos hacer entre novela y cuento o historia corta.

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¿Cómo y por qué se escribieron las sagas?

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La tradición de estudios literarios e históricos sobre las sagas es ya extensa; podemos decir que comenzó en el siglo XVIII, con el interés anticuario de los eruditos daneses: en Islandia, que fue provincia danesa hasta 1914, seguían copiándose y leyéndose las sagas medievales y muchos manuscritos cayeron en manos de sabios daneses, que los estudiaron y publicaron.  Desde entonces, la investigación sobre las sagas ha pasado por numerosos avatares y la dirección de los estudios ha cambiado varias veces.  Lo que sigue es un resumen de las principales ideas que han ido apareciendo en este período de tiempo.

Los islandeses siempre han sido aficionados a las historias y siguen siéndolo.  Desde los principios del país, colonizado a partir del año 874, los islandeses gustaban de componer historias en verso y, posiblemente, también en prosa sobre personajes de la historia de su país, especialmente de la época de la colonización.  Estas historias no se escribían, sino que tenían carácter exclusivamente oral.  Su función era múltiple: por un lado servían de entretenimiento, pero también guardaban los recuerdos históricos, las genealogías de las familias, los hechos más importantes que habían sucedido en el país, en cada región y en cada una de sus familias principales; servían así, en cierto modo, para mantener la relación entre familias del mismo origen establecidas en lugares distintos de la isla.

Para los partidarios del estudio "romántico" de las sagas, predominante en el siglo XIX y principios del XX, y que aún cuenta con algunos defensores, aunque pocos, aquí radica el origen de estas obras literarias.  El proceso de creación de éstas sería, según ellos, más o menos como sigue.

Algunos personajes y algunas familias de especial importancia, como la del vikingo y poeta Egil Skallagrimsson, contarían con numerosas historias, que se transmitían oralmente.  En lugar de ser simples narraciones libres, que variaban cada vez que se recitaban, llegaron a codificarse de manera que el narrador las aprendía de memoria, al pie de la letra.  Para ello se ayudaban con algunas características del estilo literario propias de la transmisión oral, como las repeticiones, las fórmulas fijas, etc.  Como no podía menos de suceder, pese a los intentos de fidelidad a la versión inicial, los errores de memoria o los gustos del narrador podían producir variaciones, de manera que la historia cambiaría según quien la contara, aunque siempre dentro de unos márgenes bastante estrechos.  Estas historias orales se conservarían entonces a lo largo de varios siglos, pues suponemos que se originarían poco después de la muerte de los personajes, si no en vida de éstos.  En resumen, es algo similar al origen que se considera aún válido para los cantares de gesta, como el Mío Cid español, el Cantar de Roldán francés, etc.

Esto explicaría, aparentemente al menos, varias cosas.  En primer lugar, ciertos rasgos estilísticos de las sagas, propios del lenguaje hablado y no del escrito; además, la existencia de variaciones más o menos grandes entre diversos manuscritos de las sagas.  Finalmente, explicaría el carácter histórico, al parecer muy considerable, que podemos asignar a las sagas; este carácter histórico llega hasta el extremo de que, por ejemplo, en una de las más grandes sagas, la de Njál, se cuenta la quema de la casa de uno de los principales personajes, Gunnar de Hlidarendi, indicando cómo fue la lucha y también dónde se produjo exactamente.  Y, en efecto, en los años 20 de este siglo, los arqueólogos descubrieron en el lugar indicado los restos de una casa quemada que coincidían con la descripción de la saga; o la narración de la Saga de Erik el Rojo sobre los asentamientos islandeses en Groenlandia, que se vio confirmada por los hallazgos arqueológicos; justo donde tenían que encontrarse se encontraron las cosas que se esperaban.  El caso extremo, en cierto modo, o el más llamativo, es el de la narración de los viajes a Vinland (América del Norte), en la misma Saga de Erik el Rojo: las descripciones geográficas se han intentado identificar con el terreno de la costa nordeste de Norteamérica y algunas observaciones que en la saga se hacen sobre los indios parece coincidir exactamente con las que aportaron viajeros europeos en los siglos XVI y XVII: comidas extrañas, armas aún más extrañas, costumbres como dormir bajo una canoa volcada y otras muchas cosas aparecen en la saga y parece que luego se han confirmado.  Y hoy día parece que no cabe duda de la presencia efímera de los groenlandeses e islandeses en Norteamérica y algunos restos arqueológicos encontrados en la zona es muy posible que sean de origen escandinavo.  Todo ello parece apuntar a una considerable fiabilidad histórica en las sagas.  Lo que, desde luego, no sería extraño si las sagas no fueran sino historias contadas oralmente sin modificación, prácticamente ni siquiera literal, desde la época en que sucedieron los hechos.

