El desván de los cuervos solitarios

Ésta es una antología bastante especial. Primero, porque, salvo Santiago Eximeno, los autores son noveles y el libro nace como resultado de su propia iniciativa, iniciativa que esperan continuar (y yo les deseo suerte con ello). De hecho, los autores son miembros de Ociojoven y han participado en la categoría de Akhul (Juan Ángel Laguna Edroso), Miguel Puente (Mik616), Alex Godmir (Alexgodmir), Gerard Puig Cortés (ViejoBastardo), Manuel Mije (Canijo), David Valero Barjola (Barón de la Birra), Ernesto Fernández (weissnicht), Jordi Bonet (Elrikes) y Santiago Eximeno (eximeno).

Sobre todo, me motiva poder hacer una crítica y que los mismos autores la lean. A dos de ellos, Akhul y Mik, he tenido además el gusto de conocerles en persona.

En realidad no es una antología de relatos de terror sino de relatos del género fosco. Una curiosa matización que se aclara en el prólogo y que merece comentarse. El género fosco es más concreto, se trataría de aquellos relatos que tienen lugar en ambientes oscuros y lóbregos.

Antes de comentar cada uno de los ocho relatos de la antología me gustaría opinar sobre el propio libro y su diseño. Más que nada, porque el diseño y la maquetación es cosa de los propios autores. No tengo queja con esto. Es más, se nota cierto gusto en el estilo “lóbrego” del libro, muy apropiado para el tema. Mención especial merecen las ilustraciones en blanco y negro del interior: cada relato cuenta con una sugerente portada, además de la del libro. Así pues, mis felicitaciones también para el ilustrador Jean Gilbert Capietto.

Aunque tengo algo objetar. Me agrada mucho que un libro tenga ilustraciones (comparto esta opinión con Akhul) pero prefiero que no revelen el contenido del libro, que no me den pistas sobre lo que voy a leer. Menos en este tipo de relatos, donde el elemento sorpresa es fundamental. Por eso considero que sería mejor que cada ilustración acompañara a su relato al final estuviera al final o a la mitad, en vez de al principio.

Y ahora mi pequeño comentario sobre cada relato:

El cuervo del sepulturero – Juan Ángel Laguna Edroso (Akhul)

No es mala idea abrir la antología con el terror más clásico. Tenemos una ciudad del antiguo régimen, la peste, la muerte, un sepulturero… Y, por supuesto, un cuervo, auténtico emblema del terror y de la propia antología. También el tema es muy ortodoxo y se disfruta sobre todo el estilo. La redacción está muy depurada pero, en fin, ya conocía de sobra al autor por sus relatos en Ociojoven… Sólo me atrevería a decir que algunos de esos relatos, también de terror, me han gustado más, menos clásicos y más sorprendentes, aunque el relato cumple bien como presentación del género fosco más genuino. Es cuestión de gustos.

Experimento fallido – Alex Godmir (Alexgodmir)

Sin duda lo más interesante del relato es la ambigüedad de lo que protagoniza la historia, sea lo que sea. Se dan pistas sobre su aspecto pero sin que llegue a saberse bien cómo es la criatura. Por otra parte, me hubiera gustado saber algo sobre su origen: ¿mutante, extraterrestre?

Palmeros de sangre – Gerard Puig Cortés (Viejo Bastardo)

¿Sería posible una antología de relatos de terror sin que surgiera el tema del vampirismo? Lo veo difícil, si bien se prefiere buscar un ambiente más original que el del típico castillo transilvano. Nada menos que la Cuba de Castro, con su encanto y su desilusión política. ¿Quién podría imaginar que los vampiros no son las criaturas egoístas y hedonistas que pensamos sino que tienen conciencia política e ilusiones? Como el mismo prólogo aclara, éste es un buen relato para representar a la Puente (Mik616)

Éste es el relato que más me cuesta valorar de la antología. Lovecraft es uno de los autores más conocidos del terror pero nunca consiguió gustarme. Sin este dato, el principio del relato me resultó algo chocante, como si faltaran datos sobre el inusual protagonista. A medida que lo leí empecé a notar guiños a Lovecraft y siento no conocerlo mejor. Ojo, que no significa que no pueda comprenderse el argumento (curioso, por cierto) sin haber leído a Lovecraft.

