Tarabas, de Joseph Roth

Tarabas, de Joseph Roth

Joseph Roth ha sentido siempre predilección por el mundo al margen del orden, el mundo de los fugitivos o parias, de los que no se dejan integrar, de los perseguidos y de los criminales, de los impulsivos y de los apatridas. Y ahora nos cuenta —en uno de sus libros más bonitos— esta balada del coronel Tarabas, hijo de un terrateniente ruso que ya pronto se perdió en un mundo marginado y peligroso, y rozó el crimen, al que luego la gran guerra pareció integrar y rehabilitar, que ascendió a comandante y coronel, y que no pudo resignarse a que terminase la guerra. Tarabas siguió siendo soldado, se encargó de formar y dirigir un regimiento en la nueva Rusia, la guarnición estaba en una pequeña ciudad pero los reglamentos, las órdenes burocráticas, todo el aparato administrativo no estaban hechos para él, la faltaba la guerra y de nuevo se vio envuelto en aprietos y extravagancias, de nuevo llegó al borde de todos los órdenes y más allá al desorden, y esta vez fue arrastrado hasta la auténtica y santa miseria, a la verdadera falta de patria, a la penitencia. Termina como vagabundo y «santo», encuentra el camino hacia el absoluto. No sé si esta leyenda del coronel Tarabas contada como una balada tiene su origen en una realidad, si (como finge el libro) existió un hombre así en alguna parte de la gran Rusia y en el caos de la guerra y la posguerra, o si todo es juego e invención del autor. Poco importa. La obra es auténtica. Tiene algo de la rigidez y monomanía del derviche, algo obseso y embrujado, y si se desarrolla en las lindes del orden humano y si tiene una tendencia al caos y lo salvaje llega en cambio hasta los órdenes superiores, allí donde hay penitencia y santificación.

Hermann Hesse

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EL LOBO ESTEPARIO (Hermann Hesse)

Leí El lobo estepario por primera vez cuando era casi un niño, porque un amigo mayor, devoto de Hesse, me lo puso en las manos y me urgió a hacerlo. Me costó mucho esfuerzo y estoy seguro de no haber sido capaz de entrar en las complejas interioridades del libro. Ni ésta ni ninguna de las otras novelas de Hermann Hesse figuraron entre mis libros de cabecera, en mis años universitarios; mis preferencias iban hacia historias donde se reflexionaba menos y se actuaba más, hacia novelas en las que las ideas eran el sustrato, no el sustituto, de la acción.

A mediados de los sesenta hubo en todo el Occidente un redescubrimiento de Hermann Hesse. Eran los tiempos de la revolución psicodélica y de los flower children, de la sociedad tolerante y la evaporación de los tabúes sexuales, del esplritualismo salvaje y la religión pacifista. Al autor de Der Steppenwolf, que acababa de morir en Suiza —el 9 de agosto de 1962— le sucedió entonces lo más gratificante que puede sucederle a un escritor: ser adoptado por los jóvenes rebeldes de medio mundo y convertido en su mentor. Yo veía todo aquello prácticamente al otro lado de mi ventana —vivía entonces en Londres, y en el corazón del swing, Earl’s Court— entretenido por el espectáculo, aunque con cierto escepticismo sobre los alcances de una revolución que se proponía mejorar el mundo a soplidos de marihuana, visiones de ácido lisérgico y música de los Beatles. Pero el culto de los jóvenes novísimos por el autor suizo-alemán me intrigó y volví a leerlo.

Era verdad, tenían todo el derecho del mundo a entronizar a Hesse como su precursor y su gurú. El ermitaño de Montagnola —en cuya puerta, al parecer, atajaba a los visitantes un cartel del sabio chino Meng Hsich proclamando que un hombre tiene derecho a estar a solas con la muerte sin que lo importunen los extraños— los había precedido en su condena del materialismo de la vida moderna y su rechazo deja sociedad industrial; en su fascinación por el Oriente y sus religiones contemplativas y esotéricas; en su amor a la Naturaleza; en la nostalgia de una vida elemental; en la pasión por la música y la creencia en que los estupefacientes podían enriquecer el conocimiento del mundo y la sociabilidad de la gente.

Tal vez El lobo estepario no sea la novela que represente mejor, en la obra de Hesse, aquellos rasgos que la conectaron tan íntimamente con el sentir de los jóvenes inconformes de Europa occidental y de Estados Unidos en los sesenta porque en ella, por ejemplo, no aparece el orientalismo que impregna otros de sus libros. Pero se trata de la novela que muestra mejor la densa singularidad del mundo que creó a lo largo de su vasta vida (tenía ochenta y cinco cuando murió) y de esa extensa obra en la que, salvo el teatro, cultivó todos los géneros (incluido el epistolar).

