La feria del progreso (Gabriel Zaid)

La feria del progreso es un libro que recoge el trabajo ensayístico del intelectual mexicano Gabriel Zaid. Como buen intelectual a la antigua usanza, Zaíd asiste a todos los palos y habla de muchos temas muy diferentes. Eso sí, siempre emitiendo opiniones argumentadas, contrastadas y basadas en datos. Bueno, muchas veces, las páginas de este libro son también terreno expedito para la ironía y la sana sonrisa para con el género humano.

El libro está dividido en seis partes. Casi todas ellas están dedicadas a la literatura, al arte de leer, a la corrupción editorial o a la ágrafa sociedad actual. Pero también dedica una parte a ensayos variados y otra llamada “El progreso improductivo”, a hablar de economía. No voy a hacer un análisis pormenorizado de esta parte porque me resultó bastante densa y farragosa. En parte debido a mi ignorancia, en parte a que las circunstancias descritas en el libro ya son pasto del pasado en México y en parte a que el propio Zaíd no supo hacerme entender sus ideas. (No iba a tener yo toda la culpa, oigan). De todas formas, es una parte pequeñita del libro que no hace desmerecer al conjunto.

Ya los títulos de las distintas secciones son bonitos, sugerentes, evocadores e incluso misteriosos: “La máquina de cantar”, “Los demasiados libros” o “Cómo leer en bicicleta”. Estos títulos revelan algo acerca del conjunto de artículos o ensayitos que acogen: y es la capacidad que éstos tienen para iluminar partes ocultas de temas manidos, para hacernos adoptar nuevas perspectivas sobre temas que, de tan sobados, ya teníamos arrinconados en la carpeta de lo asumido. Gabriel Zaid plantea, a cada página, un reto al lector, un desafío a romper con lo convencional, con las firmes asideras del pensamiento común; Zaid nos pide que caminemos solos y para ello, nos muestra cuántas de nuestras ideas son lo que los franceses llaman “idées reçues” (ideas recibidas) y a lo que nosotros decimos prejuicios.

“La máquina de cantar” aborda los temas de la escritura automática, la posibilidad de crear máquinas capaces de mezclar palabras que constituyan canciones; la posibilidad de conseguir una máquina que fabrique sonetos. Esto ya lo planteó el sabio Juan de Mairena y aún así se hizo realidad. Zaid plantea un sistema lógico que será capaz de escribir y ordenar todos los sonetos del mundo, por ejemplo, al mendeveliano modo. De las distintas aberraciones que surgen de las máquinas fabricadas y concebidas por distintos gurús de la literatura, Zaid pasa a hacer una defensa de la lectura personal, de lo que él llama una “lectura concreta”, que obedece a ciertas necesidades y es capaz de dar significados no mecánicos a lo escrito. “La literatura, dice Zaid, es el medio abstracto de alcanzarse a uno mismo como concreto”. Esto, parece lo mismo que “lo universal concreto” hegeliano, ¿verdad? Zaid une los actos de escritura y lectura y no los quiere disociar. Y es que, efectivamente, fundirse en lo literario, hallarse a uno mismo en lo concreto no es más que verse maravillosamente bien expresado en una obra de otro. Por eso las obras literarias son antorchas que nos iluminan el camino y también las causas de que caminemos. Nos hacen conocernos mejor y nos aportan la reconfortante sensación de que no estamos solos, puesto que hay quien es capaz de expresar lo que yo siento tal y como yo lo siento. Así, dice Zaid, “una de las más válidas razones para escribir es poder leer algo que uno necesitaba leer”. La verdad es que me parece una idea bastante cierta: escribimos para expresarnos porque no hemos encontrado la expresión exacta de lo que nos sucede en otros. (Y a veces, dice Zaid, se escriben cosas anodinas, poco interesantes y poco literarias, precisamente porque se ha leído poco y no se sabe que lo nuestro, lo que nos abre las carnes ya está expresado excelsamente en Dostoievski o en Flaubert).

Otra de las grandes ideas de Zaid en esta primera parte del libro habla de la naturaleza creadora de la literatura. Y es que cuando dudamos desesperadamente, ¿no pensamos siempre en Hamlet? Cuando acometemos hazañas en pos de un sentimiento anacrónico, ¿no nos acordamos de Alonso Quijano? Dice Zaid que la duda hamletiana o la noche oscura del alma son cosas que cobraron existencia con su verbalización, que fueron creadas e incorporadas a la naturaleza y por lo tanto, han pasado a formar parte del acervo humano.

