La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (Antonio Tabucchi)

Quizás este libro venga a demostrar que hay autores que buscan una fórmula, y que cuando la encuentran se sienten un poco huérfanos al alejarse de ella. Tabucchi encontró la suya y se apega a sus mecanismos, para lo bueno y para lo malo, en esta obra.
Indudablemente Tabucchi es famoso por Sostiene Pereira, novela que incluso fue llevada a la pantalla con una de las últimas intervenciones de Marcelo Mastroianni en el papel principal. La cabeza perdida de Damasceno Monteiro es también una magnífica novela política que confirma a Tabucchi como uno de los mejores escritores italianos. Como en la historia de Pereira, la historia de Damasceno no es solamente ficticia.
La idea de escribir esta novela nace, como en el otro caso, de una noticia. El 24 de mayo de 1996, Carlos Rosa (Damasceno Monteiro), ciudadano portugués, fue asesinado y su cuerpo se halló en un parque público, decapitado y con señales de malos tratos. Firminio, un joven periodista, inseguro y de mediana cultura, es enviado a Oporto como corresponsal de un diario. La trama le lleva a conocer a un personaje que atrapa al lector con su genialidad y carácter fuerte y enfermizo: don Fernando de Mello Sequeira. Abogado que se hará cargo del caso «Damasceno Monteiro» en mancuerna con las notas de Firminio, y que vive de sus recuerdos infantiles junto a su abuela, y de la ayuda que ofrece a la gente más baja de los barrios de Oporto. Hay momentos en que las charlas entre el joven Firminio y el sabihondo don Fernando, recuerdan al experimentado Pereira y a Monteiro Rossi, personajes de Sostiene Pereira.
El lector se encontrará frente a una narrativa estupenda que lo mismo se vale del pensamiento de Lukács, que de la poesía de Hölderlin y la novela de Flaubert, para enriquecer el perfil intelectual de sus personajes. Una novela política, violenta y a la vez irónica. Un suspenso bien logrado con un lenguaje simple y fluido que impiden al lector detenerse en su lectura.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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De la metáfora al logografismo

Según el diccionario, la alegoría es una metáfora continuada y la metáfora es un tropo que sirve para unir una o varias palabras figuradas a algún término propio. Tanto la metáfora, la alegoría y el símbolo sirven para mostrar o insinuar una cosa en otra, a partir de relaciones de semejanza. El logografismo, del cual trataremos en este comentario, no es un símbolo, ni una alegoría, ni una comparación. Tampoco es un logotipo o un sinónimo. El logografismo es un recurso de las palabras y de las letras para una mejor comunicación humana, para expresar una cosa en otra a partir de relaciones de semejanza. Es a la vez una palabra que se autodefine haciéndose forma o alegoría. Por eso el logografismo, valiéndose de la sorpresa, se convierte en un nuevo recurso de las palabras y de las letras para una mejor comunicación humana. Más que una metáfora gramatical, el logografismo es una metáfora visual, gráfica o plástica. Sin embargo, algunos logografismos pueden identificarse como metáforas plástico-visuales o metáforas gráfico-visuales. Otros pueden ser también metáforas gráfico-fonéticas. Por ejemplo, los logografismos de “Tartamudo” (tarrr…tat…a…mudo) y el de “Tos”. (T…O…sss).

La argentina Elena Oliveras, doctora en Estética y crítica de arte, en su libro “La metáfora en el arte”, hace énfasis en la importancia de uno de los mayores poderes de la mente humana, cual es, el poder ver una cosa en otra a partir de relaciones de semejanza. Para ella, la metáfora y el concepto filosófico de significación con todas sus variantes: signo, símbolo, denotación, comunicación, la llevan a preguntar: ¿cómo desconocer la existencia de un interés generalizado por la metáfora en las últimas décadas? Resalta además que la metáfora y la metonimia han servido y sirven en el psicoanálisis.

El logografismo aumenta el espectro comunicativo de las palabras, creando variantes. En el logografismo se da la posibilidad o virtud, igual que en la metáfora, de poder mostrar o visualizar una cosa en otra. Esto multiplica las posibilidades de las palabras y del lenguaje. Además, el logografismo permite la libertad imaginativa y da la posibilidad de mostrar distintas versiones de una misma palabra. Igual que la metáfora, nos puede transportar a sitios imprevistos y puede albergar sonido, humor, agudeza mental.
Con el logografismo puede comunicarse una ironía, un ritmo, un estado de ànimo, un espacio. En él o con él, podemos hacer poesía, significar un sentimiento o vivir un asombro, imbricar en la palabra o en las letras un sentir poético. (¡Ah! Ehh, iiii, Oh… hh, UUUUUU). Así mismo, juntando letras, sílabas, palabras, se puede llegar a crear poesías visuales y gráfico-poemas.

El logografismo pierde calidad cuando se usan elementos extraños a las propias letras o a la palabra. No valen pues las “muletas”, los elementos agregados que no pertenecen a las mismas letras de la palabra.

El logografismo ha sido cotejado con otros divertimentos. El doctor y profesor Jorge Rodríguez Arbeláez escribe: “Se me antoja comparar estos dibujos (logografismos) con las greguerías de Don Ramón Gómez de la Serna, quien también en una pincelada de buen humor e ingenio literario, producía síntesis de ideaciones que sorprendían por su agudeza y precisión conceptual. Quiero con ello decir que, esto es un equipolente a lo que con mayor acento literario pero de grande fuerza gráfica de expresión, hacía Don Ramón con el ejemplo de palabras escritas, en simples caracteres de imprenta”.
Como en las metáforas visuales, en el logografismo se dan momentos: el de lo percibido y el de lo concebido.

Así que el impacto de percibirlo lleva a la sorpresa.
Humberto Senegal, escritor quindiano, refiriéndose a los logografismos expresa en uno de sus ensayos: “El Logografismo es una síntesis del concepto, la palabra, la letra y la imagen. Rimbaud percibió el color de las letras. Aquí, al ajustarse las letras a la palabra, y no las palabras ni el dibujo a las letras, se experimenta con mayor amplitud en campos semánticos y pictóricos de la racionalidad alfabética. Hay en los logografismos una independencia total de la imagen, cuya significado visual, a pesar de estar formado por símbolos fonéticos, no apela a la noción literal del objeto, sino al objeto mismo, a su talidad”. Más adelante comenta: “Estrada rompe con la palabra, explora conceptos mediante imágenes, dándole a estas una existencia real, absorbida antes por la disposición tradicional de simples símbolos fonéticos. Tal vez algo que pudo comenzar como diversión literaria puede terminar, si el poeta antioqueño se lo propone, en un descubrimiento de la no dualidad entre lo observado y el observador. Los logografismos son un camino para ello”.

“En los logografismos primero se observa el dibujo y luego se lee la palabra. La magia de éstos se halla en la lectura de la imagen: es una lectura “literal” del dibujo. La vista percibe la imagen, el sentido literal de lo descrito, sin apelar con la mente al símbolo fonético, mediante la re-creación del propio símbolo fonético”.
“El elemento primordial del logografismo es el espacio. Las letras tornan a su riguroso orden clásico dentro del abecedario. No son revistas de materia ni adoptan poses jeroglíficas en su mundo de la página. El blanco de ésta, que resalta hasta alcanzar participación activa en el logografismo, concede libertad de movimientos en toda dirección a las letras, que se desprenden de la palabra y avanzan unos centímetros adelante, en espacio, para formar el espacio real entre ellas mismas. O saltan hasta la página siguiente, en las tres últimas letras de divorcio, separadas no sólo de la palabra sino de la página y hasta del sentido tipográfico en que se encuentran ordenadas en el libro”.

