EL TIEMPO TODO LOCURA, (Rafael Gonzalo Verdugo)

El tiempo todo locura, Rafael Gonzalo (Gonzaver Ediciones, 2007). 128 pags. 19 ilustraciones.
www.rafaelgonzalo.es

Puedes solicitar un ejemplar en la siguiente dirección por tan sólo 12€: rafagonzalo@gonzaver.com

En primer lugar, “El tiempo todo locura” viene a significar la mejor continuación posible de los anteriores títulos del autor, también publicados en la misma colección de Gonzaver Ediciones: “Nostalgia geométrica del caos” (2001) y “Tierra firme de la fantasía” (2004), dos originales muestras del difícil y puntilloso arte del aforismo.

  Sólo que ahora con una notable diferencia, en este caso las frases cortas y directas aparecen combinadas con textos más extensos de carácter independiente, que enriquecen además la idea central expresada en los aforismos. En total se encuentran sin buscarlos más de una veintena de artículos, otras tantas ilustraciones del propio Rafael Gonzalo (como la excelente portada que acompaña estas líneas) y un buen puñado de microrrelatos y definiciones.

Pero lo mejor con un ensayo tan singular como éste es sumergirse, poco a poco, en los aforismos que incluye, o en los artículos, y pensar en lo que dicen y sugieren. Con algunos no estaremos de acuerdo, otros nos dejaran perplejos, pero probablemente rara vez indiferentes. La progresiva estructura que recorre todo el libro, de más a menos en expresión, responde a la reivindicación del autor para la recuperación del prestigio que merece el que sin duda es el más humilde de los géneros.

En esta obra se encuentran tantos, tan buenos y tan breves aforismos, como para hacer dudar al más sesudo ensayista de que las buenas ideas pueden ser también rematadamente complicadas o, incluso, imposibles de resumir en una sola frase. No es difícil ofrecer algunos ejemplos de esa filosofía condensada en pastillas literarias que el autor ha creado. Valgan unos botones de muestra: “En las dictaduras lo que funciona es la censura; en las democracias resulta mucho más efectiva la manipulación”; “Sólo la tradición española del humor negro explica la existencia de un Ministerio de Fomento”; “Las mujeres se pasan media vida intentando cambiar a los hombres, y la otra media echándoles en cara que ya no sean los mismos de antes”; “Alguien que sólo sirva para una cosa, probablemente tampoco sirva para eso”; “Nadie puede trazar una línea que no marque un fin del mundo”; “No se puede vivir sin amor, sólo se puede sobrevivir”; “Si el talento pudiera enseñarse no lo sería”; “El sentimiento une, la razón separa”; “Me gustaría morir creyendo que quizá la muerte no es un precio tan alto a cambio de la felicidad de haber vivido”; “El inmenso desierto no sería nada sin cada granito de arena”; “Las campañas contra la violencia hacia las mujeres son mucho más intensas que las de violencia hacia los niños, porque las mujeres votan y tienen dinero, y los niños no”; “El subjetivismo nos permite comprobar que la verdad de cada uno es la mentira de todos”.

Son frases cargadas de inteligencia y talento, cuya lectura tiene la virtud de hacernos pensar, de provocar todo tipo de reflexiones y visiones, como la pólvora que precede a una violenta explosión.

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¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)