En “Leer poesía”, Zaid aborda aspectos de eso tan controvertido que es “la lectura de poemas”. Y es que… ¿cuánta gente dice que no lee poesía porque no la entiende o porque no le transmite nada o porque le aburre? Para Zaid sólo hay una solución: la única manera de leer poesía es embarcándose. En esta parte del libro, el autor no se adentra sesudamente en los recovecos de lo que significa o deja de significar tener una experiencia poética al timón de un poema, sino que coge tres o cuatro versos que a él le encantan y nos los lee y nos enseña lo que ha encontrado en ellos, y se deja llevar por la corriente de belleza, y simplemente, al final, grita: ¡qué hermoso! Y a uno le quedan ganas de saber leer como él.

Resulta curioso el artículo “Un gato cruza el puente de la luna”, en el que se ofrecen diversas interpretaciones de distintos lectores sobre este verso de Octavio Paz. En el ensayo “Dicho sea con temor”, Zaid parte de la perogrullada: “Los textos de poesía… son más breves que los de prosa”, para demostrarnos que ni siquiera obviedades como ésta están exploradas a fondo y que, alguien como él, es capaz de decir muchas cosas nuevas acerca de la poesía partiendo de esta frase. Y efectivamente, la narrativa se mueve en espacios más amplios, abarca más, la poesía (e incluso el poema en prosa) ha de ser capaz de soltar el resplandor en un espacio más acotado, en un texto más breve, en definitiva, en un número muchísimo menor de sílabas. “La riqueza del poema es como la riqueza del dibujo: dibujar es omitir”. ¿Se puede prosificar un poema? Sí, claro, cómo no, se puede contar en prosa lo que viene dado en un poema. Imaginemos que en vez de “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/que al cielo acongojas con tu lanza” alguien dice: en el centro de un claustro de piedra surge un ciprés tan natural y tan alto que parece que está pinchando el cielo. Pero no es la misma verdad la que opera en ambos casos. Los versos de Gerardo Diego son una verdad que depende del número de palabras que la expresan. Y ahí está la magia de la poesía. Parece casi un misterio pitagórico. Los siguientes ensayos de esta parte son lecturas de Zaid, desde “los azules que se caen de morados” hasta un soneto de Manuel Ponce. En este sentido, Zaid nos aporta su maleta llena de libros y nos deja conocer nuevos autores, pero además, nos da las claves para aprender a leer como él.

“Los demasiados libros” se mete con los libros en tanto objetos físicos. El primer ensayo de este grupito se llama “La superación tecnológica del libro” y es una defensa absoluta de la superioridad tecnológica del libro frente a otros soportes. Aporta los siguientes argumentos: 1. Los libros pueden ser hojeados. 2. Un libro se lee al paso que marca el lector. 3. Los libros son portátiles. 4. Los libros no requieren cita previa (lo abres cuando quieres). 5. Los libros son baratos. 6. Los libros permiten mayor variedad (a diferencia de los programas de televisión). Son todas ellas razones, que de tan obvias, quizás ni siquiera habíamos pensado. En otro ensayo aborda los porqués de que se lea tan poco, preocupación anual de nuestros ministerios.

En este grupo de artículos, Zaid también hace reflexiones muy certeras sobre la infinitud de libros editados, sobre las bibliotecas personales como “proyectos de lectura” y sobre el ansia de escribir pero no de leer. El artículo “La oferta y la demanda de la poesía” me llamó mucho la atención porque pone ejemplos de revistas que tienen la oferta de publicar poemas de un suscriptor que compre cuando menos cinco libros al año (por ejemplo). Dice, por ejemplo, que Plougshares “recibe 16.000 textos al año de unas 6.000 personas, de las cuales ni 200 están suscritas a la revista”. Por lo visto, si todos los que quieren escribir en la revista mencionada comprasen la revista, ésta triplicaría sus ventas. Es decir, que hay mucha gente que lo que quiere es escribir, no leer. Pero si todos queremos escribir y no leer, entonces, ¿quién leerá lo que escribimos? “Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”. La solución que da Zaid para evitar esta proliferación de autores que no leen (que como hemos visto antes, hace que se escriba mucho texto inválido), es que el que quiera escribir demuestre que ha leído: por cada 1000 libros leídos, te daremos un cupón que vale por la publicación de un poema tuyo. O algo así. La solución que la sociedad moderna ha encontrado es otra. Seguro que sabéis cuál es… (hay premio, un cupón en blogs.ya.com, por ejemplo jeje).