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La dama de las camelias (Alejandro Dumas)

I.El Narrador se entera por casualidad de que murió una cortesana y que sus bienes serían puestos en remate para cubrir sus deudas, se entera de que la difunta era conocida suya, únicamente de vista: Margarita Gautier.

II.Margarita era de singular hermosura, asistía a todos los estrenos de la Ópera y del Teatro, su fama como cortesana era bastante conocida, siempre asistía a todas las funciones con tres cosas: sus gemelos, una bolsa de bombones y un mazo de camelias, su florista le habría puesto el sobrenombre de “La Dama de las Camelias. Ella vivía de una pensión indeterminada que le daba el duque, él cual la trataba pródigamente y con respeto.

III.El Narrador acude al remate, el cual fue bastante concurrido. Puja por un libro Manon Lescault del abate prevost, el cual tenía dedicatoria, se lo adjudican por un valor diez veces superior al real, sólo por orgullo personal pujó de tal manera. La Dedicatoria decía “Manón a Margarita, Humildad”, firmado por Armando Duval.

IV.De la venta de los bienes de la cortesana se obtuvieron 150,000 francos, de los cuales dos terceras partes fueron a parar a las manos de sus acreedores y el resto a su familia, una hermana que tenía años sin verla. Armando Duval acudió a ver al Narrador, en un estado deplorable y depresivo, le rogó que le vendiera el libro mencionado, enseñandole una carta suscrita por Margarita en la cual le pedía que acudiera al remate a comprar algo para recordarla. El Narrador le regalaría el libro, lo que daría inicio a una buena amistad, el mozo agradeció y se despidió llorando.

V.Pasó un largo tiempo y el narrador no tenía noticias de Armando Duval, decidió ir a preguntar por él a casa al cementerio, donde vislumbró la tumba de la joven adornada con innumerables camelias, el jardinero le contó que un joven había ordenado que se mantuviera siempre con rosas y que éste había partido para que la hermana de la difunta autorizase el traslado del cuerpo, puesto que en este cementerio sólo tenía licencia por cinco años, y quería otorgarle una de por vida. El Narrador obtiene la dirección de Armando Duval y va a visitarle, seguía de viaje, pero al día siguiente recibe un mensaje por él que le invitaba a acudir a su casa.

VI.El narrador acude, vería al joven en un estado convaleciente, el cual da la razón del traslado del cuerpo y el porque tenía que estar presente:

Es lo único que puede curarme. Tengo que verla. Llevo sin dormir desde que me enteré de su muerte, y sobre todó desde que vi su tumba. No puedo hacerme a la idea de que esa mujer, a quien abandoné tan joven y tan bella, esté muerta. Tengo que cerciorarme por mí mismo. Tengo que ver lo que ha hecho Dios con aquel ser que tanto amé, y quizá el asco del espectáculo reemplace la desesperación del recuerdo. Usted me acompañará, ¿verdad? Si es que no te molesta demasiado…

Acudieron al desentierro, el cual fue bastante doloroso para Armando.

TÍTULO=»\Desarrollo\»>

Desarrollo

VII.Armando, todavía en cama le encomienda la escritura de un libro sobre los hechos que le narraría: dice que desde que la conoció sabía que estaba destinado a enamorarse de ella, deseaba que fuere difícil la conquista:

Y yo, que habría querido sufrir por aquella mujer, temía que me aceptara excesivamente de prisa y me concediera excesivamente pronto un amor que yo hubiera querido pagar con una larga espera o un gran sacrificio. Los hombres somos así; y es una suerte que la imaginación deje esta poesía a los sentidos y que los deseos del cuerpo hagan esta concesión a los sueños del alma.

Contó que la vez que fueron presentados, fue en la Ópera, y había hecho el ridículo, ella diría que “nunca había visto nada más chistoso que él”. A partir de aquí, Armando la intentaría ver varias veces, pero de repente ella enfermó de tisis, acudió a su casa innumerables veces preguntando por su estado de salud, sin dejar jamás recado, tarjeta de visita o subir a visitarla. No la vería por dos años.

VIII.Después de este tiempo la volvió a ver y su amor no había disminuido.

-Lo que no impidió que mi corazón latiera cuando supe que era ella; y los dos años pasados sin verla y los resultados que aquella separación hubiera podido ocasionar se desvanecieron en la misma humareda con el solo rozar de su vestido.

Le pidió a una conocida, Prudencia Duvernoy, una regordeta que había sido cortesana, que se la presenté nuevamente. Ella le contó que Margarita era la protegida de un duque muy viejo y muy rico, que ella nunca se dormía antes de las dos de la mañana y que a veces tenía compañía, pero que no tenía amantes, aunque un conde joven la cortejaba, a ella le aburría.

IX.Se volvieron a presentar Armando y Margarita, ésta aunque al principio no pudo recordar, después lo haría, pidiendo disculpas por la vez anterior. Armando aceptó que el era el hombre que iba a preguntar por su estado de salud durante su enfermedad, lo que ella agradeció. Margarita trataba con mucha crueldad al conde, a quien despidió para recibir a Armando, Prudencia y Gastón, durante la alegre reunión, en la que la joven hizo gala de sus modales, a Margarita le sobrevino una crisis de tos por lo que salió presurosa a su recámara, Armando la siguió.

X.Armando le recomendó abandonar esa vida licenciosa, ella contestó que a nadie le importaba su estado de salud, a lo que el joven replicó diciendo que a él sí. Armando confesó que la amaba con locura, ella después de algunas cavilaciones lo aceptó pero condicionándole que debería ser: confiado, sumiso y discreto. Ante la pregunta de cuando se volverían a ver, Margarita contestó:

Porque -dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y tomando de un gran ramo de camelias rojas comprado por la mañana una camelia que colocó en mi ojal – porque no siempre se puedén cumplir los tratados el mismo día en que se firman

Luego le diría que se verían cuando la camelia que le entregó cambie de color, se besaron y ella justificó su actuar:

Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo así, en seguida. ¿Sabe a qué se debe? Se debe -continuó, tomándome una mano y colocándola contra su corazón, cuyas palpitaciones violentas y repetidas yo sentía-, se debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he propuesto vivir más de prisa.

XI. Armando estaba sorprendido de lo ocurrido, y se empecinaba en creer que no se trataba de una mujerzuela. Fue a verla, como había prometido en la víspera y ella le contestó que no se acordaba del pacto, sin embargo, el joven se iba acostumbrando al actuar de la joven. Luego Prudencia le diría que Margarita opinaba que era encantador.

XII.En esa ocasión Armando pasó la noche con Margarita, ella lo despachó a las cinco porque el duque vendría temprano y le prometió mandarle instrucciones para su próxima cita, entregándole una llave de sus aposentos. Al día siguiente, Armando le haría una gran escena de celos porque la había visto con el conde en el teatro, luego se dio cuenta que él había aceptado ciertas condiciones y la joven lo perdonó, haciéndole saber que se estaba enamorando de él.

