Haciendo historia (stephen Frey)

Espasa ha editado una novela bastante singular en su colección de narrativa.

Singular no tanto por su argumento, el qué, como por el quién y el cómo. El quién es Stephen Fry, posiblemente más conocido en España como actor (Los amigos de Peter, la serie de Blackadder) que como escritor. Pero leyendo la solapa del libro, uno queda informado de que esta no es una incursión de diletante, sino que para Fry escribir parece ser tan natural como actuar, a juzgar por las referencias y la opinión al respecto de la todopoderosa, en lo que se refiere a encontrar cosas que venderle a la gente, Amazon.com.

Haciendo historia es una novela construida sobre uno de los tópicos más manidos de la ciencia ficción: un hombre descubre la posibilidad de viajar en el tiempo y, movido por su sentido de culpa familiar y con la ayuda de un licenciado en historia, decide eliminar a Hitler del mapa (más concretamente: casi borrar, accidentalmente, Brunau-am-Inn, pequeña ciudad austríaca y cuna del futuro Führer) para lavar su infamia. El hombre en cuestión se hace llamar Leo Zuckerman y el licenciado en cuestión se llama Michael D. Young. Incidentalmente, Michael es nuestro protagonista, posiblemente escogido y conjurado para esta historia por esa capacidad suya tan sugestiva de crear el caos más absoluto y no entender muchas cosas que le convendría entender.

Aparte de ser posiblemente EL TÓPICO con mayúsculas, Haciendo historia es también una magnífica novela. Tal afirmación puede resultar extraña, pero así son las cosas.

Para empezar, Fry ataca directamente al lector presentándole una farsa narrada en primera persona por uno de los personajes más irresponsables y más divertidos de la novela contemporánea. Michael Young se revela rápidamente como un individuo inteligente a su manera, pero lastrado por una idiosincrasia casi existencialista, que le hace comportarse, actuar y ser percibido como un idiota. Lo único que rescata a este dechado de virtudes es su narración salpicada de humor y llena de eruditas referencias. Ése es precisamente el carácter de esta novela, esa tradición que llaman "wit", ingenio. Es una novela ingeniosa porque no le queda otra opción, teniendo como base una idea tan usada (especulativamente) como la comentada.

Y el ingenio se aprecia con toda claridad, aunque algunas veces fracase en el intento. Se nota el ingenio académico en las comparaciones relativas a Dickens, Pound, Orwell y unos cuantos literatos e historiadores más. Y se nota cuando Michael deja caer sus opiniones sobre la vida, el arte, la literatura y demás tonterías similares. Como lector, no puedo contener la risa con la mordacidad de alguna de las opiniones que vierte. Según Michael, todo el arte, y especialmente la literatura, está muerto. Y aún así reconoce que de vez en cuando va al teatro; pero es que le gusta ver como se descomponen los cadáveres.

Por otro lado, Jane, la compañera sentimental de Michael al iniciarse la narración, es un paradigma del científico de la posmodernidad, siempre a la defensiva (me temo que con razón) frente a los ataques idiotas provenientes de las descompuestas, según el humanista Michael, humanidades. Cuando a Jane se le plantea hipotéticamente la posibilidad de alterar el pasado, contesta rápida y eficientemente que su gran obra sería separar a los hermanos Gallagher al nacer, para evitar la formación del grupo musical Oasis. Mientras tanto nuestro protagonista y su aliado pretenden impedir la existencia del responsable de la muerte de millones de personas. El problema está en que el lector ya empieza a intuir que, dentro del universo narrativo del libro, la desaparición de la banda inglesa Oasis sería un acto de mucha más relevancia y caridad que la eliminación de un maníaco genocida.

Así que, como está marcado, y no reviento ninguna sorpresa al decirlo, el plan de Zuckermann y Michael tiene éxito. Aunque sí me callo el singular y divertido método empleado.