La saga es, para los estudiosos partidarios de esta teoría, un género oral puesto por escrito varios siglos después de sucedidos los hechos; los escribas no hicieron más que poner sobre pergamino las historias que les contaban.  Lo que explicaría, de paso, por qué las sagas son anónimas.

Hasta aquí la teoría tradicional, romántica.  Pero las cosas parece que no coinciden como debieran.  Hoy día, la inmensa mayoría de los estudiosos de las sagas son de otra opinión: no se trata de un género oral, sino escrito, obra de autores individuales que las crearon en forma similar a como un novelista moderno crea una novela.

Esta teoría, predominante hoy, tiene también sus variantes.  Así, algunos llevaron esta idea de creación escrita personal a sus consecuencias extremas.  No nos ocuparemos de estas opiniones tan desprestigiadas hoy como las que vimos en primer lugar, sino que tendremos en cuenta solamente lo que hoy día parece ser la explicación más plausible del origen de estas narraciones islandesas.

Podemos explicar la aparición de las sagas escritas como resultado de una compleja serie de factores.  Existían sin duda las narraciones orales a las que hemos hecho referencia; pero éstas eran breves y, posiblemente, carecían de la codificación que antes dijimos.  Se tratarían de simples historias en las que se recogía información de varios siglos atrás, pero sin una considerable labor literaria.  Antes sólo existía el alfabeto rúnico, que nunca se utilizó, que sepamos, para escribir textos extensos, sino sólo para inscripciones, mensajes, etc.  (quizá también para escribir los poemas escáldicos, de los que luego hablaremos).  Con el cristianismo llegó el alfabeto romano, que fue rápidamente adoptado y adaptado a las necesidades de la fonética islandesa.  Pero llegaron más cosas.  Entre otras, una relación con los centros de la ciencia medieval, por ejemplo París.  Islandés fue el primer sacerdote escandinavo que estudió en la ciudad francesa.  Llegó el conocimiento de la literatura latina medieval (y de algunas literaturas en las lenguas vernáculas) y algo de la literatura clásica latina.  Así, los islandeses conocieron historias del mundo, historias de santos, de la Virgen, narraciones bélicas, etc., incluyendo algunas obras de ficción además de las puramente teológicas.  Los islandeses tenían ya un considerable interés por la literatura, reflejada en la poesía, sobre todo la escáldica, de los siglos IX al XII; el género escáldico llegó a convertirse en una especialidad literaria de monopolio islandés: islandeses eran los escaldas que viajaban por las cortes escandinavas y en las Islas Británicas.  También fue en Islandia donde más tiempo se conservaron las tradiciones literarias (y otras como las mitológicas) escandinavas, lo que explica que, por ejemplo, en época cristiana se siguieran componiendo poemas de tema religioso pagano.  Con el cristianismo, el nuevo alfabeto y el nuevo conocimiento de otras literaturas empujaron aún más el gusto islandés por la literatura.  Se empezó, como en otros lugares de la Europa medieval cristiana, a redactar historias de personajes sagrados; primero en latín, pero enseguida en islandés.  Este paso, más rápido que en otros países europeos, a la lengua vernácula se vio favorecido por la ya mencionada tradición literaria oral y por dos peculiaridades islandesas: el mantenimiento de la lengua, sin cambios y prácticamente sin variaciones dialectales como consecuencia de la igualdad social, relativa pero mayor que en ningún otro país europeo, y el orgullo nacionalista, tan bien representado en las mismas sagas y, sobre todo, en muchos thaettir.  Los islandeses tenían sus modos de vida, y entre ellos encajaba perfectamente expresarse siempre en su lengua, incluso para cosas que en otros sitios se hacían en latín.

