Relato de un náufrago (G. García Márquez)

Luis Alejandro Velasco, es el único superviviente de los ocho miembros de una tripulación de un destructor de la marina de guerra de Colombia. Diez días a la deriva son relatados excelentemente en este pequeño libro, aunque fue concebido como reportaje periodístico por su autor cuando éste trabajaba en el diario “El espectador” de Bogotá.

Como ya he comentado, este relato no fue creado como un texto literario sino como un reportaje periodístico. Forma parte de esos escritos paralelos a las grandes obras por las que son reconocidos sus autores, y que suelen olvidarse o ser poco conocidos. Sin embargo, gracias a esta recopilación de este tipo de trabajos, que a veces recuperan las editoriales, he podido conocer, leer, un gran relato. Quizás no tenga una gran relevancia debido a su origen, no lo sé, sin embargo, la calidad en su narración y el logro de mantener al lector pegado a sus páginas, hace que no desmerezca un ápice si se le comparara con muchos otros relatos con carácter claramente literario.

http://reginairae.blogcindario.com/2005/02/00060-relato-de-un-naufrago-de-g-garcia-marquez.html

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El príncipe de la niebla (Carlos Ruiz Zafón)

La familia Carver se traslada a una pequeña localidad costera. Al instalarse en su nuevo hogar comienzan a suceder hechos extraños relacionados con los anteriores habitantes de la casa, sobre todo con el fallecido niño Jacob.

Leyendo el comienzo de esta novela es inevitable recordar el de "Las luces de septiembre". Se presenta a una pareja y sus tres hijos (Alicia, Max e Irene) que llegan a un pueblo, en verano, con el correspondiente faro en que un anciano lleva años esperando y vigilando, y una casa en que sucedieron hechos extraordinarios.

El protagonista principal es Max, reticente a cambiar de hogar y pronto fascinado por una serie de estatuas dispuestas de forma curiosa en una especie de jardín o cementerio, presididas por un payaso, que sustituyen en esta ocasión a los habituales autómatas del autor.

Otros temas recurrentes son el reloj que mueve las manecillas hacia atrás, la amistad entre los nuevos y un miembro de la localidad, aquí un adolescente que comienza un romance con Alicia y es nieto del vigilante del faro, además de tener alguna de las claves sobre lo sucedido diez años atrás o la presencia de un gato, en esta ocasión con un papel relevante.

El malvado de turno, el señor Caín, también tiene características afines con otros villanos, como el uso de la magia, la oferta de un intercambio (lo que se desea tiene un precio) y la exigencia de lealtad, de que se cumpla la palabra dada.

Quizá es esta similitud con otras novelas del autor lo que quita cierta fuerza y dramatismo a una historia con puntos ingeniosos como sustituir los clásicos diarios de otras novelas por una serie de películas caseras que ayudan a Max a conocer el pasado.

También hay algunos momentos de terror bastante logrados, como cuando Irene presiente que hay algo en su armario y no puede salir de habitación o las visitas al jardín de las estatuas.

Quizá sea poco creíble (dentro de la fantasía) que los padres dejen a los dos mayores solos y sin apenas llamarles durante su estancia en el hospital a fines dramáticos.

El final, como es habitual, contiene algún sacrificio y ninguna explicación del origen del mal, ya sea porque el autor no sabe como resolverlo o porque prefiere mantener el misterio y un toque de realismo: en la vida no todo acaba bien.

En resumen, novela entretenida que no está entre las más logradas del autor, sobre todo si se han leído varias antes, ya que, además de utilizar sus temas clásicos, no es la mejor terminada.