Una de las mejores bromas del libro, posteriormente transformada en herramienta dramática, son los capítulos sobre la gestación, infancia y juventud de Adolf Hitler. El lector supone que está asistiendo a una recreación histórica literaria. Y lo es. Pero no de la forma esperaba. Lo que estamos leyendo al principio del libro sobre el joven Adolf es un texto que está dentro del libro, un objeto en el mismo universo de ficción, rigurosamente documentado. Un texto cuya relevancia parece ser nula por dos razones: 1) no es lo que parece, como aclara bastante bruscamente en una divertida escena el director de tesis de Michael y 2) al desaparecer Hitler, la reconstrucción también desaparece. Pero la broma se torna drama cuando el texto empieza a rescribirse por sí mismo al cambiar la historia. Y el lector que ha participado hasta ahora de la farsa empieza a ser testigo de la construcción, la fabricación, la fabulación de una Historia; Historia que es eco de otra y precisamente por eso mucho más temible, pues parece que esta Historia suplantadora ha aprendido de los errores de la anterior para volverse mucho más eficiente.

Bueno, que no cunda el pánico, después de todo es sólo una ficción. Cómo la reconstrucción literaria del joven Hitler dentro de la novela. Pero se trata de una ficción que no puede dejar indiferente al lector, porque éste ha vivido en el mundo que describe. La ficción parahistórica toma prestada su fuerza de esa otra ficción más cercana a lo "real", lo que basta para dar en su momento al libro un ambiente bastante oscuro aunque siga siendo una farsa.

Después de crear su nuevo mundo, Michael D. Young debe asumir las consecuencias de sus actos y vivir en el universo que ha creado (ganando a cambio una novela de George Orwell que en el nuestro no tuvo necesidad de escribir y perdiendo para su desgracia un montón de películas de la posguerra). Michael deberá deshacer el terrible lío que ha creado, reescribiendo él mismo escenas de su pasado (el encuentro con Zuckermann, por ejemplo) para cambiar una vez más la narración. Y todo porque Michael ha descubierto, horrorizado, que el responsable último (aunque no directo) del mayor genocidio sobre la faz del planeta, histórica y "parahistóricamente", es un licenciado en historia llamado Michael D. Young, que se las ha arreglado para dotar a los malos de la Historia de un arma más efectiva y sutil que la bomba atómica…

Pero no todo va tan mal en ese brave new world.

Bill Gates, por ejemplo, tampoco ha existido nunca, así que la informática es mucho mejor. A los ordenadores se le puede dictar los textos, reconocen muy bien la voz humana, usan fibra óptica en vez de cableado de cobre y no hay fallos de conexión en las redes locales.

Y tampoco hay iconos. Hay glifos, gracias a Dios.

Pero, aún así, en ese mundo sí hubo una Segunda Guerra Mundial que se cobró millones de vidas y dos bombardeos con armas nucleares y aún hoy en día existen pequeños conflictos locales, por no hablar del crimen en las grandes ciudades y de los accidentes decoche y similares. ¿Qué es lo que tiene nuestra historia tal y como la conocemos para que Michael, con ayuda de nuevos/ asistencia, viejos aliados intente escribirla de nuevo, recuperarla, restaurarla desde la papelera del sistema, desde el mundo que ha ayudado a crear, formateando el disco duro de la Historia?

El punto decisivo en cuestión en esta farsa maliciosa y provocativa parece ser que, al menos, hoy en día con lo políticamente correcto en Europa y Norteamérica, ser marica no es delito.

Y como dice un amigo: "cuando llega el amor, que se quiten las mujeres".

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El Sueño del Rey Rojo (Rodolfo Martínez)

Entre las pertenencias de un cadáver anónimo se halla un disco con fragmentos de un patrón para crear una inteligencia artificial, el mismo que usó Álex para recrear a Lúrquer poco antes de que se suicidara. Mientras Álex y Andrea investigan, un personaje misterioso prepara de un plan que lo convertirá en el dueño y señor de la red…

La novela comienza con un primer capítulo brillante.
Y eso que está contada en primera persona, y eso que utiliza abundantes flashbacks.

Ambas cosas me molestan y suelen chirriarme, y encima en este caso van juntas. Sin embargo, es un capítulo fascinante, en que el protagonista va entregando los datos poco a poco, dosificando la información y la intriga de forma tan ingeniosa que ni siquiera parece tramposo. Y es que lo hace de forma natural, siguiendo el orden de los pensamientos del personaje.

El interés se mantiene alto en parte de la novela, en la mejor tradición del género negro, aderezada también con interesantes reflexiones de Alex, y no sólo sobre el caso, también sobre la vida, las relaciones humanas (remordimientos, fantasmas del pasado de los tres protagonistas) y su propia forma de ser.

En este apartado, el de los personajes, Martínez se ha esmerado con un protagonista lleno de matices, desluciendo poco a poco el resto de los personajes.