Comenzó así una considerable actividad literaria en lengua islandesa, en los géneros usuales de la época.  A veces traducciones, pero sobre todo creaciones propias, y en todos los terrenos.  Había historias del mundo e historias de los países (por ejemplo la historia de Britania de Beda el Venerable, bien conocida en Islandia) y los islandeses quisieron escribir también su propia historia.  Como ésta era muy reciente, había dos posibilidades: contar la breve historia de Islandia, especialmente los sucesos que rodearon su descubrimiento y su colonización, o narrar la historia de Noruega, país del que procedían la mayor parte de los colonizadores; como la historia de un país era la historia de sus gobernantes, de sus reyes, la historia de Noruega, primer capítulo de la de Islandia, se convirtió en las historias de los reyes de Noruega.

Y los islandeses trabajaron por todas estas vías: redactaron historias de la Virgen, de santos extranjeros, pero también de sus propios obispos, popularmente santificados; redactaron historias de los reyes noruegos, en su conjunto o individualmente y también narraron la colonización de su propio país.  Estos libros se escribían a la manera de cómo se hacía en otras partes: recurriendo a las fuentes, que en Islandia eran casi exclusivamente orales al principio; cuando hubo ya un corpus literario e histórico importante, lo que sucedió enseguida, a esas fuentes orales se unieron las escritas, no sólo islandesas, sino también extranjeras.  Surgieron así, primero un breve "Libro de los Islandeses", del sabio Ari Thorgilsson, siglo XII, luego sucesivos "Libros de Colonización", anónimos algunos, de autor conocido otros; se escribieron historias como las llamadas "Sagas de Obispos", resúmenes de la historia de Noruega como el "Ágrip" ("Resumen"), historias del rey noruego Olav Haraldsson el Santo, etc.  Podemos decir que esta tradición culminó con una magnífica obra historigráfica: las "Historias de los Reyes de Noruega" o "Heimskringla" de Snorri Sturluson, importantísimo político y escritor islandés del siglo XII-XIII.

La Heimskringla es llamada así por las primeras palabras del texto: "El círculo del mundo…", heims kringla en islandés.  Se trata, para muchos, de la mejor obra de su estilo en el medievo europeo; es un libro extenso, que trata las vidas de los reyes noruegos desde sus orígenes míticos; su gran valor histórico va parejo con su excepcional interés literario.  Un elemento que llama la atención en toda esta literatura islandesa, incluida la obra de Snorri, es la ausencia, comparativamente con las tradiciones del resto de Europa, de ingredientes fabulosos.  Los islandeses, realistas y pragmáticos, llevaban el realismo a sus obras históricas, sometiendo sus fuentes a una criba crítica y rechazando todo lo que parecía increíble o improbable.

Lo más plausible parece ser el ver en todo esto el origen de la saga: igual que se escribían las vidas de los grandes personajes extranjeros, por ejemplo de los reyes noruegos, se podían componer biografías de los grandes personajes islandeses.  Como en Islandia no había nada que pudiera compararse directamente con las aristocracias europeas, también escandinavas, había que otorgar su grandeza al personaje en virtud de sus hechos.  Todo consistía, por tanto, en escribir vidas de islandeses notables del mismo modo que se escribían las de extranjeros destacados.  Así, junto a las vidas de santos, de obispos y reyes, aparecen las de islandeses.

Esto servía para poner de relieve la importancia de la nación islandesa: un pueblo se medía entonces por la grandeza de sus individualidades.  Por otra parte, en la época en que se escribieron las sagas, había considerables tensiones con los reyes noruegos, que deseaban convertir a la isla en simple estado vasallo, privándola de su ya secular independencia.  La lucha contra los afanes expansionistas noruegos prosiguió hasta la definitiva absorción en el siglo XIV y la literatura servía también aquí de arma política.  En muchos thaettir, por ejemplo, y en algunas sagas importantes también, encontramos claramente reflejado el antagonismo noruego-islandés.

