Las ilusiones perdidas (Honore de Balzac)

  

Las ilusiones perdidas

Esta obra, verdadera cumbre de la Comedia Humana, fue publicada originalmente en tres tomos, aparecidos entre 1837 y 1843, bajos los títulos de «los dos poetas», «un gran hombre de provincias en París» y «los sufrimientos del inventor» .

En cada una de las tres partes, unidas por unos personajes comunes y una trama que continúa, pero separadas claramente por el ambiente y la intención de la historia, se narra un tipo distinto de corrupción, siempre con la afilada pluma de Balzac que sabía, como nadie, penetrar en los entresijos sociales de su época, y no sólo de la suya, diseccionado las motivaciones humanas.
La obra empieza con la descripción de Sechard padre, dueño de una imprenta a pesar de ser analfabeto, y de cómo mandó a su hijo a Paris con la intención de prepararlo para ser un gran impresor. La idea el padre, no obstante, no es dar un gran futuro a su hijo sino poder venderle más cara la imprenta, pues lo que quiere es tener un cliente para el traspaso que le permita a él retiurarse enriquecido al campo mientras es otro, su hijo en este caso, quien lidia con los sinsabores de una industria medio arruinada pro la que le obligará a pagar mucho más de lo que vale.
Este primer encuentro de Sechard hijo con la realidad le demuestra que no sçólo le ha sido sustraída la herencia de su madre, sino que ha acabado pagando a su padre por la imprenta más que a otro particular cualquiera.
Lleno de deudas, David comienza su actividad mercantil y Balzac nos deja bien claro que tampoco él es inocente de su destino, pues resulta ser un completo inútil como empresario, y por descuido y falta de ambición empuja lentamente al naufragio al ya deteriorado negocio que recibió. Es entonces cuando la competencia, temerosa de qur una ruina definitiva le obligue a traspasar la imprenta a mejores comerciantes que puedan hacer más daño y resultar más peligrosos, le va dando pequeños trabajos, lo bastante numerosos para que pueda malvivir, pero no tanto como para que pueda prosperar. Así, son sus competidores los que lo mantienen en pie, pero débil, y de esta estratagema habla cumplidamente Balzac en este y otros apartados del libro: la caridad como forma de evitar la competencia de otros más preparados y peligrosos, manteniendo en el hueco al indefenso que no podrá resistirse eficazmente.
David, en su pequeña ciudad de provincias, recupera la amistad con un viejo camarada, Lucien, poeta como él, y le promete toda su ayuda para ayudarlo en su irrefrenable deseo de lograr notoriedad. Lucien tiene indudablemente un gran talento, y con ayuda de su amigo, que se endeuda hasta el extremo para ayudarle consigue entrar en los círculos de la alta sociedad, más interesada en lucir cultura que en verdadera cultura alguna. Empieza aquí un enconado periplo del poeta por los salones de la que era considerada mayor notoriedad en la ciudad, una dama que quisiera convertir all poeta en amante suyo y que se arrima la poesía como pretexto hasta el desenlace que, por supuesto, no contaremos.
La descripción de la dama y sus motivaciones es realmente magistral, pasando de lo social a lo personal hasta confundir ambos extremos en una sola necesidad de notoriedad unida a la frustración erótica de un marido que ni la complace ni la estorba.
Por vicisitudes de la trama, Luicen consigue irse a París y allí emprende lo que debería ser su carrera literaria de relumbrón. Pero París es a la vez un gran sumidero y un gran pedestal, y las dificultades acorralan al joven poeta que no logra el menor eco para su obra hasta que entra en contacto con los escritores de la prensa. Allí aprende todos los trucos del soborno, la pluma mercenaria, la crítica literaria vendida al dinero, la critica teatral subsidiaria de las actrices, que pagan con favores carnales las buenas crónicas, o de los empresarios, que pagan con entradas válidas para la reventa los aplausos previamente concertados de un público falso.
En ese ambiente le surgen algunas oportunidades a Lucien, que las aprovecha, pero renunciando a sus esperanzas, su escala de valores y cualquier resto de ética y llegando a traicionar a sus amigos. Entra luego en pequeñas extorsiones y se ve burlado por comerciantes, editores y libreros,m en un camino de perpetuo descenso entre intereses políticos que pagan a los periódicos e intereses comerciales que dictan el contenido de lo que se escribe.
Por último, tras traicionar a su amigo David y a su propia familia, Lucien regresa derrotado a su ciudad onde se organiza una gran trama para despojar a David de un invento que ha desarrollado para abaratar la fabricación del papel. Entra aquí el autor en las triquiñuelas legales para despojar la ciudadano común de todo lo que tenga mediante procesos judiciales, y en una apurada y compleja trama nos explica en la tercera parte, los sufrimientos del inventor y la voracidad del sistema judicial. Tampoco contaremos el desenlace, pero baste decir que Balzac no ahorra descripciones precisas y detalladas de las peores pasiones humanas y de cómo se destruye cualquier rasgo de buena fe en el mundo comercial.
La obra, en suma, es un recorrido por la corrupción de la critica, la prensa, la literatura y el mundo de los negocios, pero con mayor incidencia en el mundo cultural que tan bien conocía el autor. Los paisajes, más psicológicos que descriptivos, muestran una especie de infierno humano de doblez, donde el éxito se obtiene a través de las relaciones sociales, la casualidad y elementos tan peregrinos como las pretensiones eróticas de quien pueda ofrecerte los contactos oportunos.
Balzac no hace concesiones ni a unos ni a otros: los que burlan a los demás son en su pluma unos canallas y los birlados unos completos imbéciles que tampoco hacen nada por ayudarse a sí mismos y sucumben una y otra vez a los mismos vicios y las mismas debilidades, consumando sólo a medias la traición a sí mismos, de modo que ni se mantienen a salvo ni obtienen rendimiento de su abdicación.
Seguramente algunos podrían considerar esta obra como parte del género de terror pero, cotejando las afirmaciones de Balzac con la realidad, hay que incluirla en el más puro realismo.
Póngase a cubierto elq ue a este libro se acerque. Tiene algo de puerta de Dante.

