ESPIRAL DE TIEMPO (Rafael Fauquié)

Espiral: camino, ruta serpenteante -¿ascendente? ¿descendente? Experiencia y espiral; espiral de tiempo porque todo cuanto el ser humano vive, piensa y recuerda, tiene que ver con el tiempo. Nuestras experiencias y sus recuerdos son, siempre, traducibles a figuraciones temporales. La vida es acumulación de miradas, sonrisas, decepciones, sueños…

 

     Espiral: símbolo de la acción envolvente, forma del giro que, en constante movimiento circular, expande más y más el signo de algún determinado espacio. Tiempo, vida y experiencia van entretejiendo una espiral compuesta de acción y de memoria. Las palabras que acompañan esa acción y las palabras que nombran esa memoria describen el vínculo más exacto y personal de cada ser humano con el universo.

 

     Este es un libro fragmentario: imagen del pensamiento viajero, forma de la palabra errante que se posa sobre todas las figuras evocando y memorizando, describiendo e imaginando. Más allá de la fractura, más acá de la inconclusión, el fragmento expresa lo que interminablemente se repite, lo que no podemos dejar de argumentar. Más que a lo breve y lo múltiple, el fragmento alude a concisiones y a rupturas, a la inconclusa discontinuidad de lo interminable. El fragmento nunca termina: sólo se interrumpe; luego sigue escribiéndose: sin principios ni finales, prolongándose en nuevas y diferentes razones.

 

     El fragmento evoca, a un tiempo, la vacuidad y la plenitud. Comunica percepciones que son tientos, indicios, apuestas… El fragmento es expresión furtiva de una palabra que abre y cierra espacios a su antojo. El fragmento escribe la voz de la incertidumbre, la de lo siempre relativo y lo siempre particular; voz de desconcierto ante lo desconcertante, forma interminable de interminables asombros.  

 

     Por medio de fragmentos nombrar el mundo y nombrarnos en el mundo. En fragmentos conocernos y reconocernos. Trazar nuestros límites dentro de espacios sin límites. Reflejar en un caleidoscopio de páginas dispersas nuestro siempre cambiante rostro. Con fragmentos decir y decirnos, decir y conocernos.

 

     Fragmentariamente este libro me revela: lector y caminante, crítico y curioso, memorioso recordador de imágenes y laborioso hurgador de vocablos. La escritura prefigura el rostro de quien escribe. Profeso la fe de la palabra lenta dibujada en el esfuerzo del día a día; búsqueda del término preciso tallado en parsimonia que recrea la exactitud; palabra compañera de convicciones y respuesta de incertidumbres; escritura-réplica de esas pequeñas y parciales conclusiones que, poco a poco, conforman una escritura que interminablemente nombra la vida.

 

     Las distintas partes que componen este libro fueron agrupándose de acuerdo a muchas convicciones pero, sobre todo, en torno a una fe. Fe en el poder de las palabras para decirlo todo, para acercarnos a todo o para alejarnos de todo. Fe en la autenticidad de una palabra que, a la vez que nos representa, nos enmascara; que nos muestra y nos oculta a un mismo tiempo. Fe en que a la vida que vivimos, pueda acompañarla una escritura que logre reflejarnos: voz y rostro que nos defina.

 

      

 
                                      Rafael Fauquié.

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ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En vísperas de un nuevo milenio, las interrogantes culturales se multiplican; sobre todo, en un planeta “achicado”,  “empequeñecido”, que, como dice su autor, “nos convierte a todos en testigos”.  Y continúa:  “todos sabemos porque todos vemos, todos somos cómplices porque todos sabemos. En nuestro pequeño mundo cada vez es más difícil callar porque cada día la miseria, el dolor, el absurdo, la precariedad, la injusticia están más grotesca y dolorosamente a la vista de todos; cada vez es más fácil descubrir y entender que, a fin de cuentas, todos los hombres nos necesitamos, que todos somos vulnerables, que todos hablamos con la misma voz humana”.
 