Polvo al polvo – David Valero Bartola (Barón de la Birra)

Sin duda hacía falta una nota de humor en esta antología tan tenebrosa. Humor negro, claro, y bastante ácido. Contado en primera persona, el protagonista consiguió arrancarme más de una sonrisa con su estilo mordaz. Además el relato sorprende aunque pudiera creerse que es más bien previsible…

La mecánica del alma – Ernesto Fernández (Weissnicht)

Parece existir cierto acuerdo en que no hay período histórico más “fosco” que el siglo XIX. En aquel entonces el interés por la antropología y las teorías darvinianas se imponía y el relato parece aprovechar esto para un gran exotismo. Es de destacar el interesante planteamiento que alimenta el relato y que, por supuesto, no voy a adelantar. Sólo añadiré que los espiritistas podrían ser más ingeniosos y tomar nota…

El ladrón de margaritas – Jordi Bonet (Elrikes)

La novela de detectives es un género que podría antojarse más distante del terror que la ciencia ficción; más teniendo un típico detective de la novela negra de Hammet como protagonista. Sin embargo, el relato demuestra que hay un elemento en común: el papel fundamental del suspense. El resultado es más satisfactorio y además hay que destacar el juego que hace el autor con uno de los aspectos más interesantes del vampirismo: la ambigüedad de unos seres letales y a mismo tiempo eróticos.

Una nueva esperanza – Santiago Eximeno (Eximeno)

¿Una leyenda urbana? Prefiero pensar que sí, que no hay gente con tan pocos escrúpulos como para “ganarse” la vida de ese modo. Por otra parte es difícil encontrar un escenario más deprimente que un hospital, aunque pudiera parecer atípico para un relato de terror. No deja de tener un fuerte patetismo el final que me agrada…

Autores

Juan Ángel Laguna Edroso, cuentista, inventor, ingeniero químico y traductor freelance, actualmente vive en París, desde donde dirige la sección de novela, "Cain Encadenado", en el año 2000, y su relato ilustrado "El niño que bailaba bajo la luna" en 2005, además de varios relatos en distintas antologías y revistas.

Alex Godmir, diplomado en Ciencias Empresariales y escritor polifacético, aunque inclinado hacia la Fantasía y de Ciencia ficción, actuó como jurado en la I edición de Relato Joven del portal de Internet Ociojoven.com y quedó finalista en la categoría Atlante, de Ciencia ficción y Fantasía, en la II edición del mismo concurso. En el 2006 cosechó su primer éxito apareciendo dos relatos de su autoría en la publicación “Un portal de palabras”, que recogía los relatos ganadores y finalistas de la II edición de Relato Joven.

Gerard Puig Cortés, terminando ya la carrera de Periodismo, ha colaborado en e-Noticies y en el periódico catalán AVUI. Paralelamente, ha publicado una docena de tebeos con la faneditorial Radiofreakie y colaborado en otros medios, electrónicos y en papel, con relatos, artículos e historietas.

Manuel Mije es un escritor esporádico y colaborador de la sección literatura%26qsrc%3d999%26l%3ddis%26siteid%3d1210&bidid=143683386&searchguid=%85%DD%84%F8%D2%9B%D7%B8%82%BC%8F%BA%DF%F4%BA%CA%BE%F1%95%B0%F3%F6%86%A1%A9%E4%A5%CF%EF%D2%95%E7%89%C7%E0%E2&domain=es&affiliateid=1596&position=1&query=literatura&UserCountryOriginID=65&searchdate=12+Sep+2007+22%3a05%3a22%3a05&edh=CN5ekyglEigJ4%2fLO%2bV3delaKgYw%3d&ed=dj0xJm10PTM%3d\» target=»\_blank\»>Literatura en la categoría relato. Recientemente ha participado en las antologías “Un Portal de Palabras”, de la web ociojoven.com; “TDL V”, de la web sedice.com; y “El Desván de los Cuervos Solitarios”, del Círculo de Escritores Errantes del que es miembro.