  

 

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El poeta y yo. Memorias de Platero (Jesús Lesna)

 

Como ya se puede adivinar por el título, se trata de una desternillante parodia de la obra de Juan Ramón Jiménez «Platero y yo». En este breve libro, de apenas ochenta páginas, se incide en lo dura que es la vida de un burro que tiene que parecer siempre un rebojo de algodón y de la alienación que supone para él abandonar su condición pollinesca para dar gusto a su dueño.

las comparaciones con la vida de un burro de aldea son desternillantes, pues Platero se alegra de no llevar tantos palos ni portar tantas cargas, pero se siente envilecido por la capa de sentimentalismo lírico con la que se cubrió de oprobio, y para siempre, su nombre y su existencia.

Su conclusión es que si se pueden escribir poemas sobre un burro, también se pueden dar coces a la poesía, y a eso dedica las últimas páginas, reivindicando su derecho a que sus obras sean publicadas en una edición conjunta con las partituras del burro flautista.

 

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Vivo o muerto (Varios)

Vivo o muerto es una apuesta de Tropo Editores por recuperar para la literatura un género tan clásico como los cuentos de vaqueros. Con prólogo de José Luis Borau (un artículo publicado en Heraldo de Aragón, en 1954) y Anselmo Núñez Marqués, en Vivo o Muerto hacen su especial homenaje al Spaguetti Western autores como los premio Nadal Francisco Casavella o Felipe Benítez Reyes, el argentino Norberto Luis Romero, Hilario J. Rodríguez, José María Latorre, o los aragoneses Carlos Castán, Manuel Vilas, Mario de los Santos, Patricia Esteban Erlés y Óscar Sipán.

“Pero los vaqueros son como nosotros querríamos ser. La gracia y la originalidad son virtudes poco masculinas. Estos hombres duros,  curtidos, nobles e impetuosos, hacen lo que nosotros habríamos querido hacer siempre en vez de sumar en una oficina,  estudiar un texto o poner una tuerca. Son independientes, valerosos, decididos, se juegan todo a la cara de una moneda y saben cantar canciones con una guitarra. No tienen problemas amorosos, que es una de las cosas que más odiamos los hombres. Ven una muchacha al llegar al poblado y ya saben que va a ser para ellos, que les va a querer. Hasta llegar al beso final no hay otro inconveniente que vencer a los bandidos, rescatar el dinero robado o adivinar quién mató a su hermano. Es decir, problemas sencillos, de los que se pueden resolver sin andarse en zarandajas ni complicaciones. Sólo con la fuerza y la destreza”.

