Miénteme, poeta, dime que me quieres (Ricardo Magaz)

PortadaRicardo Magaz, nuevo libro de relatos

 “Miénteme, poeta, dime que me quieres” es el nuevo libro de relatos de Ricardo Magaz, que toma fiado el título del cuento que abre sus páginas, un texto de fabulación sensual y quizá el único del volumen que se aleja de los personajes imposibles, antihéroes, libertinos, desahuciados, apócrifos, marginales y perdedores, muy del gusto del autor, donde la impresionante historia de “La Chelo” es un magnífico exponente de la metaliteratura negra, recreada en los bajos fondos delincuenciales, a los que Magaz ha consagrado buena parte de sus novelas y tratados académicos.

 

De nuevo el autor hace gala de su versatilidad de registros, componiendo género policíaco, thriller, misterio, corrosivo, épico o leyenda de viajes. A pesar de ello, Magaz sostiene ex profeso la arraigada propensión a dejar que se vislumbre en los argumentos su querencia por el humanismo y su quehacer como criminalista.

 

En “Miénteme, poeta, dime que me quieres”, Magaz ofrece un esmerado y  heterogéneo repertorio de veintidós relatos cortos y microficciones con alma; ornamentados cada uno de ellos por el  magistral pincel del artista Ramón Villa. El volumen está editado por la Unión de Escritores y Periodistas Españoles y cuenta con el mecenazgo de la Obra Social de Caja España. De la distribución se encarga Ediciones del Lobo Sapiens.

 

Ricardo Magaz nació en 1957. Escritor polifacético al más puro estilo renacentista, ha cultivado todos los géneros literarios. La lista de sus obras abarca la novela negra, el relato, el tratado o el ensayo hasta alcanzar la veintena de títulos que se pueden encontrar en las librerías españolas y en las bibliotecas, incluidas las del Instituto Cervantes de medio mundo. Magaz ha compaginado a lo largo de los años diversas doctrinas y actividades: columnista habitual de prensa, tertuliano y colaborador de radio y televisión, conferenciante… Actualmente compatibiliza la literatura con la docencia universitaria y la presidencia de la Sociedad Científica Española de Criminología.

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El momento del unicornio (Norberto Luis Romero)

Heredero de la tradición de Cortázar y Borges, sus relatos condensan un universo exclusivo de obsesiones que atrapan de inmediato al lector

    Ha llegado “El momento del unicornio”

 “Esta mañana, mientras me hallaba entretenido con una hermosa ave del paraíso que me regaló mi amigo, el dueño de la pajarería, a quien se le había muerto de tristeza, entró la enana, a pesar de que les tengo prohibido a todos que se metan en mi taller y, más aún, que interrumpan mi trabajo. De inmediato le ordené que saliera y, antes de marcharse, me lanzó una mirada furiosa y cargada de resentimiento. Tiene los ojos bonitos, pardos; el resto de su cuerpo es repugnante, no sólo por su tamaño diminuto – podría hacerla incluso graciosa-; sus extremidades son cortas y retorcidas; pareciera que las manos le brotaran directamente de los hombros, como apéndices carnosos; y tiene las piernas arqueadas y regordetas, cayéndole la carne blanca sobre los tobillos; tampoco tiene cuello, la cabeza enorme le emerge del tronco”.

 

El momento del unicornio. Fragmento.

Norberto Luís Romero

  EL MOMENTO DEL UNICORNIO. RELATO

 Sorprendente colección de cuentos que constituirán un descubrimiento y un deslumbramiento para la mayoría de los lectores.

 

Cada uno de sus relatos nos lleva por ignorados parajes que están fuera de la realidad y dentro de nosotros mismos. La inquietante extrañeza que Daniel Moyano señaló como característica esencial de la narrativa de Norberto Luis Romero, se acentúa, si cabe, en los relatos de este libro. Pocas veces un escritor ha conseguido crear con tan limpia y escueta escritura una atmósfera más cargada de desasosiego, sensualidad y misterio.