Esta novela recibió el Premio de Literatura Edebé en 1993

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CAEDMON

CAEDMON

 
Caedmon debe su fama, que será perdurable, a razones ajenas al goce estético. La Gesta de Beowulf es anónima; Caedmon, en cambio, es el primer poeta anglosajón, por consiguiente inglés, cuyo nombre se ha conservado, En el Exodo y en las Suertes de los Apóstoles, la nomenclatura es cristiana, pero el sentimiento es gentil; Caedmon es el primer poeta sajón de espíritu cristiano. A estas razones hay que agregar la curiosa historia de Caedmon, tal como la refiere Beda el Venerable en el cuarto libro de su Historia Eclesiástica:
 «En el monasterio de esta abadesa (la abadesa Hild de Streoneshalh) hubo un hermano honrado por la gracia divina, porque solía hacer canciones que incitaban a la piedad y a la religión. Todo lo que aprendía de hombres versados en las sagradas escrituras lo vertía en lenguaje poético con la mayor dulzura y fervor. Muchos, en Inglaterra, lo imitaron en la composición de cantos religiosos. El ejercicio del canto no le había sido enseñado por los hombres o por medios humanos; había recibido ayuda divina y su facultad de cantar procedía directamente de Dios. Por eso no compuso jamas canciones engañosas y ociosas. Este hombre había vivido en el mundo hasta alcanzar una avanzada edad y nada había sabido de versos. Solía concurrir a fiestas donde se había dispuesto, para fomentar la alegría, que todos cantaran por turno acompañándose con el arpa, y cuantas veces el arpa se le acercaba, Caedmon se levantaba con vergüenza y se encaminaba a su casa: Una de esas veces dejó la casa del festín y fue a los establos, porque le habían encomendado esa noche el cuidado de los caballos. Durmió y en el sueño vio un hombre que le ordenó: «Caedmon, cántame alguna cosa.» Caedmon contestó y dijo: «No sé cantar y por eso he dejado el festín y he venido a acostarme.» El que le habló le dijo: «Cantarás.» Entonces dijo Caedmon: «¿Qué puedo yo cantar?» La respuesta fue: «Cántame el origen de todas las cosas.» Y Caedmon cantó versos y palabras que no había oído nunca, en este orden: «Alabemos ahora al guardián del reino celestial, el poder del Creador y el consejo de su mente, las obras del glorioso Padre; como El, Dios eterno, originó cada maravilla. Hizo primero el cielo como techo para los hijos de la tierra; luego hizo, todopoderoso, la tierra para dar un suelo a los hombres.» Al despertar guardaba en la memoria todo lo cantado en el sueño. A estas palabras agregó muchas otras, en el mismo estilo, dignas de Dios.»
 Beda refiere que la abadesa dispuso que los religiosos examinaran la nueva capacidad de Caedmon, y, una vez demostrado que el don poético le había sido conferido por Dios, le instó a entrar en la comunidad. «Cantó la creación del mundo, el origen del hombre, toda la historia de Israel, el éxodo de Egipto y la entrada en la tierra prometida, la encarnación, pasión y resurrección de Cristo, su ascensión al cielo, la llegada del Espíritu Santo y la enseñanza de los apóstoles. También cantó el terror del Juicio Final, los horrores del infierno y las bienaventuranzas del cielo.» El historiador agrega que Caedmon, años después, profetizó la hora en que iba a morir y la esperó durmiendo. Dios, o un angel de Dios, le había enseñado a cantar; nada podía temer Caedmon.
 La inspiración onírica de Caedmon ha sido puesta en duda; recordemos, sin embargo, el caso de Stevenson, que recibió, en un sueño febril, después de una hemorragia, el argumento de Jekyll y Hyde. Stevenson quería escribir un cuento sobre un hombre que fuera dos, sobre una división de la personalidad; un sueño le dio la forma que buscaba. Más extraño aún es el caso del poeta Samuel Coleridge. Este compuso en sueños el famoso poema Kubla Khan (1816), inspirado por la descripción de un palacio que hizo construir aquel emperador chino que hospedó a Marco Polo. Resultó después que el plano del palacio le había sido revelado en un sueño al emperador. Esta última noticia está registrada en una historia universal redactada en Persia a principios del siglo XIV y no vertida a idioma alguno occidental, sino después de la muerte de Coleridge.

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LA SANGRE DE DIOS (Miguel Ángel Villar Pinto)

Año 2066 d. C.

Unos soldados del Eurocorp (ejército europeo), refugiados en el Ártico, son los únicos hombres no infectados por cuatro virus que están exterminando a la humanidad. Pero lo más terrible de esta situación es el origen que provocó el desastre: una secta que concibió la idea de adelantar el Juicio Final.

«Exponente de una narrativa de ficción fresca, sugerente y entretenida que obliga al lector a reflexionar sobre asuntos de candente actualidad gracias a la magistral combinación de Historia y futurismo, Miguel Ángel Villar no deja indiferente a nadie y logra, como pocos, que su prosa adquiera la profundidad necesaria para hacer creíble el fruto de su videncia imaginativa.»