Apareció en 1927 y la fecha es importante porque el sombrío fulgor de sus páginas refleja muy bien la atmósfera de esos países europeos que acababan de salir del apocalipsis de la primera guerra mundial y se alistaban a repetir la catástrofe. Se trata de un libro expresionista, que recuerda por momentos la disolución y los excesos de esas caricaturas feroces contra los burgueses que pintaba por aquellos años, en Berlín, George Grosz, y también las pesadillas y delirios —el triunfo de lo irracional— que, a partir de esa década, la de la proliferación de los ismos, inundarían toda la literatura.

Como no se trata de una novela que finja el realismo, sino de una ficción que describe un mundo simbólico, donde las reflexiones, las visiones y las impresiones son lo verdaderamente importante y los hechos objetivos meros pretextos o apariencias, es difícil resumirla sin omitir algo y esencial de su contenido. Su estructura es muy simple: dos cajas chinas. Un narrador innominado escribe un prefacio introduciendo el manuscrito del lobo estepario, Harry Haller, un cincuentón con el cráneo rasurado que fue pensionista por unos meses en casa de su tía, en la que dejó ese texto que es el tronco de su novela. Dentro del manuscrito de Harry Haller surge otro, una suerte de rama, supuestamente transcrito también: el Tractat del Lobo Estepario, que misteriosamente le alcanza a aquél, en la calle, un individuo anónimo.

La novela no transcurre en un mismo nivel de realidad. Comienza en uno objetivo, «realista», y termina en lo fantástico, en una suerte de happening en el curso del cual Harry Haller tiene ocasión de dialogar con uno de aquellos espíritus inmarcesibles a los que tiene por modelos: Mozart (antes lo había hecho con Goethe). A lo largo de la historia hay, pues, varias mudas cualitativas en las que la narración salta de lo objetivo a lo subjetivo o, para permanecer dentro de lo literario, del realismo al género fantástico.

Pero la racionalidad no se altera en estas mudanzas. Por el contrario: los tres narradores de la novela —el que introduce el libro, Harry Haller y el autor del Tractat— son racionalistas a ultranza, encarnizados espectadores y averiguadores de sí mismos. Y es esta aptitud, o, acaso, maldición —no poder dejar de pensar, no escapar nunca a esa perpetua introspección en la que vive— lo que, sin duda, ha convertido a Harry Haller en un lobo estepario. Con esta fórmula, Hesse creó un prototipo al que se pliegan innumerables individuos de nuestro tiempo: solitarios acérrimos, confinados en alguna forma de neurastenia que dificulta o anula su posibilidad de comunicarse con los demás, su vida es un exilio en el que rumian su amargura y su cólera contra un mundo que no aceptan y del que se sienten también rechazados.

Sin embargo, curiosamente, esta novela que se ha convertido en una biblia del incomprendido y del soberbio, del que se siente superior o simplemente divorciado de su sociedad y de su tiempo, o del adolescente en el difícil trance de entrar en la edad adulta, no fue escrita con el. propósito de reivindicar semejante condición. Más bien, para mostrar su vanidad y criticarla. Con El lobo estepario, Hesse hacía una autocrítica. Había en él, como lo revela su correspondencia, una predisposición a transmutarse en lobo salvaje y, como a su personaje, también lo tentó el suicidio (cuando era todavía un niño). Pero, en su caso, ese perfil arisco y auto-destructivo de su personalidad estuvo siempre compensado por otro, el de un idealista, amante de las cosas sencillas, del orden natural, empeñado en cultivar su espíritu y alcanzar, a través del conocimiento de sí mismo, la paz interior.

Lo que fue el anverso y el reverso de la personalidad de Hermann Hesse son, en la biografía de Harry Haller, dos instancias de un proceso. En el transcurrir de la ficción, El lobo estepario va perdiendo sus colmillos y sus garras, desaparecen sus arrebatos sanguinarios contra esa humanidad a la que desea «una muerte violenta y digna» y va aprendiendo, gracias a su descenso a los abismos de la bohemia, el desarreglo de los sentidos y su encuentro con los inmortales, a aceptar la vida también en lo que tiene de más liviano y trivial. Cabe suponer que, al reanudar su existencia, luego de la fantasmagoría final en el teatro mágico, Harry Haller seguirá el mandato de Mozart: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír.»