 

Desplaza los límites de la realidad cotidiana hacia espacios más oscuros y asfixiantes donde un fatalismo casi espectral parece impulsar las acciones de sus protagonistas. Se traslada así el sentido inicial de lo aparente hacia infiernos del alma donde el primer enemigo es uno mismo, esa galería de fantasmas que llevamos todos dentro y que encuentra los más asombrosos modos de manifestarse al exterior, a ese otro espacio que el autor llama lado diáfano de la vigilia y que, no por tal, está libre de sufrir un brusco giro.

 

Es sin duda, uno de los más brillantes escritores de relatos breves que ha dado la lengua española en los últimos tiempos, heredero de la tradición de Cortázar y Borges, poseedor de un universo exclusivo de obsesiones con una densidad de estilo que atrapa de inmediato al lector,  condensado en joyas del género como son Diario del taxidermista, Ritual de los espías, La captura y muchas otras de las narraciones que contienen sus tres libros de cuentos.

 

Norberto Luís Romero ahonda en los abismos más tétricos y oscuros del ser humano y se confirma  como uno de los más inquietantes escritores de ficción vivos de nuestro país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL AUTOR. NORBERTO LUIS ROMERO

 

A pesar de que lleva más de media vida viviendo en España y de que su obra literaria se ha desarrollado aquí, es curioso ver cómo un escritor como Norberto Luis Romero (Córdoba, Argentina, 1951) es más conocido fuera que dentro de nuestras fronteras.

De oficio escritor, y profesor de cinematografía, fabulador, narrador, inventor de historias, personajes, atmósferas, comienzos, nudos y desenlaces.

La sencillez nunca estuvo hecha para él, maestro del ambiente  y de la riqueza de matices y detalles, sus personajes son redondos pero llenos de aristas y características singulares, la complejidad real del mundo, los apuestos que conviven, la astucia, la inocencia, lo bueno y lo malo.

Es un escritor preocupado por la calidad de su obra literaria, una «rara avis» dentro del panorama literario en castellano, un escritor al que merece la pena descubrir, porque todos aquellos que lo han hecho se han manteniéndose fieles a su escritura, como demuestran los diversos grupos de admiradores de su obra que le han convertido prácticamente en un autor de culto.

 

En 1983 publica su primer libro de cuentos, «Transgresiones», y tras un largo silencio reapareció con “El momento del unicornio”, su mejor libro de relatos, reeditado por Tropo Editores.

 

Entre sus numerosos galardones destacan el “Hucha de Plata”, en 1994; ese mismo año, la novela breve  “El lado oculto de la noche”, obtiene el segundo premio convocado por la “Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte de Miami”; en 1996, “Canción de cuna para una mosca doméstica”, es Premio “Tiflos” de libro de relatos convocado por la ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles); en 1998 es el “Antonio Machado de relatos” – del que fue en cuatro ocasiones finalista -; y en 1996 es galardonado con el “Ciudad de Huelva”.

 

Sus relatos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos revistas literarias y antologías de España, Argentina, Canadá, Estados Unidos, Francia y alemania. Tanto sus narraciones breves como sus novelas han merecido elogiosas críticas en la prensa especializada y muy buena acogida entre los lectores, quienes lo consideran como un “escritor de culto”, tanto por su estilo directo y ágil, como por la temática poco convencional y muy arriesgada.

 

LA CRITICA HA DICHO

 

“Si la inteligencia no fuese tan avara con nuestros críticos, El momento del unicornio y habría sido saludado como una de las más gozosas y perdurables muestras de la vitalidad de este género. {…} Norberto Luis Romero merece figurar entre nuestros mejores cuentistas contemporáneos. Su prosa, bruñida en la escuela de la austeridad, mantiene una tensión estilística y una capacidad para generar impresiones sensoriales que sobrevuela el argumento de sus narraciones, sin elevarse nunca más de la cuenta: es la prosa de un escritor irrepetible, una aguja en el pajar de los palabristas”

JUAN MANUEL DE PRADA, Clarín

 

“Romero es un arqueólogo del detritus (moral) que alfombra nuestra existencia. En sus cuentos hay taxidermistas, francotiradores vocacionales, minotauros que se extravían en el laberinto del metropolitano, rastrilladores de joyas por el alcantarillado suburbano, exploradores de la basura, impostores que se cuelan como la carcoma, e intrusos: intrusos hay varios, en sus relatos, excelentes, muy inquietantes”.