JOSÉ LUIS BORAU
(Director, productor, guionista, actor, crítico de cine y académico de la RAE)

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LISTADO DE AUTORES:
PRÓLOGO JOSÉ LUIS BORAU Y ANSELMO NÚÑEZ MARQUÉS
José Luis Borau es director, guionista, actor, productor y crítico de cine. Actualmente compagina la p de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) y el sillón B de la Real Academia de la Lengua Española. Con “Brandy” (1963) arrancó su carrera en el cine y en un género: el spaghetti-western.
Anselmo Núñez Marqués es  licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y Doctorado en Arte Contemporáneo. Autor del libro “Western a la europea… Un plato que se sirve frío”.
        
FRANCISCO CASAVELLA

Francisco Casavella inicia su trayectoria literaria a los 28 años con la novela El Triunfo (Versal, 1990, Premio Tigre Juan). A ésta le seguirán Quédate (Ediciones B, 1993), Un enano español se suicida en Las Vegas (Anagrama, 1997) y la novela juvenil El secreto de las fiestas (Anaya, 1997). Su última obra es la trilogía El día del Watusi (Mondadori, 2002), formada por "Los juegos feroces", "Viento y joyas" y "El idioma imposible", un fresco de la Barcelona, del último cuarto de siglo XX, desde el chabolismo del tardofranquismo hasta las Olimpiadas y los escándalos financieros de los 90. Fue guionista de Antártida, primera película de Manuel Huerga (1995), y en la actualidad escribe para distintos periódicos y revistas. Ha sido traducido a varios idiomas. En 2008 gana el prestigioso Premio Nadal con Lo que sé de los vampiros.
Dos de sus novelas han sido llevadas a la pantalla: Volverás (Antonio Chavarrías, 2002), adaptación de Un enano español se suicida en Las Vegas, y El triunfo (Mireia Ros, 2006).

FELIPE BENÍTEZ REYES
Poeta, novelista y ensayista español nacido en Rota (Cádiz). Excelente dominador del lenguaje, que abarca desde el neo-simbolismo de su primera época hasta la gran versatilidad de sus trabajos poéticos posteriores, está considerado como una de las voces más influyentes del panorama literario español. Es autor de los libros de poemas, Paraíso manuscrito (1982), Los vanos mundos (1985), La mala compañía (1989), Poesía (1992), Sombras particulares (1992, Premio Loewe), Vidas improbables (1994, Premio Nacional de Poesía 1996), Paraísos y mundos (1996), El equipaje abierto (1996) y Escaparate de venenos (2000). En todos ellos se ven influencias de los poetas de la generación del 27 (Lorca, Aleixandre, etc). Ha obtenido entre otros los premios, Luis Cernuda, Ojo Crítico, Loewe, de la Crítica y Nacional de Literatura. Su labor como novelista y ensayista es también notable, sobresaliendo su primera novela, Chistera de duende (1991).  Premio Nadal 2007 por Mercado de Espejismos.
HILARIO J. RODRÍGUEZ
 

Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963) es licenciado en Filología Anglogermánica y en Filología Hispánica. Durante varios años dio clases de lengua, literatura e inglés en España, República de Irlanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. Ha ganado varios certámenes literarios y ha publicado la colección de relatos Aunque vuestro lugar sea el infierno y muy recientemente la novela Construyendo Babel (editorial Tropismos). Como crítico 