Este nuevo libro de Rafael Fauquié constituye una peculiar forma de diálogo: entre una América Latina, colocada en los espacios marginales de Occidente, y un Occidente por mucho tiempo protagonista del tiempo de la humanidad; diálogo, también, entre el presente el pasado y el porvenir, pero, sobre todo, entre el ahora y el después, un después que la humanidad contempla con desconfianza, con temor. Arrogante último esplendor plantea asímismo, una doble forma de fe. Oigamos, de nuevo, al autor: “Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y la trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia.”  Fe, pues, en que todas las tradiciones y todas las memorias puedan encontrarse y entenderse dentro de los linderos de ese mundo que se encamina a los albores de un nuevo milenio. Fe, también, en que el tiempo porvenir efectivamente exista; que nuestro presente pueda llegar hasta él, alcanzarlo como una prueba irrefutable de que sí es posible la supervivencia. Después de los tiempos de la voz sagrada y de la voz profana de la historia de la humanidad, ésta pareciera haber entrado en una nueva época: la de la voz superviviente, la que nos dice a los hombres que el futuro tendrá el rostro de ese presente que estamos haciendo, de ese tiempo que merecemos.

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PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)

Suelo escribir mis libros a la sombra de asistencia, viejas deudas o de nuevos entusiasmos. Éste, particularmente, lo considero como la consecuencia de un reconocimiento mío muy antiguo hacia las palabras. Desde siempre recuerdo haber sentido por ellas una inclinación muy particular. Y creo que todos quienes amamos escribir, nos descubrimos frecuentemente meditando en torno a su fuerza deslumbrante, a su magia y a su poder. Quizá en nuestra época, regida por un culto obsesivo hacia lo práctico, la devoción hacia las palabras, el deseo y el placer de trabajarlas interminablemente hasta descubrir la forma de decir con ellas algo más o menos exacto, luzca como poco cercano a las razones que nuestros días consideran razonables.

 

Desde muy niño gusté de las palabras: me atraía emplearlas, a veces con estudiado efectismo, tratando de apoyar en ellas los más variados argumentos. Entendía que su dominio revelaba una habilidad y, mucho más aún, una potestad. Gracias a ellas, muchas veces los motivos, cualesquiera que fuesen, parecían magnificarse, y las razones hacerse irrefutables. Con palabras podían dignificarse las cosas, las imágenes, los recuerdos. Con palabras, a veces, la vida parecía convertirse en juego o en escenario posible. Sentía a veces a las palabras como intermediarias entre el mundo y mi yo: puentes mágicos que podía atravesar, tanto para adentrarme en lo exterior como en mí mismo. O sea: las palabras, a la vez que me comunicaban también podían aislarme. Con palabras dibujaba superficies personales que convertía en rincones inaccesibles.

 

Las palabras hay que merecerlas. Es necesario definir nuestra relación con ellas. Precisar esa relación es algo que puede llevar años, a veces incluso, toda la vida. Pocas cosas nos ayudan más a comprendernos que la identificación de esas palabras que distinguimos en nosotros, palabras con que escogemos nombrar el signo de nuestras percepciones. Somos las palabras que reflejamos. Ellas dicen y nos dicen. Nos traducen y, por ellas, traducimos. A través de las palabras todo el universo se convierte en expresión viva dentro de nosotros.

 

     En una parte de este libro me refiero a los seres de palabras, y, al hablar de ellos, hago alusión a muchas cosas: a lo que creo que son, a lo que me gustaría que fuesen, a lo que pienso que no deberían ser… Creo que el amor a las palabras se identifica con una forma de inteligencia “literaria” que propende a relacionar la abrumadora vastedad que nos rodea con esa cercanía tangible que es nuestra propia experiencia. Reencuentro constante del mundo en el yo. Dibujo del mundo a partir del yo. El individuo poseedor de una inteligencia literaria y que desea escribir, descubre que quiere hacerlo, mucho más que para expresar el mundo, para reconocerse y ubicarse dentro de él.