JAVIER GOÑI, Babelia

 

“Como la mayoría de especialistas en relato breve, Norberto Luis Romero es un autor marginal. Sin embargo, sus libros son verdaderos objetos de culto y su obra ha sido traducida al inglés y al francés. El momento del unicornio es un libro que tiene todas las virtudes de las buenas obras del género: historias redondas y turbadoras con la intensidad justa, y escritas en una prosa elegante y personal que no renuncia a su habla original sin caer en la jerga críptica o costumbrista. Y eso sí, con unas claves propias que dan sentido a la fantasía y originalidad de Norberto Luis Romero”.

FERNANDO IWASAKI, Renacimiento

 

 

“Los cuentos de Norberto Luis Romero son muchas cosas: peligrosos, seductores, agudos, voyerísticos, sádicos, rectos, incluso piadosos. A veces todos estos aspectos se manifiestan dentro de un mismo cuento. El autor tiene el don de introducir al lector en un cuento y sacarlo de él en el momento en que las llamas están más ardientes”.

MATTHEW WARD, Skive Magazine, Australia

 

 

 

FICHA TECNICA

El momento del unicornio, Norberto Luís Romero

Tropo Editores 2009;  Colección 2ºAsalto

Tamaño: 23×15 cm., Encuadernación rústica

211 páginas, 16 euros

Género: Novela, Ficción

ISBN: 978-84-96911-17-8

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Dublineses (James Joyce)

La buena literatura impregna a ciertas ciudades y las recubre con una pátina de mitología y de imágenes más resistente al paso de los años que su arquitectura y su historia. Cuando conocí Dublín, a mediados de los sesenta, me sentí traicionado: esa ciudad alegre y simpática, de gentes exuberantes que me atajaban en medio de la calle para preguntarme de dónde venía y me invitaban a tomar cerveza, no se parecía mucho a la de los libros de Joyce. Un amigo se resignó a servirme de guía tras los pasos de Leopold Bloom, en esas veinticuatro horas prolijas del Ulises; se conservaban los nombres de las calles, muchos locales y direcciones, y, sin embargo, aquello no tenia la densidad, la sordidez ni la metafísica grisura del Dublín de la novela. ¿Habían sido alguna vez, ambas, la misma ciudad? En verdad, no lo fueron nunca. Porque Joyce, aunque tuvo la manía flaubertiana de la documentación y (él, que era la falta de escrúpulos personificada en todo lo que no fuera escribir) llevó el escrúpulo descriptor de su ciudad a extremos tan puntillosos como averiguar por cartas, desde Trieste y Zurich, qué flores y qué árboles eran aquellos que, en aquella precisa esquina…, no describió la ciudad de sus ficciones: la inventó. Y lo hizo con tanto arte y fuerza persuasiva que esa ciudad de fantasía, nostalgia, rencor y (sobre todo) de palabras que es la suya acaba por tener, en la memoria de sus lectores, una vigencia que supera en dramatismo y color a la antiquísima urbe de carne y hueso —de piedra y arcilla, más bien— que le sirvió de modelo.

Dublineses es el primer estadio de esa duplicación. La abrumadora importancia de Ulises y de Finnegans Wake, experimentos literarios que revolucionaron la narrativa moderna, hace olvidar a veces que aquel libro de cuentos, de hechura más tradicional y tributario, en apariencia al menos, de un realismo naturalista que ya para la fecha en que fue publicado (1914) era algo arcaico, no es un libro menor, de aprendizaje, sino la primera obra maestra que Joyce escribió. Se trata de un libro orgánico, no de una recopilación. Leído de corrido, cada historia se complementa y enriquece con las otras y, al final, el lector tiene la visión de una sociedad compacta a la que ha explorado en sus recovecos sociales, en la psicología de sus gentes, en sus ritos, prejuicios, entusiasmos y discordias y hasta en sus fondos impúdicos.