Las sagas de islandeses transcurren en la época heroica de la isla, pero también hubo sagas de contemporáneos, que trataban los acontecimientos de la misma época de redacción o poco antes.  No se trataba de simples crónicas, sino de historias noveladas donde no sabemos siempre qué es cierto y qué inventado.  Es decir, pese a la diferencia cronológica de su acción con las sagas de islandeses en sentido propio, guardan con éstas una estrechísima relación.

Podemos suponer que las sagas de islandeses se compusieron como otras obras cultas de la época, no sólo en Islandia: un autor, muy a menudo un monje, otras veces alguien relacionado de algún modo con un monasterio, otras veces un importante personaje político, escribía "ex ovo" la historia de un personaje anterior, que normalmente había sido antepasado suyo o, simplemente, había vivido en su región o en aquella en la que residía el autor.  Para hacerlo utilizaba todas las fuentes posibles.  Sin duda, fuentes orales, no sólo historias sino también recuerdos, anécdotas, etc., transmitidas de generación en generación.  Pero también fuentes escritas: listas genealógicas, los libros de la colonización, otras sagas y otras historias: no podemos olvidar que la acción se sitúa en época ya lejana para el autor, y que tenía que asesorarse bien sobre los sucesos históricos.  Con todo ello y tras un proceso de crítica de las fuentes en el que se rechazaba todo lo increíble para la época, casi todo lo maravilloso y buena parte de lo fabuloso, se redactaba la obra siguiendo un plan previo del autor.  No se trata, por tanto, de narraciones orales pasadas al pergamino, sino de obras literarias escritas.

Esto nos obliga a plantearnos las cuestiones que parecía explicar la teoría oral: el carácter histórico, las variantes, el por qué del anonimato de sus autores, etc.

En cuanto al carácter histórico de las sagas, podemos distinguir dos cuestiones: en primer lugar cómo explica la nueva teoría la indudable historicidad de buena parte de las sagas; en segundo lugar, hasta dónde llega realmente esa historicidad.

Desde luego, decir que las sagas no son simples plasmación escrita de una tradición oral secular inalterada no quiere decir que carezcan de todo valor histórico.  Porque, en último término, parte de las fuentes utilizadas para escribirlas sí tienen ese carácter secular inalterado al que nos hemos referido.  Una parte de la numerosísima información de carácter histórico que se nos proporciona parece indudablemente fiable, precisamente porque se apoya en fuentes anteriores.  Pero, al tratarse de obras creadas por un autor determinado con fines sobre todo literarios, mucho más que históricos, aparecerán también muchas cosas carentes de realidad histórica.

Así, en numerosas sagas, entre ellas la de Gunnlaug Lengua de Víbora, encontramos temas, motivos y personajes sospechosamente repetidos: el joven que debe viajar al extranjero a fin de hacer méritos para casarse con su amada, y que es engañado por un amigo que se convertirá en marido de aquella; la lucha singular con un berserk amenazante; se trata de dos motivos que aparecen en sagas aparentemente no relacionadas entre sí.  El primero de ellos, para poner sólo ese ejemplo, reaparece en varias vidas de poetas y parece que se ha convertido en tema literario obligado para este subtipo especial de sagas.

En estas condiciones, parece que una parte al menos de los hechos que se narran en las sagas no son históricamente ciertos.  El autor podría inventarse aventuras, peripecias, personajes, pero también podía tomarlos prestados de otras sagas u otras obras literarias o simplemente de las convenciones literarias de la época.  Un ejemplo claro de todo esto es la aparición de los poemas escáldicos en las sagas.  En el prólogo a su Heimskringla, Snorri explicaba que una de las fuentes más importantes y más fiables para conseguir información histórica veraz y objetiva eran las composiciones de los escaldas o poetas cortesanos.  Decía Snorri que, como los poemas se recitaban públicamente en presencia del rey y de su corte, era impensable que en ellos se narraran hazañas inexistentes o que se exagerara demasiado, porque ello se consideraría burla y no alabanza.