«Casi todas las obras en prosa que he escrito son biografías del alma —afirmó Hesse en uno de sus textos autobiográficos—; ninguna de ellas se ocupa de historias, complicaciones ni tensiones. Por el contrario, todas ellas son básicamente un discurso en el que una persona singular —aquella figura mítica— es observada en sus relaciones con el mundo y con su propio yo.» Es una afirmación certera. El lobo estepario narra un conflicto espiritual, un drama cuyo asiento no es el mundo exterior sino el alma del protagonista.

¿Quién es Harry Haller? Aunque su vida anterior apenas es mencionada, algunos datos transpiran de sus reflexiones que permiten reconstruirla. Fue un estudioso de religiones y mitologías antiguas, cuyos libros lo hicieron conocido; su pacifismo y sus ideas hostiles al nacionalismo le ganan ataques y vituperios de la prensa reaccionaria; sus convicciones políticas equidistan por igual de «los ideales americano y bolchevique» que «simplifican la vida de una forma pueril». Estuvo casado pero su mujer lo abandonó; tuvo una amante, a la que no ve casi nunca. Sus únicos entusiasmos, ahora, son la música —sobre todo Mozart— y los libros. Ha llegado a la mitad de la vida y está, al comenzar su manuscrito, al borde de la desesperación, tanto que lo ronda la idea de poner fin a sus días con una navaja de afeitar.

¿Cuáles son las razones de la incompatibilidad entre El lobo estepario y el mundo? Que éste ha tomado un rumbo para él inaceptable. Las cosas, que objeta son incontables: la prédica guerrerista y el materialismo rampante; la mentalidad conformista y el espíritu práctico de los burgueses; el filisteísmo que domina la cultura y las máquinas y productos manufacturados de la sociedad industrial en los que presiente un riesgo de esclavización para el hombre. En el mundo que lo rodea, Harry Haller ve destruidos o encanallados todos esos principios e ideales que animaron antes su vida: la búsqueda de la perfección moral c intelectual, las proezas artísticas, las realizaciones de aquellos seres superiores a los que llama «los inmortales». Cuando mira en torno, Harry Haller sólo ve estupidez, vulgaridad y enajenación.

Pero cuando contempla el interior de sí mismo, el espectáculo no es más estimulante: un pozo de desesperanza y de exasperación, una incapacidad radical para interesarse por nada de lo que colma la vida de los demás. Quien rescata a Harry Haller de esta crisis existencial y metafísica no es un filósofo ni un sacerdote sino una alegre cortesana, Armanda, a la que encuentra en una taberna, en una de sus incesantes correrías nocturnas. Ella, con mano firme y sabias coqueterías le hace descubrir —o, tal vez redescubrir— los encantos de lo banal y los olvidos dichosos que brinda la sensualidad. El lobo estepario aprende a bailar los bailes de moda, a frecuentar las salas de fiesta, a gustar del jazz y vive un enredo sexual triangular con Armanda y su amiga María. Conducido por ellas asiste a ese baile de máscaras en el que, transformado el mundo real en mágico, en pura fantasía, vivirá la ilusión y podrá dialogar con los inmortales. Así descubre que estos grandes creadores de sabiduría y de belleza no dieron la espalda a la vida sino que construyeron sus mundos admirables mediante una sublimación amorosa de las menudencias que, también, componen la existencia.

Por una de esas paradojas que abundan en la historia de la literatura, esta novela que fue escrita con la intención de promover la vida, de mostrar la ceguera de quienes, como Harry Haller, prisionero del intelecto y de la abstracción, pierden el sentido de lo cotidiano, el don de la comunicación y de la sociabilidad, el goce de los sentidos, ha quedado entronizada como un manual para ermitaños y hoscos. A él siguen acudiendo, como a un texto religioso, los insatisfechos y los desesperados de este mundo que, además, se sienten escépticos sobre la realidad de cualquier otro. Este tipo de hombre, que Hesse radiografió magistralmente, es un producto de nuestro tiempo y de nuestra cultura. No se dio nunca antes y esperemos que no se dé tampoco en el futuro, en la hipótesis de que la historia humana tenga un porvenir.