cinematográfico, colabora con Dirigido por, Imágenes de actualidad o Abc, y es director adjunto de la revista Versión original. Entre sus libros, cabe destacar Eyes Wide Shut: Los sueños diurnos, Museo del miedo, Lars von Trier: El cine sin dogmas (finalista del premio al Mejor Libro del Año de la Asociación de Críticos Cinematográficos) y El cine bélico: Una propuesta de análisis (de próxima aparición en la editorial Paidós).
NORBERTO LUIS ROMERO
Norberto Luis Romero nació en Córdoba, Argentina (1951). Es director y profesor de cine. En 1983 publica en Editorial Noega, de Asturias, su primer libro de cuentos, Transgresiones, y en 1988 el mismo libro aparece en Argentina publicado por Alción Editora. Tras un largo silencio aparece en 1996 “El momento del unicornio”, en Ediciones Nobel, de Asturias, simultáneamente con su primera novela Signos de descomposición, en la editorial Valdemar, de Madrid, donde en 1999 publica su segunda novela “La noche del Zeppelín” y en 2002 la tercera: “Isla de sirenas”. En 2003 la novela “Ceremonia de máscaras”, en Laertes, Barcelona. En "Leaping dog press", Virginia, “The Last night of carnaval”, libro de relatos en traducción de H. E. Francis; y en 2005, "Editorial Egales" de Madrid, publica la novela “Bajo el signo de Aries”. En 2007, "Ediciones Amargord", en su colección de minilibros "1003 libros para cruzar la noche", publica el cuento Capitán Seymour Sea.

CARLOS CASTÁN

Barcelona, 1960. Es autor de los libros Frío de vivir (Zócalo, 1997;  Emecé, 1997;  Salamandra, 1998. Traducción al alemán: Gern ein Rebell. Nagel&Kimche: 2000), Museo de la soledad. (Espasa, 2000; Círculo de Lectores, 2001; Tropo Editores, 2007) y Sólo de lo perdido (Destino, 2008).

MANUEL VILAS
Manuel Vilas nació en Barbastro en 1962. Ha publicado la novela Dos años felices y una serie de relatos sobre la vida contemporánea reunidos en La región intermedia. Es autor de los libros de poesía El rumor de las llamas, El mal gobierno, Las arenas de Libia, El cielo y Resurrección (XV Premio Gil de Biedma). Autor de las novelas Zeta, Magia y España.
JOSÉ MARÍA LATORRE
Nacido en Zaragoza, actualmente reside en Barcelona. Coordina la revista «Dirigido» y dirige la colección de libros «Programa Doble». Colabora en revistas y periódicos de España e Italia sobre temas de literatura, cine y música y ha escrito dieciséis guiones para televisión a partir de clásicos de la literatura fantástica. Su guión para el cortometraje "El sistema de Robert Hein", a partir de un cuento de Pere Calders, obtuvo el premio de la Generalitat catalana.
Novelista, ha publicado cuentos en las revistas de España "Turia", ”Clarín” "La Mosca", "Revista de Literatura Rey Lagarto", "Quimera", "Penthouse", "Trébede", "Rolde", "Prima Littera" y cuentos que es hoy en día. Ella esgrime los siguientes argumentos para justificar un latrocinio tan especializado: “elemental, queridos, los libros de relatos son más fáciles de ocultar en  el bolsillo de un abrigo e infinitamente mejores que las novelas que se escriben actualmente en  aqueste país”. Espera  poder robar su primer libro publicado, “Manderley en venta” (TROPO EDITORES, 2008), en cualquier gran superficie o pequeña librería de viejo, a principios del próximo año. Premio Isabel de Portugal de Narrativa 2007,  Premio Universidad de Zaragoza de Narrativa 2007, Premio “Tierra de Monegros” 2007.
MARIO DE LOS SANTOS 
Nacido en Zaragoza, en 1977. Doctor por la Universidad de Zaragoza. Autor de las novelas Al final de la cebada (Zócalo, 2004) y "Cuando tu rostro era niebla" (Onagro, 2008). Ganador del Premio de Novela Fundación 2009 con "La brújula del universo" (Huerga y Fierro, 2008).
OSCAR SIPÁN.
Nacido en Huesca, en 1974. Galardonado en numerosos certámenes literarios, entre los que destacan el VIII Certamen Literario Alfonso Martínez-Mena 2008, de Alhama de Murcia, el XXXV Premio Ciudad de Villajoyosa 2007, IX Premio de Libro Ilustrado para Adultos 2006, que convoca la Diputación de Badajoz, el Premio “Don Alonso Quijano 2006, Málaga, el Premio Paradores de Turismo de España 2003, el Premio Odaluna de Novela 1998 de Albacete o el XVII Premio Isabel de Portugal 2002. Autor de los libros “Rompiendo corazones con los dientes” (Premio Odaluna, 1998), Pólvora Mojada (Premio Isabel de Portugal 2003), Leyendario (2004), Escupir sobre París (2005), Tornaviajes (2006, Premio Búho), Guía de hoteles inventados (Premio de libro ilustrado para Adulto 2006, Diputación de Badajoz), Leyendario, Criaturas de agua (2007). En 2008 publicará “Avisos de derrota” (Beca de creación, Ayuntamiento de Zaragoza 2008).
*****
Prólogo