Lúrquer, el amigo “recreado” aún mantiene el interés, los enfrentamientos entre ellos son sumamente ingeniosos y muy humanos, con eventuales accesos de humor.

El personaje que sale más perjudicado de esta redacción en primera persona es Andrea, la mujer que ambos aman, tratada con una distancia tal que resulta difícil “verla”, incluso comprender las razones de tanto amor.

Hay otro personaje femenino, cuyo nombre no recuerdo, que aparece en el último tercio de la novela y que , sin ser una mujer “real” es mucho más interesante que Andrea en cuanto a descripción y personalidad.

En la publicidad dicen que es una novela cyberpunk. Yo no sé qué es eso, sólo puedo decir que funciona como novela de intriga, de ciencia ficción, fantástica y de personajes.

El argumento es interesante, la trama se sigue sin dificultad y el final no es decepcionante. ¿Qué más se puede pedir?

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Lágrimas de luz (Rafael Marín Trechera)

Lágrimas de luz (Rafael Marín Trechera) 



Mis primeros contactos con la ciencia ficción escrita fueron las novelitas pulp que publicaba Bruguera. Los autores que más recuerdo fueron Clark Carrados, Curtis Garland, A. Thorkent, Kellton McYntire, Ralph Barbie, Glenn Parrish. Como tenía nueve años de edad, y en ese entonces el mundo era ancho y ajeno, suponía que dichos autores eran, como sus nombres lo sugerían, estadounidenses o ingleses.

Como (casi) todos sabemos, dicha suposición es errónea. Clark Carrados se llama en realidad Luis Gonzáles Lecha, A. Thorkent es Angel Torres Quezada, y de los otros ya no recuerdo los nombres. De gringos nada: españoles de los pies a la cabeza. Chapetones pues. De los que desayunan churros y dicen ¡hostias!

¿Y por qué esos seudónimos tan ánglófilos? Lo más probable es que las editoriales de esos tiempos, igual que los estudios cinematográficos, tienen el gran objetivo de VENDER sus productos, y los directivos pensaron que un autor con nombre supuestamente anglosajón vendería más libros que uno con nombre hispano. No es una mala idea, ¿ o ustedes creen que Clark Gable, Cary Grant y demás realmente se llamaban así?

Lo malo de esta práctica es que, si bien tal vez no lo creó, reforzó un prejuicio: que los hispanohablantes no podíamos producir ciencia ficción. Si el autor era español, debía escribir sobre la guerra civil . Si era sudamericano, sobre el realismo mágico. Pero de ciencia-ficción, nada.

Lo confieso, yo también fui víctima de este prejuicio. Cuando en Perú se vendieron las ediciones de Orbis, ignoré los títulos cuyos autores eran Rafael Marín Trechera, Gabriel Bermudez Castillo, Domingo Santos, Manuel de Pedrolo y algún otro que no recuerdo, lo cual ahora lamento profundamente, por que esa colección no volvió a imprimirse.

Y es que con la internet, vine a enterarme que los hispanoamericanos también escribían ciencia-ficción, y muy buena por cierto. También me enteré, mal de muchos consuelo de tontos, que en otras latitudes (incluida la propia España) el prejuicio anti autores hispanohablantes seguía existiendo. Y me enteré también que, gracias a "Lágrimas de luz", el prejuicio que tan reiteradamente he mencionado estaba en retirada. Bueno, tal vez no únicamente gracias a la novela en mención, pero creo que es la más destacada en ese sentido. Al menos, así lo deduzco por lo que he podido leer en la internet. Si acaso me equivoco, me encantaría que me corrigieran.

Los comentarios que pude leer respecto a la novela eran mayoritariamente elogiosos. ¿Habría algún error, algún caso de "amiguismo" como suele suceder en nuestro medio peruano? La reedición de "Lágrimas de luz" por la editorial Gigamesh confirmó que no se trataba de un "clásico" inflado o de una obra del montón, sino de un libro que pertenece ya al colectivo de los "libros de ciencia ficción", ya sin etiquetas nacionales. Rafael Marín escribe buena ciencia-ficción, y punto.

Y yo había desdeñado aquel libro. Y no había forma de conseguirlo (en Perú, las librerías no venden los libros de Gigamesh). Pero la generosidad de Rafael no tiene límites, y tuvo a bien enviarme un ejemplar, el cual me puse a leer en cuanto rompí el sobre de envío.