Otra cosa que molesta a Zaid del mundo de los “demasiados libros” es la absurda necesidad que sienten algunos del show off, de presumir, de fardar de lector, de ir por ahí presumiendo de lo mucho que se lee: ”Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África”. En realidad, esto no tiene ningún sentido, dice Zaid, dada la inmensa cantidad de libros que existen y que se publican cada año, no importa si uno ha leído todos los libros. Lo que importa es otra cosa:

”Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calla y la nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente más reales”.

La última parte dedicada al viaje de la literatura es “Cómo leer en bicicleta”, un batiburrillo de artículos más socarrones, más cínicos, destinados a destapar algunos convencionalismos que están asentados como matronas en nuestro pensamiento acerca de las letras. Se ríe de los críticos literarios, de los premios, de las ansias de publicación, del malditismo afectado de los poetas de ahora y de tantas otra dolencias de nuestros (i)letrados corazoncitos.

Personalmente, leo ese anuncio de “País sumamente importante de ejemplar y brillante subdesarrollo con una literatura en plena expansión al mercado internacional solicita crítico literario ideal” y, qué quieren, me ruborizo toda y me arrepiento de haber estado profanando y lapidando las ideas de Zaid con este texto…

PD. Esta reseñita también va con dedicatoria: para Seven, Don Mario y Oscar Cid, que para mí, le ponen la letra al México de Zaíd y que yo no conozco. Y, sin lugar a dudas, mis tres mexicanos favoritos 🙂

Cristina Núñez Pereira

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Guía del autoestopista galáctico (Douglas Adams)

Toca un libro curioso. Y es que, originariamente, este libro fue en realidad una novela radiofónica. Fue tras el éxito de la radionovela que el autor decidió pasarla a libro convencional. Por lo visto, existen también series televisivas y teatrales en las que ha colaborado el autor, un juego de ordenador, cómics y una toalla de baño.

La edición que tengo entre mis manos es un regalo y venía con lector por un periodo de tres días. Es la “Edición Definitiva” de la editorial Anagrama. ¿Y por qué definitiva? Et bien, porque además del texto de la Guía, incluye un epílogo de Robbie Stamp, uno de los productores ejecutivos de la película; una serie de entrevistas que este mismo autor ha hecho a los actores, así como la primera hoja de rodaje, del día 19 de abril de 2004 (para cinéfilos o maníacos) y una magnífica autoentrevista con Karey Kirkpatrick, guionista de la película.

¿Qué es la Guía del autoestopista galáctico? Pues bien:

  • "No se trata de un libro terrestre, pues nunca se publicó en la Tierra y, hasta que ocurrió la terrible catástrofe, ningún terrícola lo vio ni oyó hablar de él"
  • Probablemente, se trate del libro más notable que jamás publicaran las grandes compañías editoras de la Osa Menor, de las cuales tampoco ha oído hablar terrícola alguno."
  • Y además, en muchas civilizaciones, esta Guía ya ha sustituido a la gran Enciclopedia Galáctica como "la fuente de todo el conocimiento y la sabiduría", por dos razones: a) es un poco más barata y b)porque ostenta la simpática leyenda: NO SE ASUSTE. (Y aquí es cuando todos los lectores aspiran hacia dentro y dicen: OH!).

    Y ya aquí empieza la parodia, pues la Enciclopedia Galáctica es una creación de Isaac Asimov que aparece en su "Trilogía de la Fundación". ¿Quieren aún más parodia? Pues bien, la Guía del autoestopista galáctico pertenece a una "trilogía en cinco partes". Douglas Adams no pudo evitar añadir los libros 4 y 5, de ahí su nombre.

    Yo no sé mucho de Ciencia Ficción. La verdad es que nunca me han llamado la atención los planetas imaginarios, los monstruos de múltiples cabezas, las princesas peinas al ilicitano modo, las espadas láser o las transgresiones temporales que no se puedan hacer en un DeLorean. Así pues, tampoco puedo decir hasta qué punto es paródica la Guía del Autoestopista Galáctico. Pero no deja descanso a la mandíbula. Lo que me ha encantado de este libro (aparte de que me lo leyeran en voz alta en el Parque de San Francisco) es que, más que una parodia de la desbordante imaginación de los autores de ciencia ficción, parece una parodia del propio género humano.