¿Quién mató a mi madre? o cuando una novela eleva por encima de la realidad Por Andreu Martín (Publicado en Revista Cambio 16) Enfrentado a un crimen, a la llegada de dos misteriosos investigadores y a un interrogatorio que prácticamente monopoliza el desarrollo de la obra, Andreu Martín, autor de novelas negras como Prótesis o Juez y parte o Piel de policía, obsesionado por el realismo y la verosimilitud, topó con un texto que se resistía a encajar en los moldes previstos. Hasta que la magia del texto se impuso y el lector fue sustituido por otro Andreu Martín, el autor de Por amor al arte, Por el amor de Dios o Vampiro a mi pesar, el habitante de Cadaqués, tocado de tramontana y apasionado del surrealismo, el que distorsiona personajes y crea situaciones incoherentes para mejor contar la coherencia del mundo y, con ese nuevo pincel daliniano repinté la obra y, por fin, la comprendí y me zambullí en ella para descubrir nuevos placeres, mucho más próximo (supongo) a las intenciones del autor. La novela me elevó, así, por encima de la realidad, para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas. En la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges, el placer deriva precisamente de verse perdido y de cerrarse salidas, de manera que incluso la solución final es un triple o cuádruple portazo para terminar con la promesa “de que regresaría puntualmente en dos semanas” y de ello no se desprende una sensación desasosegante sino, desde mi punto de vista, una alegre predisposición de volver a empezar el juego con ánimos renovados. Cuando entramos en casa de los Rivera, ésta queda descrita como un decorado, una realidad manifiestamente distinta de un exterior que estamos dispuestos a ignorar. Nos instalamos en un decorado que queda fijado como una caja de luz flotando en medio de la nada, ajena a la realidad exterior. A partir de ahora, los personajes actuarán a su manera, levitarán, se moverán en apartes imposibles, hablarán entre signos de exclamación, el marido se disfrazará de la mujer, se nos hablará con naturalidad de agencias donde encontrar clones de sí mismos, el revólver del asesinato se alquila, serán hallados papelitos doblados invisibles para todos menos para uno aunque se encuentren en los lugares más visibles, convenciones todas ellas que me llevan al mundo onírico como los de Dalí, Chirico o Magritte. Microcosmos platónicos donde los interrogadores son como ángeles, ni policías ni periodistas, detectives contratados por la muerta y sus interrogatorios devienen diálogos en espiral sobre la locura y la vida. Lo que en una novela realista y convencional sería psicosis en este relato de género inclasificable se convierte en metáfora que nos lleva a la reflexión, a la paradoja, a la síntesis, a veces a la risa más desternillante, siempre a la sorpresa. Insisto en que, durante la lectura, he estado envuelto de esa sensación tan intrigante y desconcertante que provocan en el espectador los relojes blandos o el Ángelus de Millet repintado por el genio ampurdanés, las estatuas con cara de perro y las columnas truncadas en eriales calcinados de Chirico, el hombre del sombrero hongo de Magritte, el Rinoceronte o la Cantante calva de Ionesco. El sillón que ocupa el lector poco a poco será diván de psicoanalista donde cada una de las situaciones, réplicas, palabras del texto resultarán ser reinterpretaciones deformadas de la realidad que evocarán inevitablemente vivencias cargadas de significado y de sentimientos. La novela se lee con gran facilidad, incluso diría que pasión (una vez has sintonizado exactamente con las claves necesarias), aun cuando no recurre al truco habitual en la novela policíaca que yo conozco de plantear un enigma para capturar y retener la atención del lector. La pregunta ¿Quién mató a mi madre? sólo está en el título. En cuanto se inicia el interrogatorio, el lector percibe de inmediato que no se va a seguir un método policial de persecución de la verdad sino que se va a encontrar con un largo diálogo platónico que lo llevará más allá de lo policial para sumergirlo en la filosofía. He dicho al principio que me instalé en casa de los Rivera como si fuera un escenario de teatro. Efectivamente, el autor nos sitúa con una descripción parecida a la que se utiliza para iniciar las obras dramáticas: el balcón enfrente; entre la mesa y el balcón, hacia la izquierda, está Manuel… Detrás de la puerta, la única pared azul de la vivienda… Más adelante, cuando nos hable de las sorprendentes cenas poéticas de la familia Rivera, se nos explicará cuál es exactamente la posición que ocupa cada uno de los miembros. Los ruidos que vienen del exterior me parecen efectos producidos por anticuados tramoyistas, Dios mío, los golpes que propina Dina a su ordenador cuando trabaja: ¡se va a cargar el disco duro! No sé por qué (pero es virtud de esta novela inducir a pensamientos que se dirían ajenos a ella sin serlo), la situación de la novela me lleva a un decorado delirante que existe en el Museo Dalí de Figueres: aquella habitación que es un retrato de Mae West. Hay una chimenea, dos cuadros, un sillón, entre los cuales se puede caminar… Y, cuando se mira a través de un cristal distorsionador, se descubre que el sillón rojo son los labios, que la chimenea es la nariz, que los dos cuadros son ojos… Éste es el sabor que retengo en el cerebro después de la lectura de la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges. La constatación de que el concepto surrealismo no viene de sub-realismo, como el mal uso de la etimología nos podría llevar a pensar sino de la palabra francesa sur-realismo que quiere decir super-realismo, es decir, mirada desde arriba, desde lo alto, mirada de aquel que sobrevuela (de ahí que haya comparado los investigadores con ángeles) y que, desde el cielo, puede verlo todo con una distorsión que lo acerca mucho más a la verdad, puede verlo todo tan bien que incluso descubre que en el Ángelus de Millet había enterrado un cadáver.