¿Es esta desnaturalización que ha operado la lectura que dieron sus lectores a este libro, algo que debamos lamentar? De ningún modo. Lo ocurrido con El lobo estepario debe más bien aleccionarnos sobre esta verdad incómoda de la literatura: un novelista nunca sabe para quien trabaja. Ni el más racional y deliberado de ellos —y Hesse no lo era—, ni aquel que revisa el detalle hasta la manía y pule con encarnizamiento sus palabras, puede evitar que sus historias, una vez emancipadas de él, adoptadas por un público, adquieran una significación, generen una mitología o entreguen un mensaje que él no previo ni, acaso, aprobaría. Ocurre que un novelista puede extraviarse y ser manejado extrañamente por aquellas fuerzas que pone en marcha al escribir. Como, en la soledad de la creación, no sólo vuelca su lucidez sino también los fantasmas de su espíritu, éstos, a veces, desarreglan lo que su voluntad quiere arreglar, contradicen o matizan sus ideas, y establecen órdenes secretos distintos al orden que él pretendió imponer a su historia. Bajo su apariencia racional, toda novela domicilia materiales que proceden de los fondos más secretos de la personalidad del autor. A ese envolvimiento total del creador en el acto de inventar, debe la buena literatura su perennidad: porque los demonios que acosan a los seres humanos suelen ser más perdurables que los otros accidentes de sus biografías. Fraguando una fábula que él quiso amuleto contra el pesimismo y la angustia de un mundo que salía de una tragedia y vivía la inminencia de otra, Hermann Hesse anticipó un retrato con el que iban a identificarse los jóvenes inconformes de la sociedad afluente de medio siglo después.

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Demian (Hermann Hesse)

Hermann Hesse es un escritor alemán, como ustedes saben, y sin embargo estuvo radicalmente en contra de la I Guerra Mundial y del nazismo. ¡Qué extraño! ¿Verdad? Pues sí, también había alemanes que no se entusiasmaron lo suficiente con el Führer, entre ellos este auténtico genio de la literatura de nuestro siglo.

La narrativa de Hesse siempre ha estado muy influida por las religiones brahmánicas de la India, pese a lo cual nunca cayó en el mismo error que miles y miles de progres de nuestro tiempo, a saber: que la India consiste en meditar, decir “ohm” como si se fuera una vaca y pagarse viajes millonarios para “encontrarse a sí mismos” en los que sospechamos que la pasta viene de sus modernos padres forrados (como ejemplo de la cara que le echan estos supuestos elementos reivindicativos del espíritu, no sé si recuerdan el secuestro por parte de unos musulmanes integristas de un vuelo de India Airlines, en el que iban dos parejas de españoles; una de ellas vivía en Ibiza, donde regentaban un pub que por lo visto les daba bastante pasta, porque la parejita se había pegado tres meses de vacaciones por India, Nepal y Pakistán y volvía entonces a España. Carlos Oswaldo – o algo así – uno de los elementos de la pareja, declaró a los periodistas que durante el secuestro estaba muy preocupado porque tendría que haber ido a cobrar el paro varios días antes: es decir, vacaciones, pubs expoliadores de ingleses borrachos y subsidios del gobierno = España cañí).

En fin, a lo que íbamos: Demian es una excelente novela que nos lleva a una reinterpretación de uno de los pasajes de la Biblia, el que se refiere a los marcados con el estigma de Caín, oficialmente malditos y vendidos al diablo, pero que aquí se leen de una manera muy distinta: el estigma de Caín lo llevan aquellos que no se resignan a la mediocridad de las sociedades contemporáneas, que están poseídos de la convicción de que el potencial humano va mucho más allá de lo que se nos dice. Naturalmente, cada uno ha leído la novela como le conviene: algunos creen que Hesse se refiere a la Nueva Mayoría destinada a desalojar el felipismo; otros se muestran más proclives a pensar en el colectivo gay – lesbiana, o en aquellos que tienen Rh negativo. Nosotros estamos persuadidos de que Hesse se refería a los lectores y redactores de La página definitiva, motivo por el cual (entre otros) les recomendamos encarecidamente la novela.

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Demian (Hermann Hesse)

El año pasado, más o menos a estas alturas del año me leí Narciso y Goldmundo. Me encantó. Quizás a todos nos parezca un poco simplista y maniqueo presentar la realidad a través de dos posiciones enfrentadas (que es lo que hace Hesse en la mayoría de sus libros). Sin embargo, la riqueza y la novedad de Hermann Hesse radica precisamente en los matices que opone, en las partes que confronta y el diálogo que surge de ellas. Así, aunque siempre será maniqueo y facilón confrontar al eterno bueno con el eterno malo cuyo caballo galopa taaaaaaaaan desesperadamente despacio, cuando se confrontan dos formas parecidas pero igual de vitalistas de ver la vida, como es la confrontación en Narciso y Goldmundo, pues la cuestión ya no parece tan sencilla de resolver ni tan obvia de percibir.