 

     Con la escritura aspiramos a nombrar muchas cosas. Sin embargo las palabras nunca son definitivas. No hay finales en ellas; sólo vislumbres y deslumbramientos. Y, al final, a veces, queda un libro como testimonio. Las argumentaciones de los libros dan pie a nuevas argumentaciones. Y es que, a fin de cuentas, de eso trata la escritura: de continuar diálogos, de alimentar una curiosidad que es insaciable; de buscar respuestas, algún tipo de respuesta… Mucho más que una totalidad acabada, veo en los libros que escribo superficies de dispersiones que, de muchas formas, prosiguen en otros libros. Este es, de muchas maneras, deudor del nombrar que define este tiempo nuestro de una modernidad agotada (y no podría ser de otro modo: la palabra es, siempre, hija de la circunstancia de quien la pronuncia). El no es ni un estudio histórico ni, mucho menos, filológico. Se pretende un caprichoso y muy disperso recorrido por sobre sugerencias relacionadas, de muy distintas maneras, con las palabras: el tiempo que las escucha, los hombres que las pronuncian o la escritura que las eterniza.

 

Muy diversos autores estuvieron presentes a lo largo del itinerario de estas páginas, pero voy a recordar aquí a uno en particular, a Walter Benjamin; quien con una serie de ideas: la de la imagen del universo como sintaxis, la de la traducción entre los lenguajes como una forma de entender éticamente el alcance de éstos, la de la intuición de las cosas más importantes a través de percepciones dibujadas en imágenes poéticas; y con una escritura fragmentaria y precisa de siempre clarificadoras visiones, estableció lo que tal vez sean algunas de las pautas centrales de un discurso intelectual y poético, capaz de interpretar, quizá como ningún otro, ciertas esenciales peculiaridades de nuestra época.

 

Dice Cioran en su libro Silogismos de la amargura. “La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la ‘realidad’ … características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio”. Una de las “modas lingüísticas” de nuestro tiempo propende a desvincular las palabras de las circunstancias que las producen. Es un absurdo: las palabras son voces e imágenes de las épocas; siempre referencia, jamás fines en sí mismas. Entender que el mundo es la palabra que lo nombra no significa privilegiar la palabra por sobre el mundo ni tampoco distanciarnos del mundo. Aceptar que la vida está llena de palabras no significa negar la vida para quedarnos sólo con las palabras. Vida y palabra, tiempo y voz humana forman una sola realidad; y si el tiempo del hombre resulta incomprensible sin las palabras, también son incomprensibles las palabras desvinculadas de los seres que las pronunciaron y escucharon. Y aclaro que, al hablar de palabras pienso en muchas cosas: en lenguajes y expresiones, en tradiciones e imaginarios, en representaciones y voces; metaforización de todo signo trazado por el hombre para entender y para entenderse, para describir cuanto percibe.

 

     “Todo lo que no es autobiográfico es académico”, dijo alguna vez José Vasconcelos. No es mi caso. En mis libros, autobiografía y academia se acercan muy estrechamente. Creo que la palabra que escribimos, ésa que genuinamente nos señala, es y debería ser siempre una y la misma. Ciertas tradicionales deformaciones de la actividad universitaria excluyen cuanto no sea discurso de pretensiones cientificistas, e imponen como único modelo válido una aburridísima jerga destinada sólo a algunos iniciados. Personalmente, creo que la palabra debe propender, necesariamente, a la comunicación, a diálogos lo más amplios posibles; y creo que descartar como “poco aceptables académicamente” lenguajes que no encajen en moldes científicos, no es sino un error que, en última instancia, termina por deslegitimar demasiadas palabras. En principio, todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, y, desde luego,  tiene derecho a serlo una voz poética que, desde siempre, ha acompañado la complejidad del tiempo que hacemos los hombres.

 

       Caracas, Universidad Simón Bolívar, febrero de 1999

 
 
                                     R.F.

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UNA NUEVA CONCIENCIA (CARLOS SUCHOWOLSKI)

Esta novela fue publicada en julio de 2007 por Editorial Mandrágora. Su autor la había escrito hacía ya varios años y su contenido excede los límites tradicionales del género para poner en pie un mundo y una historia milenaria como trasfondo de una aventura de unos individuos claramente condicionados por el contexto. Un mundo alienígena pero sin embargo con los mismos problemas básicos que los humanos.