Reseña Editorial

Web oficial de Miguel Ángel Villar Pinto
Primer capítulo

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Arthur & George (Julian Barnes)

Arthur & George es un díptico que enfrenta la vida de dos contemporáneos cuyas vidas se cruzaron fugazmente pese a su natural divergencia. George es un joven abogado de origen indio que, en la Inglaterra eduardiana de principios del siglo XX, es acusado, juzgado y condenado por rajar el vientre y causar la muerte de varios animales en un condado rural. Su carácter reservado, sus escasas dotes para la comunicación humana, su origen racial y su exclusivo interés por el mundo del Derecho, despreciando otras aficiones más mundanas como las mujeres o el alcohol, le convierten en un espécimen extraño, una rareza en una comunicad intransigente y dispuesta a atribuirle cualquier iniquidad por no querer ser uno más.
Arthur es, naturalmente, el gran escritor Conan Doyle cuya infancia se vio influida por una educación centrada en los elevados principios morales de la Vieja Inglaterra según los cuáles, el ejercicio de deportes físicos servía para templar las tentaciones de la carne, fumar delante de una dama era considerado una absoluta grosería y el honor propio estaba por encima de cualquier otra cuestión terrenal. Pese a que en su infancia conoció la pobreza relativa como consecuencia de la conducta errática y bohemia de su padre – lo que forzó a su pobre y adorada madre a sacar adelante a su parentela- logró abrirse camino, primero como médico, posteriormente como oftalmólogo y, finalmente, dado que la escasez de clientes le permitía escribir en su despacho profesional, como autor de éxito.

Es conocida la aversión que Conan Doyle acabó desarrollando por Sherlock Holmes a quien mató y posteriormente resucitó ante los ruegos de su público (y de su propia madre). Arthur siempre prefirió sus novelas medievales en las que el ideal caballeresco era la esencia. Precisamente ese ideal es el que le llevó a lo largo de su vida a consagrar sus esfuerzos a diversas causas que consideraba justas. Así, organizó numerosas colectas a favor de desvalidos que llamaban su atención por cualquier motivo- por ejemplo el ganador de la maratón de las olimpiadas de Londres descalificado por haber sido ayudado a levantarse a pocos metros de la meta-, se manifestó en contra del sufragio femenino, tomó partido por la mayoría de asuntos públicos de la Inglaterra de su época e intervino activamente en diversos casos judiciales.

En esta última faceta es donde se encuentran fugazmente la vida de estos dos hombres. Arthur Conan Doyle investigó, escribió artículos, promocionó una comisión del gobierno y logró, finalmente, lcomisiónión de la sentencia que condenaba a siete años de trabajos forzados al bueno de George Edalji, incapaz por otro lado de acercarse a una vaca, no digamos ya de abrirle la panza.

A primera vista se podría establecer una relación natural entre las labores “reales” de investigador justiciero de Conan Doyle y las “ficticias” de su creación literaria. Sin embargo, y a diferencia de lo que señalan facilonamente la mayoría de las críticas que se han publicado de este libro, creo que el origen de este impulso está más relacionado con el carácter de desfacedor de entuertos, casi quijotesco, propio de sus ideales elevados. Su interés era limpiar la vergüenza que sentía como inglés por el estrepitoso fracaso que la administración pública (policía, jueces, jurado popular y políticos) había jugado en este episodio. De hecho, a partir de este suceso, y con el fin de prevenir injusticias similares se crearon los Tribunales de Apelación.

Sin duda, y pese a que el título parece mostrarnos a dos personajes en igualdad de condiciones, el libro gira inevitablemente en torno a la vida de Conan Doyle, no sólo por ser más conocida, sino porque su carácter, su infinita energía, su concepción del honor y la visión que de sí mismo tenía (no precisamente modesta) son un poderoso imán al que Barnes sabe sacar un brillo especial que le hace aún más atrayente.

Sin embargo, y a un nivel puramente literario, es la recreación de la vida de George Edalji, cómo se construye ante nuestros ojos asombrados la personalidad y el esbozo de sus pensamientos más íntimos, lo que da la medida del enorme talento de Julian Barnes. El autor sabe tomar una historia real y trocarla, más allá de la pura anécdota, en un territorio literario propio. Mediante un estilo engañosamente sencillo (apenas parece advertirse el trabajo del autor) y con precisión aritmética, se nos desgrana en paralelo el curso de la vida de estos dos hombres ejemplificando dos formas de entender la vida y afrontar sus desafíos.

Confieso que he leído
Memphis Blues Again

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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