Joyce escribió el primer cuento del libro, «Las hermanas», a los veintidós años, en 1904, para ganar una libra esterlina, a pedido de un amigo editor, George Russell, que lo publicó en el diario dublinés Irish Homestead. Casi inmediatamente concibió el proyecto de una serie de relatos que titularía Dubliners, para, según comunicó a un amigo en julio de ese año, «traicionar el alma de esa hemiplejía o parálisis a la que muchos consideran una ciudad». La traición sería más sutil y trascendente de lo que él pudo sospechar cuando escribió esas líneas; ella no consistiría en agredir o desprestigiar a la ciudad en la que había nacido, sino más bien, en trasladarla del mundo objetivo, perecedero y circunstancial de la historia al mundo ficticio, intemporal y subjetivo de las grandes creaciones artísticas. En septiembre y diciembre de ese año aparecieron en el mismo periódico «Eveline» y «Después de la carrera». Los otros relatos, con excepción del último, «Los muertos», fueron escritos en Trieste, de mayo a octubre de 1905, mientras Joyce malvivía dando clases de inglés en la Escuela Berlitz, prestándose plata de medio mundo para poder mantener a Nora y al recién nacido hijo de ambos, Giorgio, y para costearse las esporádicas borracheras que solían ponerlo en estado literalmente comatoso.

La distancia había limado para entonces en algo la aspereza de sus sentimientos juveniles contra Dublín y añadido a sus recuerdos una nostalgia que, aunque muy contenida y disuelta, comparece de tanto en tanto en las historias de Dublineses como una irisación del paisaje o una suave música de fondo para los diálogos. En esa época, ya había decidido que Dublín fuera el protagonista del libro. En sus cartas de esos días se sorprende de que una ciudad «que ha sido una capital por mil años, que es la segunda ciudad del Imperio Británico, que es casi tres veces más grande que Venecia, no haya sido revelada al mundo por ningún artista» (carta a su hermano Stanislaus el 24 de septiembre de 1905). En la misma carta señala que la estructura del libro corresponderá al desarrollo de una vida: historias de niñez, de adolescencia, de madurez y, finalmente, historias de la vida pública o colectiva.

El cuento final, el más ambicioso y el que encarnaría mejor aquella idea de «la vida pública» de la ciudad, «Los muertos», lo escribió algo después —en 1906— para mostrar un aspecto de Dublín que, según dijo a su hermano Stanislaus, no aparecía en los otros relatos: «su ingenuo insularismo y su hospitalidad, virtud, esta última, que no creo exista en otro lugar de Europa» (carta del 2 5 de septiembre de 1906). El relato es una verdadera proeza pues salimos de sus páginas con la impresión de haber abrazado la vida colectiva de la ciudad y, al mismo tiempo, de naber espiado sus secretos más íntimos. En sus páginas desfilan entre la abigarrada sociedad que acude al baile anual de las señoritas Morkan, los grandes temas públicos —el nacionalismo, la política, la cultura— y también los usos y costumbres locales —sus bailes, sus comidas, sus vestidos, la retórica de sus discursos— y asimismo las afinidades y antipatías que acercan o distancian a las gentes. Pero luego, de manera insensible, esa aglomeración se va adelgazando hasta reducirse a una sola pareja, Gabriel Conroy y su mujer Gretta, y el relato termina por infiltrarse en lo más soterrado de las emociones y la sensibilidad de Gabriel, desde donde compartimos con él la revelación tan turbadora sobre el amor y la muerte de Michael Furey, un episodio sentimental de la juventud de Gretta. En su perfecto encaje de lo colectivo y lo individual, en el delicado equilibrio que logra entre lo objetivo y lo subjetivo, «Los muertos» prefigura ya el Ulises.

Pero pese a toda la destreza narrativa que luce no es «Los muertos» el mejor cuento del libro. Yo sigo prefiriendo «La casa de huéspedes» y «Un triste caso», cuya inigualable maestría los hace dignos de figurar, con algunos textos de Chejov, Maupassant, Poe y Borges entre los más admirables que ha producido ese género tan breve e intenso —como sólo puede serlo la poesía— que es el cuento.