 

 

             Hace dos años di por concluido un afanoso e inolvidable viaje de algo más de un lustro, en el que me propuse rescatar tempranas pasiones y en ello desentrañar el misterio de mi cinefilia adolescente.
             Recuerdo que el planteamiento inicial estuvo cargado de incertidumbres sobre el camino a seguir, pues descarté posibilidades como la de tomar la muy lejana ruta de Alderaán o la del Planeta Prohibido -antiguos anhelos-, quizá impelido por una cuestión de modestia tecnológica o de visado. Descarté igualmente aquella otra que conducía a la recóndita floresta de Sherwood o a las más exuberantes selvas de Mompracem, tal vez porque sentí haber rebasado ya la edad de las utopías libertarias o simplemente por evitar andar entre las ramas de una ficción definitivamente ajena, atendiendo a las mutaciones de un temperamento, el mío, cada vez más escéptico y reaccionario.
            Fue así que decidí buscar otras añoranzas no menos arraigadas, pero más cercanas, adentrándome en el territorio proscrito del Western patrio o mediterráneo, más conocido como Spaghetti Western. Bautizado así de forma maliciosa y despectiva por quienes elevaban a la categoría de Séptimo Arte sólo aquellos productos que consideraban representativos de la tradición o bien de la innovación, si se trataba de una determinada escuela o generación definida por su progresismo ideológico. Los mismos que con alambicadas justificaciones seudo filosóficas, moralistas y recurriendo de forma impúdica a un criterio tan subjetivo como el estético, terminaron por condenarlo al ostracismo, desatando una corriente menospreciativa sin precedentes. Un clima de opinión que afectó, incluso, al gremio de realizadores europeos, al punto de que un amplio sector renegara de esa caterva de atrevidos colegas que había osado recrear aquí, en el viejo continente, la iconografía del género americano por excelencia. (Recuerdo, con menos severidad, declaraciones como las de Damiano Damiani al subrayar –por si acaso- que su película “Yo soy la revolución” no era un western, pese a utilizar sin ambages todos sus clichés, además de otros surgidos de la chistera del inolvidable Sergio Leone).
           Elegí, en definitiva, ese camino, por todo lo dicho y porque las exigencias de nuevos tiempos cinematográficos, marcados por el desarrollo de los denominados “efectos especiales”, terminaron relegando al olvido, a vagar por las tinieblas de la historia del cine, a un género con el estigma de impostor.
           Sí, sopesando motivos relacionados con el carácter, se me antojó entonces que este era un rumbo prometedor: suponía ir contra corriente, afrontar causas perdidas y frecuentar poéticas decadentes (“En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos”  resonaba Rimbaud).
            Asumí que para desmontar prejuicios y descifrar secretos habría de rehacerme a cada andanada desmitificadora. El compromiso requería convicción, la senda a seguir estaba desdibujada, pero yo conservaba en lo profundo de mi memoria y en el vértice de mi retina imágenes, y éstas me acercaban ese prurito arrebatado de infancia del que todos presumimos cuando nuestro físico nos la niega rotundamente.