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La posibilidad de una isla – Michel Houellebecq

El ensayista y poeta Michel Houellebecq se ha labrado una sólida reputación de novelista desde su primera incursión en el género con Ampliación del Campo de Batalla. Desde entonces ha creado una obra de ficción unitaria, donde cada libro complementa al anterior, hasta el punto de que el sentido global de esta obra sólo se puede asimilar leyéndolas en orden cronológico. La columna vertebral de esta sucesión que continúa con Las Partículas Elementales, Plataforma y la reciente La Posibilidad de una Isla, está compuesta de un análisis realista, crudo, cruel y descarnado de la condición humana, y especialmente de las relaciones sexuales, el amor y el deterioro físico y mental. A través de las historias, Houellebecq compone realmente una obra de carácter filosófico que supone una sacudida, convirtiéndose en una especie de Nietzche de la sociedad de consumo. Los paralelismos con el filósofo alemán son constantes, sobre todo en las referencias a la creación del superhombre (en este caso mediante la ciencia).

Una dosis de darwinismo elemental, el valor del amor como única posibilidad de trascender y las obsesiones del escritor acerca del sexo y la vejez consiguen dar forma no a un pensamiento endeble y previsible como cabría esperar de tal mezcla, sino un discurso vitalista, cínico, humorístico y sorprendente, un golpe constante a cualquier verdad establecida y, por tanto, no apto para políticamente correctos.

En ese sentido, Houellebecq deja unos cuantos anzuelos en La Posibilidad de una Isla. Critica a algunos literatos clásicos o suelta algunos despropósitos machistas o xenófobos perfectamente localizados. Ni hay que decir que los amantes de la corrección han picado a la primera, tachando una vez más al autor de fascista. Con un truco tan fácil, Houellebecq debe haberse relamido los bigotes al dejar en evidencia a tantos “peces” de la estulticia. El ardid de la zanahoria y el caballo funciona todavía.

Estas pequeñas trampas que surgen del escándalo suscitado a raíz de su procesamiento por calificar de estúpido el Islam, se completan con otra novedad basada también en sucesos actuales: la auto-parodia. El protagonista de La Posibilidad de una Isla, un cómico francés, se califica como un fino analista de la realidad contemporánea. El contenido biográfico resulta obvio, y Houellebecq realiza toda una crítica de su propia persona basada en el cinismo, el sarcasmo y la ironía, algo peculiar e impropio en la mayoría de los novelistas. Diseccionar sus miserias mediante el humor parece constituir la vía por la que pasar de la filosofía teórica a la práctica, en cierto modo predicar con el ejemplo abandonando la torre de marfil. Aunque todos los protagonistas de sus anteriores novelas tienen un carácter similar, esta es la primera vez que el alter ego del autor aparece tan claro y queda tan maltrecho como el que más. Con esta “exposición pública”, Houellebecq obliga a sus detractores a bajar a la arena dejando atrás los ataques simplistas, aunque casi todos se han quedado en los anzuelos que comentábamos. En cualquier caso, las referencias a la actualidad no impiden que el lector que esté al margen de estos acontecimientos se pierda por el conjunto de guiños y bofetadas destinadas al mundillo literario y político.

La Posibilidad de una Isla narra los últimos años de vida de un humorista, de sus amores y relaciones sexuales y del contacto con una secta que promete la inmortalidad. En la narración se intercala la historia de algunos clones de los personajes, aunque propiamente no se puede clasificar a la novela dentro de la ciencia-ficción, ya que Houellebecq –como ya hizo en Las Partículas Elementales– suele servirse de algunos elementos de ese género para buscar un alejamiento de aquello que analiza.