En verdad, todos los relatos de Dublineses denotan la sabiduría de un artista consumado y no al narrador primerizo que era su autor. Algunos, como «Después de la carrera» y «Arabia», no llegan a ser cuentos, sólo estampas o instantáneas que eternizan, en la hueca frivolidad de unos jóvenes adinerados o en el despertar de un adolescente al mundo adulto del amor, a algunos de sus pobladores. Otros, en cambio, como «La casa de huéspedes» y «Un triste caso», condensan en pocas páginas unas historias que revelan toda la complejidad psicológica de un mundo, y, principalmente, las frustraciones sentimentales y sexuales de una sociedad que ha metabolizado en instituciones y costumbres las restricciones de índole religiosa y múltiples prejuicios. Sin embargo, aunque la visión de la sociedad que los cuentos de Dublineses ofrecen es severísima —a veces sarcástica, a veces irónica, a veces abiertamente feroz-éste es un aspecto secundario del libro. Sobre lo documental y crítico, prevalece siempre una intención artística. Quiero decir que el «realismo» de Joyce está más cerca del de Flaubert que del de Zola. Ezra Pound, que se equivocó en muchas cosas, pero que acertó siempre en materias estéticas, fue uno de los primeros en advertirlo. Al leer, en 1914, el manuscrito del libro que rodaba desde hacía nueve años de editor en editor sin que alguno se animara a publicarlo, sentenció que aquella prosa era la mejor del momento en la literatura de lengua inglesa —sólo comparable a la de Conrad y a la de Henry James— y que lo más notable de ella era su «objetividad».

El juicio no puede ser más certero. El calificativo vale para el arte de Joyce en su conjunto. Y donde aquella «objetividad» aparece primero, organizando el mundo narrativo, dando al estilo su coherencia y movimiento específico, estableciendo un sistema de acercamiento y distancia entre el lector y lo narrado, es en Dublineses. ¿Qué hay que entender por «objetividad» en arte? Una convención o apariencia que, en principio, nada presupone sobre el acierto o el fracaso de la obra y que es por lo tanto tan admisible como su opuesto: la del arte «subjetivo». Un relato es «objetivo» cuando parece proyectarse exclusivamente sobre el mundo exterior, eludiendo la intimidad, o cuando el narrador se invisibiliza y lo narrado aparece a los ojos del lector como un objeto autosuficiente e impersonal, sin nada que lo ate y subordine a algo ajeno a sí mismo, o cuando ambas técnicas se combinan en un mismo texto como ocurre en los cuentos de Joyce. La objetividad es una técnica, o, mejor dicho, el efecto que puede producir una técnica narrativa, cuando ella es eficaz y ha sido empleada sin torpezas ni deficiencias que la delaten, haciendo sentir al lector que es víctima de una manipulación retórica. Para lograr esta hechicería, Flaubert padeció indeciblemente los cinco años que le tomó escribir Madame Bovary. Joyce, en cambio, que sufrió lo suyo con los titánicos trabajos que le demandaron Ulises y Finnegans Wake, escribió estos relatos más bien de prisa, con una facilidad que maravilla (y desmoraliza).

El Dublín de los cuentos se delinea como un mundo soberano, sin ataduras, gracias a la frialdad de la prosa que va dibujando, con precisión matemática, las calles macilentas donde juegan sus niños desarrapados y las pensiones de sus sórdidos oficinistas, los bares donde se emborrachan y pulsean sus bohemios y los parques y callejones que sirven de escenario a los amores de paso. Una fauna humana multicolor y diversa va animando las páginas, en las que, a veces, algunos individuos —los niños, sobre todo— hablan en primera persona, contando algún fracaso o exaltación, y, otras, alguien, que puede ser todos o nadie, relata con voz tan poco obstructora, tan discreta, tan soldada a aquellos seres, objetos y situaciones que describe, que constantemente nos olvidamos de ella, demasiado absorbidos como estamos por aquello que cuenta para advertir que nos está siendo contado.

