EL DOCTOR ZHIVAGO (Boris Pasternak)

Ahora que el escándalo de su publicación quedó atrás y que esta novela, por la que Pasternak fue cubierto de ignominias, ensalzado y hasta premiado con el Nobel, ha sido publicada en la URSS de la perestroika y el glasnost, se puede leer El doctor Zhivago con más serenidad que al aparecer, en el exilio, hace treinta años. La primera reacción del lector de nuestros días que culmina la larga travesía de su lectura, es de sorpresa. ¿Cómo pudo este libro provocar semejante controversia política? Algo debe de haber progresado el mundo hacia la sensatez cuando tanto en el Este como en el Oeste se reconoce esta evidencia: que sólo un espíritu inquisitorial exacerbado, o una estupidez de dimensiones patológicas, pudo desnaturalizar la novela de Pasternak al extremo de ver en ella una diatriba contra la revolución de octubre. O, incluso, una crítica específica al régimen soviético.

Es ambas cosas sólo de manera muy lateral y desvaída. Aunque en ella, como en todas las novelas, y, sobre todo, las de ambición totalizadora, se puede extraer una visión de la realidad y de la historia, lo cierto es que en El doctor Zhivago, pese a transcurrir en medio de trascendentales acontecimientos políticos, lo fundamental, la sustancia dentro de la que viven y mueren sus actores, tiene que ver, más que con la actualidad social y el acontecer político, con la espiritualidad humana, la soberanía individual, la creación artística, el amor y la misteriosa geografía de los destinos particulares.

La admiración que tuvo Pasternak por Tolstoi —a quien conoció de niño, en casa de sus padres, según cuenta en su autobiografía— y la grandeza del designio que anima ambos libros, ha hecho que se compare El doctor Zhivago con Guerra y paz. En verdad, la filiación entre ambas novelas es superficial; de envergadura y audacia más que de estructura y substancia. La novela tolstoiana es un gran fresco de la sociedad rusa decimonónica, una recreación épica —maravillosamente falaz, para ilustrar una teoría de la historia tan imaginativa como la invención novelesca— de las guerras napoleónicas. La obra de Pasternak es una creación lírica, que se aparta continuamente del mundo exterior para describir, con poética delicadeza, las devastaciones que las fuerzas sociales producen en ciertos espíritus sensibles, seres cuya integridad y naturaleza se vuelven impotentes ante determinados acontecimientos históricos y condenan por eso a ser destruidos. En las antípodas de la visión optimista y grandiosa del hombre, de Tolstoi, El doctor Zhivago es un libro antiheroico, ensimismado y pesimista. Su héroe es el hombre común, sin cualidades excepcionales, básicamente decente, de instintos sanos, que carece de aptitud y vocación para la grandeza, al que la revolución, fuerza transformadora y destructiva, aplasta sin misericordia (como a Lara, Tonia y Yuri) o modela con brutalidad, imponiéndole una moral, una psicología y hasta un lenguaje ad-hoc (como al revolucionario trágico Antipov-Strelnikov, o a Gordon y Dudorov).

Al aparecer, en Occidente, a fines de los cincuenta, todos los críticos, aun los más entusiastas del libro, quedaron algo desconcertados con su estructura anticuada, su lento desarrollo, las intromisiones del narrador omnisciente para opinar y juzgar por cuenta propia, irrespetuoso de las convenciones de la ficción moderna. El libro parecía elaborado en un mundo impermeable a los grandes experimentos de la narrativa contemporánea —Faulkner, Dos Passos, Sartre, Hemingway— e, incluso, resultar de una concepción estética anterior a Henry James, a Proust y hasta Flaubert. La explicación no estaba, sólo, en el aislamiento de los escritores soviéticos respecto a la vida cultural fuera de sus fronteras; en el caso de Pasternak era, también, una elección personal. La suelta historia de El doctor Zhivago recuerda la tosca carpintería de los viejos novelones decimonónicos, sus episodios melodramáticos y efectistas, las coincidencias extraordinarias, las grandes parrafadas románticas que, a ratos, convierten los diálogos en discursos. Pero, pese a la impericia de su construcción y a lo borroso del trazado de sus personajes, es una de las grandes creaciones modernas, un hito de la literatura de nuestro tiempo, como El viaje al final de la noche, de Céline, 1984, de Orwell, o los cuentos de Borges. Es la novela de un poeta, un fino recreador de la belleza del mundo natural, cuyas tiernas descripciones del invierno ruso, de los profundos bosques renaciendo en la primavera, o de las estepas por las que merodean los perros que el hambre ha vuelto carniceros, deben de ser verdaderas proezas literarias, ya que aun en la traducción, que adivinamos marchita comparada con el original, nos conmueven como poemas logrados. No deja de ser irónico que quien observó con sensibilidad tan acerada y cantó con tanta elocuencia a la tierra rusa fuera expulsado de la Unión de Escritores de su país acusado de «fariseo, enemigo de su pueblo y antipatriota».