La novela nos relata los avatares de un poeta, de un bardo de un futuro tan decadente que ha vuelto a una especie de medioevo con grandes masas de incultos y harapientos. En dicha sociedad, los poetas sirven de ayuda (no se sabe si a su pesar) para apuntalar dicho estado de cosas. El protagonista, Hamlet Evans, aspira a ser poeta con el fin de escapar de la Tierra y emplearse al servicio de la Corporación, entidad que mueve los hilos del universo humano del futuro. Evans inicia su aprendizaje como poeta en el asteroide Monasterio, suerte de colegio o academia donde aprende técnicas básicas de lenguaje. Al fin, es enrolado en una nave como poeta oficial (o algo así), y se inicia su peregrinar de mundo en mundo, ganándose la vida empleando su arte cantando las hazañas (y ocultando las vilezas) de los poderosos de turno, ya sean militares o meros ricachones.

El universo de "Lágrimas de luz" es despiadado. Es interesante, pero no provoca vivir en él. No hay final felíz, y uno comprende que, ya sea en nuestro planeta o desperdigada por el universo, la humanidad está condenada a arrastrar sus vicios y su violencia a la par que su tecnología y su creatividad. Los viajes espaciales y los ambientes exóticos de diversos mundos, cada uno con su fauna y sociedades bastante peculiares, nos muestran un futuro saturado, donde conceptos como libertad y felicidad no existen: sólo existe la Corporación , el poder por encima de todos, el poder del cual no se puede escapar, salvo mediante la imaginación y la poesía. Y eso, sólo para algunos afortunados. Hamlet Evans sabe que sus poemas hacen más soportable la vida a la gente, pero no la cambia ni le ofrece esperanzas de un futuro mejor. No se si eso sea un mérito o un demérito de la novela, pero esa sensación de pesadumbre – que tiene Hamlet Evans – es tan real, tan vívida, que pareciera que Rafael Marín realmente hubiera vivid
o en ese futuro.

En cierta manera, "Lágrimas de luz" me hace recordar a "Dune", que recrea un futuro medieval. Sólo que la novela de Herbert está escrita desde el punto de vista de los poderosos, de los que gobiernan, los que, pese a todos sus dramas y tragedias, tienen la voz cantante en el universo. En cambio, en el universo conocido de Rafael Marín tenemos la otra cara de la moneda: los buscavidas, los poetas, las masas sometidas, ignorantes, degradadas. Tiene sentido. Herbert es americano, y para los americanos la época medieval nos parece algo romántico y heróico, pues la conocemos más que nada por las versiones hollywoodenses. Rafael Marín es europeo, español, heredero de un conocimiento más veráz de lo que fue el medievo y de lo que significó en la historia. Y tal vez por eso no se hace ilusiones respecto al futuro, o al menos, respecto a un futuro renacer de esa forma de vida. Sabe que no hay caballeros en brillante armadura, sino opresores. No hay sencilla vida campesina, sino servidumbre. No hay gloriosas batallas, sino el sangriento saldo de guerras sin sentido.

Pero, no vaya a creerse que estamos ante otra novela que se cuelga de la moda de hacer "literatura malditista", tán fácil de imitar como de olvidar. Siendo una novela de ciencia-ficción, ambientada en un futuro distante y en universo más vasto, la tristeza y el pesimismo que impregnan la obra son producto de la comprensión de la naturaleza humana y de su posible devenir antes que actitudes acartonadas. Te fregaste, Hamlet Evans, por que tu visión del futuro es más realista que muchas supuestas visiones del presente.

Creo que el título de "Lágrimas de luz" está más que justificado para esta novela. A un universo así, no le queda otra cosa que llorar.