¿Es éste un mundo seductor, codiciable? En absoluto; más bien, sórdido, ahito de mezquindades, estrecheces y represiones, sobre el que la Iglesia ejerce una tutela minuciosa, intolerable, y donde el nacionalismo, por más explicable que nos parezca como reacción contra el estatuto semicolonial del país, origina distorsiones culturales y cierto provincialismo mental en algunas de sus gentes. Pero, para darnos cuenta de todas estas deficiencias, es preciso salir del mundo narrado, hacer un esfuerzo de reflexión crítica. Su fealdad sólo aparece después de la lectura. Pues, mientras estamos inmersos en su magia, esa sordidez no puede ser más bella ni sus gentes —aun las más ruines y chatas— más fascinantes. Su atractivo no es de índole moral, ni obedece a consideraciones sociales: es estético. Y que podamos hacer esta distinción es, precisamente, proeza del genio de Joyce, uno de los escasísimos autores contemporáneos que ha sido capaz de dotar a la clase media —la clase sin heroísmo por excelencia— de un aura heroica y de una personalidad artística sobresaliente, siguiendo también en esto el ejemplo de Flaubert. Ambos realizaron esta dificilísima hazaña: la dignificación artística de la vida mediocre. Por la sensibilidad con que es recreada y por la astucia con que nos son referidas sus historias, la rutinaria existencia de la pequeña burguesía dublinesa cobra en el libro las dimensiones de la riquísima aventura, de una formidable experiencia humana. El «naturalismo» de Joyce, a diferencia del de Zola, no es social, no está guiado por otra intención que la estética. Ello hizo que Dublineses fuera acusado de «cínico» por algunos críticos ingleses al aparecer. Acostumbrados a que aquella técnica realista de escribir historias viniera aderezada de propósitos reformadores y sentimientos edificantes, se desconcertaron ante unas ficciones que pese a su apariencia testimonial e histórica no hacían explícita una condena moral sobre las iniquidades e injusticias que mostraban. A Joyce —que, cuando escribió estos cuentos, se llamaba a sí mismo un socialista— nada de esto le interesaba, por lo menos cuando se sentaba a escribir: ni informar ni opinar sobre una realidad dada, sino, más bien, recrearla, reinventarla, dándole la dignidad de un hermoso objeto, una existencia puramente artística.

Y eso es lo que caracteriza y diferencia al Dublín de Joyce del otro, el pasajero, el real: ser una sociedad en ebullición, hirviente de dramas, sueños y problemas, que ha sido metamorfoseada en un precioso mural de formas, colores, sabores y músicas refinadísimas, en una gran sinfonía verbal en la que nada desentona, donde la más breve pausa o nota contribuye a la perfecta armonía del conjunto. Las dos ciudades se parecen, pero su parecido es un engaño sutil y prolongado, pues aunque esas calles lleven los mismos nombres, y también los bares, comercios y pensiones, y aunque Richard Ellmann, en su admirable biografía, haya sido capaz de identificar a casi todos los modelos reales de los personajes de los cuentos, la distancia entre ambas es infinita, porque sus esencias son diferentes. La ciudad real carece de aquella perfección que sólo la ilusión artística de la vida —nunca la vida— puede alcanzar, y, también, de esa naturaleza acabada, esférica, que ese tumulto incesante y vertiginoso que es la vida verdadera, la vida haciéndose, nunca puede tener. El Dublín de los cuentos ha sido purgado de imperfecciones o fealdades —o, lo que es lo mismo, éstas han sido trocadas por la varita mágica del estilo en cualidades estéticas—, mudado en pura forma, en una realidad cuya esencia está hecha de esa impalpable, evanescente materia que es la palabra; es decir, en algo que es sensación y asociaciones, fantasía y sueño antes que historia y sociología. Decir, como lo hizo algún crítico, que la ciudad de Dublineses carecía de «alma» es una fórmula tolerable, a condición de que no se vea en ello una censura. El alma de la ciudad donde los mozalbetes de «Un encuentro» esquivan las acechanzas de un homosexual, donde la empleadita Eveline vacila entre fugarse a Buenos Aires o seguir esclavizada a su padre y donde Little Chandler rumia su melancolía de poeta frustrado, está en la superficie, es esa exterioridad sensorial tan elegante que imprime una arbitraria grandeza a las miserias de sus apocados personajes. La vida, en esas ficciones, no es la fuerza profunda e imprevisible que anima al mundo real y le confiere su precariedad intensa, su vaivén inestable, sino una especie de brillo glacial, de destello inmóvil, de que han sido dotados los objetos y los seres por obra de una prestidigitación verbal. Y nada mejor, para comprobarlo, que detenerse a contemplar, con la calma y la insistencia que exige una pintura difícil, aquellas escenas de Dublineses que parecen rendir tributo a una estética romántica de paroxismo sentimental y truculencia anecdótica. La súbita decisión de Eveline, por ejemplo, de no fugarse con su amante, o la paliza que el borrachín de Farrington le inflige en «Duplicados» a su hijo Tom para desahogar en alguien sus frustraciones, o el llanto de Gabriel Conroy, al final de «Los muertos», cuando descubre la pasión juvenil de Michael Furey, el muchacho tuberculoso, por Gretta, su mujer. Son episodios que, en cualquier relato romántico, estimularían la efusión retórica, la sobrecarga emocional y plañidera. Aquí, la prosa los ha enfriado, infundiéndoles una categoría plástica y privándolos de cualquier indicio de autocompasión y del menor chantaje emocional al lector. Lo que entrañan esas escenas de confusión y desvarío ha desaparecido y, por obra de la prosa, se ha vuelto claro, limpio y exacto. Y es precisamente esa frigidez que envuelve a aquellos episodios excesivos los que excita la sensibilidad del lector. Éste, desafiado por la indiferencia divina del narrador, reacciona, entra emotivamente en la anécdota, y se conmueve.