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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS

  

 La trágica historia del tesoro de Andvari perdura en dos versiones famosas. Ya consideraremos una de ellas, la Völsunga Saga, escrita en Noruega o Islandia a mediados del siglo XIII; ahora consideraremos la otra, el Nibelungenlied, Cantar de los Nibelungos, escrito en Austria a principios del mismo siglo. El poema alemán, si bien algo anterior en el tiempo, corresponde a una etapa posterior en la evolución de la fábula. El ámbito de la Völsunga es mítico y bárbaro; el del Nibelungenlied, cortesano y romántico. En 1755 se descubrió en Hohenems (Suiza) un texto manuscrito completo del Nibelungenlied o, según las palabras del último verso de la obra:
 
 hiet hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not
 
 Aquí tiene su fin el cantar / ésta es la desdicha de los Nibelungos
 
del Nibelunge Not, Pena o Desdicha de los Nibelungos. Se encontraron después en distintas bibliotecas de alemania, de Austria y de Suiza, veinticuatro manuscritos, completos y fragmentarios, en pergamino, anteriores al siglo XV, y diez manuscritos en pergamino o papel, de fecha posterior. La primera edición crítica del Nibelungenlield fue la de Lachmann, en 1826; la más acreditada de las versiones al alemán moderno es la de Karl Simrock, en el metro original, publicada un año después.
 A favor del movimiento romántico y del culto a Ossian, la fama del Nibelungenlied se dilató. Federico II, sin embargo, negó su entusiasmo al viejo poema; dijo que nada bueno podía salir de alemania. Hay que tener en cuenta que Federico, discípulo de Voltaire, casi no admitía otra literatura que la francesa; el idioma alemán era para él un idioma doméstico, y tal vez lo ignoraba tanto como su padre, Federico I, que acuñó la famosa frase: «Ich stabiliere die Monarchie wie auf einem Rocher von Bronze.» La guerra de liberación exaltó, como era natural, el nacionalismo alemán; una consecuencia fue la reimpresión del Nibelungenslied en una edición barata, para soldados. Goethe observó que el redescubrimiento del poema señalaba un período en la historia de la nación; en otra oportunidad juzgó que el Nibelungenlied era clásico, pero que no debía tomárselo por modelo, como tampoco «a los chinos, a los serbios, o a Calderón». Algunos panegiristas lo llamaron Ilíada del Norte; Carlyle opinó que, fuera del carácter narrativo y de la materia guerrera, nada tenían en común las dos obras. Schopenhauer dijo que comparar el Nibelungenlied con la Ilíada era una blasfemia, a la que no había que exponer los oídos de la juventud. Croce, hace poco, ha escrito: «Se podría, tal vez, encontrar un término medio entre el juicio desdeñoso de Federico II y las exaltaciones de aquellos críticos románticos que han hecho del Nibelungenlied el gran poema nacional de alemania y hasta, no se sabe por qué, el libro de las gentes germánicas.»
 Como en los poemas homéricos los versos iniciales anuncian el tema general de la obra:
 
 Uns ist in alten maeren / wunders vil geseit
 von heleden lobebaeren, / von grosser arebeit,
 von frouden, hochgeziten, / von weinen und von klagen.
 von kuener recken striten / muget ir nu wunder hoeren sagen.
 
 
 Las asistencia, viejas historias nos cuentan muchas maravillas
 de héroes admirables, de grandes trabajos,
 de alegrías, de fiestas, de llantos y de quejas;
 ahora escucharéis prodigios de los combates de arrojados guerreros.
 
 Kriemhild, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher, es la más hermosa de las doncellas y vive en la ciudad de Worms, sobre el Rhin. Sueña que dos águilas destrozan a su halcón favorito; su madre interpreta que el halcón es símbolo de un hombre a quien Kriemhild va a tener y a perder. Sigfrid, el más valiente de los caballeros, hijo de un noble rey de los Países Bajos, ha ganado el tesoro de los Nibelungos, la espada Balmung y la Tarnkappe, capa que hace invisible a quien la lleva; nuevas le llegan de la hermosura de Kriemhild y se encamina a Worms, con su séquito. Un año pasa Sigfrid sin ver a Kriemhild, hasta que un día, al volver de una guerra victoriosa en que ha sometido a dos reyes, hay una fiesta en el palacio y el héroe y la doncella se ven:
 
 Sam der liebte, mane / vor den sternen stat.
 der sein so luterliche / ab den wolken gat,
 dem stuont si nu geliche / vor maneger frouwen guot.
 des wart da wol gehoehet / den zieren heleden der muot.
 