A partir de esta base, el escritor se dedica a lo que mejor sabe hacer: hurgar en la herida. A modo de autopsia, en La Posibilidad de una Isla vuelve a abrir en canal a las sociedades occidentales a través de un modelo de personajes característico desde Ampliación del Campo de Batalla: europeos cultos, con cierto talento y una buena formación, que sin embargo luchan en vano por la felicidad, atenazados por sus propias iniquidades y limitaciones, capaces de rozar los sublime en algún instante para ser vencidos casi siempre por su mediocridad y la mezquindad moral.

Houellebecq se enfrenta a todo ello con un estilo distintivo, sin adornos, directo y vibrante, que consiste en dar vueltas a sus obsesiones para extraer alguna certeza. Lo hace con riesgo y “a pelo”, dejando a la vista –si seguimos el símil de la autopsia- las vísceras y su olor pestilente. En ese camino tiene altibajos, reiteraciones, algún pasaje aburrido y bastantes excesos. En ocasiones alcanza un tono profético-visionario algo exagerado, pero en conjunto el talento del autor lleva de nuevo a buen término una novela que siempre es la misma desde Ampliación del Campo de Batalla y que parece asumir como tal. A pesar de repetir la fórmula sigue estremeciendo con las nuevas aportaciones a ese “árbol” y consigue, como en sus libros anteriores, hacer pensar al lector y obligarle a separar el grano de la paja.

En un capítulo de La Posibilidad de una Isla, el protagonista, Daniel 1, reflexiona sobre la dificultad de introducir la pornografía en sus números humorísticos, debido a las dificultades para cambiar este género. Las críticas a Houellebecq por los pasajes de sexo suelen ser constantes, a modo de “si nos saltamos esos fragmentos…”. El escritor parece que se ha propuesto renovar la pornografía, si bien los resultados se asemejan a los conseguidos por Henry Miller, ya que se quedan en pasajes que suponen un descanso tanto para el lector como para el novelista, sin conseguir realmente un más allá en las escenas de sexo. Al igual que Miller resulta mucho más interesante cuando habla de otras cuestiones, pero no hay que minusvalorar dichos pasajes, que si bien explícitos y habituales, sirven unas veces como nexo y otras como respiro, por lo que su importancia siempre es crucial, como sucedía con el novelista americano. En cierto modo, la obscenidad sirve como medio de transporte.

Esta nueva radiografía de la sociedad a través de un cinismo a veces casi insoportable y un humor cáustico ya marca de la casa, ofrece de nuevo el mensaje de los libros anteriores y todo un clásico en la literatura universal: el amor verdadero, aquel en el que las personas pierden su identidad e independencia en favor del otro, es lo único que da sentido a la vida. Todo esto, hay que señalarlo, lo dice un hijo de puta que, parafraseando a Roosvelt cuando hablaba de Somoza, es nuestro hijo de puta. Se recomienda por tanto mantener los barbitúricos, sogas, cuchillas de afeitar y balcones bien lejos durante esta recomendable lectura que nada tiene de condescendiente.

www.lapaginadefinitiva.com

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Sobre la Libertad (John Stuart Mill)

Dice la RAE:

Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

Hasta ahí, la cosa parece muy fácil, pero en realidad no lo es tanto. Todos aspiramos a la libertad, alardeamos de la nuestra -que muchas veces confundimos con independencia-, lamentamos la ausencia de libertad de otros… Pero, ¿en qué se basa la cacareadísima frase: "Mi libertad termina donde empieza la de los demás"? ¿Son libertad y límite términos contradictorios o pueden aparecer perfectamente conjugados? ¿Qué leches es la tan cacareada libertad?

La respuesta a estas y otras preguntas (oh, qué frase tan manida!) se puede encontrar en el libro Sobre la Libertad, de John Stuart Mill que gracias a Santa Alianza de Bolsillo no cuesta más que seis euros.