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La estación de la calle perdido (China Miéville)

La estación de la calle perdido (China Miéville)
 

Originalmente, esta reseña le otorgaba al libro una recomendación de 3 y medio, que, me parece, no está mal. Sin embargo la reseña data de hace dos años (evidentemente estaba reseñando una edición inglesa), y recalcitrantemente, me he visto obligado a subirle la nota (como si le importara realmente a alguien lo que opine acerca de este libro un idiota como yo), aunque no me desdiga de lo que he dicho hace dos años.
La razón del aumento es fácil: este libro en particular con sus muchas virtudes y (unos cuantos) defectos no ha abandonado mi cabeza desde que lo leí hace ese tiempo. No hay forma de que me lo quite de encima, me ha invadido desde entonces, me descubro pensando en determinado aspecto de la narrativa o en algún truco sucio que usa Miéville para con el lector (especialmente en alguno de los momentos de la historia o algún pedazo de pseudobiología fantástica de lo mas retorcido) con una sonrisa en la boca en los momentos más insospechados a riego de mi salud: como cruzando la calle mientras un conductor decide que voy a ser la siguiente muesca en su volante.
Y un libro así, capaz de colonizar tu cerebro por sorpresa hasta el cuerpo calloso, evidentemente merece una reconsideración. Así que aquí está la reseña original con la nueva puntuación.

SI MIÉVILLE ESCRIBIERA ciencia ficción, posiblemente alguien lo compararía con Jack Vance por dos motivos. El primero es esa extraña facilidad para lo alienígena que ambos tienen. Lo segundo es, por decirlo de alguna manera, el descaro con el que escriben. Pero como Miéville no escribe ciencia ficción, sino algo más bien que podría ser definido como Gran Fantasía Racionalista, se salva de la odiosa analogía y queda campante en su propio rincón de escritor.

La estación de la calle Perdido es una obra de muchas cualidades, algunos defectos y otra cualidad más que elimina algún defecto. Esta es la historia de Isaac Grinembulin, diletante en muchas ciencias y maestro de pocas, pero dotado de una poderosa intuición. Es la historia de una ciudad innegablemente construida con una imaginación poderosa y un par de tópicos al uso, Nueva Crobuzón, una cosmopolita entidad que da cobijo a numerosas criaturas y muchas pequeñas historias. Es la historia oculta de Yagharek, el garuda, hombre-pájaro que contrata a Grimnebulin para que le devuelva el don de volar que perdió (o le fue arrebatado) por un crimen incomprensible para los humanos de Nueva Crobuzón. Es la historia de Lin, la escultora Khepri que es la amante de Isaac Grimnebulin y que acepta un trabajo que se revelará tan arriesgado como las imprevisibles consecuencias del contrato de Isaac con Yagharek. Es también una historia de revueltas ciudadanas, maniobras políticas, investigación y creación, y, sobre todo, la historia de una amenaza que destruirá a los habitantes de Nueva Crobuzón, ya sean malvados, justos o indiferentes, si alguien no hace frente al terrible genio que la curiosidad y el vicio de los hombres ha permitido escapar de su botella.

Nueva Crobuzón es un engendro posmodermo que es parte Londres victoriano (con autómatas a vapor), parte Brazil de Terry William (un sistema totalitario, corrupto y represor), parte Castillo de Otranto (imaginería gótica), parte Gormenghast de Mervyn Peake y parte planeta alienígena. La prosa de Miéville lleva al lector a replantearse continuamente las suposiciones que hace con respecto a la ciudad y sus habitantes, como en el caso de las Khepri, la raza de mujeres con cabeza de escarabajo. Miéville describe detalladamente las sociedades Khepri, pero a un servidor que esto escribe le desconcertaba el extraño lenguaje de signos usado por Lin en su comunicación con Isaac, con descripciones de los órganos con los que Lin señaliza sus mensajes, hasta que caí en la cuenta: Las Khepri no son mujeres con cabeza de escarabajo. Son mujeres cuya cabeza es un escarabajo. Lin hace señales con los apéndices del escarabajo que es su cabeza, antenas, patas, mandíbulas y alas. Lo mismo puede decirse de muchas otras especies que habitan en las páginas de esta novela, como los Garuda (que no son simplemente hombres con alas) o los anfibios Vodyanoids y sus poderes sobre el agua o los mismos seres humanos de Nueva Crobuzón, a los que una cruel ciencia puede Remodelar con partes animales o mecánicas con una inventiva infinita. El talento de Miéville para lo exótico se manifiesta de muchas maneras y contribuye a darle a esta novela una cualidad especial que de no tenerla la convertirían en un producto más para rellenar las estanterías.