XIII. Prudencia le recomendó a Armando no ser celoso, que él no podía mantener la vida de lujos de Margarita, que lo conveniente era que únicamente se amaran, conscientes de la realidad. Margarita invitó a Armando a pasar varios meses en el campo, pero el joven se ofendió, diciendo que no aceptaría tal situación con esos medios, otra vez se dio cuenta del error en que incurría y fue perdonado por segunda ocasión. Al día siguiente Armando recibe un recado de Margarita que decía “Me siento mal, no venga hoy”, sin embargo acudió y vio que el conde entraba en la casa, por lo cual sufrió mucho.

XIV.Armando escribe una carta zahiriente para Margarita. Se desespera por haber actuado de tal manera, nuevamente se arrepiente y le ruega perdón:

«Alguien que se arrepiente de una carta que escribió ayer, que se irá mañana si usted no lo perdona, desearía saber a qué hora podrá ir a depositar su arrepentimiento a sus pies. ¿Cuándo podrá encontrarla sola? Ya sabe usted que las confesiones deben hacerse sin testigos.»

XV.Armando le preguntó a Margarita la razón por la cual le engañó, ella respondió de tal forma:

-Amigo mío, si yo fuera la señora duquesa de tal o de cual, si tuviera doscientas mil libras de renta, y siendo su amante, tuviese otro amante distinto de usted, tendría usted derecho a preguntarme por qué lo engañaba; pero, como soy la señorita Marguerite Gautier, tengo cuarenta mil francos de deudas, ni un céntimo de fortuna y gasto cien mil francos al año, su pregunta es ociosa y mi respuesta inútil.

Le dijo que aceptó ver al conde para poder hacer el viaje al campo, puesto que no quería deberle nada a Armando, luego dijo que siempre estaba muy vigilada. Confesó la razón por la cual había aceptado a Armando como amante: por que es el único que se ha compadecido de ella, pero:

-Entonces te encontré a ti, joven, ardiente, feliz, y he intentado hacer de ti el hombre a quien llamaba en medio de mi ruidosa soledad. Lo que yo amaba en ti no era el hombre que eras, sino el que ibas a ser. Tú no aceptas ese papel, lo rechazas como indigno de ti; eres un amante vulgar; haz como los demás: págame y no hablemos más.

Armando vuelve a pedir perdón y no se va de París.

XVI.Armando aceptaba todas las condiciones que le daba Margarita, pronto le entregaría el “Manon Lescault” del abate Prevost. Armando cambió su vida y sus hábitos, tuvo que adquirir algunas deudas y jugar para poder obsequiar a su enamorada. Intentaba curar a Margarita, y funcionaba de cierta manera.

XVII.Margarita quiso pasar una temporada en una alegre casa campirana, por lo que se la pidió al duque, el cual al poco se enteraría que habitaba con Armando en aquella casa, lo que provocó que le diera un ultimatum a la joven “Yo (y la renta) o Armando Duval”. Ella escogería el amor, haciendo que la felicidad de Armando se elevara sobremanera. Margarita terminó con todas sus costumbre anteriores, incluso con sus amistades… El duque volvería a rogar que le acepte, sin importar circunstancias, pero la joven reformada rechazaba abrir sus cartas.

XVIII.Los jovenes hacían proyectos para su porvenir, Margarita prefería no regresar a París. Armando notó que los bienes de Margarita iban desapareciendo, por lo que acudió a París y se enteró que la joven tenía muchas deudas y estaba vendiendo todo, Prudencia le dijo:

-¡Ah! – continuó con esa insistencia típica de la mujer que puede decir: «¡Qué razón tenía yo!» – ¿Cree que basta amarse e° irse al campo a vivir una vida pastoril y vaporosa? No, amigo mío, no. Al lado de la vida ideal existe la vida material, y las resoluciones más castas están sujetas a la tierra por hilos ridículos, pero de hierro, y que no se rompen tan fácilmente.

XIX.Armando se compromete a pagar todo, ella rechaza la oferta de Armando, proponiendo que vivan humilde y austeramente, pero Armando le reconviene diciendo que Margarita necesitaba de sus lujos. Ella responde:

-En una relación como la nuestra, si la mujer tiene aún un poco de dignidad, debe imponerse todos los sacrificios posibles antes que pedir dinero a su amante y ofrecer un aspecto venal a su amor. Tú me quieres, estoy segura, pero no sabes lo frágil que es el hilo que sujeta al corazón el amor que se siente por chicas como yo. ¿Quién sabe? ¡Quizá un día de mal humor o de aburrimiento lo imaginaras ver en nuestra relación un cálculo hábilmente combinado! Prudence es una charlatana. ¡Para qué quería yo los caballos! Vendiéndolos, ecònomizo; puedo pasarme sin ellos perfectamente y así no me gastan nada. Todo lo que te pido es que me quieras, y tú me querrás lo mismo sin caballos, sin cachemiras y sin diamantes. -Tú, que no quieres permitirme que comprenda tu posición, y tienes la vanidad de velar por la mía; tú, que, al conservarme el lujo en medio del que he vivido, quieres conservar la distancia moral que nos separa; tú, en fin, que no crees que mi cariño sea lo suficientemente desinteresado para compartir conmigo tu fortuna, con la que podríamos vivir felices juntos, y prefieres arruinarte, esclavo como eres de un prejuicio ridículo. ¿Crees que yo comparo uncoche y unas joyas con tu amor? ¿crees que para mí la felicidad consiste en las vanidades con que una se contenta cuando no ama nada, pero que se convierten en algo muy mezquino cuando ama? Tú pagarás mis deudas, malbaratarás tu fortuna ¡y me mantendrás al fin! ¿Cuánto tiempo durará todo eso? Dos o tres meses, y entonces será demasiado tarde para emprender la vida que propongo, pues entonces lo aceptarías todo de mí, y eso es lo que un hombre de honor no puede hacer. Mientras que ahora times ocho o diez mil francos de renta, con los cuales podemos vivir. De lo que tengo, yo venderé lo superfluo, y sólo con esa venta me haré con dos mil libras al año. Alquilaremos un lindo pisito en el que nos quedaremos los dos. En verano vendremos al campo, pero no a una casa como ésta, sino a una casita suficiente para dos personas. Tú eres independiente, yo soy libre, somos jóvenes; en nombre del cielo, Armando, no vuelvas a arrojarme a la vida que me vi obligada a llevar en otro tiempo.

XX.Armando aceptaría gustoso la propuesta de su amada, poco después llegaría su padre. El señor Duval le reprocha a Armando su conducta al flanco de la señorita Gautier y le ordena abandonarla, Armando rechaza la imposición.

XXI.Armando le contaría la situación a su enamorada. Ella le pide que haga a su padre reconsiderar para poder amarse con total libertad. Armando no encontraría a su padre por algunos días pero cambiaría drásticamente de estado de ánimo de Margarita. Armando al fin encuentra a su padre, el cual dice que toleraría la relación de su hijo.

TÍTULO=»\Nudo\»>

Nudo

XXII.Armando feliz regresaría con su amada, llevándose una gran decepción al no encontrarla, se había ido a París. Como era muy tarde, el joven acudió a París caminando, sólo encontró una carta en su casa, la cual decía:

"«Armand, cuando lea esta carta, ya seré la amante de otro hombre. Así que todo ha terminado entre nosotros. "Vuelva con su padre, amigo mío, vaya a ver a su hermana, joven casta, ignorante de todas nuestras miserias, y a su lado olvidará muy pronto todo lo que le haya hecho sufrir esa perdida que llaman Marguerite Gautier, a quien quiso usted amar por un instante y que le debe a usted los únicos momentos felices de una vida que ella espera que ya no será larga.»"