La historia de cómo Demian, die Geschichte von Emil Sinclairs Jugend llegó a mis manos es también bastante curiosa. Resulta que lo compré a través de Amazon.de. Ellos me pusieron en contacto con una librería de Hannover, que se encargó de enviarme el libro. Lo malo es que el tal libro no llegó, así que me puse en contacto con la susodicha librería, a la cual no le hizo ninguna gracia que el libro no hubiese llegado. Estuvimos esperando para ver si llegaba e intercambiamos correos casi todos los días para decidir qué hacíamos: yo quería volver a comprar el libro, ellos no querían que yo lo pagase… Al final me volvieron a enviar el libro de forma totalmente gratuita, pero hemos quedado en que yo invitaré a un café a mi proveedora (una enamorada de Spanien) en cuanto venga por la piel de toro. La verdad es que es una bonita historia que no dejó de recordarme al libro 84 Charing Cross Road (por más que yo no esté tan de la chavetilla como Helene Hunff;-)

Bien, vayamos al grano. La historia de Demian comienza con la historia de Sinclair y se narra a través de ella, ya que, en realidad, el libro es una narración en primera persona del propio Sinclair, que nos cuenta cómo conoció a Demian y cómo éste influyó en su vida.
La historia es la evolución de Sinclair, desde que es un niño aterrorizado por otros niños con poder sobre él, hasta que se convierte en un joven maduro y reflexivo; pasando, cómo no, por la típica fase rebelde que a veces cursa con regueros de alcohol.

Sinclair es un crío de buena familia a quien otro crío aterroriza y chantajea. Demian es el chico misterioso de la clase, que irradia algo especial cuando se le mira. La amistad de ambos chavales se traba a partir de una reinterpretación que Demian hace de la historia bíblica de Caín. Para Demian, el signo de Caín recae sobre todas aquellas personas que no se resisten a ser asimiladas por la masa, que quieren sobresalir. Caín no era malo, sino superior, diferente. Para Demian, la gente tenía miedo de Caín y de sus hijos porque había algo en ellos, apenas perceptible, que denotaba su diferencia, su superioridad. Y la gente lo interpretaba como una señal del mal. Pero según Demian, no es así, sino que Caín y sus hijos eran gente con valor y carácter, lo cual no agrada mucho a la gente:

”Leute mit Mut und Charakter sin den anderen Leuten immer sehr unheimlich” La gente con valor y carácter siempre le resulta incómoda (desagradable) al resto de la gente.”

A Sinclair, la explicación no acaba de convencerle, aunque tampoco le deja impasible. Pero poco a poco va comprendiendo. Y es que él mismo sentía que pertenecía a dos mundos distintos: uno bueno, conformado por su familia y su casa; otro malvado, conformado por otros chavales de su clase. El problema radicaba siempre en la forma de conjugar ambos mundos, o de mantenerlos en equilibrio.

El tiempo pasa y Sinclair se va a estudiar a otra ciudad. Allí, se deja caer en el lado “malo” y lleva una vida despreocupada y regada con abundante alcohol. Hasta que un día, vuelve a recordar a Demian y comienza, por fin, a comprender que él también lleva en sí el signo de Caín y que la bondad y la perversidad están conjugadas y forman un todo indisoluble, cuyos límites no se pueden establecer. Demian resume este proceso que sufre Sinclair en una frase:

“Wer geboren werden will, muss eine Welt zerstören” (El que quiera nacer, debe destruir un mundo)”

El resto del libro se ocupa de la evolución del carácter de Sinclair y de su progresivo ensimismamiento. Este ensimismamiento, la búsqueda del poder y de la capacidad para hacer las cosas y para cambiar el mundo en uno mismo es una de las ideas básicas del libro, que se repite continuamente bajo diferentes formas. Por ejemplo, Pistorius, un amigo de Sinclair que comparte con él la concepción unitaria del bien y del mal, le dice en una ocasión:

”Die Dinge, die wir sehen […] sind dieselben Dinge, die in uns sind” (Las cosas que vemos, son las mismas cosas que están en nosotros).

Y es que uno tiene que aprender a meterse en sí mismo como hacen las tortugas.
Finalmente, el poder mental de Sinclair pasa por poder llamar desde su voluntad a las personas, sólo con el pensamiento, como le ocurre con la madre de Demian.