La historia que relata El doctor Zhivago transcurre entre 1903 y 1929, año en que muere el personaje central, más un epílogo situado en la segunda guerra mundial del que son protagonistas dos compañeros de juventud de Yuri. Los actores principales de la novela son tironeados y aventados aquí y allá por los grandes sucesos históricos —la agitación pre y postrevolucionaria, la guerra, la revolución misma, la contienda civil entre bolcheviques y rusos blancos—, pero estos hechos no suelen estar directamente referidos. Ocurren lejos de la acción central, la que recibe los confusos ramalazos, las truculentas consecuencias. La excepción es la guerra de guerrillas, en la que Yuri Zhivago se ve precipitado a la fuerza, por uno de los bandos. Pero aun este episodio no figura en la novela como una realidad autónoma, objetiva, sino diluido por la sensibilidad y la memoria del héroe. La historia del libro es aquella que se escribe con minúsculas, la que corresponde a los individuos del montón, aquellos que no hacen la historia con mayúsculas, sino la sufren. Como le ocurre al ciudadano promedio, al que el destino depara el dudoso privilegio de vivir una gran convulsión histórica, los personajes —y el lector— de El doctor Zhivago están a menudo desorientados y ciegos sobre lo que ocurre. Porque sólo a la distancia, y después de pasar por el tamiz del tiempo y de la razón y la pluma de los historiadores, cobra la historia un orden y un sentido. Cuando ella se vive, como les sucede a Lara, a Tonia, a Zhivago e incluso a seres más importantes o beligerantes que ellos, como Antipov o Komarovski, la historia es sólo «la furia y el ruido» del verso de Shakespeare.

Pero sin esa confusa historia que los manosea, aturde, y, finalmente, despedaza, las vidas de los protagonistas no serían lo que son. Éste es el tema central de la novela, el que reaparece, una y otra vez, como leitmotiv, a lo largo de su tumultuosa peripecia: la indefensión del individuo frente a la historia, su fragilidad e impotencia cuando se ve atrapado en el remolino del «gran acontecimiento». A diferencia de lo que ocurre en Tolstoi, en Víctor Hugo, en Malraux, en los grandes novelistas de lo heroico, en los que el hombre alcanza la grandeza rompiendo los límites, adquiriendo una suerte de energía y coraje sobrehumanos que lo ponen a la altura del acontecimiento y le permiten gobernarlo, orientándolo de acuerdo con sus pasiones o ideas, en el mundo de Pasternak la grandeza se obtiene calladamente, tratando de preservar, en contra de las nuevas convenciones sociales, la serenidad y el apego a ciertos valores y convicciones que amenazan ser arrasados por la tormenta revolucionaria, el amor, la búsqueda de la verdad, el espíritu de creación, ciertos códigos de conducta, la espiritualidad, la fe.