Armando se llenaría de desdicha y desesperación, y por necesidad, acudiría a compartir su tristeza con su padre, con el cual regresaría al dia siguiente a su lugar de origen.

XXIII.Armando se caracterizaba por su desánimo, sintió la necesidad de volver a verla y regresó a París. La vio, había recuperado sus caballos y bienes, y al parecer la vida libertina de antaño. Esto llevó a Armando a la ira y a desear venganza. Visitó a Prudencia, a quien le dijo sobre su relación con Margarita:

-Está perdonada, puede decírselo. Es una buena chica, pero es una golfa, y lo que me ha hecho debía esperármelo. Hasta le agradezco su resolución, pues hoy \’me pregunto adónde nos hubiera llevado mi idea de vivir siempre con ella. Era una locura..

Luego le pediría los datos de Olimpia, una amiga de Margarita, a quien pensaba conseguir con dinero. Armando concurrió a una fiesta ofrecida por Olimpia, ahí vio a su anterior amante con celos:

Cuando, lleno de mis dolorosas emociones, llegué al baile, estaba ya muy animado. Bailaban, gritaban incluso, y, en una de las contradanzas, descubrí a Marguerite bailando con el conde de N…, el cual parecía muy orgulloso de exhibirla y parecía decir a todo el mundo: ¡Esta mujer es mía!

Armando se empeñaría en conseguir a Olimpia esa misma noche, lo cual obtendría.

XIV. La relación con Olimpia provocaría bastantes desazones a Margarita, la cual terminaría su amistad con ella y se vería cada vez más pálida. Armando estaba feliz con los efectos de su artimaña. Poco después Margarita acudiría a pedirle clemencia, que había sufrido mucho y que las circunstancias le habían obligado a abandonarle. Armando le dijo que olvidaría todo lo acaecido y pasaron la noche juntos:

-No, no -me dijo casi con espanto-, seríamos muy desgraciados; yo ya no puedo valer para hacerte feliz, pero mientras me quede un soplo de vida seré la esclava de tus caprichos. A cualquier hora del día o de la noche que me desees, ven y seré tuya; pero no asocies más tu futuro con el mío: serías muy desgraciado y me harías muy desgraciada. Aún seré por algún tiempo una chica bonita: aprovéchate, pero no me pidas más.

Al días siguiente Armando fue a visitarla pero no le dejaron pasar pues se encontraba con el conde, iracundo escribió un mensaje:

Volví a mi casa como un borracho, y ¿sabe lo que hice durante el minuto de delirio celoso que bastó para la acción vergonzosa que iba a cometer? ¿Sabe lo que hice? Me dije que aquella mujer estaba burlándose de mí, me la imaginaba en su tete-à-tête inviolable con el conde, repitiendo las mismas palabras que me había dicho por la noche, y, cogiendo un billete de quinientos francos, se lo envié con estas palabras. «Se ha ido usted tan de prisa esta mañana, que olvidé pagarle. Ahí tiene el precio de su noche.»

Le devolvieron el recado y los 500 francos, desesperado y quizá arrepentido, acudió a su encuentro pero lo único que recibió fue “La señora se ha ido a Inglaterra hoy a las seis”.

TÍTULO=»\Desenlace\»>

Desenlace

XXV.Y esa era el final de lo que Armando podía contar, el resto eran cartas que habían sido escritas por la joven durante la enfermedad que la acabaría, las cuales nunca fueron recibidas. La primera comenzaba:

No pude resistir el deseo de darle una explicación de mi conducta, y le escribí una carta; pero, escrita por una mujerzuela como yo, tal carta puede parecer una mentira, a no ser que la muerte la santifique con su autoridad y que en vez de ser una carta sea una confesión.

Confesó que mientras él buscaba a su padre, éste llegó a visitarla y le rogó que dejara a su hijo, puesto que interfería directamente con las relaciones familiares y con la felicidad de su hija:

Bueno, pues mi hija va a casarse. Se casa con el hombre que ama y entra en una familia honorable que quiere que todo sea honorable en la mía. La familia del hombre que será mi yerno se ha enterado de la vida que Armando lleva en París y ha manifestado que retirará su palabra si Armando sigue viviendo así. En sus manos está el futuro de una niña que no la ha hecho nada y que tiene derecho a contar con el futuro. ¿Puede usted y se siente con fuerzas para destrozarlo? En nombre de su amor y de su arrepentimiento, Marguerite, concédame la felicidad de mi hija.

Ella aceptaría…

XXVI. Margarita continuaría con las cartas suplicando que Armando la visite, o que muera de una vez. Su salud empeoraba y el único consuelo que recibió fue una carta del padre de Armando, acompañada de dinero. Al poco le embargarían sus bienes, y las cartas comenzarían a ser escritas por Julia Duprat, pues su amada estaba imposibilitada.

Me ha hecho prometer que le escriba cuando ella ya no pueda, y estoy escribiéndole delante de ella. Dirige sus ojos hacia mí, pero no me ve: su mirada está ya velada par la muerte cercana; sin embargo sonríe, y estoy segura de que todo su pensamiento y toda su alma están puestos en usted Cada vez que alguien abre la puerta sus ojos se iluminan y siempre cree que va a entrar usted; luego, cuando ve que no es usted, su rostro recobra su dolorida expresión, queda bañado en un sudor frío, y sus pómulos se tiñen de púrpura. pp 119

Finalmente la joven moriría en la más extrema desgracia y soledad.

XXVII. Acaba el relato, el narrador comenta que acompaña al joven de regreso a su casa y apunta:

Volví a París, donde escribí esta historia tal como me la contaron. No tiene más que un mérito, que quizá le será discutido: el de ser verdadera. No saco de este relato la conclusión de que todas las chica como Marguerite son capaces de hacer lo que ella hizo, ni mucho menos; pero tuve conocimiento de que una de ellas había experimentado en su vida un amor serio, por el que sufrió y por el que murió, y he contado al lector lo que sabía. Era un deber. No soy apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble dondequiera que la oiga implorar. La historia de Marguerite es una excepción, lo repito; pero, si hubiera sido algo habitual, no habría merecido la pena escribirla www.es.wokipedia.org

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Una biblioteca (Arturo Pérez Reverte)

Una biblioteca (I)

Durante esta última semana, aprovechando una temporada de calma, he ordenado la biblioteca. Siempre ocurre lo mismo cuando termino de escribir un libro, sea el que sea; en los últimos días no conoces ni a tu familia, ni a tus amigos más íntimos, ni a nadie. Bajas a la mina cada día, o no sales de ella ni para dormir, como un picador del pozo María Luisa, dale que te pego. Vives obsesionado con darle a la tecla y terminar de una vez; y el material que utilizas, los libros que consultas y las nuevas adquisiciones, se acumulan por todas partes, esperando una tregua para su sitio exacto. Porque amén de la utilidad que reporte, un libro tiene su dignidad, y no puede ir en cualquier parte y de cualquier manera; requiere compañía y lugar adecuados. Nabokov puede ir junto a Conrad, tal vez, pero no junto a Cervantes; y Stendhal puede avecinarse con Heine y con Lampedusa, pero nunca con las Crónicas de Froissart, con Moratín o con Plutarco. Cada cual es cada cual.