            Como si de un viaje iniciático se tratara, me propuse participar de una historia pasada sin saber bien cómo, poniéndole a mi corazón freno y marcha atrás, para recalar en aquellas aventuras del Oeste vividas en el cine hacía treinta años. Y comencé por irrumpir en sus fotogramas rayados, visitando decorados mantenidos y rehabilitados por obra y gracia de asistencia, viejos y curtidos especialistas como Paco Ardura o Rafael Molina. Pero allí, el eco de voces pasadas, tan sordo como el crujir de la madera o el vaivén chirriante de sus puertas, transmitía una nostalgia fantasmagórica. Rastreé a pie algunos de los desolados parajes, ramblas, desfiladeros e incluso dunas de la geografía hispana por donde transcurrieron aquellas emocionantes galopadas, adornadas por el énfasis musical de Ennio Morricone, en busca de vestigios de antiguos ranchos, fuertes o minas abandonadas, pero entre la ventisca encontré ruinas y, en el peor de los casos, una magnificente soledad. E intenté capturar encuadres, localizaciones y realizar comparativas de escarpados perfiles paisajísticos mudados por la desgaste del tiempo (emulando -dicho sea de paso- la pericia de Carlo Gaberscek), aunque sólo alcanzara a ver y reconocer cuando cerraba los ojos.
            Y lejos de estar vacío en espíritu por tan sutiles hallazgos, me propuse -costase lo que costase- averiguar el paradero de aquellos héroes impertérritos y villanos despiadados que en algún momento, por exigencias del guión, tuvieron que abandonar aquel territorio, para colgar -como confesara Robert Hundar- el cinturón y el Colt en un clavo cercano a la puerta de sus casas. Aquella generación maldita de actores de rostro y de raza. Y sí, aunque no eran pocos los que habían quedado ya en el camino -y no precisamente abatidos por las balas-, encontré a otros soportando el anonimato con frágil dignidad y con el consuelo de estar vivos, pero derrumbándose en gratitud ante la simple y sincera manifestación de admiración. Lamentando y maldiciendo los derroteros de una industria que les fue olvidando al dar la espalda a ese género en el que terminaron encasillados. Ni siquiera esa experiencia, que fue un auténtico descenso a los infiernos, resultó prosaica o decepcionante, pese a asistir a sus anécdotas adulteradas y olvidos no deliberados, a sus rencores y rivalidades no disimuladas, a sus achaques y cicatrices mal restañadas. La silicosis que arrastraría de su primera época de minero, nunca fue impedimento para que un septuagenario Frank Braña presumiera de sus 17 fracturas acumuladas por saltar del caballo y realizar acrobacias y machadas propias de un actor que siempre dio la cara al riesgo, a la profesión; sin embargo, la traiciones sufridas le devoraban el hígado cada mañana.
           Aquel universo en el que la ficción y la realidad estaban tan engarzadas, que resultaba en sus arrabales, en sus reliquias, entre bastidores tan desconcertante y decadente a la par que apasionante, era el Spaghetti Western en estado puro. Extinto pero presente. Contenía definitivamente una arrebatadora carga poética, más allá de lo que intuí al comienzo del camino, a la que no pude resistirme. Y según lo previsto, me entregué a ese intento particular de rehabilitación a través del relato de lo que fue, de lo que fueron y de lo que dejó en mí. No obstante, cuando ya, reconfortado por el esfuerzo, se imponía el regreso, en aquel rojizo atardecer de la última página, sentí que había tenido que pagar un precio, el de haber latido tan cerca: aquella emoción vibrante, ingenua, contagiosa y vital que para mí había destilado el western desde su ficción, terminó por transformarse en taciturna melancolía. Quizá también atendiendo a las mutaciones de un temperamento, el mío, cada vez más escéptico y reaccionario.

 