Sobre el autor
John Stuart Mill es un filósofo y economista inglés que vivió en tre 1806 y 1873. A su educación contribuyó el filósofo utilitarista Jeremy Bentham, por lo que, en un principio la orientación filosófica de Mill siguió los derroteros de este maestro. Trabajó para la Compañía de las Indias Occidentales y fue miembro del Parlamento Británico como representante del partido Liberal. Fue siempre una persona que miraba hacia el futuro y el progreso y por ello propuesto varias reformas sobre el sistema político inglés en su obra Consideraciones sobre el gobierno representativo. John Stuart Mill fue un pensador adelantado a su tiempo, lo que se puede ver ya sólo con echar un vistazo a los títulos de sus obras: Ensayos sobre la igualdad de sexos, Sobre la Libertad o La utilidad de la religión entre otros.

Tampoco hay que olvidar que las ideas de John Stuart Mill jugaron un importante papel aproximadamente un siglo despues, en una gran discusión acerca de la libertad que tuvo lugar en la sociedad británica con motivo de la despenalización de determinados comportamientos sexuales. Es el problema del consabido moralismo legal y la disputa implicó a Lord Devlin y el profesor Hart a raíz del Informe Wolfenden, que proponía la despenalización de las conductas homosexuales en Gran Bretaña.

Con motivo de este informe se suscitaron dos posturas contrapuestas. Por un lado, Lord Devlin apelaba a la idea de libertad de John Stuart Mill; por otro lado, Hart decía que determinadas conductas inmorales debían ser además sometidas a Derecho, es decir, penalizadas.

Yo tuve que estudiar todo este conflicto para las asignaturas de Filosofía Política y Ética y Deontología Profesional. Es el problema del "Moralismo Legal" y, en último término, del "Paternalismo Jurídico". En los dos casos me quedé con la curiosidad de cómo era el libro de John Stuart Mill cuyas ideas aún no estaban superadas un siglo después.

El libro
Sobre la Libertad es un librito dividido en 5 partes diferenciadas. La "Introducción" es la parte más interesante, porque en ella, John Suart Mill nos cuenta qué entiende por libertad y hasta qué punto o en qué condiciones es válida una injerencia en dicha libertad. Primero hace un repaso histórico por lo que se ha entendido por libertad a lo largo del tiempo. Además, en esta introducción nos plantea el objetivo de sus reflexiones: encontrar y defender el "límite a la intervención legítima de la opinión colectiva en la independencia personal". Es decir, señalar cuál es la esfera de acciones de la persona frente a las que no cabe intervención ninguna de los otros. Además, John Stuart Mill va más allá e intenta dilucidar hasta qué punto es legítima la intervención de un Gobierno en las acciones que conciernen a una sola persona. Por lo tanto, John Stuart Mill pretende elaborar un principio por el que regir las rrelaciones de la sociedad con el individuo. Si descriptivamente podemos decir que la sociedad tiende a comentar y censurar determinados comportamientos y actitudes; prescriptivamente, Mill considera que hay una esfera de dichos comportamientos y actitudes que ha de ser invulnerable:

"Este principio consiste en afirmar que el único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entremeta en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros, es la propia protección.

Es decir, el Estado sólo puede entrometerse en la vida ajena siempre y cuando las acciones de una persona perjudiquen a los demás. En estos casos, el Estado sí tiene derecho a intervenir y a intentar reprimir las acciones que perjudiquen a otros (aquí es donde acaba mi libertad y empieza la de los otros 😉 Para Mill, una persona sólo es responsable ante la sociedad en la medida en que sus acciones se refieren a los demás o los incumben. Las acciones cometidas por y para uno mismo no atañen al estado o a la sociedad y por lo tanto excluyen su intervención.

Esto puede parecer una banalidad a día de hoy, pero no lo es tanto. Por un lado, hay que tener en cuenta laépoca en que se escribió el libro; por otro lado, podemos pararnos a pensar en casos como la regulación de los contenidos de la televisión; la posible prohibición de hablar por teléfono mientras se conduce o las nuevas disposiciones en cuanto a la comida y reflexionar sobre qué aplicación encuentran en ellos las ideas de Mill.

"Sobre sí mismo […] el individuo es soberano", dice Mill. Este es el punto de partida para todas las reflexiones posteriores. Aunque haya gentes en el Gobierno que crean que uno debe ser protegido contra sus propios actos, Mill no acepta esta opinión y la rebate con argumentos como la variabilidad de las costumbres y de las opciones morales.