A veces algún lector escribe pidiendo la recomendación de un libro clave, o que el arriba firmante considere como tal; y no falta quien solicita un canon de obras fundamentales -imprescindibles, es la estúpida palabra de moda en ciertos suplementos literarios-. Siempre me niego, porque eso de las obras fundamentales depende mucho del gusto de cada uno; y libros que a ti te cambian la vida pueden pasar, para otro, sin pena ni gloria. De cualquier modo, mientras colocaba y reordenaba los libros estos últimos días, hubo, como siempre, un par de centenares de títulos y autores donde la vista y las manos se me demoraban más que en otros, por diversas razones. Y de pronto me he dicho: por qué no. Por qué no decir cuáles son, y si a alguien resultan útiles, pues me alegro. La relación, que no es exhaustiva, sí resulta en cambio desordenada y larga: tal vez ronde los ciento cincuenta títulos, de modo que, metidos en faena, contársela me llevará esta semana y la próxima. Así que quien no esté interesado por el asunto puede pasar mucho de calzarse esta página, hoy y la semana que viene.

Última advertencia: los libros no figuran por orden de importancia; y faltan, porque no los recuerdo ahora o porque no me lo parecen, muchos otros. Pero, ya que de algo tan personal se trata, esta lista de Schindler resulta tan buena como otra cualquiera. A ver por qué ha de ser menos válida que la que se fabrican cuatro compadres bobalios para darse coba unos a otros en los cursos de verano:

El Quijote (Cervantes). La Odisea (Homero). La Eneida (Virgilio). Vidas paralelas (Plutarco). Obra completa (Francisco de Quevedo). Obra completa (Jorge Manrique). La Biblia. La Divina Comedia (Dante). Fausto (Goethe). Episodios nacionales y novela completa (Pérez Galdós). Obra completa (Pío Baroja). Moby Dick (Melville). Teatro completo (Shakespeare). La montaña mágica (Thomas Mann). Los tres mosqueteros (Dumas). En busca del tiempo perdido (Marcel Proust). El rojo y el negro (Stendhal). La regenta (“Clarín”). Cuadros de viaje (Heinrich Heme). Expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y griegos (Francisco de Moncada). Las relaciones peligrosas (Choderlos de Laclós). El ruedo ibérico (Valle-Inclán). Ana Karenina (Tolstoi). Crimen y castigo (Feodor Dostoievsky). Victoria (Joseph Conrad). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Bernal Díaz del Castillo). Cien años de soledad (García Márquez). Conversación en la catedral (Vargas Llosa). La familia de Pascual Duarte (Camilo José Cela). Tragedias (Sófocles). El jorobado (Feval). Tragedias (Eurípides). Relatos (F. Scott Fitzgerald). El buen soldado (Ford Madox Ford). El prisionero de Zenda (Hope). El gatopardo (Lampedusa). El americano impasible (Graham Greene). La cartuja de Parma (Stendhal). Viajes por Italia (Stendhal). Lord Jim (Conrad). Guerra y paz (Tolstoi). Biografías (Ludwig). Biografías y novelas (S. Zweig) La flecha de oro (Conrad). La línea de sombra (J. Conrad). La marcha de Radetzky (J. Roth). El conde de Montecristo (Dumas). Suave es la noche (F. Scott Fitzgerald). El gran Gatsby (F. S. Fiztgerald). París era una fiesta (Hemingway). Aventuras de Sherlock Holmes (Conan Doyle). “V” (Thomas Pynchon). Poderes terrenales (Anthony Burgess). Grandeza y decadencia de los romanos (Montesquieu). El halcón maltés (Dashiell Harnmet). La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (R. J. Sender)…

Conversaciones con Goethe (Eckermann). El Mediterráneo en tiempo de Felipe II (Braudel) La comedia humana (Balzac). Teatro completo (Moliére). Teatro completo (Moratín). Cantar del Mío Cid (Anónimo). La leyenda del Cid (Zorrilla). Ensayos filosóficos (Voltaire). Confesiones (J. J. Rousseau). Memorial de Santa Helena (Les Cases). Robinson Crusoe (Defoe). Memorias (Saint Simon). La Biblia en España (Borrow). Peter Pan (J. M. Barrie). El libro de la selva (Kipling). Memorias y máximas (La rochefoucault). Vida de los doce césares (Suetonio). Anales (Tácito). Ensayos (Montaigne). El espíritu de las leyes (Montesquieu). Los idus de marzo (Thorton Wilder). A.O. Barnabooth (Valery Larbaud). Memorias (Cardenal de Retz). El Criticón (Gracián). Coloquio de damas (Aretino). Historia universal (Polibio). Pensamientos (Pascal). El talismán (Walter Scott). Canción de Navidad (Dickens). La Ilíada (Homero). Alicia en el país de las maravillas (L. Carroll). Historia de dos ciudades (Dickens). Corazón (Edmundo d’Amicis). Epístolas morales (Séneca). Historia universal de la infamia (Borges). Artículos (Larra). Los años rusos (Nabokov). El nombre de la rosa (Umberto Eco). Papeles póstumos del club Pickwick (Dickens). Nostromo (J. Conrad). Los miserables (V. Hugo). Las flores del mal (Baudelaire). Cuentos (Edgar Allan Poe). Poesía completa (Antonio Machado). Los pilares de la tierra (Ken Follet). Poesía completa (Miguel Hernández). Viaje al fin de la noche (Celine). El extranjero (Camus). La peste (Camus). Un mundo feliz (Aldous Huxley). Memorias de Adriano (M. Yourcenar). El poder y la gloria (Graham Greene). Diario de un seductor (Soren Kierkegard). El lobo estepario (H. Hesse). Doctor Zhivago (Boris Pasternak). Lolita (Vladimir Nabokov). Desventuras del joven Werther (Goethe). El monje (Matthew Lewis). Melmoth el errabundo (Charles Maturin). El vellocino de oro (Robert Graves). La isla del tesoro (R.L. Stevenson). El siglo de las luces (Carpentier). Bomarzo (Mujica Laínez). Pedro Páramo (Juan Rulfo). Meditaciones (Marco Aurelio). La decadencia de Occidente (Spengler). El otoño de la Edad Media (Huizinga) Aventuras de Aubrev y Maturin (Patrick O’Brian). Frankenstein (M. Shelley). Drácula (Bram Stoker). El doctor Jekyll y míster Hyde (Stevenson). Mi vida (Benvenuto Cellini). Sonatas (Valle-Inclán). Rimas y leyendas (Bécquer). Vida del capitan Contreras (Alonso de Contreras). Don Juan Tenorio (Zorrilla). El alcalde de Zalamea (Calderón). Fuenteovejuna (Lope de Vega). El burlador de Sevilla (Tirso de Molina). Quo vadis (H. Sienkiewicz). 20.000 leguas de viaje submarino (Verne). Nuestra señora de París (Víctor Hugo). Tristam Shandy (Steerne). Nuestros antepasados (Italo Calvino). El cuarteto de Alejandría (L. Durrell). El primo Basilio (Eça de Queiroz). La colmena (Camilo José Cela). Cuentos (Chejov). Historia de la guerra del Peloponeso (Tucídides). Anábasis (Jenofonte). Poemas (Catulo). Satiricón (Petronio). Crónicas (Froissart). La muerte de Arturo (Mallory). El rey Arturo y sus nobles caballeros (Steinbeck). Odas (Horacio). Memorias (Casanova). Los nueve libros de la Historia (Herodoto). Diálogos (Platón). Tratados ético-morales (Aristóteles). Las metamorfosis (Ovidio). El príncipe (Maquiavelo). El cortesano (Castiglione). La Italia del renacimiento (Burckhart). Adriano VII (Barón Corvo). Decadencia y ruina del imperio romano (Gibbon). Viajes de Gulliver (Swift). Viaje a Italia (Goethe). Madame Bovary (Flaubert). El asesinato de Rogelio Ackroyd (Agatha Christie). La educación sentimental (Flaubert). Cándido (Voltaire). Zadig (Voltaire). Emilio (Rousseau). Confesiones (San Agustín). Olivares (Marañón). Olivares (Elliot). Felipe II (Kamen). Shogun (Clavell). Confesiones de un comedor de opio (Quincey). La juventud y la madurez de Enrique IV (Heinrich Mann). Los Buddenbrook (Thomas Mann). Los hermanos Karamazov (Dostoievsky). El jugador (Dostoievsky). El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares). Billy Budd (Melville). La roja insignia del valor (Stephen Crane). El talón de hierro (London). El negro del Narcissus (Conrad). Tifón (Conrad). Biografias (A. Maurois). El topo (Le Carré). Bizancio (R. J. Sender). La España musulmana (Sánchez Albornoz). Los 7 pilares de la sabiduría (T. E. Lawrence). Novelas ejemplares (Cervantes). Memorias (Talleyrand). Memorias (Fouché). Kaputt (Malaparte). Poesía completa (Campoamor). El puente de Alcántara (F. Baer). Vida de Cervantes (Astrana Marín)…