Aunque Hermann Hesse está influido por la obra del psicoanalista Carl Jung así como por las religiones brahmánicas, las ideas que plantea en el libro son patrimonio de la humanidad; no hace falta comulgar con el psicoanálisis ni con ningún tipo de religión para asistir al proceso de búsqueda del yo de Sinclair, sentirlo, comprenderlo y compartirlo. La inquietud por encontrar la esencia que nos lleva a hacer las cosas, es algo que revolotea por todas las cabecitas que pueblan la tierra y que sobrevuela la historia y la geografía. Aunque existen muchos símbolos en el libro, como son los sueños de Sinclair o los dibujo que él hace y que no son en realidad, más que dibujos de sí mismo en lo que tiene que aprender a reconocerse, no es necesario haberse iniciado en ningún tipo de ritual para comprender la esencia del libro y el problema sobre la autoconciencia que Hesse nos plantea.

En ocasiones, el libro puede resultar algo idealista, puesto que Demian plantea que la capacidad de la mente va mucho más allá de lo que parece que va. En realidad, sólo nos hace falta reflexionar un poco y aplicar la idea para ver que, en efecto, cuando uno quiere algo, basta desearlo con mucha fuerza y entonces se cumplirá. No por arte de magia, sino porque el deseo nos pone en movimiento para hacer todo lo posible para cumplirla. Así pues, Demian no es tan idealista como parece. De hecho, la misma frase acerca de nacer y destruir revela que parte importante de la vida humana es el esfuerzo y que nada sale de la nada:

Probablemente todos tenemos un poco de Sinclair y un poco de Demian. E incluso quizás todos tengamos el signo de Caín. Sólo hay que aprender a mirar, en cada caso, qué significa. Y eso se consigue viajando como las tortugas.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200504.htm

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SIDDHARTA (Hermann Hesse)

Siddharta era hijo de Brahmán. Creció junto a su amigo Govinda. Desde pequeño, participaba en las conferencias de los sabios. La alegría invadía el corazón de su padre al ver al su hijo, inteligente y veía en él un príncipe entre los brahmanes. Los hijos de los brahmanes suspiraban por él, pero el que más le amaba era Govinda, que admiraba sus pensamientos y su férrea voluntad. Todos querían a Siddharta y a todos daba alegría y gozo. El único que no sentía eso era el propio Siddharta, que había empezado a alimentar el descontento en su interior. Había empezado a presentir que su padre, los profesores y los sabios brahmanes, ya le habían comunicado la parte más importante de su sabiduría. Pero su espíritu no se hallaba satisfecho, su alma no estaba tranquila y su corazón no se sentía saciado.

Una noche comunicó a su padre que quería irse con los ascetas y convertirse en un samana. Al principio el padre rehusó, pues tenía planes para él, pero viendo la terquedad de su hijo, tuvo que ceder.

Salió Siddharta con la primera luz del día y se le unió su amigo Govinda.

CON LOS SAMANAS

Ese mismo día, se unieron a los ascetas. Siddharta regaló su túnica a un pobre, y desde entonces solo vistió el taparrabos y una descolorida capa color tierra. Comía una vez al día y hacía ayunos prolongados hasta que la carne fue desapareciendo de sus muslos y mejillas. Cuando pasaban por los pueblos, la gente les miraba con desprecio.

De los samanas aprendió el arte de abstraerse, de contener la respiración y de insensibilizarse contra el hambre y el dolor. Pero su espíritu seguía sin estar satisfecho. Cuando llevaba tres años viviendo con los samanas, escuchó hablar de Gotama, el Buda, que en su persona había separado el dolor del mundo. Junto a Govinda, abandonó a los samanes y fueron en busca de Gotama.

GOTAMA

En la ciudad de Savathi todos conocían el nombre de Gotama, y todos estaban dispuestos a llenar el plato de limosnas de sus discípulos. Cerca de la ciudad, se encontraba el bosque de Jetavana, que el rico comerciante Anathapindika, un devoto de Gotama, había regalado a él y a los suyos.

La primera vez que Siddharta y su amigo vieron a Gotama, lo encontraron pidiendo limosna. Lo reconocieron por la perfección de su alma y el sosiego de su figura. Por la noche, escucharon la doctrina del Buda, que hablaba sobre el origen del dolor y sobre el camino para reducirlo. Esa misma noche, Govinda abrazó la doctrina del Buda y cuando terminó la ceremonia quiso saber por qué Siddharta no la había aceptado. Éste, con mucho cariño, le contesto:

– No olvides, Govinda, que ahora perteneces a los samanas del Buda. Has renunciado a tu casa y a tus padres, has negado tu origen y tu propiedad, has repudiado tu propia voluntad, has rechazado la amistad. Así lo quiere la doctrina, y tú has elegido. Mañana me marcharé, no para buscar otra doctrina mejor, sino para dejar todas las doctrinas y todos los profesores, y para llegar solo a mi meta o morirme.