             Pasados –como dije- dos años de aquella experiencia, tengo la fortuna de asistir como espectador de excepción, a esta nueva propuesta literaria de revisitación, que nos asalta con una consigna determinativa, “Vivo o muerto”. Un título que nos invita a frecuentar una vez más -desde la imaginación- aquella poética, a riesgo de hacernos partícipes de su decadencia y de una épica marcada por el exceso, la precariedad y el desafío de la existencia: Si estas vivo, dispara, de otra forma prepárate la tumba.
         “Vivo o muerto” proclama rotundamente, como en aquellos pasquines de SE BUSCA, la reivindicación de esta temática de la única forma posible, desde la dualidad  de un universo primario y salvaje en el que todo se divide o se encuadra en dos categorías. Si a esos extremos añadimos algunos de los rasgos distintivos del temperamento latino, tales como la pasión o la venganza, estos cuentos del Spaghetti Western prometen acercarnos el aroma y la aventura de una frontera no muy lejana, sin dejar a nadie indiferente.
            Por experiencia sé que no es fácil evocar y recrear con palabras un mundo que apenas necesitaba de ellas, tan elocuente en sus primeros primerísimos planos, en su laconismo sentencioso, en su aridez, en su letárgica desolación. Pero, la prosa luminaria de esta obra coral nos concede nuevamente la magia de sus imágenes y de su iconografía, proponiéndonos diversos caminos a seguir más allá de la realidad (también con historias posibles detrás de las bambalinas).
           Un regalo, en fin, que incita a quienes dormitamos con el sombrero calado hasta las cejas, a alzar la mirada, con lánguida cadencia, hacia ese nostálgico horizonte por donde siempre se pone el sol.

 

 

Anselmo Núñez Marqués

 

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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LA TARDE DEL DINOSAURIO, de Cristina Peri Rossi

LA TARDE DEL DINOSAURIO, de Cristina Peri Rossi

Tropo Editores

Colección 2º Asalto

Fecha de publicación: 2008

166 páginas

ISBN 978-84-96911-02-4

* * *

La tarde del dinosaurio se publicó por primera vez en 1976. Su autora, Cristina Peri Rossi, se había exiliado de Uruguay en 1972 para recalar en España, país de donde tendría que exiliarse nuevamente y adonde no regresó hasta la muerte del dictador. Esa huida continua, la carencia de esa falsa seguridad que el anclaje a un espacio reconocible nos proporciona y de las convicciones simples y básicas que asienta en nosotros, es algo que inevitablemente acabaría por transferirse a sus obras y una característica que, dicho sea para empezar, también se observa en este libro. La tarde del dinosaurio es al mismo tiempo una obra laberíntica, de conexiones sutiles pero sólidas, que personalmente no dudaría en destacar como uno de los mejores libros que he leído en los últimos años.

Estamos, pues, ante un libro turbador, vibrante, lleno de emociones sencillas y terribles presagios, que aparece ante nosotros como el dinosaurio que surge del mar en el relato que da título al libro:

«La tarde era gris, algunas lentas y pesadas nubes lilas se deslizaban por el cielo como antiguas matronas, dignas y de mármol; el mar, calmo, compacto, casi sólido, anunciaba vagos torbellinos interiores; era la clase de tardes que el dinosaurio elegía para salir de las aguas y aparecer sobre la playa.» (pág 156)

Hay en este libro, como ya he dicho, continuos zarpazos producto del desarraigo, del terrible desapego del exilio. Los personajes son extraños incluso para sí mismos, algunos por motivos políticos («La influencia de Edgar A. Poe en la poesía de Raimundo Arias», «La tarde del dinosaurio»), otros por simple imposibilidad, por abandono («Gambito de reina», «Simulacro»). La derrota aparece entreverada en muchas de las historias, pero es una derrota que no nace del fracaso, del error o de la equivocación, sino de la pura asunción de la vida o, dicho de otro modo, de la dignidad. Así, el padre número uno del relato que da titulo al libro será para siempre el referente válido –si no único– del niño protagonista, el mismo niño que sueña con un terrible dinosaurio que, casi como en un juego, rompe por sorpresa la tranquilidad de una playa y devora a los bañistas. Hay también amores, claro está, pero sobre todo amores que fluyen, sinceros, y por tanto de difícil acomodo e imposible catalogación, amores arriesgados y condenados («Simulacro»), amores incestuosos también pero –y tal vez precisamente por eso– doblemente mágicos, como el que recorre el primer relato, «De hermano a hermana».

Otro elemento que se repite en el libro son los sueños, no sólo en «La tarde del dinosaurio» con ese terrible sueño que acerca al protagonista, todavía niño y, por tanto, aún equilibrado, a la distorsión moral de la madurez; «La historia del Príncipe Igor» se presenta también como un largo y enrevesado sueño lleno de espejos, bailarinas que dejan tras de sí rastros de polvo y otros sueños dentro de más sueños que se entrecruzan en un extraño e incomprensible juego de múltiples dimensiones.