 Como la clara luna que, al surgir de las nubes,
 borra la luz de las estrellas,
 así estaba Krimhild entre las mujeres,
 alegrando el corazón de los guerreros.
 
 El héroe, al ver a Kriemhild, queda tan embelesado, que parece una figura dibujada en pergamino por la destreza de un maestro.
 Gunther ofrece a Sigfrid la mano de Kriemhild, a condición de que éste lo ayude a conquistar a Brünhild, reina de Islandia que somete a sus pretendientes a difíciles pruebas. Al cabo de doce días de navegación, Sigfrid y Gunther arriban al castillo de Isenstein. Invisible por obra de la Tarnkappe, Sigfrid ejecuta las proezas que el rey simula hacer, por medio de gestos. Brünhild arroja una piedra que siete hombres no podrían levantar, y salta más allá de la piedra. Sigfrid arroja el proyectil aún más lejos y luego salta, llevando en sus brazos a Gunther. Brünhild se confiesa vencida.
 Son tantos los vasallos que acuden al castillo de Isenstein para dar plácemes a la reina por su próxima boda, que Hagen, uno de los caballeros de Gunther, teme una traición. Sigfrid, entonces, busca refuerzos en el país de los Nibelungos, del cual es rey.
 En la Edda Mayor, donde los Nibelungos son los Niflungar, se habla muchas veces de Niflheim, Tierra de la Niebla, Tierra de los Muertos; los Nibelungos son acaso los muertos y quienes logran su tesoro están condenados a unirse, un día, a ellos. Así interpreta Wagner el mito; quienes conquistan el tesoro se convierten en Nibelungos.
 Un día y una noche bastan a Sigfrid para llegar a ese país, que otros no hubieran alcanzado en cien noches; vuelve de allí con mil guerreros que asombran a los súbditos de Brünhild.
 En Worms, las dos bodas se celebran el mismo día. La indómita Brünhild rechaza el amor de Gunther; éste, para conquistarla, debe de nuevo recurrir a Sigfrid y a su Tarnkappe. Sigfrid guarda de la aventura un anillo de Brünhild, que luego, para su mal, regala a su esposa, refiriéndole lo acaecido.
 Sigfrid lleva a Kriemhild a su país. Al cabo de diez años regresan; Brünhild y Kriemhild disputan sobre quién entrará primero en la catedral; Kriemhild, airada, revela a la reina que fue Sigfrid quien verdaderamente la conquistó y confirma sus palabras con el anillo. Brünhild, para vengarse del engaño y del desdén de Sigfrid, decide que éste debe morir.
 Hagen se encarga de la muerte del héroe. Este era invulnerable, por haberse bañado en la caliente sangre del dragón, que mojó y fortaleció todo su cuerpo, salvo un lugar entre los hombros, donde había caído una hoja de tilo. Poco después hay una cacería; Sigfrid mata un jabalí, un león, un bisonte, cuatro toros y un oso; al inclinarse a beber en un arroyo, Hagen lo apuñala entre los hombros. Sigfrid, antes de morir, derriba a Hagen; luego, «el hombre de Kriemhild cae sobre las flores» (Do viel in die bluomen der Kriemhilde man). Kriemhild iba todos los días a la primera misa; Hagen deposita en la puerta el cadáver ensangrentado, para que ella lo encuentre al amanecer. Tres días y tres noches vela a Sigfrid la inconsolable Kriemhild. Cuando lo llevan al sepulcro, hace abrir el ataúd y lo besa.
 Gernot y Giselher entregan el tesoro a Kriemhild. Para granjearse la voluntad de la gente, ella comienza a repartirlo entre pobres y ricos. El tesoro de los Nibelungos es de tal suerte que no puede agotarse ni disminuirse; aunque se comprara el mundo entero con él, no faltaría, después una sola moneda. Hagen, temeroso de que Kriemhild logre muchos vasallos, se apodera del tesoro y, de acuerdo con Gunther, lo hunde en el Rhin. Así termina la primera parte del Cantar.
 Trece años después, el margrave Rüdiger llega a Worms y pide la mano de Kriemhild para su señor el rey de los hunos, Etzel (Atila). Kriemhild acepta, con el propósito de vengar la muerte de Sigfrid. Emprende el largo viafe a Etzelnburg; se casa con el rey de los hunos y le da un hijo, Ortlieb. Otros trece años pasan y Kriemhild invita a sus hermanos a Etzelnburg. Hagen procura disuadirlos, pero éstos se empeñan en ir. Atraviesan el Danubio; una sirena, Sigelind, profetiza que, salvo el capellán del rey, todos perecerán. Hagen, para desmentir la profecía, arroja al capellán por la borda. Este se salva. Hagen acepta el inevitable destino y, cuando tocan la otra margen, rompe la nave. En Etzelnburg, Kriemhild pregunta a Hagen si ha traído el tesoro; Hagen responde que ha traído su escudo y su espada. Mil guerreros han acompañado a Gunther y a Hagen; miles de hunos ponen cerco a la casa en que están alojados. Todo el día combaten; los sitiadores, esa noche, prenden fuego a la casa. Los guerreros, atormentados por la sed, beben la sangre de los muertos. Kriemhild ofrece llenar de oro rojo el escudo de quien le traiga la cabeza de Hagen. La batalla prosigue; de los sitiados sólo quedan, al fin, Gunther y Hagen. (Esta escena no carece de afinidad con el fragmento de Finnsburh.) Los acomete Dietrich von Berne (Teodorico de Verona), los vence y los entrega atados a Kriemhüil. Hagen dice que no revelará el lugar del tesoro mientras viva su rey; Kriemhild hace matar a Gunther. Hagen le dice: «Sólo Dios y yo sabemos ahora el lugar del tesoro» (den scaz den weiss nu niemen wan got unde min) Kriemhild le corta la cabeza con la espada de Sigfrid; Hildebrand, uno de los caballeros de Dietrich, la mata, horrorizado.
 El poema se cierra con esta estrofa:
 