Que aproveche.

Arturo Pérez-Reverte

El Semanal

27 de septiembre de 1998

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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LA MORAL DE LA PROFESION DE LAS LETRAS (Robert Louis Stevenson)

 

 La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad, tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil, es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la nómina de nuestros asistencia, viejos y honestos libros ingleses se cerrase antes de que impresores codiciosos continuaran envileciendo una noble tradición y rebajando a sus propios ojos una raza famosa. Mejor dejar nuestros silenciosos templos vacíos que llenarlos de sacerdotes venales y fulleros.

 Dos elementos concurren en la elección de cualquier forma de vida: el primero, el gusto innato del elector; el segundo, que la actividad elegida sea especialmente útil. Como cualquier otro arte, la literatura reviste singular interés para el artista, y, en un grado que le es peculiar entre las demás, es útil a la humanidad. Ambas son justificación bastante para el hombre o la mujer que la adopta como quehacer de su vida. No me extenderé sobre el asunto de los salarios. El escritor puede vivir de la literatura. Si no con tanto lujo como dedicándose a otros oficios, con menos. La naturaleza del trabajo que realiza durante el día contribuye a su felicidad más que la calidad de los alimentos que toma por la noche. Sea cual fuere su vocación y por mucho que al año le reporte, uno sabe de sobra que ganaría aún más engañando. Todos tendemos a dar excesiva importancia a la posibilidad de pasar estrecheces; pero tales consideraciones no debieran influir en la elección de aquello que ocupe o justifique buena parte de nuestra existencia; y como el patriota, el misionero o el filósofo, debemos elegir la profesión noble y sencilla en que sirvamos mejor a la humanidad. La naturaleza, si se sigue con fidelidad, es madre previsora. Una debilidad por el tintineo de las palabras lleva a un muchacho a entregarse de por vida a las letras; con el tiempo, cuando adquiere mayor gravedad, descubre haber elegido mejor de lo que pensara; descubre que si gana poco, lo gana con creces; si recibe un salario escaso, su posición le permite prestar considerables servicios; que en alguna medida está en sus manos proteger al oprimido y erigirse en defensor de la verdad. El mundo está tan amablemente organizado, son tales los bienes que pueden derivarse de un adarme de confianza en uno mismo y tal es, en particular, la buena estrella de este oficio de escribir, que deberían combinarse placer y ganancia para ambas partes, y ser a la par tan placentero como tocar el violín y tan útil como un buen sermón.

 Nos estamos refiriendo a la literatura seria; y con los cuatro grandes de nuestros mayores a quienes todavía rendimos admiración y respeto, con Carlyle, Ruskin, Browning y Tennyson ante nosotros, sería cobarde considerarla de entrada desde una perspectiva menor. Aunque no podamos seguir a estos atletas, aunque ninguno de nosotros sea tal vez demasiado vigoroso, sabio u original, sostengo que con cualquier obra literaria, por humilde que sea, nos cabe hacer mucho bien o causar mucho daño. Puede que sólo deseemos complacer; es posible que, a falta de mejores luces, nos conformemos con satisfacer la ociosa y efímera curiosidad de nuestros contemporáneos; y es posible asimismo que tratemos, aunque sea tímidamente, de instruir. En cualquiera de los tres casos hemos de comerciar con ese insigne arte de las palabras que, al ser el dialecto de la vida, penetra fácil y poderosamente en el espíritu de los hombres; y siendo así, en cada una de estas facetas contribuimos a alimentar la suma de sentimientos y de opiniones que se conocen bajo el nombre de opinión pública o sentimiento popular. En estos tiempos de prensa diaria, el índice de lectura de una nación modifica considerablemente su índice de expresión oral; y ambas, la lectura y el habla, constituyen el medio más eficaz de educar a la juventud. Un hombre o una mujer virtuosos pueden retener a cualquier joven durante un tiempo en una atmósfera sana; pero a la postre, es el ambiente contemporáneo el que domina sobre el común de las medianías. La frecuente vileza corintia del periodista americano o del croniqueur parisiense, tan fácilmente digerible ejerce una influencia negativa incalculable; tocan todos los asuntos, y todos con la misma mano egoísta; inician a las cabezas jóvenes e inexpertas en un espíritu indigno; surten a las mentes romas de citas punzantes. El volumen de estas feas preocupaciones desborda el de las escasas intervenciones de los grandes hombres; el desprecio, el egoísmo y la cobardía se desparraman en grandes hojas sobre las mesas en tanto que su antídoto, en pequeños volúmenes, reposa intacto sobre las estanterías. He aludido a los americanos y a los franceses no porque sean más viles, cuanto por ser más legibles que los ingleses; el daño que causan es más efectivo: en América, debido a las masas; en Francia, al escaso número de lectores; pero también entre nosotros se descuidan diariamente las servidumbres de la literatura, diariamente se suprime o tergiversa la verdad y diariamente se degrada el tratamiento de los asuntos importantes. No se considera al periodista como un funcionario serio; pero estimad el bien que podría hacer por el daño que hace; valga un solo ejemplo: el hecho de que cuando, en un mismo día, dos periódicos de tendencia política opuesta vocean abiertamente una noticia determinada en interés de su propio partido, nos sonreímos del descubrimiento (¡ya no es tal descubrimiento!) como si se tratara de un buen chiste o de una estratagema excusable. Mentir tan descaradamente apenas es mentir, es cierto; pero una de las enseñanzas que profesamos transmitir a los jóvenes es el respeto a la verdad; y no creo que semejante formación se vea coronada por el éxito mientras algunos de nosotros cultivemos y el resto apruebe sin el menor reparo la falsedad pública.