Pero quizá, por encima de todo, como elemento cardinal del libro yo situaría a los niños, contrapunto vital al vacío y al sinsentido de la vida adulta. Como sucede, por ejemplo, en el magnífico relato «En la playa» (la playa también como espacio calmo y sosegado, una quietud que en realidad oculta la monstruosidad que anida entre las aguas) donde un bien situado matrimonio de clase media se enfrenta a la aparente incongruencia de una niña que aparece de repente ante ellos y los somete con su engañosa inocencia a un terrible tour de force del que no hay escapatoria posible; o los hermanos que juegan con las palabras en «La tarde del dinosaurio», siempre mucho más ecuánimes que, por ejemplo, el padre número dos, embelesado por una máquina perfecta que puede hacerlo casi todo menos redactar un trabajo escolar sobre el futuro y a la que el niño protagonista bautizará a solicitud de su progenitor con el apropiado nombre de Obediencia (un relato que, dicho sea de paso, cobraría nuevo impulso en los tiempos actuales, donde la fascinación por la máquina y las nuevas tecnologías parece sumirnos de nuevo en parecida inmadurez emocional); o la hija en «La influencia de Edgar A. Poe en la poesía de Raimundo Arias», quien nada más comenzar el relato no duda en castigar a su padre por llegar treinta y cinco minutos y dos segundos tarde y que incluso se verá obligada a asumir la manutención de los dos.

A este respecto, se señala en uno de los párrafos de este último relato:

«Ésta era otra raza, provista de una singular resistencia, y en la matriz original, habían asimilado las enseñanzas íntimas, oscurísimas derrotas; en el útero materno habían aprendido la tristeza, el fracaso, la desolación, y cuando vieron la luz del mundo, supieron cómo vivir a pesar de todo ello. Concebidos en noches amargas, en noches de pena, persecución, incertidumbre, miseria y terror, concebidos en casas que eran como calabo-zos o en calabozos que eran tumbas, en camas que eran ataúdes, los sobrevivientes de esas noches de torturas y de dolor, nacían con el signo de la resistencia y de la forta-leza» («La influencia de Edgar A. Poe en la poesía de Raim

No es fácil destacar un cuento en detrimento de otro. La maestría de Cristina Peri Rossi a la hora de esbozar sentimientos, de sugerir matices es tan impresionante que todos los relatos van mucho más allá de la mera argucia argumental para lanzarse al vacío sin ninguna clase de seguro, arrastrándonos a nosotros con ellos por el intrincado laberinto de la existencia humana. La falsa seguridad, los miedos, los futuros improbables, el desconocimiento de la vida, las debilidades humanas, en suma, circulan en cada uno de los relatos con una maestría extraordinaria, provocando en cada uno de nosotros esa punzada doliente que las buenas historias, las que trascienden incluso las palabras que las labran, deberían producir siempre en las entrañas de cada lector. La tarde del dinosaurio, de Cristina Peri Rossi, un libro magníficamente editado por Tropo Editores en su más que estimable colección Segundo Asalto, lo consigue de veras.

© Carlos Manzano

http:// www.carlosmanzano.net

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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PALABRAS SOBREVIVIENTES (Endre Farkas)

Editorial Poetas antiimperialistas de América. Canadá – 2002 Colección Poesía para la libertad – 120 pgs. ISBN: 1-894879-02-3 Traducido del inglés por Elias Letelier
En palabras sobrevivientes (Survaiving words) encontraremos el discurso social muy ceñido al factor espacio, donde el que habla se sitúa en una zona sin fronteras y desde esa perspectiva se desplaza por el tiempo para llegar a una conclusión sobre el individuo y su colectividad.
Si hay algo que decir de Endre Farkas, tenemos que referirnos a él como la madurez de una escuela literaria llamada Vehicule press, quien debe ser leído en nuestra lengua castellana para mejor entender el estado anímico de la sociedad anglo canadiense y también, para acortar las distancias que existen entre los polos literarios y terrestres de América. (tomado de la contratapa)
www.poetas.com

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