Miguel Puente empezó a escribir a la edad de 16 años. Actualmente ha participado en la antología "Un portal de palabras" con su relato seleccionado "Ocûlus", en el tercer volumen de la antología de terror contemporáneo “Paura” con su relato "El extraño caso de Elías Fosco". Publicó en diferentes números de la revista Punto Cultural de Dos Hermanas los relatos "Mi imaginación", "La parca", "La razón" y "Ouroboros".

David Valero Barjola. Estudiante de ingeniería informática, ha conseguido ganar el II Certamen de Relatos de Ociojoven en la categoría Leviatán de terror y suspense, y la publicación del relato en el libro "Un Portal de Palabras". Además fue preseleccionado para la antología Visiones 2006 y ha colaborado para "Punto Cultural" con el relato “Sucio Criminal”.

Ernesto Fernández es licenciado en Administración de Empresas y codirector de una revista cultural local. Como escritor cuenta con varios relatos publicados en diferentes antologías, así como diversos premios de cuento fantástico -"Idus de Marzo 96"-, narrativa general -"Ciudad de Getafe 2002", "Ciudad de Dos Hermanas 2006"- y epistolar -"VII Certamen de Cartas de Amor", Dos Hermanas 2006-.

Jordi Bonet se inició en el arte de la escritura con la novela fantástica y posteriormente evolucionó hacia los relatos de no ficción. Recientemente ha obtenido con su relato “Olvido, Cartas infantiles y un retorno” ser finalista en el premio Internacional Ciudad de Peñíscola 2006.

Santiago Eximeno como autor invitado en el Círculo de Escritores Errantes, es un prolífico autor que ha publicado relatos en numerosas antologías. Ha publicado dos novelas, una antología de relatos y ha sido traducido a varios idiomas (inglés, francés, búlgaro, japonés). También ha ganado varios premios, entre ellos dos veces el Premio Ignotus al Mejor Cuento. Actualmente trabaja en una serie de microrrelatos llamada “¿Quién es el Cruciforme?”, junto a Pedro Belushi, en una novela -que aparecerá presumiblemente en 2007- y en varias antologías de relatos fantásticos

Sinopsis

Antología de género fosco ilustrada

Edición

Encuadernación: Fresada
Medida: A5
Páginas: 165

Conclusión

La pantalla de un ordenador y por eso se prefiere el relato corto (qué voy a contaros…). Algunos relatos hubieran ganado para mí añadiendo detalles y desarrollo. Incluso se podría haber incluido algún relato más.

Me ha resultado un poco corto el libro. Lo que es positivo, por otra parte, ya que como lector quedé con ganas de más detalles, más historias.

www.ociojoven.com

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Mareas de luz (Gregory Benford)

A la hora de abordar una continuación o alguna de las partes siguientes de una serie de ciencia-ficción, siempre se corre el peligro, normalmente confirmado, de encontrarse con un considerable descenso de calidad con respecto a lo anteriormente leído de la misma. Seguramente el ejemplo más popular sea Dune, de Frank Herbert, y toda la saga posterior, aunque cualquier lector habitual del género podría, seguramente, dar otros títulos en el mismo orden de cosas. Para ser justos, hay que decir que esto no es un defecto exclusivo de la ciencia-ficción (me vienen a la memoria, por ejemplo, las continuaciones de El médico de Noah Gordon), pero es quizá en este género y en el de fantasía donde más se da el vicio de alargar el éxito logrado con una novela, convirtiéndola en una trilogía, pentalogía o vaya usted a saber. Afortunadamente, no todas las macroseries tienen su origen en la búsqueda del vil metal y en alargar lo inalargable. Hay algunos autores que, arrebatados por una idea gigantesca, imposible de expresar en una sola novela, deciden crear la serie como un todo, no como una retahíla de continuaciones sin sentido, sino como algo global, una gran novela en realidad, dividida en varias partes. Sólo en esos casos se puede dar el milagro de que uno de los capítulos posteriores sean superiores a lo anteriormente leído. El libro que nos ocupa es un ejemplo de ello.