La estación de la calle Perdido tiene demasiadas virtudes como obra de imaginación como para tener ese destino. Pero también tiene sus defectos, por supuesto, y algunos de estos defectos lastran la novela impidiendo que se convierta en algo más de lo que es. El principal es que a mitad de la misma ésta pierde impulso porque todas las situaciones se han planteado ya y el destino de los personajes está más o menos claro. Aunque Miéville se reserva una sorpresa o dos, la narración no tiene el mismo ímpetu que el principio, en el que se presentan a los personajes y las relaciones entre ellos, así como las consecuencias directas de sus actos. Actos que luego, por supuesto, deben redimir, pese a que la redención me parece menos interesante a veces que el que los personajes cometan los actos en sí.

La fuerza como escenario de Nueva Crobuzón está en que no es simplemente en ser un refrito de las posibles influencias que cito anteriormente (el steampunk, la distopía y el gótico), sino que por una extraña alquimia funciona más como una especie de bazar de las Mil Y Una Noches, un lugar regido por sus propias leyes y que el lector descubre poco a poco, con sentido de la maravilla. De ahí esa frase descriptiva del carácter de la ciudad al principio de la novela "Nueva Crobuzón es una ciudad a la que no convence la Ley de la Gravedad", preparando al lector para el dispositivo literario que hace que la ciudad en cuestión funcione mejor como personaje de lo que lo hacen los personajes principales de esta novela. A esta novela se le puede acusar de muchas cosas, pero no de no tener un trasfondo cuando menos ambicioso y complejo. Y tampoco es que sólo tenga un buen trasfondo y personajes poco definidos, Miéville tiene unas cuantas ocurrencias que le dan a la narración más sustancia de las que parecen posibles en ese contexto, como, por ejemplo, el intento de contratar a un peculiar "embajador" para que haga frente al problema actual de Nueva Crobuzón, o las inspiraciones monotemáticas de Isaac frente su teoría favorita acerca de cómo funciona el mundo, o la peculiar aparición de una Inteligencia Constructa que aspira a la deidad y su curiosa congregación de máquinas y mecánicos.

En cuanto al descaro al que me refiero al principio, en realidad he usado un eufemismo suave: Miéville tiene, en realidad, un morro que se lo pisa. Y por eso mismo se le perdonan algunas cosas. El ejemplo más claro es la aparición de una entidad, El Tejedor (Weaver) que cumple la función de deus ex machina en la estructura de la novela. En un momento determinado, esta entidad arácnida (y posiblemente más allá de definiciones tontas tales como "locura" o "cordura") rescata al grueso de los baqueteados héroes de Miéville de un asalto de las fuerzas del orden de Nueva Crobuzón (quienes, curiosamente, habían contratado a esa entidad para acabar con la amenaza que se cierna sobre la ciudad). La razón por la que lo hace me desarmó completamente. Más o menos, el Tejedor (siendo una entidad multidimensional y de conducta imprevisible) dice que le ha gustado la historia hasta ahora (o sea, el libro que uno está leyendo hasta esa intervención de esta entidad alienígena) y le gustaría que la historia continuase, así que rescata a los maltrechos héroes y les proporciona una nueva casilla de salida en el juego. Otro gran ejemplo de ese "descaro" es cuando el grupo de héroes a su pesar se ve obligado a contratar los servicios de un grupo de mercenarios. Antes de que el lector pueda terminar de pensar "esto me suena a partida de r…" uno de los personajes se adelanta y afirma que no confía en un grupo de sociópatas como esos que van metiéndose en jaleos varios sólo para conseguir "oro y experiencia".

Ante esto, tuve que reírme y perdonarle el truco.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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La era del diamante (Neal Stephenson )

La era del diamante (Neal Stephenson )

En un futuro en el que la nanotecnología ha destruido el orden social, el mundo está fragmentado en phyles independientes. En él, se enfrentan tradiciones milenarias con las promesas de nuevas tecnologías.

Tras leer con gran placer la refrescante Snow Crash y la monumental Criptonomicón, me decidí a probar fortuna con la cronológicamente intermedia La era del diamante. Mi intención era comprobar si iba a poder encender una tercera vela en mi altar particular a Neal Sthepenson. Supongo que acabaré haciéndolo, pero he de reconocer que me ha costado más leer esta obra que las anteriormente citadas.