Zhivago no es un héroe en la acepción social del término. Aunque escribe unos poemas y textos que circulan en los medios intelectuales y le dan episódico prestigio, tampoco su obra imprime una marca sobre su época. Al lector, sobre todo al principio, la pasividad del médico ante los trastornos sociales, lo impacienta. ¿Por qué no actúa, en un sentido o en otro? ¿Por qué acepta todo lo que sucede a su mundo, a su familia, con ese quietismo casi místico? Luego, poco a poco, lo que parecía resignación, indiferencia, fatalismo, va cobrando otra valencia y la figura de ese intelectual adquiere una significación ética y simbólica, que lo redime. En realidad, también Zhivago está luchando, en medio del terremoto de la revolución y la guerra civil, del hambre y los desvarios políticos. No sólo por sobrevivir y por que sobrevivan los suyos; sobre todo, por matener vivos, cuando todo a su alrededor señala que han caducado o que deben desaparecer, una cierta manera de pensar y actuar, unos sentimientos, una vocación, y hasta el derecho de reivindicar ciertas limitaciones (no dejarse arrebatar por los entusiasmos colectivos, por ejemplo). Consciente de las iniquidades de la vieja sociedad, El doctor Zhivago no es capaz de abrazar, con la fe rectilínea y simplista que se exige, la nueva, la que está naciendo a sangre y fuego. Tampoco la contrarrevolución despierta su adhesión, como propuesta social, aunque en sus filas haya gente a la que se siente afín por razones de familia y de educación. Cuando todos están obligados a tomar partido, él tiene la tranquila entereza de no tomar ninguno. De optar por lo más temerario: una neutralidad que ninguno de los contendedores admite. En su caso, ser neutral no es tomar el partido del limbo o de la irrealidad, como decía Sartre, acusando a aquellos que se negaban a «elegir». Es elegir al individuo como valor, como una fuente de soberanía que el ente colectivo, la sociedad, no puede violentar sin establecer un sistema discriminatorio y opresivo que niega, en la práctica, todas las proclamas de solidaridad y de justicia social de sus mentores.

Lo que el discreto Zhivago defiende con tesón, en su accidentada existencia, es su derecho a ser como es: un hombre débil, amante de la verdad, de la ciencia, de la naturaleza, de la poesía, ser desgarrado por el amor de dos mujeres, perplejo ante la historia, desconfiado de los dogmas, incapaz de entusiasmarse por ninguna reforma social que borre al individuo concreto y lo transforme en esa abstracción, la masa, el pueblo. Yuri Zhivago no hace proselitismo en favor de su fe en el individuo, pero sufre y muere porque, en su aparente conformismo ante el vendaval histórico, no hace concesión alguna en lo que concierne a su soberanía individual, esa patria privada donde moran la identidad y la dignidad de cada cual, y que todas las revoluciones se llevan siempre de encuentro.

«La época no tiene en cuenta lo que soy y me impone lo que ella quiere», dice. En verdad, trata de imponérselo, pero no lo consigue. Zhivago, pese a todas las vicisitudes, muere invicto, fiel a sus incertidumbres. Por eso, el lector, aunque a veces se sienta exasperado por la falta de iniciativa y de reacción del personaje, no puede dejar de advertir, detrás de su pasividad, una íntima fortaleza. No sólo los gigantes son dignos de respeto. En las épocas heroicas, rechazar el heroísmo puede requerir un ánimo excepcional. Lo verdaderamente humano, parece ser el mensaje del libro —ya que El doctor Zhivago, hasta en eso anticuada, es una novela con moraleja—, no está en las hazañas espectaculares, en desafiar la condición propia, sino en la dignificación ética de aquellas debilidades y carencias que son los atributos naturales del hombre. Para Zhivago, en todo conductor o mesías revolucionario se oculta un fanático, es decir, alguien que ha sufrido una merma espiritual: «Nadie hace la historia, la historia no se ve, como se ve crecer la hierba. La guerra, la revolución, el rey, Robespierre, son sus estimulantes orgánicos, su levadura, la revolución la hacen los hombres activos, fanáticos sectarios, genios de la autolimitación. En pocas horas o en pocos días transforman el viejo orden. Estas alteraciones duran semanas, o algunos años. Luego, durante decenios, durante siglos, los hombres veneran como una reliquia el espíritu de limitación que ha conducido a este trastorno.»