Estos poemas escáldicos nacieron hacia el siglo VIII y IX y, como ya hemos dicho, se convirtieron con el tiempo en casi monopolio islandés.  Se transmitían oralmente, lo que se veía muy facilitado por su misma estructura métrica estricta y con aliteración, rimas internas y en ocasiones externas, utilización de paráfrasis muy complejas, especie de metáforas llamadas "kenning" y una sintaxis y, en general, una dicción poética muy peculiares.  En Islandia, este tipo de poesía se resistió durante mucho tiempo a la influencia de la poesía de origen e inspiración europea continental y llegó a utilizarse incluso para la composición de obras de carácter cristiano.  Prácticamente sin modificación de ningún tipo, estos poemas se conservaron hasta que, en la época de creación de las sagas, pasaron a fijarse por escrito.  Su valor histórico es, por tanto, elevado y las observaciones de Snorri parecen hoy todavía válidas en buena parte.

Prácticamente casi todas las sagas incluyen poemas escálidicos para glosar situaciones, hazañas, etc.  Se trata de un resto de su origen como derivación de las obras de carácter historiográfico.  En general, se considera que la aparición de esas composiciones son una especie de garantía de por los menos una buena parte del contenido de las sagas.

Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla.  Porque se ha podido demostrar que algunas de las composiciones que aparecen son falsas: en unos casos se trata de falsas atribuciones, por ejemplo a Gunnlaug Lengua de Víbora se le atribuyen algunos poemas de otro escalda anterior, al que también se le dedicó una saga, redactada antes de la de Gunnlaug: Kormak.  En otros casos se trata posiblemente de poemas compuestos para la ocasión por el mismo autor de la saga; es le caso, entre otros, de algunos poemas que se dice, en la Saga de Egil Skallagrimsson, que fueron compuestos por su autor a los tres años de edad.  Igual que el escritor contemporáneo de novelas históricas puede inventarse documentos, libros y demás, el autor medieval de la saga podía inventarse, si lo consideraba útil o conveniente, alguna estrofa escáldica para dar así un tono más histórico a su narración.

Por otra parte, aunque la cronología de las sagas no está del todo clara, parece que las primeras contenían un número mucho mayor de estrofas escáldicas y que, según pasaba el tiempo, éstas iban siendo menos numerosas, hasta llegar a la composición de sagas que, como la de Hrafnkel, no tenían ninguna o bien otras sagas como la de Njál, que tenían muy pocas.  Es decir, parece que según fue pasando el tiempo predominó cada vez más claramente el elemento de ficción y fue perdiendo importancia el aspecto histórico.  Esto sería una evolución lógica a partir del origen de las obras de carácter historiográfico: las sagas empiezan como historias noveladas para acabar prácticamente en novelas de ambiente histórico.

De manera que las sagas tienen una parte de verdad pero otra, tanto o más importante, de simple ficción.  Pueden seguir utilizándose como fuentes históricas, pero no considerarlas como historias verdaderas al cien por cien, como pretendía la interpretación romántica.

Nuestro segundo problema es explicar las variantes entre diversas versiones de las sagas.  Se trata de una cuestión muy compleja en la que no podemos entrar en detalle.  Señalaremos tan sólo que los manuscritos de sagas que se poseen son, además de muy numerosos, de muy diverso carácter y antigüedad.  En general, no los hay de la época de redacción, es decir, no se trata de los manuscritos originales, no son autógrafos de los autores.  Además, los manuscritos son a veces completos y a veces fragmentarios, en ocasiones se recogen las sagas completas y en otros casos sólo partes de ellas.  Teniendo en cuenta que las sagas se copiaban y recopiaban, se compraban, vendían, prestaban y hasta robaban, y ello desde la época de su redacción hasta prácticamente el siglo XIX, no puede resultar extraño que aparezcan variantes, incluso considerables.