Asimismo, Siddharta pensó: – El Buda me ha robado un amigo que creía en mi y era mi sombra, pero me ha regalado a mí mismo.

DESPERTAR

Cuando Siddharta dejó el bosque y a su amigo, sintió que en ese bosque se quedaba su vida actual, y pensó que de lo que menos sabía en el mundo, era de sí mismo. Por eso echó a andar, en busca de sí mismo.

KAMALA

En su camino, Siddharta se encontró con un río que no podía cruzar sin barca.

Como no tenía nada, pidió al barquero, que lo cruzara sin cobrarle. El barquero aceptó, y esa noche le dio cobijo.

Al día siguiente, de camino a la ciudad, se encontró con un hermoso parque. Paseando por ese parque, se encontró con Kamala, la cortesana, una hermosa mujer reclinada en una litera dorada que iba con su comitiva.

Al día siguiente pidió audiencia a Kamala y ésta aceptó. Cuando se encontraron, Siddharta le pidió a Kamala su sabiduría. Ella se echó a reír y le dijo que ella enseñaba su oficio a la gente que venía a verla bien vestida y con dinero. Siddharta le contestó: – Ya empiezo a aprender de ti, pues para venir a verte me he afeitado y llevo aceite en el cabello. Es poco lo que me falta: ropas elegantes y dinero.

Su respuesta, le hizo gracia a Kamala, que le preguntó qué sabía hacer. Siddharta contestó: – Sé pensar, esperar y ayunar. También sé hacer versos, leer y escribir.

Pasados unos días Kamala puso en contacto a Siddharta con un rico comerciante llamado Kamaswami.

CON LOS HUMANOS

Cuando Siddharta se entrevistó con Kamaswami, éste le pregunto qué es lo que sabía hacer. Siddharta de nuevo contestó: – Sé pensar, esperar y ayunar. -¿ Y para qué sirve?, preguntó Kamaswami. – Pues, por ejemplo, si yo no hubiera aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar cualquier empleo, pues el hambre me obligaría, pero como puedo contener el asedio del hambre, puedo esperar.

Kamaswami se dio cuenta de que tenía razón. Entonces le hizo una prueba de lectura y escritura que pasó sobresalientemente y ese mismo día le contrató y lo alojó en su casa.

Los criados le entregaron vestidos y zapatos y le preparaban el baño diariamente, le servían dos abundantes comidas diarias, pero Siddharta sólo comía una vez y nunca comía carne, ni bebía vino.

Siddharta llegó a aprender muchas cosas de los negocios, pues escuchaba mucho y hablaba poco. En vez de poner la pasión de Kamaswami en los negocios, para Siddharta eran como un juego.

Con buenos vestidos y regalos, iba a visitar a Kamala que le enseño el arte del amor, que no se puede recibir placer sin darlo. Junto a Kamala, encontró el sentido actual de su vida, hablaba mucho con ella y sintió que estaba más cerca espiritualmente de Kamala, de lo que nunca había estado con su amigo Govinda.

SANSARA

Los años pasaban y Siddharta se encontraba rodeado de comodidades, pues se había hecho rico y apenas se había dado cuenta. Había aprendido a comerciar, a ejercitar su poder sobre las personas, a divertirse con una mujer. Se había aficionado a vestir bien, a bañarse con agua perfumada, a comer platos sabrosos de pescado, carne, aves, especias y dulces. Y bebía vino, que da pereza y ayuda a olvidar. Además se había aficionado al juego.

Le había capturado el mundo del placer, las exigencias, la pereza y la codicia.

Llegó un momento que Siddharta se dio cuenta de lo que le estaba pasando y abandonó la ciudad con ánimo de no volver jamás. No volvió a visitar a Kamala, que, pasado un tiempo, se dio cuenta de que estaba encinta.

JUNTO AL RÍO

Siddharta caminó hasta llegar junto a la orilla del río que le había cruzado el barquero cuando era joven.

Estaba lleno de fastidio, de miseria y muerte, ya no existía nada en el mundo que pudiese alegrarle o consolarle. Se sentó bajo un árbol y oyó una voz llegar desde el más remoto lugar de su alma. Era una sílaba que se repetía una y otra vez, la vieja palabra, principio y fin de todas las oraciones de los brahmanes, el sagrado OM, que significa "lo perfecto". Y en el momento en que la palabra OM alcanzó su oído, se despertó su espíritu adormecido y reconoció la necedad de su vida anterior.