Mareas de luz ocupa el cuarto lugar en la hexalogía imaginada por Gregory Benford, y sin embargo es mejor novela que las tres anteriores. En realidad, cada una de ellas es diferente de las demás, pero significativamente complementaria, hasta tal punto que quien cierre finalmente esta cuarta novela tendrá la sensación de que algo grande, un collage enorme, comienza a tomar forma y sentido en su cabeza.

ocupa el cuarto lugar en la hexalogía imaginada por Gregory Benford, y sin embargo es mejor novela que las tres anteriores. En realidad, cada una de ellas es diferente de las demás, pero significativamente complementaria, hasta tal punto que quien cierre finalmente esta cuarta novela tendrá la sensación de que algo grande, un enorme, comienza a tomar forma y sentido en su cabeza.

Dentro de la rama que explora la gran aventura de la Familia Bishop, la novela narra las vicisitudes sin fin de Killeen y la Familia en un nuevo planeta en el que habrán de luchar al lado de otros humanos, gobernados por un megalómano -que finalmente resultará ser otra cosa-, contra una nueva especie más poderosa incluso que los mecs, y a los que los humanos dan el nombre de cíbers, Para éstos, los componentes de la Familia no son más que una molestia insignificante a la que exterminar. Poseedores de una increíble tecnología capaz de "domar" cuerdas cósmicas con las que sangrar los distintos planetas por donde pasan, los cíbers pretenden desvelar el misterio que ata a los mecs con los múltiples cuasares de la galaxia, totalmente ajenos, por otra parte, a la importancia que los humanos tienen en su propia herencia genética.

Con esta nueva aventura, la epopeya de los Bishop adquiere tintes majestuosos en su constante lucha contra la plétora de seres superiores que se les van poniendo por delante, y a los que uno por uno van superando. La acción no decae en casi ningún momento, y los asistencia, viejos elementos, como los ya imprescindibles Aspectos (personalidades grabadas e implantadas en soportes cerebrales), ayudan a dar más profundidad si cabe a los ya conocidos personajes. Los elementos hard, más abundantes en esta novela que en las anteriores, son de una magnitud gargantuesca. Cuerdas cósmicas, enormes inteligencias orgánicas como el Sembrador del Cielo, cuyas maniobras en el planeta Nueva Bishop despiertan el sentido de la maravilla, las construcciones de los cíbers en órbita, la insolente maniobra del protagonista a través del eje planetario, o la de la misma cíber Quath, asida al enorme tallo espacial para escapar de la batalla con los protagonistas en su interior, sólo pueden ser propias de un autor con gran imaginación y enorme dominio del arte de contar y hacer creíble lo narrado. Todo esto se suma a los imprescindibles elementos propios del arco central de la serie, configurando un misterio cada vez mayor, con un apéndice final que sumerge al lector en una intriga a escala cósmica, y le empuja a querer saber más sobre ese universo.

Pero sin duda, el punto más logrado de toda la novela es la creación por parte de Benford de una especie enormemente interesante y magistralmente descrita, a la que los humanos llaman cíbers, y que el lector conoce como las podia. Auténticos ciborgs, mitad orgánicos, mitad máquinas, estos seres, que recuerdan en todo momento a gigantescas arañas (aunque lógicamente no se diga de manera expresa, puesto que los humanos de las familias nunca han visto una), constituyen, con su comportamiento y su creíble organización social, una de las más interesantes especies alienígenas que el género haya visto últimamente.

De todas formas, Mareas de luz no es un libro perfecto. Benford sigue insistiendo en castigarnos de vez en cuando con un par de páginas descriptivas de las suyas, a las que no hay manera de encontrar sentido literal, siendo imposible imaginarse espacialmente lo que nos quiere enseñar. Esto se hace patente especialmente en esta novela, donde llega a acompañar algunas acciones con dibujos, seguramente porque él mismo se da cuenta de lo farragoso de sus definiciones, como por ejemplo en la primera aparición y modo operativo de la cuerda cósmica. En mi opinión, el medio escrito debería bastarse y sobrarse para hacer llegar al lector lo que se quiere contar: cualquier cambio de formato siempre acaba sacando al lector de la historia.