Finalmente, Mill alude a los ámbitos en los que siempre ha habido un interés por parte del Gobierno de inmiscuirse en los asuntos que atañen sólo al individuo y explica cómo y por qué son ámbitos en los que ha de imperar la soberanía del individuo. Al más importante de todos ellos por lo su significado en la vida política, le dedica el siguiente capítulo: "De la libertad de pensamiento y discusión".

El capítulo tres se llama "De la invididualidad como uno de los elementos del bienestar" y en él nos explica cómo, efectivamente, la disposición de una capacidad de elección total en determinados aspectos que nos atañen sólo a nosotros es necesaria e imprescindible para que el hombre se sienta como tal, y para que sea consciente de su libertad, de su capacidad de elección. En este capítulo retrata de una forma simpática y certera a todos aquellos que siempre han sido reacios a conceder libertad a los demás.

En el siguiente capítulo, "De los límites e la autoridad de la sociedad sobre el individuo", intenta reflexionar sobre el límite de la soberanía del invididuo sobre sí mismo, y el comienzo de la capacidad de la sociedad para inmiscuirse en las actividades del sujeto. Como ya ha anticipado en la primera parte del libro, esta capacidad surge cuando la conducta de una persona perjudica o afecta a los intereses y a las libertades de otras personas, no antes. Son varios los contraargumentos que él mismo nombra para despreciarlos posteriorme. Y es que para Mill, la autonomía del invididuo surge de su ejercicio. El individuo es autónomo en tanto que puede y se le permite (mediante la no injerencia) actuar autónomanente. "Equivocarse" y "perjudicarse a uno mismo" forman parte del concepto de libertad tanto como "elegir" o "decidir".

El último capítulo, el de las "Aplicaciones" resulta menos interesante, puesto que alude a muchos casos que nos son desconocidos o nos resultan desfasados. Pero todo ellos pueden tomarse por trasuntos y pueden ayudarnos a buscar nuevas expresiones de lo planteado por el fiósofo en nuestra sociedad.

Por último, me gustaría añadir que la edición que yo tengo, la de Alizana de Bolsillo viene precedida de un Prólogo de Isaiah Berlin. Berlin elaboró el concepto de libertad negativa por oposición a libertad positiva, a partir de las ideas que Mill expresa en este ensayo. Así pues, para Mill, la única libertad verdadera es la libertad positiva, la que surge de la reflexión y de la consciencia sobre las propias actuaciones. Isaiah Berlin acuñó el término "libertad negativa" como la ausencia de obstáculos o impedimentos para actuar de determinada manera.

Se trata, pues, de un libro que está de plena actualidad, pese a haber sido escrito allá por 1859 y en el que nos podemos reconocer nosotros y nuestra sociedad. Y no siempre salimos bien parados… Tú decides si te lo lees o no 🙂

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200503.htm

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Introducción a la Estética (G.W:F. Hegel)

Encontré este libro fisgoneando en una librería de barrio de Madrid. Me llamó la atención que sólo costase dos euros y medio y aun a riesgo de toparme con una mala traducción o con una selección de textos caótica y mal planteada, me lo llevé.

En realidad, las ideas estéticas de Hegel ocupan dos volúmenes, unas 1200 páginas; así que lo que yo me llevaba no era más que una pequeña aproximación a sus reflexiones sobre la estética, como con prismáticos, para obtener una idea general. Esta parte introductoria está formada por las lecciones sobre estética que Hegel impartió en la Universidad de Berlín.

El libro que yo me compré dice contener las ideas centrales de la estética hegeliana de forma concisa. Efectivamente, es así. La traducción, creo que muy buena, es de Ricardo Mazo.

El libro se divide en tres grandes partes, que a su vez se dividen en partes más pequeñas. Me gusta que los libros de filosofía estén bien estructurados, porque en ellos siempre es muy fácil perder el hilo del discurso, entender mal ciertos conceptos porque su univocidad no es repetida una y otra vez o aburrirse soberanamente.