 

La aproximación de Stephenson a la historia es, no obstante, similar. Sigue descansando en una miríada de personajes de desigual importancia y en la multiplicidad y conexión de sus trayectorias. Sin embargo, quizá más que en otras obras, dosifica en exceso la descripción del entorno y demora las claves que sustentan una trama menos ligada explícitamente, lo que obliga a poner los cinco sentidos en una lectura que en ocasiones se vuelve laboriosa. En cualquier caso, La era del diamante sigue siendo, como manda la marca de la casa, una novela ambiciosa y proteínica a nivel de ideas.

 

De nuevo, uno de los puntos fuertes de Stephenson es la recreación creíble, aunque con un punto de caricatura, de sociedades, siempre atomizadas, plausiblemente cercanas. En el presente caso, el mundo se encuentra dividido en amplias «phyles» o tribus, post-nacionales en su mayoría pero no todas (también queda un rinconcito para las ‘entidades cuasinacionales organizadas en franquicias’ de Snow Crash), regidas por una ley superior: el Protocolo Económico Común (globalización al poder). Ese mundo que se nos presenta está inmerso en la revolución nanotecnológica, con la que se puede crear prácticamente de todo a partir de prácticamente poca cosa: nos reencontramos con el lugar común del compilador de materia. En este contexto van a acabar enfrentándose dos subcorrientes, la occidental y la oriental, tras dos paradigmas sociotecnológicos diferentes: la Toma y la Simiente.

 

Quizá, uno de los logros estilísticos de la novela es ligar una imagen neovictoriana con la nanotecnología, dándole un aire de steam-punk futurista: aquí no se trata de una tecnología que dé más de sí de lo que históricamente dio (el vapor), sino de una sociedad tecnológicamente avanzada que se mira en el idealizado espejo costumbrista de una época anterior. En ambos casos, la tecnología conquistada era/será ‘prodigiosa’ pero la fortuna social estaba/estará desigualmente repartida.

 

También en ese contexto dinámico se desenvuelve otra de las subtramas, la centrada en el Manual ilustrado para jovencitas (segunda mitad del título de la novela) que va a involucrar a un ingeniero y a un prócer neovictoriano, un conspirador confuciano y un par de huérfanos (en la práctica): Harv y Nell (algo así como Bart y Lisa Simpson pero un par de clases por debajo de la ‘media’). El Manual condensa la idea de que la educación debe proveer a las nuevas generaciones de las herramientas críticas y la valentía (el camino entre la conformidad y la rebelión) que les evite perpetuar por mero mimetismo los esquemas aprendidos por las generaciones precedentes. Por medio de una historia fantástica, el Manual, que es interactivo, va a posibilitar la metamorfosis de Nell en una auténtica princesa, a la vez que de forma alegórica nos va a ilustrar sobre otros aspectos de la historia.

 

Y, así, por estas tramas y entre encabezamientos folletinescos para no desmerecer el aire neovictoriano, va discurriendo una novela enrevesada y exigente con el lector, salpicada de algunos de los temas clásicos del imaginario de Stephenson (contranálisis criptográfico, ordenadores/máquinas de Turing, la figura del Astuto/Tecnólogo…), guiños potenciales (una venerable viejecita que de joven iba en monopatín y tenía inquietudes de autodefensa…) y localizaciones que volverán a aparecer en otras obras (Shanghai…)

 

Uno, quizá, de los problemas que puede tener esta novela, globalmente considerada, es cierta descompensación. Hay importantes conexiones argumentales que discurren de forma casi subliminal, mientras que temas más accesorios se tratan con asombroso grado de detalle (otra marca de la casa). Del mismo modo, un buen número de personajes sufren el maltrato de desaparecer bruscamente (Harv, el juez Fang, Miranda…) En algún momento, puede dar la impresión de que el autor ha dado forma, un tanto apresuradamente, a una novela que bien completada iba a quedar muy extensa… cuando quizá ya había decidido que esa novela larga y trabajada con mimo iba a ser Criptonomicón.

 

Para acabar: avisa el editor en el prólogo que La era del diamante no es un libro que vaya a entusiasmar a un lector ‘hembra’. (Obviamente, Miguel Barceló se apresta a orillar la connotación sexista del calificativo empleado por Cortázar para describir al lector ‘acomodaticio’)… Bueno, aun coincidiendo con él en que en este libro encontramos no sólo buena ciencia ficción, sino incluso una ciencia ficción muy meritoria, he de reconocer que su lectura ha chocado, de tanto en cuanto, con mi lado ‘femenino’. Es, en cualquier caso, un libro que agradece una relectura.

por Luis Fonseca

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