Es cierto que Joyce desarrolló en Ulises primero y luego en Finnegans Wake (aunque, en este último libro, excediendo su audacia experimental hasta extremos ilegibles) a destreza y el talento que había mostrado antes en Retrato del artista adolescente y en Dublineses, Pero los cuentos de su primer intento narrativo expresan ya lo que esas obras mayores confirmarían caudalosamente: la suprema aptitud de un escritor para, sirviéndose de menudos recuerdos de su mundillo natal y de una facilidad lingüística sobresaliente, crear un mundo propio, tan bello como irreal, capaz de persuadirnos de una verdad y una autenticidad que sólo son obra de su malabarismo intelectual, de su fuego de artificio retórico; un mundo que, a través de la lectura, se añade al nuestro, revelándonos algunas de sus claves, ayudándonos a entenderlo mejor, y, sobre todo, completando nuestras vidas, añadiéndoles algo que ellas por sí solas nunca serán ni tendrán.

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El miedo de Montalbano (Andrea Camilleri)

A Andrea Camilleri se le dan muy bien las distancias cortas. Este siciliano se convirtió en 1998 en uno de los escritores más populares de Italia al publicar ‘Un mes con Montalbano’, una recopilación de 30 relatos. Y también domina las distancias largas, como bien saben los que han leído alguna de las siete novelas protagonizadas por el comisario Montalbano, o de sus narraciones históricas. En su último libro, ‘El miedo de Montalbano’ (Salamadra), podemos disfrutar de tres relatos largos y de otros tantos relatos cortos.