El tercer problema es el del anonimato de los autores.  Era perfectamente explicable en el caso del origen oral.  En realidad el anonimato es algo peculiar de la literatura medieval, aunque probablemente menos de lo que tradicionalmente se ha pensado; ese anonimato era menor en las obras científicas, pero frecuente en las puramente literarias.  En Islandia conocemos autores de obras de la primera clase: Snorri Sturluson o Ari el Sabio, por citar sólo dos.  Además, teniendo en cuenta lo dicho sobre los manuscritos, parece lógico que no se recogieran de un manuscrito a otro, detalles realmente secundarios como el nombre del autor, que no le decían prácticamente nada al campesino islandés varios siglos después de que la saga se hubiera redactado.

En cuanto al estilo, indiscutiblemente más propio de lo oral lo conversacional o incluso coloquial que de lo escrito, parece incluso una razón más a favor de esta teoría: resultaría difícil memorizar, por ejemplo, los extensos pasajes dialogados de sagas como las de Hrafnkel o la de Njál.  Por otra parte, podemos observar un contraste con el estilo, mucho más barroco, calcado a veces del latín, de otras narraciones como las vidas de obispos.  Las sagas de islandeses, que trataban de personajes populares, conservaban el estilo popular: se escribía como se hablaba, posiblemente, aunque no podamos saber si se trata de algo buscado o del resultado de una falta de tradición suficiente en la producción de obras literarias escritas.  Además, sin embargo, en el estilo de las sagas encontramos mucho de convencional, tomado de modelos diversos, incluso no islandeses.

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Respuesta Recomendar Mensaje 2 de 2 en la discusión

De: Robertokles-Jr Enviado: 28/06/2004 23:21 Centros de producción de las Sagas.

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Son fundamentalmente regionales, tanto por sus personajes como por sus autores, como ya hemos visto.  Se pueden establecer grupos de sagas por la región en que se desarrollan, que suelen coincidir además con las regiones donde se encontraban los centros de enseñanza en torno a los cuales se escribieron.

Existen, así, sagas de la región del fiordo de Borg, como la de Gunnlaug o el thattr de Gisl Illugasson, pues sus personajes proceden de esa región donde se asentaron sus familias de las que luego procederían personajes tan importantes como Egil Skallagrimsson, el mismo Gunnlaug o, más tarde, Snorri Sturluson.  Es decir, se escribieron ciclos completos de sagas, muchas de las cuales se han perdido, sobre las grandes familias de cada región de Islandia.

Los centros de producción de las sagas coinciden aproximadamente en unos casos, exactamente en otros, con las regiones de desarrollo de las mismas.  En Islandia, como en otros sitios, fueron los monasterios los grandes centros literarios.  Pero, a diferencia de otros lugares de Europa, en ellos no se redactaban sólo obras de carácter religioso, sino que se prestaba gran atención a las obras profanas: si los autores fueron en muchos casos los mismos monjes, éstos sabían separar perfectamente las dos facetas de la vida.  Unas veces trabajaban como hombres de la Iglesia, otras como literatos islandeses, aunque en ocasiones, como en la Saga de Hrafnkel, supieran unir hábilmente ambos aspectos, creando obras de inspiración cristiana, muy probablemente con fines edificantes, siguiendo el estilo de las obras puramente seculares de entretenimiento.  Hoy día se presta cada vez más atención a la influencia del cristianismo sobre las sagas y en varias de ellas se cree ver una clara inspiración religiosa, magistralmente combinada con la descripción precisa de las aventuras, las instituciones y el modo de vida de los islandeses de época pagana.

Centros islandeses de erudición, enseñanza y religión a la vez que de producción literaria fueron los obispados de Skálholt, en el sur de la isla y de Hólar, en el norte; centros de enseñanza como el de Oddi, donde se formó Snorri, estaban estrechamente unidos a ellos.  Monasterios, de los que había muchos en el país, como los de Mödruvellir, en el norte, Helgafel en e oeste, Vídey en la región de Reykjavík, etc., tienen una importancia fundamental para comprender la aparición y el desarrollo de las sagas.