    Adams utiliza todo tipo de monstruos y galaxias para reírse de los humanos. El método es sencillo, pero desternillante: ¿qué hay que hacer para reírse de algo? Apreciarlo con suficiente distancia, deshacerse de las categorías, romper las etiquetas, atreverse a mirar las cosas por primera vez. Adams no deja títere ni terrícola con cabeza: se ríe de la burocracia:

    ”- Pero los planos estaban a la vista…
    – ¿A la vista? Si incluso tuve que bajar al sótano para verlos.
    – Ahí está el departamento de exposición pública.
    – Con una linterna.”

    Se ríe de las máquinas ultraperfectas que somos capaces de construir mediante dos personajes metálicamente entrañables: Eddie, un ordenador de pareado perfecto: tan inteligente como insolente; y Marvin, un robot deprimidísimo que deprime a quien lo tenga al lado. Se ríe de la política y de las parafernalias de los gobiernos:

    ”Sólo seis personas en toda la Galaxia sabían que la función del Presidente galáctico no consistía en ejercer el poder, sino en desviar la atención de él.”

    Se ríe de todo y de todos a la vez; de la onomastia alucinante de los libros de Ciencia Ficción utilizando nombres como Prostetnic Vogon Jeltz, (monstruo monstruoso capaz de hacer monstruosa poesía pero dispuesto a escuchar críticas metafísicas acerca de ella), la Voraz Bestia Bugblatter de Traal, o Slartibartfast; de los mundos posibles mediante la creación de un planeta cuya principal fuente de ingresos es precisamente, la construcción de planetas; se ríe de los humanos haciendo que los ratones se rían de ellos; se ríe consigo mismo utilizando absurdos y lógicas ilógicas, así por ejemplo , se dice de un anciano solitario que “declaró repetidas veces que nada era verdad, aunque más tarde se averiguó que mentía”. También se ríe de los delirios enrevesados de la Biblia y de las exégesis grotescas que todo hijo de vecino está dispuesto a acometer antes o después. De hecho, aporta un argumento para demostrar la no existencia de Dios que haría reventar de risa a San Anselmo: “Me niego a demostrar que existo”, dice Dios, “porque la demostración anula la fe y sin fe no soy nada”.

    Por eso me gusta, porque utiliza el mundo de la ciencia ficción para reírse un poquito de ella. Y también para reírse sanamente de nosotros mismos. Además, gracias al distanciamiento que surge de contemplarnos a nosotros mismos a través de los ojos (acuosos, verdosos, sanguinolentos, sopocientos, digitales…) de los monstruos de la galaxia, Adams ilumina las regiones más asumidas del comportamiento humano, esas que nunca se someten a crítica, de tan interiorizadas como las tenemos. De hecho, creo que todas las citas que hasta ahora he utilizado no tienen por qué atribuirse única y exclusivamente a un libro de ciencia ficción…

    ¿La trama? La trama es bien sencilla. La tierra es destruida y Arthur Dent, un humano humanísimo, con preocupaciones humanísimas se encuentra fuera de la esfera del humano y se ve obligado a sentir como ajeno todo lo humano (por hacerle un esguince a Terencio). Consigue salvarse gracias a Ford Prefect (sic), con el que se ve arrojado al espacio exterior. Allí, primero sufre una serie de peripecias de la mano (no recuerdo exactamente si tienen este tipo de extremidades) de los vogones, raza extraterrestre contra la que conviene precaverse. Finalmente son recogidos por la nave robada por Zaphod Beeblebrox y sus dos cabezas, que utiliza la energía de la improbabilidad para funcionar (¿qué esto es altamente improbable? Claro, pues por eso). Se dirigen a Magrathea, a buscar un tesoro (no podía faltar). No os cuento lo que sucede al final por no estropearlo; eso sí: es digno de Ingmar Bergmann…

    Un viaje definitivamente alucinante, divertidísimo, pero muy sabio; para amantes y no amantes de la Ciencia Ficción, para amantes del humor absurdo, de los juegos de palabras y de los disparates… ¿Se animan? Pues cojan la toalla… y cuidado con los hooloovoos…, que en vez de ser a whiter shade of pale son a smart shade of blue 😉

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    Cómo se reparte la tarta (Noam Chomski)

    Me compré este librito cuando estuve en Barcelona. Me pareció una buena opción para cubrir el expediente de los tres libros que tengo que leer para la asignatura Periodismo Internacional. La verdad es que no me apetecía leer uno de esos libros de "Estuve en una guerra y como soy periodista ahora escribo un libro". No niego que los habrá muy interesantes, pero no tenía el ánimo para eso, así que me compré un librito de Chomsky (puedes consultar su bibliografía aquí), a ver si al menos, me reía un poco.