El doctor Zhivago es, también, una novela de amor. Yuri divisa a Lara de manera casual, en su juventud moscovita, y desde entonces un vínculo misterioso e irrompible se forja entre él y esa muchacha. La revolución, la guerra, los acercarán, apartarán, volverán a juntar y a separar, esta última vez definitivamente. En uno de los episodios más hermosos del libro, cuando Lara y Yuri viven unos días de apasionada intimidad, en la soledad de Varykino, una de esas noches El doctor Zhivago parece haber olvidado la zozobra de su vida, ser feliz. Ha pasado la mañana y la tarde jugando con Lara y con la hija de ésta; luego, ha escrito poemas, con una excitación y una urgencia que no sentía hacía mucho tiempo. Sale entonces a la puerta de la cabana y lo que vislumbra lo devuelve, brutalmente, a la realidad: una jauría de lobos, que la luna retrata contra la nieve, está allí, aguardando. La bella imagen es alegórica. El amor de Yuri y Lara transcurre así, cercado por enemigos gratuitos y feroces, que terminarán por devorarlo. Pero no sólo conspiran contra él agentes externos, los reclamos sociales y políticos de la hora. También, los sentimientos encontrados de los protagonistas. Yuri Zhivago ama a Lara sin dejar de querer a Tonia, su mujer, y más tarde a Marina, en tanto que Lara, pese a amar al doctor con todas sus fuerzas, sigue siendo leal, de un modo oscuro pero irrevocable, a su marido, el de los nombres y personalidades transhumantes: Antipov, Strelnikov, Pavel Pavlovitch, Pachka, Pachenka, etc. Como la historia y todo lo que toca al hombre, el amor, que enriquece la vida y endiosa la pareja, es también algo turbio y contaminado, no puede germinar sin mezclar el sufrimiento y el goce, la generosidad y la crueldad.

La descripción de los amores desdichados de Yuri Zhi-vago y Larisa (Lara) Fiodorovna es uno de los mayores logros de la novela. Es un amor que el lector va presintiendo, lo oye brotar, lo adivina crecer, por alusiones trémulas, aun antes de que los propios protagonistas comprendan que son sus prisioneros. Luego, cuando la relación amorosa se establece, el relato sigue siendo muy parco en lo que a él atañe. En una novela tan caudalosa en efusiones descriptivas, la pasión de Lara y Yuri está referida con austeridad, mediante silencios significativos. Sobre todo en las épocas en que los amantes se hallan separados —y, principalmente, cuando Zhivago acompaña a los guerrilleros mientras Lara permanece en Yuriatin—, la novela apenas revela lo que es, a todas luces, la más amarga tortura del protagonista: la separación de la mujer que ama, la incertidumbre sobre su suerte. Ese dato escondido está sabiamente usado, con leves alusiones, las indispensables para que el lector perciba el estoicismo con que el doctor sobrelleva su tormento.

Es cierto que Lara, al igual que Tonia y la mayor parte de los personajes de la novela —la excepción es Zhivago—, es una figura un tanto desvaída, sin contornos firmes. En ella, que ha sufrido y ha sido endurecida por la vida, desde niña, cuando fue seducida por un amigo de su familia —el único personaje totalmente despreciable del libro, el abogado corrupto y oportunista político Viktor Komarovski—, esta caracterización esfumada nos parece una falla narrativa. Porque, a diferencia de Yuri, es un espíritu luchador, de temple y de recursos, un personaje al que sentimos empobrecido por el tratamiento narrativo. El carácter rebelde y enérgico de Lara precipita sin duda su terrible final, desaparecer con tantos otros inocentes en las purgas de los años treinta.

Sin embargo, cuando cierra el libro, y, en su memoria, la abigarrada colmena de sus personajes se despliega, en la ilimitada geografía de la tierra rusa, representando una de las más dramáticas aventuras de que la humanidad tenga memoria —y cuya impronta transformaría el siglo XX—, el lector contemporáneo de El doctor Zhivago entiende la razón de esa visión impresionista que comunica la novela. Ella es la encarnación formal, la hechura artística, de la ambigüedad esencial que caracteriza al hombre, a la historia, a la vida, desde la perspectiva de Yuri Zhivago (y, probablemente, del Pasternak de los años finales). ¿Es así el hombre real? ¿Esa inconsistencia tranquila, esa perpetua vacilación, esa indefinición permanente? Seguramente, no. Tal vez ésta sea la condición humana del artista y del hipersensible, condenados por su lucidez y su coherencia moral a cuestionarlo todo, a vivir en la duda, sin poder tomar partido con la facilidad y la entrega con que suelen hacerlo los instintivos, los pasionales, los prácticos. Pero el arte no tiene por qué ser objetivo. La ficción es, por naturaleza, subjetiva, y su único deber es persuadir al lector de su propia verdad, coincida ella o discrepe con la que la ciencia o la fe de cada época ha entronizado. El doctor Zhivago es una hermosa creación, nacida del horror y la grandeza de un apocalipsis histórico, que no se explicaría sin él pero que, a la vez, escapa de él y lo niega, anteponiéndole algo distinto, un objeto creado, que debe todo su ser a la imaginación, al sufrimiento de un artista y a su malabarismo retórico.