La concepción objetiva del arte
La primera parte de esta Introducción a la Estética se llama "La concepción objetiva del arte". En la primera parte de este capítulo aporta unas nociones generales para que podamos entender con él cómo entiende él que debe fundamentarse una filosofía del arte, una "filosofía de lo bello", una estética.
En primer lugar, hace una serie de distinciones entre lo bello natural y lo bello artístico. Lo bello artístico es superior porque es un producto del espíritu. "Todo lo que procede del espíritu es superior a lo que existe en la Naturaleza", dice Hegel. Y es que el punto de partida de la estética es necesariamente que exista un objeto de estudio. (Es curioso, porque Heidegger, en El origen de la obra de arte también dedica una parte extensísima a hablar sobre el "carácter de cosa" de la obra de arte, se ve que es algo que preocupa a los filósofos ;-).

"Por el contrario, en la estética, por ejemplo, se presenta inmediatamente la necesidad de examinar una tras otra las diferentes concepciones de lo bello, de pasar revista a los diferentes puntos de vista y a las diversas categorías que han sido aplicadas a lo bello, de analizarlos y, confrontándolos por medio del razonamiento con los hechos y datos que poseemos, de intentar extraer el concepto y obtener así una definición de lo bello".

A esto se quiere dedicar Hegel para establecer su filosofía de lo bello.

Posteriormente, se defiende contra las posibles objeciones que se pueden oponer al intento de construir una filosofía de lo bello. Entre ellas, puede encontrarse la indeterminación del concepto de "lo bello", debido a la variedad de cosas bellas. Para evitar esto, dice Hegel que basta con dominar "las formas concretas" de los objetos bellos, o sea, de las obras de arte, y extraer la regla general, es entonces cuando podemos comenzar a elaborar una teoría del arte. Una vez que se ha procedido a todas las eliminaciones de formas concretas necesarias, Hegel encuentra una determinación general en el arte:

el arte estaría destinado a despertar en nosotros sensaciones agradables para la creación de fomras que tengan la apariencia de la vida".

Otra característica que encuentra Hegel en las obras de arte es que su belleza se dirige a los sentidos y que esta belleza emana de la libertad de producciones y formas: "con la creación y la contemplación de las obras de arte nos libramos de las trabas de las reglas y los reglamentos". Esto explica también el hecho de que haya tal variedad de objetos bellos. Esta variedad, además, según Hegel invita a creer en la existencia de un instinto para lo bello. Hegel se enfrenta también con otras trabas para hacer una filosofía del arte, pero las va solventando con dignidad ,-) La justificación de hacer una filosofía del arte frente a una ciencia del arte, le obliga a Hegel a hacer una definición de arte. Me encanta esta parte, porque en ella, Hegel se va adentrando en materia cada vez más oscura y resbaladiza, cuando trataba de dar respuesta a una pregunta que no parecía ser tancompleja. Pero con la navaja de desbrozar conceptos, se mete en la selva de lo estético y nos va aclarando poco a poco qué es el arte. Contra la posibilidad de una ciencia del arte, Hegel esgrime el argumento de que el arte es del reino de la apariencia y de la ilusión. "El arte crea apariencias y vive de apariencias". Pues es verdad, ahora, que para Hegel eso no supone ningún inconveniente, puesto que la esencia de las cosas, siempre debe aparecer, por lo tanto, la apariencia es algo esencial de las cosas.

La apariencia del arte, sin embargo, no es una apariencia cualquiera. El arte tiene una existencia que está hecha de apariencias. Y si lo que buscamos en el arte es la verdad (dice Hegel), la apariencia del arte tiene que ser tal que nos haga superarla y alcanzar esa verdad, porque el arte "pone en nuestra presencia un principio superior". Así pues, bien pensado, el arte es un conjunto indisoluble de concreción y abstracción. El arte es una representación sensible (destinada a los sentidos) de las cosas abstractas (destinadas al pensamiento). Tiene un alto destino, que es expresar lo divino, las necesidades y las exigencias más elevadas del espíritu.

Hasta aquí, todas las ideas del arte (mucho mejor hiladas de lo que yo las he presentado aquí, of course, no le vamos a negar a Hegel su mérito 😉 Lo malo es que esta primera parte de la primera parte (viva Groucho!) acaba hablando sobre la muerte del arte y la conversión del arte en Historia. Supongo que estas son ideas que Hegel ha desarrollado más en otras partes de su obra estética; aquí apenas ocupan cuatro párrafos, pero para saber más, se puede leer El aprendizaje de la decepción, de Félix, en el que se dedica un capítulo a explicar la muerte del arte.