    Pero nada. Ni ironía, ni tampoco ideas brillantes, ni abstracción, ni nada.

    Noam Chomsky nació en Filadelfia en 1928. Por influencia de Zellig Harris estudió Lingüística. A finales de 1954 se convirtió en investigador en el MIT (Massachussetts Institue of Technology). Desde entonces se dedicó de lleno a la Lingüística. Acutalmente es profesor de en el MIT de lenguas modernas. Sus teorías acerca del lenguaje y su gramática revolucionaron el mundo de la lingüística.

    "Los intelectuales están en condiciones de exponer las mentiras de los gobiernos, de analizar las causas y motivos de los hechos, y a menudo sus intenciones ocultas. Al menos en el mundo occidental, tienen el poder que les da la libertad política, el acceso a la información y la libertad de expresión. A una privilegiada minoría, la democracia de Occidente le brinda el tiempo de ocio, los medios y la formación necesarios para ver la verdad que yace oculta tras el velo de distorsiones y engaños, de ideologías y de intereses de clase a través del cual se nos presentan los acontecimientos de la historia actual…"

    Esta cita resume las ideas de Chomsky respecto del compromiso que deben adquirir los intelectuales y pensadores como vigilantes de las acciones políticas.

    Cómo se reparte la tarta es un libro en que se denuncian las acciones políticas estadounidenses desde los años 80 hasta mediados de los años 90 (el libro fue publicado en 1996). Efectivamente, Chomsky trata de esclarecer quién se encarga de cortar el pastel del dinero estadounidense, por qué las porciones resultan tan espeluznantemente desiguales y quién se lleva las porciones más grandes.
    El libro se divide en tres partes diferenciadas en las que se da cuenta de las reducciones que se han hecho en los presupuestos estatales del dinero que va destinado a ayudar a los más débiles.

    La primera parte del libro se dedica a denunciar cómo los ricos y poderosos tienen mucho más peso y poder de decisión y siempre resultan beneficiados, en detrimento de los más pobres. Así resulta mucho más fácil persistir en la desigualdad: los conservadores estadounidenses se parapetan en el libre mercado y el no intervencionismo para ir empobreciendo a los pobres y enriqueciendo a los ricos.
    En la segunda parte, Chomsky denuncia cómo las políticas de Estados Unidos, la reducción de ayudas a familias necesitadas y a minorías en desventaja provoca que estos se van totalmente desfavorecidos en el salvaje capitalismo de David Ricardo. Pero a los ricos y poderosos no les interesa que existan estos menesterosos, por lo tanto, los mete en cárceles y los encierra en suburbios. Se trata, si nos paramos a pensar bien, de una política claramente represiva, que pasa por ir encerrando los "problemas" en el armario hasta que éste reviente. No parece una sociedad en que prime la idea de progreso.

    La última parte da cuenta de las agresiones contra la democracia y contra los derechos humanos por parte de Estados Unidos, tanto dentro de su país como fuera de él. En muchos casos, Chomsky compara los sistemas sanitarios de Estados Uniods y Europa o el sistema educativo. Siempre Estados Unidos sale muy mal parado. Chomsky denuncia que el control que se ejerce sobre los medios de comunicación se utiliza para presentar el sistema como algo liberal y progresista y no como lo que es: un sistema de enriquecimiento para los grandes magnates dedicado a despojar a los más desfavorecidos de lo poco que tienen.

    Sin embargo, no se trata de un libro de ideas. Se trata de un libro en el que Chomsky utiliza un montón de números, porcentajes, datos estadísticos y titulares para denunciar las injusticias que se cometen en Estados Unidos desde arriba. Leer este libro es como abrir una caja. Por desgracia, al no ser estadounidense ni estar muy enterada de cómo funciona este país por lo que a burocracia, sistema de reparto de ayudas, porcentajes de población negra, índices de desarrollo por estado y demás cuestiones necesarias para el conocimiento del país (aquí se me olvidó el verbo se refiere, menos mal que Otis me lo ha dicho!!), pues no he podido hacerme una idea clara de hasta qué punto son flagrantes algunos de los hechos numéricos que Chomsky denuncia.