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Las épocas de las Sagas.

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Se desarrollan entre los siglos IX y XI, en la que podemos llamar época heroica de Islandia.  Esto sirve para diferenciarlas de otro tipo de obras llamadas también sagas: las de obispos y de familias contemporáneas, que pertenecen a la época cristiana; las de la antigüedad, cuyos personajes vivieron antes de la época heroica: desde el siglo IX hasta los principios de la epopeya germánica, como la Saga de los Volsungos, que desarrolla temas que reaparecerán en el Cantar de los Nibelungos alemán y que se remontan al siglo V o incluso antes.

La época en que se produce la acción de las sagas es muy distinta a la que ve su nacimiento: en los siglos IX al XI, Islandia era una sociedad germánica-escandinava tradicional, pagana, aunque sometida ya a considerables tensiones que desembocarán, hacia el año 1000, en la conversión oficial del país al cristianismo, por decisión mayoritaria de la gran asamblea o thing.  No se trata de una lucha religiosa, sino fuandamentalmente social y cultural: la sociedad pagana tradicional iba estando cada vez más influida por la cultura y la vida económica y política de los estados europeos.

En la época heroica en que se colonizó Islandia y su población fue creciendo y se formaron las instituciones y se desarrolló el carácter peculiar de lo islandés frente al resto de lo escandinavo, tenemos todavía las principales características de lo que era la sociedad germánica primitiva, aunque en progreso de rápido cambio: una cierta igualdad social, sin que existiera una nobleza claramente destacada del resto de la población, mayoritariamente compuesta de hombres libres propietarios de tierras y de esclavos generalmente de origen céltico; instituciones democráticas como el thing, donde se reunían los hombres libres para impartir justicia, tomar decisiones políticas y modificar las leyes o hacer leyes nuevas; costumbres como la de viajar en verano al otro lado del mar, generalmente a la península escandinava y a las islas Británicas, para hacer comercio, participar en expediciones vikingas, visitar parientes, conseguir favores de los reyes o para ver mundo.  Pero, sobre todo, una serie de principios y valores éticos y morales netamente paganos, en los que primaban la idean del destino, el valor personal como único medio de ser recordado como gran personaje después de la muerte, la hospitalidad, elemento fundamental en la sociedad tradicional, la fidelidad y la amistad a los familiares, amigos y jefes.  Pero también cosas que ahora consideraríamos como antivalores: la capacidad de emborracharse sin medida, de ser cruel e implacable cuando parecía necesario, de elevarse por encima de los demás… antivalores que eran valores positivos para aquella época.  Gran parte de esa ética, de esos principios morales y de comportamiento, se reflejan también en obras llegadas a nosotros desde la época pagana, como el Hávámal o Discurso del Altísimo, largo poema compuesto por aforismos, refranes y recomendaciones de conducta.

Un aspecto fundamental, imprescindible para entender buena parte de las sagas, es lo que hoy llamaríamos sistema penal.  Cuando se producía un delito grave, generalmente una muerte, los familiares de la víctima podían optar entre pedir una compensación económica o vengarse en el culpable de la muerte o en algunos de sus familiares.  En este caso era a su vez el turno de éstos, y podía producirse una cadena de venganzas sangrientas que llegaban a involucrar a un número considerable de personas en atentados, emboscadas y batalles campales.  También se podía acudir al thing y hacer juzgar al asesino.  En la asamblea se podía tomar la decisión de promover un acuerdo entre las familias afectadas estableciendo compensaciones económicas, o bien condenar al asesino al destierro; término éste, por otra parte, que no corresponde exactamente a la pena, pues no se trataba de la simple expulsión de la región o del país, sino que implicaba la indefensión absoluta del condenado de forma que cualquiera podía matarlo sin incurrir en responsabilidades y todos sus bienes podían ser incautados en manos de los familiares o amigos de la víctima y las actuaciones, aunque "legales", solían ser violentas.  Si, como sucede en la Saga de Hrafnkel, el condenado tenía gran poder, podía resultar díficil, o imposible incluso, hacer efectiva la condena.