El siguiente capítulo se llama "Las ideas corrientes relacionadas con la naturaleza del arte" y en él se ocupa de derrumbar algunos de los lugares comunes que la historia ha ido forjando con el arte. Entre ellos, destacan el de "imitación de la naturaleza", con una argumentación preñada de lógica que es una delicia de leer; o el de la supuesta tarea moralizadora del arte. También habla sobre el "Despertar del alma" que el arte trae consigo. Nuevamente, las argumentaciones que se ve obligado a utilizar para deshacer las madejas enmarañadas desde Aristóteles le obligan a ir despejando el camino hacia el concepto último del arte. Así, aquí explica la necesidad de que la forma y el contenido sean una fusión y de que se correspondan, o explica cómo ha de ser el arte para cumplir con su función de "despertar el alma":

"El arte utiliza la gran riqueza de su contenido, por un lado, para completar la experiencia que tenemos de nuestra vida exterior y, por otro, para evocar, de una forma general, los sentimientos y pasiones que acabamos de enumerar, a fin de que las experiencias de la vida no nos encuentren insensibles, de que nuestra sensibilidad continúe abierta a todo lo que ocurre fuera de nosotros."

Así pues, contemplar el arte es una manera de crecer.

Y así llegamos al fin de la primera parte.

Las teorías empíricas del arte
La segunda parte se llama "Las teorías empíricas del arte". Primero hace un resumen de las "Ideas relativas al arte", donde ya deja claro desde un principio que las obras de arte son producciones humanas; que están dirigidas a los sentidos y que tienen un fin particular.

Para hablar sobre la primera cuestión, la del carácter humano de la obra de arte, o sea, un carácter no natural, Hegel utiliza conceptos como los de talento y genio y habla de que, al tratarse de una obra del espíritu, está hecha para perdurar porque es un objeto que representa "la verdad imperecedera de los acontecimientos", pero siempre mostrándolos en la forma de un acontecimiento particular. Por otra parte, esta verdad imperecedera atañe al hombre mismo porque le habla de sí mismo, y esto convierte a la obra de arte en necesaria para la formación del hombre.

Además, Hegel también entra en consideraciones sobre la postura del receptor; cómo es percibida una obra de arte, qué parte del hombre se pone en acción cuando contempla una obra de arte, qué diferentes actitudes hay en la obra. Así, no deja ninguno de los elementos del proceso artístico sin estudiar: el talento necesario y el hecho espiritual que hablan del emisor; la materia y contenido de las obras de arte y el comportamiento del receptor.

En la segunda parte de este segundo capítulo "La ciencia del arte", Hegel hace un repaso de diferentes concepciones históricas de la estética, el arte y el proceso creador y las revisa, al tiempo que analiza con detalle algunas definiciones para poder incorporar elementos de ellas, una vez aclarados, a sus ideas. Lo bello acaba siendo una conjunción de un elemento interno, el contenido y su adecuación con un elemento externo, el modo de presentación de ese contenido.

La tercera parte del libro habla sobre "El arte desde un punto de vista filosófico" y continúa haciendo una revisión de diferentes planteamientos estéticos desde Kant a Schiller o Goethe.

Finalmente, el resumen "Plan General de la Obra" Hegel hace un repaso sobre las distintas épocas artísticas desde el arte clásico grecorromano hasta el romanticisimo, así como también se adentra en el estudio de las distintas manifestaciones artísticas, desde la arquitectura y la escultura hasta la música. Trata de encontrar en todas estas manifestaciones las ideas que ha venido expresando. Y vaya si lo hace.

"La tarea del arte consiste en hacer que la idea sea accesible a nuestra contemplación bajo una forma sensible, y no bajo la del pensamiento y de la espiritualidad puras en general, y que esta representación saque su valor y dignidad de la correspondencia entre la idea y su forma, fundidas juntas e interpenetrándose, la cualidad del arte y la medida en que la realidad que representa es´te de acuerdo con su concepto dependerán del grado de fusión, de unión que exista entre la idea y la forma."

Pero además, el arte es una pregunta, dice Hegel. Una pregunta dirigida a las almas y a las mentes.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200503.htm

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