 Dos obligaciones incumben a todo aquel que se adentre en el mundo de la escritura: fidelidad a los hechos y vigor en el tratamiento. En cualquier terreno literario, por humilde que sea para merecer tal nombre, la fidelidad a los hechos es de vital importancia para la formación y el bienestar de la humanidad, y tan difícil de guardar que el fiel que lo intente prestará con ello cierta dignidad a su ser de hombre. Nuestros juicios se fundan en dos elementos: primero, en las experiencias consustanciales a nuestra alma; pero en segundo lugar, en los testimonios de la naturaleza de Dios del hombre y del Universo que de forma diversa nos llegan desde el exterior. Estas formas diversas pueden en su mayoría reducirse a una sola, ya que todo lo que aprendemos del pasado y mucho de lo que aprendemos de nuestro tiempo nos llega a través de los libros y de los periódicos, e incluso aquellos que no saben leer aprenden de segunda mano gracias a esas mismas fuentes o a la información de los que saben. De ahí que la suma de conocimientos o de ignorancia contemporáneos del bien y del mal sea, en buena medida, obra de los que escriben. Por fuerza han de advertir que el conocimiento de todo ser humano responde, en tanto en cuanto sepan comprobarlo, a las circunstancias de su vida; que ninguno se considera un ángel o un monstruo; ni tiene el mundo por un infierno; y tampoco da en creer que todos los derechos se reducen a los de su país y su casta, y todas las verdades a su credo de parroquia. Todo hombre ha de conocerse a sí mismo para poder así enmendarse; ha de enseñársele lo que hay fuera de él para que sea bondadoso con su prójimo. Nunca será un error decirle la verdad, pues en su delicada situación, tejiendo con el paso del tiempo su propia teoría de la vida, gobernándose a sí mismo, o alentando y reprobando a los otros, cualquier pormenor tiene singular importancia para su conducta; y aun si un hecho determinado le desalienta y corrompe, siempre será mejor que lo sepa; pues en este mundo tal cual es, y no en un mundo más fácil merced a las censuras de su formación, debe recorrer su camino hacia la ignominia o la gloria. En suma, siempre es ocioso mentir; y nunca será acertado escamotear la verdad. Acaso sea precisamente aquello que omitimos lo que alguna persona necesitaba, porque lo que para uno sirve de medicina es para otro un veneno, y he conocido hombres que se han sentido confortados por la lectura del Candide. Todo hecho forma parte del gran rompecabezas que nos corresponde construir; y nada se pone abiertamente en el camino del escritor que no guarde alguna relación sutil, imperceptible para él, con el alcance y la totalidad de su objeto. Con todo, ciertos elementos son infinitamente más necesarios que otros y con ellos debe contender la literatura en primerísimo lugar. No es difícil distinguirlos, ya que la naturaleza, una vez más, actúa de guía; y los elementos necesarios debido a su eficacia son aquellos que revisten mayor interés para el espíritu natural del hombre. Aquellos coloreados, humanos, pintorescos, y enraizados en la moral, y aquellos otros claros, indiscutibles, que forman parte de la ciencia, son por sí mismos de capital importancia, seducen por su interés y resulta útil transmitirlos. Mientras el escritor se limite a narrar, habría de hablar principalmente de éstos. Hablar de los elementos amables, hermosos y sanos de nuestra existencia; y sin escatimar en su relación los males y tristezas de nuestro tiempo, conmovernos mediante ejemplos; aludir a las gentes sabias y virtuosas del pasado, emocionarnos mediante analogías; y de todos ellos habría de hablar con sobriedad y franqueza, sin glosar defectos, para que no desconfiemos de nosotros mismos y nos hagamos exigentes con nuestro prójimo. Por ello la literatura contemporánea, aunque efímera y frágil, mueve en la sensibilidad de los hombres los resortes del pensamiento y la bondad, y les sirve de apoyo (pues es fácil apoyar a quienes emprenden el viaje) en su camino hacia la justicia y la verdad. Y si en modo alguno produce este efecto, ¡cuánto más podría hacerse de quererlo los escritores! Ninguna biografía de cuantas se recogen en los anales del pasado dejará, si es debidamente estudiada, de sugerir o prestar ayuda a algún contemporáneo. Y no existe ninguna encrucijada en los asuntos actuales de la que todavía no pueda decirse algo útil. Incluso el periodista cumple una función y, con una mirada lúcida y un lenguaje sencillo, puede revelar injusticias y señalar el camino hacia el progreso. Por último: en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es siendo preciso. La vivacidad es una virtud secundaria que presupone la primera; pues producir vívidamente una impresión falsa sólo es hacer más conspicuo el fracaso.

 No obstante, un suceso puede contemplarse desde distintos puntos de vista; puede ser referido con ira, lágrimas, risas, indiferencia o admiración, y el relato, en consonancia con estos sentimientos, se convertirá en algo distinto. Los periódicos que en su día informaron sobre el regreso de nuestros representantes en Berlín, aun cuando no difirieran en los hechos como tales, se apartaron unos de otros considerablemente en su espíritu; de tal modo que una de las descripciones fue una segunda ovación y la otra un insulto prolongado. En toda obra literaria el argumento es un factor trivial, y el punto de mira del escritor, por ser menos discutible, es mucho más importante que cualquier otro. Ahora bien, este espíritu que anima el argumento, importante en todo género de obras literarias, adquiere máximo relieve en las obras de ficción, meditación o alabanza; pues no sólo les da color, sino que también selecciona los pormenores; no sólo modifica, sino que conforma la obra. De ahí que en una vastísima extensión del terreno literario la cordura o la demencia del escritor, o un pasajero talante humorístico, constituyan no sólo las líneas maestras de su obra sino también lo único que, en rigor, puede comunicarnos. En su sentido más amplio, toda obra de arte transmite primero la actitud del autor, sin menoscabo de que en ella se halle implícita toda una experiencia y una teoría de la vida. El autor que ha mendigado su pensamiento y reposa en una fe de estrechas miras no puede, aunque quiera, expresar la totalidad o siquiera diversas facetas de esta variada existencia; pues, llevando una vida limitada, no admite algunas en su teoría, del mismo modo que sólo de forma imprecisa y desganada las reconoció en su experiencia. De ahí la inhumanidad, ruindad y bajeza de las obras religiosas sectarias; de ahí las limitaciones, afines aunque diferentes, de las obras inspiradas por el espíritu de la carne o por ese gusto detestable por la alta sociedad. Por ello la primera obligación del hombre que se ponga a escribir es intelectual. A sabiendas o no, se ha constituido en guía de la inteligencia de los hombres, y debe procurar conservar la suya ágil, generosa y lúcida. Todo, salvo los prejuicios, debe tener en él un portavoz; debe ver el lado bueno de las cosas; guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente; y reconocer desde el principio que sólo tiene una herramienta en su taller, y esa herramienta es la solidaridad. [El ejemplo admirable para todos los escritores jóvenes de la generosa solidaridad literaria de Swinburne merece, cuando menos, una nota. No vacila en reconocer el mérito, ya en Dickens o en Trollope, ya en Villon, Milton o Pope. Esta es la actitud en la cual deberíamos todos perseverar no sólo en la crítica, sino también en todas las facetas de la actividad literaria.]