    Eso sí, me encanta pensar que Chomsky es un grano en la popa de los ricos y poderosos de Estados Unidos, y que pese a que esos ricos y poderosos tengan tanto poder como para extirparse los efectos que la crítica de Chomsky pueda producir, al menos se les levantará algún dolor de cabeza.

    Aún así, he de reconocer que el libro no me ha gustado mucho porque no he conseguido hacerme una idea clara de los hechos que Chomsky denuncia, de su calado en la sociedad, del conocimiento que la población pueda tener de esto, de las vías de solución que pueden tener… Por otra parte, habría que analizar las causas de que estas violaciones de derechos prosperen y habría que intentar sistematizar los datos y los hechos para poder intentar ofrecer una solución… Utópica que es una.

    http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200505.htm

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    Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas)

    El gran Otis B. Driftwood (no sé cuántos de ustedes se habrán percatado de que el enlace a la página de Otis está mal. Ya lo he arreglado. Mil disculpas por las molestias!) y yo nos entrecruzamos lectoramente y leímos dos libros diferentes de Vila-Matas a la vez. De ahí que decidiéramos entrecruzarnos también las reseñas… He aquí la que Otis escribió sobre Bartleby y compañía y con la que me hace el honor (y a vosotros como lectores) de participar en mi saloncito. Os dejo con él:

    Reseña literaria: Bartleby y Compañía
    Enrique Vila-Matas, Barcelona, 2000
    Ed. Anagrama (Colección Quinteto)

    La vanidad y la modestia. La pérdida de fe, la falta de convicción o la reafirmación en ella. La pereza y la desidia con todos sus grados intermedios o la hiperactividad. Razones todas ellas, contradictorias algunas, que pueden llevar a un escritor a sufrir el síndrome de Bartleby.

    Bartleby es un personaje de un relato de Hermann Melville, un oficinista que es el paradigma del “no hacer”. Ese personaje o, mejor dicho, su carácter, es el que toma Vila-Matas para explicar un síndrome que afecta a los escritores que deciden dejar de escribir por cualquiera de las razones enumeradas arriba, o por ninguna de ellas en particular. En sus pequeñísimos capítulos, estructurados como si fuera un compendio de notas a pie de página, el autor nos va presentando a diversos autores, algunos casi míticos y otros completos desconocidos, explicándonos por qué unos dejaron la literatura (o, más bien, la negaron, y de ahí la expresión “literatura del NO”) y por qué otros, con mucho potencial, jamás publicaron nada. Así, durante las doscientas páginas viajamos desde Arthur Rimbaud hasta Juan Ramón Jiménez, pasando por gente que nunca escribió como Joseph Joubert e incluso personajes de ficción que representan extremos dentro de la literatura del NO, como Paranoico Pérez, convencido de que Saramago es un plagiario de sus ideas y que por eso no escribe, para que no se las robe.

    Dentro de su estilo ligero y un puntito (o puntazo) surrealista, Vila-Matas se intercala a sí mismo como personaje dentro de este ¿ensayo? postulándose como escritor del NO, colocando a un filósofo, Derain, como contrapunto humorístico que le confirma o le revienta sus tesis e hipótesis literarias por un módico precio y que sirve de puente para definir distintas formas de analizar a estos escritores. Con afirmaciones sorprendentes como la que se refiere a los suicidas (que no cuento para no reventar la sorpresa), nos va asociando a cada escritor con cada excusa para no escribir, bien sean éstas explícitas (verdaderas o falsas), bien haya motivos implícitos (igualmente falsos o verdaderos).

    Lo primero que se le pasa por la cabeza al lector cuando se sumerge en este libro – que, como es habitual en su autor, es áspero para comenzar y mucho más fluido una vez dentro – es una pregunta: “¿Seré un escritor del NO? ¿Seré acaso un Bartleby, maestro?” Para mí es la genialidad que tiene, el remover las entrañas de quien lee para hacerle pensar en la posibilidad de escribir, y mucho mejor, de dejar de escribir. Pues si Wilde decía que lo mejor es que hablen de uno aunque sea mal, Vila-Matas afirma indirectamente que lo máximo a lo que aspira un escritor es a que hablen de él por dejar de escribir, o incluso sin haber escrito nada.