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CUMBRES BORRASCOSAS (Emily Brönte)

Cumbres Borrascosas cuenta una historia dramática, trágica. Arranca con la llegada al hogar de los Earnshaw del niño Heathcliff, traído por el padre de la familia desde Liverpool. Ignoramos de donde ha salido esta criatura que pronto trastornará por completo la tranquila vida de su familia adoptiva así como la de sus vecinos, los Linton.

Es una historia de amor y de venganza, de odio y locura, de vida y de muerte. Catherine Earnshaw y Heathcliff desarrollan una relación de dependencia mutua a lo largo de su vida, desde la infancia hasta más allá de la muerte. La libertad que Heathcliff representa no es la más idónea para una mujer que pretende ser respetable, y Catherine acabará casándose con el hijo de los Linton, Edgar, magistrado de la región. Éste le dará un hogar, la Granja de los Tordos, y estabilidad.
A lo largo de dos generaciones, cuyos nexos comunes serán Heathcliff y la observadora y narradora de la historia, Nelly Dean, descubrimos el pasado y el presente de los personajes, en versiones distintas de sí mismos.
El Sr. Lockwood acaba de regresar de realizar una visita a su vecino, el Sr. Heathcliff, en Cumbres Borrascosas, y allí ha conocido a una joven arisca y a un muchacho hosco. Intrigado por la relación entre todos ellos, el Sr. Lockwood pide al ama de llaves, Nelly Dean, que le cuente la historia de los habitantes de Cumbres Borrascosas, y en particular del Sr. Heathcliff.
Es entonces cuando descubrimos que éste es un niño que llega a la de los Earnshaw desde Liverpool, oculto en el regazo del Sr. Earnshaw. Desde el principio, Catherine demostrará una intensa amistad por Heathcliff, en contraste con el odio que le profesa su hermano, Hindley Earnshaw.
A raíz de un incidente ocurrido una noche, Catherine pasará una temporada con sus vecinos, los Linton, en la casa conocida como la Granja de los Tordos. A su vuelta al hogar, Catherine parece cambiada, más señorita, más tranquila y serena, limpia y arreglada, nada que ver con la salvaje Catherine que salió de las Cumbres.
Después de este suceso, las vidas de los habitantes de ambas mansiones se verá alterada con varios acontecimientos decisivos, escenas apasionadas y personajes atormentados, que darán paso a la siguiente generación, y con ellos, una nueva historia, una segunda versión de la primera, más moderada pero muy intensa.
Cumbres Borrascosas ha sido analizada por diversos autores en un intento por descubrir el simbolismo oculto de sus personajes y del entorno, los páramos de Yorkshire. Se ha dicho que Cumbres Borrascosas representa una especie de infierno y la Granja de los Tordos el cielo, el paraíso. No es difícil suponer la razón de esto, las escenas más violentas y los personajes más pasionales son los que pertenecen a las Cumbres, mientras que la tranquilidad y la calma forma parte de la Granja.El personaje de Catherine Earnshaw sufre una transformación a lo largo de la novela: de la salvaje criatura que sale de las Cumbres pasará a ser Catherine Linton, señora de la Granja y esposa más amada que amante, que a su vez será sustituida por su propia hija, Catherine Linton que se convertirá en Catherine Heathcliff y finalmente en Catherine Earnshaw, por matrimonios sucesivos.

Heathcliff, figura en torno a la cual gira gran parte de la historia, presente desde el principio hasta el final, intruso miserable, maltratado y maltratador, vengativo, es el otro yo de Catherine Earnshaw.
Algunos autores creen que estos dos personajes son el alter ego el uno del otro, y así lo reconoce la propia Catherine en un momento de la historia, cuando le dice a Nelly Dean que sus penas han sido las de Heathcliff, las ha visto venir y las ha sufrido, y acaba reconociendo que ella misma es Heathcliff. Tal es el grado de dependencia e interacción de ambos.
Esta es la única novela que escribió Emily Brontë (1818-1848). El resto de su obra está formada por poemas, publicados en diversas ediciones, entre los cuales destacan los relativos a Gondal, donde pueden encontrarse paralelismos o similitudes con Cumbres Borrascosas.
En fin, para no liar más la cosa, Cumbres Borrascosas es una historia arrebatadora y romántica, una venganza que se prolonga hasta el final, y un amor que irá más lejos todavía. Es, en definitiva, una complicada tragedia que constituye una de las obras maestras de la literatura.Información obtenida de : 
http://cuantoyporquetanto.com/htm/libros/libros_cumbresborrascosas.htm