 La segunda obligación, más difícil de precisar, es de orden moral. A la mente afluyen mil humores diferentes en torno a los cuales, cuando se destacan, tiende a sedimentarse alguna forma de literatura. ¿Debe permitirse esto? Ciertamente no en todos los casos, pero sí en más de los que los puristas quisieran. Sería de desear que toda obra literaria, y especialmente toda obra de arte, surgiera de impulsos racionales, humanos, vigorosos y saludables, fueran cómicos o trágicos, religiosos, humorísticos o románticos. Con todo, es innegable que muchos libros valiosos son parcialmente demenciales; algunos, sobre todo religiosos, parcialmente inhumanos; y muchos tienen un cariz malsano e impotente. No odiamos una obra maestra porque nos protejamos de sus máculas. A fin de cuentas, no buscamos sus defectos, sino sus virtudes. Ningún libro es perfecto, ni siquiera en su concepción; pero muchos causan las delicias del lector, le hacen mejor y le reconfortan. Los salmos hebreos constituyen la única poesía religiosa que ha existido sobre la faz de la Tierra; sin embargo, sus salidas de tono hieden a hombre de carne y hueso. Alfred de Musset era una naturaleza retorcida y venenosa; cuando le acuso de tener un mal fondo, me limito a citar a ese frívolo y generoso gigante, el viejo Dumas; empero, cuando le impulsaba a escribir un sentimiento estrictamente creativo, podía ofrecernos obras como Carmosine o Fantasio, en las cuales se diría que había vuelto a encontrar, para pulsarla y deleitarnos, la última nota de la comedia romántica. Tengo para mí que cuando Flaubert escribió Madame Bovary pensaba principalmente en una especie de realismo malsano; pero ¡ved cómo en sus manos el libro se convirtió en una obra maestra de sobrecogedora moralidad! Y lo cierto es que cuando un libro se concibe en un estado de tensión extrema, con el alma a nueve veces su potencia, nueve veces encendida y electrizada por el esfuerzo, nuestra condición es aprehendida con tanta amplitud que, por más que el diseño principal pueda ser trivial o mezquino, no deja de transmitir alguna verdad o belleza. La dulzura se desprende de la fuerza; pero una idea mediocre mal ejecutada es mediocre de principio a fin. Y esto no alentará a amanuenses patizambos, de muñeca frágil, que deben tomarse su trabajo a conciencia o avergonzarse de practicarlo.

 El hombre es imperfecto; mas, en su literatura, debe expresarse a sí mismo sus opiniones y preferencias; porque hacer cualquier otra cosa sería correr un riesgo más peligroso que el de ser inmoral; sin duda, el de ser un embustero. Disfrazar un sentimiento, incluso si es bueno, es convertirlo en un travestido; no nos será útil. Ocultar un sentimiento, si uno está seguro de poseerlo, es tomarse libertades con la verdad. Posiblemente todo punto de vista al alcance del hombre cuerdo contenga alguna verdad y sea, en el contexto adecuado, de provecho para la especie. No temo a la verdad, si hay alguien capaz de decírmela, pero sí a las medias verdades impertinentemente pronunciadas. Hay un tiempo para la danza y un tiempo para el lamento; un tiempo para ser brusco y otro para ponerse sentimental; para ser ascético como para glorificar los apetitos; y el hombre que sepa combinar en su obra estos extremos, en el momento y la proporción justos, habrá dado con la obra maestra tanto del arte como de la moral. La parcialidad es inmoral; pues yerra todo libro que ofrezca una visión tergiversada del mundo y de la vida. El problema radica en que el débil deba ser parcial; la obra de uno es deprimente y deletérea; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, de una sensualidad epiléptica; la de un cuarto, de un amargo ascetismo. En literatura, como en nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único que podemos hacer es asegurarnos lo más posible; y para ello sólo existe una regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio. De nada sirve escribir un libro y dejarlo reposar durante nueve o incluso noventa años; pues durante su redacción sólo parcialmente te habrás convencido a ti mismo; la postergación debe preceder a cualquier comienzo; y si meditas sobre una obra de arte dale una y mil vueltas al asunto y asegúrate de que te agrada su sabor antes de elaborar un volumen que conserve el mismo gusto de principio a fin; si te propones entrar en el campo de la controversia, debes primero reflexionar sobre la cuestión bajo toda suerte de circunstancias, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. Este análisis riguroso, imprescindible para cualquier forma de escritura solidaria y veraz, hace del ejercicio del arte una noble y prolongada enseñanza para el escritor.

 Entretanto, queda mucho por hacer, mucho por decir y repetir una y mil veces. Toda obra literaria que suministre hechos fidedignos o impresiones placenteras presta un servicio a la comunidad. Servicio del que incluso puede estarse agradecidamente orgulloso de haberlo prestado. Las más insignificantes novelas son una bendición mejor que el cloroformo para quienes pasan por un mal momento. La vida de nuestro buen capitán de barco halló justificación cuando Carlyle alivió su espíritu con The King\’s own o Newton Forster. Deleitar es servir; y si no es difícil instruir y entretener a la vez, sí lo es, en cambio, conseguir plenamente lo primero sin lo segundo. Alguna circunstancia del escritor o de su obra aflora incluso en el más insípido de los libros; y leer una novela que fue concebida con un cierto vigor multiplica nuestras experiencias y ejercita nuestra solidaridad. Todo ensayo, todo poema, todo artículo, todo entre–filet, está abocado a penetrar, aun efímeramente, en el espíritu de una parte de la comunidad y colorear, siquiera de forma pasajera, sus pensamientos. Cuando corresponda discutir algún asunto, cualquier escriba de la prensa tiene la valiosa oportunidad de iniciar la discusión con un espíritu digno y humano; y si hubiera en nuestra prensa un número suficiente que lo hiciera así, ni el público ni el Parlamento tendrían por qué caer en los pensamientos más mezquinos. Acaso el escritor tropiece de paso con un tema sugestivo, ameno, tonificante, aunque sea así para un solo lector. Sería, por cierto, muy desdichado si no convenciera a ninguno. Además, tiene la posibilidad de dar con algo que sea cumprensible para una inteligencia mediocre; y que una inteligencia mediocre lea por una vez y comprenda, constituye un hito memorable en su formación.

 Nos encontramos, pues, con una tarea que merece la pena y que debe intentarse hacer bien. Por ello, si me dispusiera a recibir en nuestro oficio a un contingente considerable, no sería en virtud de un sueldo mejor, sino porque fuera un oficio en buena y gran medida útil; que todo comerciante honrado pudiera, con sus solos esfuerzos, hacer más útil aún para la humanidad; que fuera difícil hacerlo bien y posible mejorar con los años; que exigiera de sus practicantes una reflexión escrupulosa, convirtiéndose así en una enseñanza perpetua para las naturalezas más nobles; y que, fuera cual fuese su retribución, siguiera estando mal retribuido en la gran mayoría de los mejores casos. Porque a buen seguro que a estas alturas del siglo diecinueve, nada hay que un hombre honrado deba temer cun mayor recelo que ganar y gastar más de lo que se merece.

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