    En este sentido creo que todo lector es, en cierta medida, un escritor que no escribe. Conozco muy poca gente a la que, cuando les digo que voy a escribir una novela, no se paren en ese momento a pensar detenidamente en la suya propia. Son apenas unos segundos de silencio que resultan más elocuentes que cualquier conversación sobre libros. Y la experiencia – propia y ajena – me dice que somos más francos, abiertos y sinceros cuando nos enfrentamos a nuestras propias ideas puestas en el papel. Quizás por eso tengamos tanto miedo a escribir. No porque los demás se rían de lo que escribimos, sino porque nosotros mismos no seamos capaces de reírnos de ello. El mundo está plagado de futuros escritores del NO. Y sospecho que Vila-Matas pensó en ellos al escribir este libro. Y es que es un libro que merece la pena releer, aunque cueste entrar en él. Es de los que se te quedan dando vueltas en la cabeza, como cuando estamos un rato viendo cómo centrifuga la lavadora sin saber por qué. En definitiva, perfecto para cualquier especie de Bartleby que pulule por la Tierra. Y casi habría una por cada ser humano.

    http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200505.htm

    Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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    Contra la Interpretación (Susan Sontag)

    Digresión inicial
    Pese a que estoy encerrada en mi humilde morada (mi zulo, mis cucarachas, mi calendario, mi…), los libros no me abandonan ni un momento. Me atrevería a afirmar que es porque estoy estudiando. Y aunque deteste la carrera que estoy haciendo y demás concreciones sobre los fangos, los polvos, los lodos y las deixis que conjugan mi existencia en este barrizal de la moral, hay una asignatura al año (el promedio) que me emociona, me subyuga; o como decía la poeta sobre Bach: “me iza y me conmueve”.

    Parte de este elevarme como si fuese una bandera y conmoverme como si fuese una hija de los abriles, es gracias a los libros. El sábado tengo examen de “Crítica Artística”. ¡Por fin una asignatura con una bibliografía extensa! ¡Grandes nombres: Baudelaire, Champfleury, Félix, Valeriano Bozal, Giulio Carlo Argan! ¡Por fin una marea de páginas en la que sustraerse al estudio! Además, el profesor nos deja incrementar su sapiencia con nuestra sapiencia y conformar una bibliografía personalizada que haría las envidias de cualquier comunidad de simpáticos sapiens…

    Pues bien, Susan Sontag, la inmarcesible Susan, que murió estas navidades y casi nadie lo dijo, me ha acompañado por el barrizal de febrero. Su Contra la Interpretación ha sido la mejor vela contra el viento, la marea y la arenilla con que la madre nutricia de los estudios se empeña en cegarme la ingenua mirada…

    Reseña (im)propiamente dicha
    Contra la Interpretación es un conjunto de ensayos de diferentes temas escritos allá por los años 60. La peculiaridad de estos ensayos viene de dos fuentes: por un lado, la época: prolija en manifestaciones artísticas de todo tipo; en innovaciones en forma de performance y de director de cine francés con jersey de cuello vuelto; por otro lado, la juventud de la autora y esa apertura de miras que nunca le hizo rechazar nada hasta haberlo analizado. Si algo me admira de Susan (aparte de haber conseguido esas magníficas becas universitarias "para pensar") es mantener la mirada limpia e ingenua del "primitivo", no dejarse llevar por idées reçues en ningún momento; saber ser dueña de una ignorancia neutral y no prejuiciosa, y por supuesto, vencerla siempre con el conocimiento y no con la tautología. ¿De dónde le saldría todo esto?

    "Mi idea de un escritor: alguien que se interesa por todo. Estar interesada por todo siempre me había resultado algo natural, como era natural para mí concebir así la vocación de un escritor.

    Luchar contra la hipocresía, la superficialidad y la indiferencia ética y estética han sido siempre los eslóganes ensayísticos de Susan. Y eso es lo que se plasma en Contra la Interpretación: una colección de reflexiones bien sencillas, magníficamente documentadas, exacerbadamente argumentadas… una fortaleza de la inteligencia contra las andanadas a ciegas de la ignorancia. Los ensayos se apoyan en temas concretos, en obras de arte concreto. Se trata, por lo tanto, de críticas artísticas propiamente dichas. Sin embargo, el atrevimiento editorial que se presupone en la reedición de críticas a obras de arte que a día de hoy pueden resultar desconocidas no es tal. ¿Por qué? se preguntará respetuosamente el respetable. Y bien, porque muchos de los casos presentados en esta antología le hacen la "pascua" (en el sentido etimológico 😉 a la obra en sí; son un "paso a través" de las pinceladas, los fotogramas y los versos hasta encontrar la esencia artística de todas las obras que Susan ha pasado por la lupa.