La acción transcurre en el Infierno. Los personajes, no sé por qué, llevan nombres ingleses.  J. L. Borges.

www.cumbresborrascosas.net

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La Última Concubina (Lesley Downer)

A medio camino entre la novela histórica y la romántica, con algún intento erótico.
En las montañas del Japón rural de 1861, la piel pálida y las delicadas facciones de Sachi hacen que se sienta diferente. Y lo es. Cuando cumple once años, una princesa imperial se la lleva al palacio de las mujeres del castillo de Edo. Allí, en un ambiente de intrigas y rivalidades, conviven tres mil mujeres y el joven shogun, gobernador de Japón. Sachi será la elegida para convertirse en su concubina. Sus privilegios, sin embargo, pronto son sólo un recuerdo, ya que al estallar la guerra civil la joven debe huir para salvar su vida. En un Japón en pleno cambio,en el que no hay lugar para la pasión y ni siquiera existe la palabra «amor», Sachi se enamora de un joven guerrero. Pero antes de que pueda imaginar un futuro con él, debe resolver el misterio que subyace en sus orígenes y que amenaza con destruirla.La última concubina es una intensa mezcla de aventura y romance, el relato de la lucha de unamujer memorable para encontrar su destino.Basada en hechos históricos y ambientada en una de las eras más turbulentas en la historia de Japón, ésta es una novela mágica y llena de fuerza, que nos abre las puertas a un mundo exótico y desconocido

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La Casa de los Espejos (Jayne Ann Krentz)

Tras la muerte de Meredith Spooner, Leonora Hutton y Thomas Walker, se unen para investigar lo que creen su asesinato, y se complica al relacionarlo con otros supuestos suicidios. Mientras, Leonora y Thomas comienzan a enamorarse.

Siguiendo el estilo que le es habitual, la autora mezcla con eficacia la historia romántica de los personajes con una sencilla trama detectivesca.

En cuanto al romance, los protagonistas mantienen una relación llena de diálogos ingeniosos con sutiles toques de humor.

Las escenas románticas son más divertidas que empalagosas y las de sexo no abundan ni se alargan en exceso, aligerando el posible tono pasteloso.

La trama detectivesca es algo superficial, aunque no carece de ingenio. Se consigue crear un clima de expectativa en torno a los espejos antiguos, el crimen ocurrido treinta años atrás, la droga alucinógena que se distribuye por la ciudad y dos o tres sospechosos para distraer de la identidad del asesino, aunque no es demasiado difícil adivinarla entre el resto de candidatos aparentemente plausibles.

Quizá resulta algo pesado tanto romance, pues además del de los protagonistas se atiende al del hermano de Thomas y viudo de una de las víctimas, Deke, y su profesora de yoga, Cassie, que da lugar a consultas sobre la forma de conquistar a un hombre por hechas a Herb, consejero romàntico y compañero de de Gloria, abuela de Leonora, con quien protagoniza un romance casi invernal.

Los consejos, darles de comer y ponerse ropa sexy, no dejan de parecer un tanto anticuados y con un toque machista que la autora se cuida de relativizar con reconvenciones al machismo y la “confesión” al objeto de la “cacería” de los métodos utilizados para conseguir la presa.

Escrita casi toda en base a diálogos, cuando la autora se decide a describir lo hace sobre todo de lugares (magnífica la de la Casa de los Espejos que da título a la novela, que consigue producir una sensación lúgubre e inquietante) o atuendos de las personas (sobre todo de la abuela Gloria), sin ahondar en las personalidades de los protagonistas, que apenas se esbozan.

Entre lo negativo la inevitable aparición de Kyle, ex de Leonora, que es utilizado para mostrar que ella no le quiso nunca y compararle, de forma desventajosa, con Thomas, y exceso de emparejamientos de personajes secundarios.

En el lado positivo, el mencionado ingenio de los diálogos y la trama detectivesca que, sin ser demasiado compleja, no deja de mantener el interés.

En resumen, novela ligera y entretenida que, sin ser de las mejores de Krentz, se lee con agrado.

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CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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