  • Empecemos por los cortos. En ‘Día de fiebre’ aparece con un vagabundo que no podría resistir que una vieja historia volviera a aflorar a la superficie. Además, Montalbano padece un acceso de gripe. El comisario, por cierto, se asemeja más a Maigret que a Carvalho, a pesar del homenaje de Camilleri a Vázquez Montalbán. Al parecer, llamó así al personaje por la novela ‘El pianista’, que no está protagonizada por el detective. En ‘Un sombrero lleno de lluvia’, Montalbano se encuentra en Roma con un antiguo amigo y con una inesperada jugada del destino.Y en ‘El miedo de Montalbano’ nos encontramos con Livia, la novia del comisario, y con el miedo a hundirse en los abismos del alma humana. En la nota final, Camilleri explica: «Los relatos cortos no pueden ser calificados como policiacos en sentido estricto; son más bien la historia de tres encuentros ocasionales y extraordinarios del comisario Montalbano».Los largos, en cambio son tres novelas cortas magníficas, repletas de muchos de los elementos tradicionales del género policiaco. En ellas, además, cobran tanta importancia como el caso en sí, como las muertes o los enigmas a los que se enfrenta Montalbano, las relaciones que éste mantiene con sus colegas y con las gentes que se cruzan en su camino. ‘Herido de muerte’ comienza cuando asesinan a un prestamista. ‘El cuarto secreto’, cuando Montalbano recibe un anónimo. ‘Mejor la oscuridad’, cuando un sacerdote le pide que escuche las últimas palabras de una anciana agonizante. 
  • Quién: Andrea Camilleri nació en 1925 en Porto Empedocle, provincia de Agrigento, Sicilia, y actualmente vive en Roma, donde imparte clases en la Academia de Arte Dramático. Durante 40 años fue guionista y director de teatro y televisión. En 1994 crea el personaje de Salvo Montalbano, el entrañable comisario siciliano protagonista de una serie que en la actualidad consta de siete novelas: ‘La forma del agua’, ‘El perro de terracota’, ‘El ladrón de meriendas’, ‘La voz del violín’, ‘La excursión a Tindari’, ‘El olor de la noche’ y ‘Un giro decisivo’.Cuatro años más tarde, una recopilación de 30 relatos titulada ‘Un mes con Montalbano’ se encarama al primer puesto en la lista de más vendidos y consagra a Camilleri como el escritor más popular de Italia. En 1999, repite su fenomenal éxito con dos libros más, ‘La Nochevieja de Montalbano’ y ‘El movimiento del caballo’, que llegan a ocupar el primer puesto en las principales listas de éxitos italianas. Hoy por hoy, Andrea Camilleri es uno de los autores más leídos de Europa.Además de los libros policiacos, Camilleri ha publicado ensayos sobre el espectáculo, crónicas sobre hechos históricos y novelas otras ambientadas en la Sicilia de finales del siglo XIX, como ‘La concesión del teléfono’, ‘La desaparición de Pato’, ‘La ópera de Vigàta’, ‘Un hilo de humo’ y ‘La temporada de caza’. Estas últimas se basan en hechos reales y presentan, a través de una sucesión de acontecimientos llenos de humor y comicidad, la realidad siciliana, que en sus rasgos esenciales es la misma hoy que hace 100 años. http://www.elmundo.es/elmundolibro/2004/12/02/libro_dia/1102001423.html
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    El aguijón (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón)

    A menudo solemos pensar que el que se mete a político no vale para otra cosa. En el caso de Herrero de Miñón se puede estar de acuerdo o no con sus posturas políticas, con sus cambiazos, o con sus mudanzas, pero hay que reconocer que sí valía para otra cosa: para escritor, y no de los malos.
    Con su relato el aguijón, Rodríguez de Miñón consiguió una hucha de palta allá por el año 1997 en el prestigioso concurso de relatos de la Fundación de Cajas de Ahorros.

    El relato, que empieza con una exquisita cita bíblica "¿dónde está, muerte, tu victoria?, ¿donde está, muerte, tu aguijón?" se desvía luego lentamente de lo que parecía una historia casi sentimental, o de trasfondo religioso, a los caminos más escabrosos del género negro.
    Porque resulta que al protagonista le picaron de pequeño unas cuantas abejas y estuvo al borde de la muerte. Cuando los médicos consiguieron salvar su vida no pudieron sospechar que a tan temprana edad el veneno había sido vencido al ser integrado en la fisiología del muchacho y, mucho menos, que en la edad adulta su semen sería absolutamente venenoso, de modo que las mujeres que se acostaran con él morirían segundos después de que él eyaculase.
    Sobre las terribles implicaciones de tan espantosa circunstancia y de tan feroz aguijón gira este relato, escrito con exquisita medida de vocabulario, tiempos y formas. Es el relato criminal o erótico de un diplomático. Es el crimen de un constitucionalista. Es, el aguijón, en suma, una pequeña obra maestra de tacto y sutileza que os recomiendo leáis, os caiga como os caiga el autor.
    Se trata de una de esas raras ocasiones de disfrutar en vez de sufrir la más afilada inteligencia de un político, así que no os lo perdáis.

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    REFERENCIA Y AUTOR: «El aguijón (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón)»

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