Se quedó dormido con esa palabra en su pensamiento y cuando despertó vio a un monje en postura de meditación. Reconoció en él a su amigo Govinda. Éste se había quedado velando su sueño al verlo cuando pasó con otros monjes, pues aquel era un sitio peligroso, paso de animales salvajes. Al despedirse Govinda, que no sabía que era Siddharta, se dio cuenta de quien era al pronunciar éste su nombre. Después de una breve charla, los dos amigos se despidieron.

EL BARQUERO

Siddharta observaba la corriente del río y deseó quedarse junto a él, quería aprender.

Por eso preguntó al barquero si lo aceptaba como ayudante, y este respondió que sí.

Al llegar la noche, se sentaron los dos en un tronco y Siddharta le contó toda su historia.

Siddharta, en poco tiempo aprendió a manejar la barca y a la vez aprendía mucho del río, como escuchar con el corazón tranquilo, sin pasión ni deseo, sin juicio ni opinión. Mucha gente al ver la cara de felicidad de los barqueros, entablaba conversación con ellos y empezó a correr la voz de que en el río vivían dos sabios.

Los años pasaban y un día pasaron en la barca a unos monjes discípulos de Gotama que les contaron que el Buda estaba muy enfermo. Unos días después venían por la orilla en peregrinación Kamala y el hijo de Siddharta. Kamala hacía mucho tiempo que se había retirado de cortesana y había regalado su casa y el jardín que poseía a los monjes de Gotama.

El hijo de Siddharta que se había criado entre algodones, estaba acostumbrado a imponer su voluntad, y no hacía más que quejarse de tener que ir andando para ver a un viejo que se estaba muriendo.

Kamala, tubo que parar a descansar, y al rato de estar sentada, la mordió una serpiente. Todos corrieron a pedir ayuda y fueron a parar a la choza de los barqueros. Siddharta reconoció a Kamala y se dio cuenta que el niño era suyo. Curaron a Kamala pero su vientre estaba ya negro e hinchado y esa misma noche murió.

EL HIJO

El hijo de Kamala se quedó a vivir con Siddharta, pero como estaba acostumbrado a vivir con lujos, pronto empezó a tener problemas con él.

El otro barquero, al ver la preocupación de Siddharta por su hijo, le dijo que éste, al haberse criado en un ambiente de lujo, era normal que tuviese esa aptitud. Además era joven y quería estar con gente de su edad, y no con dos asistencia, viejos como ellos. Por ello aconsejó a Siddharta que dejase ir a su hijo a la ciudad.
Siddharta, se resistía a dejarle partir, creía que su hijo cambiaría y como él, escucharía el río.

Pero una mañana, el hijo cogió la barca, pasó a la otra orilla y nunca supo más de él.

OM

Siddharta pensaba mucho en la marcha de su hijo, y le dolía que no hubiera querido quedarse con él. El barquero le decía que era normal, que también él se había ido de la casa de su padre para encontrar su camino, y su hijo había hecho lo mismo. Lo mejor que podía hacer, le aconsejó, era escuchar el río. El río habló a Siddharta y entonces entendió que cada uno tiene que buscar su camino, y cuando uno lo encuentra empieza a escuchar la palabra OM, " la perfección".

Al volver el barquero, le dijo que se tenía que ir al bosque, hacia la unidad. Siddharta lo sabía, se lo había dicho el río, y Vasudeva, el barquero, se fue rodeado de un resplandor.

GOVINDA

Govinda se encontraba viviendo en el jardín de Kamala y escuchó hablar de un viejo sabio que trabajaba de barquero. No reconoció a Siddharta hasta que éste se lo dijo, tras un rato de conversación. Govinda le pidió consejo a Siddharta, ya que llevaba toda la vida buscando.

Siddharta le dijo que quizá con tanto buscar, no tienes ocasión para encontrar.

Buscar significa tener un objetivo. Encontrar sin embargo, significa estar libre, abierto, no necesitas ningún fin.

Pasaron el día hablando los dos amigos y a la hora de irse, Govinda le dijo a Siddharta que mientras éste había llegado a conseguir la paz, él no la había encontrado, por eso le pidió algunas palabras más que le ayudasen en el camino para seguir buscando. Siddharta le dijo: – Acércate a mi y besamé la frente.

Al besarle, ya no contemplaba el rostro de su amigo, sino que veía centenares de rostros de personas, animales, pájaros, vio dioses y todas las experiencias de la vida.

Entonces Govinda, comprendió que había terminado su búsqueda.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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