Las sagas se escriben fundamentalmente en los siglos XIII y XIV.  Es una época fundamental en la historia de Islandia, y su terminación marca el fin de la independencia política y de la pervivencia de la tradición, aunque parte de ésta podrá sobrevivir en las aisladas granjas islandesas hasta mucho más tarde.

Islandia es por entonces cristiana desde hace varias generaciones, y los cambios que antes apuntamos habían culminado: sin llegar a crearse un ejecutivo central, todo estaba en manos de los jefes regionales, sucesores de los antiguos godar.  Había conflicto entre éstos y los campesinos libres que habitaban en sus distritos, pero también entre los jefes y la Iglesia, pues aquellos habían querido perpetuar su poder religioso como "apéndice" del poder civil y la Iglesia, después de las reformas de Gregorio VII quería ser plenamente independiente en el terreno espiritual y, aún más, intervenía directamente en la vida política y económica.  Se produjeron así guerras civiles que se prolongaron durante bastantes años.  La isla vivía en un estado de total inseguridad civil, y el más poderoso abusaba sin escrúpulos de su poder y sus prerrogativas.

En esta situación, los deseos expansionistas de los reyes noruegos (y los daneses) encontraron terreno abonado.  Participaron directamente en las luchas intestinas islandesas, y personajes como Snorri mantuvieron un equilibrio más que díficil entre el deseo de independencia nacional, la necesidad de estar en buenas relaciones con el rey noruego y la inevitabilidad del enfrentamiento con otras grandes familias islandesas.  Tan díficil era ese equilibrio que el mismo Snorri murió asesinado por ello.

Pero, al mismo tiempo que se producían todos esos complejos acontecimientos, en Islandia florecían las letras.  Desde el siglo XII se habían comenzado a componer obras islandesas y a traducir obras extranjeras, y los centros islandeses de enseñanza desarrollaban una considerable actividad, muy superior a la de otros países escandinavos como Noruega o Dinamarca, para no hablar de Suecia, recientemente cristianizada y donde aún no se había asentado definitivamente la nueva cultura y las nuevas formas de vida.  De este modo, Islandia producirá una literatura magnífica, formada por las distintas clases de sagas, las obras historiográficas, las recopilaciones de leyes, las traducciones, etc.., al tiempo que se ponen por escrito poemas orales de época pagana como la Edda, compliación de antiguos poemas mitológicos y heroicos, o la ya mencionada poesía escáldica.  El que todo esto suceda en una época de gravísima crisis interna y externa no deja de encajar en una pauta de carácter bastante universal.

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© Enrique Bernárdez (texto)

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ÚLTIMAS TARDES CON TERESA (Juan Marsé)

Manolo, alias el Pijoaparte, es un malagueño que vive en Barcelona con su hermano. Vive robando motos y revendiéndolas en el taller de su hermano. Sin embargo su ilusión es encontrar una joven rica y casarse con ella, para asi ascender. Con esa idea se cuela en una fiesta de niños bien, y allí conoce a Maruja. Consigue varias citas y cuando consigue acostarse con ella, por la mañana descubre que tan sólo es una criada en una casa. Le pega una paliza, pero vuelve a Maruja siempre. Un día que están solos en la casa en la que sirve Maruja, Manolo quiere robar las joyas de la familia, pero ella se opone con energía. Él le pega varias bofetadas hasta que Maruja pierde el sentido, entonces Manolo huye.
Teresa, la hija de los dueños de la casa donde sirve Maruja, busca al pijoaparte para decirle que Maruja está en coma muy mal en un hospital. Le dice que fue a consecuencia de una caída. Acompaña a Teresa al hospital, asi se ven cada tarde. Manolo decide seducir a Teresa. Teresa tiene una idea equivocada de él, piensa que es un obrero sindicalista, y se hace una idea romántica acerca de él, por lo que se siente atraída por él.

Me ha gustado a cachos, tiene partes mejores y partes tediosas. Recomendable si te gusta Juan Marsé .

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Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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