    El primer bloque de ensayos lo constituyen "Contra la Interpretación" y "Sobre el estilo". Con ellos, Susan pone en su sitio a mucho pseudo teórico del arte precipitado y nos pone en su sitio a nosotros. Son dos ensayos brújula, que nos enseñarán a manejarnos por el resto del libro. Más allá del acuerdo que alcancemos con las posiciones de la autora, estos dos ensayos nos sirven casi como declaración de principios para adentrarnos en el resto del libro. Por otro lado, ambos son totalmente innovadores sin ser, por ello, ilógicos o demasiado rupturistas… Son fruto de una nueva lógica, que es a su vez fruto de un tiempo nuevo, que es a su vez fruto de un tiempo anterior. (Y no está dicho así para hacer bonito, que no lo hace, sino porque es la pura realidad: la autora utiliza una nueva lógica pero cimentada en la más amplia tradición teórica).

    El segundo bloque está dedicado a la narrativa. Pavese encarna al artista sufridor, al novelista amargado y destinado al suicidio. Lévi Strauss y sus tristísimos trópicos sirven para hablar sobre la nueva concepción del novelista de éxito. Posteriormente, Simon Weil, Jean Paul Sartre, Luckaks y Genet sirven para hacer una reflexión sobre los textos críticos. Susan ilumina con su propia antorcha lo que ella considera que son fallas en las argumetaciones de estos autores, las completa y los pone a todos en danza, a decirse cosas, a "intertextualizar", a compartir sus ideas, en una suerte de diálogo perfectamente dirigido desde los bastidores por Susan Sontag.

    El teatro también merece atención; aunque quizás esta es la parte que menos me ha impactado. Las representaciones de teatro son algo muchísimo más caduco que las obras en sí, con lo cual se me escapa en muchas ocasiones lo que Susan critica o alaba. Eso sí, la redención de Artaud o el tajo que le mete al pedestal de Ionesco merecen la pena…

    Luego viene el cine, cuarto bloque. Apasionante el recorrido por las películas de Bresson, Resnais o Godard. En muchos casos, sin embargo, no consigue trascender las obras que comenta. Sí que se eleva, sin embargo, al hablar de la Ciencia Ficción. En este ensayo "La imaginación del desastre" consigue hacer una caracterización de la película típica de ciencia ficción. Se trata de una sistematización cómica pero no exenta de verdad. Y Susan no se acobarda a la hora de defender dos o tres películas del género. Y no lo hace mal.

    Del último bloque, una suerte de "cajón de susan" en elque se analiza desde el tratamiento de la religión en la literatura americana, hasta la catarsis colectiva y efímera que puede suponer un "happening" (¡yuxtaposición radical los llama!), lo más destacable son las "Notas sobre lo camp". Por un lado, porque están escritas con gran frescura, con ejemplos magníficos que incitan a la sonrisa, y a la simpatización con todo lo "camp"; por otro lado, porque levantan el telón de un fenómeno muy extendido y muchas veces visto con desdén o condescendencia. Pero con este artículo, si hacemos un ejercicio de sinceridad para con nosotros; nos descubrimos dueños de un Parnaso de lo más simpático y de lo más "camp". Lo "camp" puede es algo que hay que saber identificar y proteger.

    "El gusto camp es una especie de amor, amor a la naturaleza humana".

    La gran definición de lo "camp" aparece, a mi modo de ver en la nota 31:

    "Así pues, las cosas son campy no cuando se hacen asistencia, viejas, sino cuando nos liberamos hasta cierto punto de ellas y somos capaces de deleitarnos por el fracaso del intento, en vez de sentirnos frustrados".

    En este deleite viene incluida una cierta actitud risueña; de perdón o redención a través de la risa. Jejeje. (Me río porque me he visto en el espejo adelantando al fracaso por la derecha. Traía la barba al viento, tipo Séneca… yo mentiendo ;-))

    http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200502.htm

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