 I\’ne kan iu niht bescheiden / was sider da geschach:
 wan ritter unde vrouwen / wein man da sach,
 dar zuo die edeln knehte, / ir lieben friunde tot,
 hie hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not.
 
 No puedo referir qué pasó después.
 Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron
 a sus queridos amigos muertos.
 Aquí la historia tiene fin: éste es el Pesar de los
 [Nibelungos.
 
 
 Treinta y nueve cantos que llevan el nombre de aventuras (aventiuren) forman el Nibelungenlied. Se cree que el autor fue un juglar austríaco; dos nombres de ciudades imaginarias, Zazamanc y Azagouc, que figuran en el poema, parecen tomadas del Parzival de Wolfram von Eschenbach, obra de principios del siglo XIII. Cada estrofa consta de cuatro versos largos (langzeilen); las rimas son pareadas; hay, a veces, rima interior. La métrica del poema ha sido estudiada por Colleville y Tonnelat, en su edición de 1944, publicada en París.
 La primera mitad del Nibelungenlied es acaso inferior a la parte correlativa de la Völsunga; la Tarnkappe no es una invención muy afortunada. No así la segunda mitad, dominada por la titánica figura de Hagen. Este guerrero, Hagen von Tronege, en algunos textos, Hagen de Troya, encarna la lealtad germánica que, según observa Otto Jiriczek (Deutsche Heldensage), «no era incompatible con el crimen y la traición, con el engaño y el perjurio, porque los antiguos germanos no concebían la lealtad como una abstracta y universal ley ética, sino más bien como una relación legal y personal». Hagen es leal a su señor, de cuya fama es celoso; esa lealtad le permite engañar a Kriemhild y asesinar a Sigfrid, sin desmedro de su honor. Hagen no espera que el destino sea piadoso con él; las leyes que rigen su mundo son tan duras como los hombres.
 Gudrun venga la muerte de los hermanos; Kriemhild, la del marido. En la última, el vínculo cristiano del matrimonio es más fuerte que el antiguo vínculo pagano de la sangre.
 Puede dolernos que el juglar del Nibelungenlied haya suprimido o atenuado lo maravilloso; pensemos que, al obrar así, ayudó a construir el camino que va del cuento de hadas a la novela.
 

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