Aun así, esto no parecen más que pequeñeces al lado de la alta calidad de esta obra. Quedan muchas preguntas por contestar en una serie que cada vez se revela más importante. Qqué pasó con los humanos? ¿Por qué en su momento de mayor gloria y poder -la llamada Era de los Candeleros, esas enormes ciudades en el espacio- comenzaron a decaer hasta llegar a la situación que se narra en los libros de los Bishop? ¿Qué extraños objetivos persiguen los mecs en el Centro Galáctico, y por qué su interés en hacerse con todos los cuasares de la galaxia? ¿Qué será de la familia Bishop? ¿Se encontrarán con Nigel Walmsley en el Centro Galáctico? ¿Qué más sorpresas esconde el pasado de las podia?

Una auténtica invitación para que todo aficionado al género consiga el siguiente volumen de la monumental serie del Centro Galáctico, Abismo frenético.

Santiago L. Moreno

www.bibliopolis.org

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Pequeña gran literatura

Pequeña gran literatura

JOSÉ ABAD

 Lo de "literatura infantil y juvenil" no es sólo una drástica simplificación, como toda etiqueta, sino un marbete impreciso donde los haya que, en vez de presentarnos el producto, hace una valoración equívoca del mismo en virtud de su destinatario potencial. No todas las novelas para jóvenes pueden presumir de juventud, qué más quisieran; infinidad de ellas vienen al mundo con artritis, problemas de vista y acusada sordera, achacosas, irremediablemente asistencia, viejas. Tampoco los libros para niños son siempre infantiles; un adjetivo, además, que en literatura siempre ha arrastrado una estela negativa. Siendo como es para niños, como tal nació, pocos se atreverían a calificar de "infantil" la Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll, un artefacto poético nada inocente, diría subversivo, cuyo objetivo no sólo es construir un universo de fantasía autosuficiente, sino trastocar la concepción de la realidad, más aún: cuestionar el orden social aceptado… Todas estas cuestiones terminológicas son secundarias, ni qué decirlo, pero apuntan la desidia con que la crítica suele afrontar el análisis de un capítulo que atrae a no pocas editoriales e impele a numerosos profesionales, en fin, que mueve muchos dineros.

Las cuestiones principales, por supuesto, se refieren a forma y contenidos: ¿Qué métodos se emplean para retener a un lector joven y, con toda seguridad, tentado por las sirenas de los mil artilugios que hoy ofrece el mercado audiovisual? ¿De qué material poético o narrativo se sirve el escritor para construir su propuesta? Y sobre todo, ¿qué moralejas se enseñan, aunque no sepamos si se aprenden, en este marco literario? A la primera pregunta se responde con una sola palabra: claridad. El escritor que se sube a este tren debe olvidarse de todas las martingalas estilísticas de que es capaz y apostar por la mayor transparencia posible. Al lector bisoño no hay que demostrarle qué bueno se es; más bien al contrario: lo ideal es no hacerse notar. Cuantos menos alardes, mejor. Esto explica por qué un autor como Robert Louis Stevenson o una novela centenaria como La isla del tesoro (1883) todavía hoy consiguen reclutar a enteras generaciones de nuevos lectores. Tiempo tendrán luego éstos, si siguen en la brecha, de extraviarse en esos laberintos revueltos que tanto gustan a algunos adultos. Las otras preguntas pueden responderse, en parte, a través de un ejemplo reciente.

En su última novela, Donde nace el sol, Federico Villalobos, un autor con amplia experiencia en este campo, retoma el argumento milenario de la búsqueda del Vellocino de Oro con un objetivo más que apreciable: rescatar un patrimonio cultural enorme que este tipo de literatura puede descubrirle al joven con mayor eficacia que el mejor de los manuales de Historia (con todos mis respetos por dichos manuales), un material del que aprender, con el que divertirse, al alcance… No obstante, esta herencia no debe (más aún: no puede) recuperarse tal cual; hay que adaptarla, y se adapta, a la sensibilidad hodierna: el niño y el adolescente responden mejor a la identificación que al extrañamiento. Así pues, Jasón ya no es el héroe inmaculado de las antiguas gestas; ahora es un pescador que vive humildemente de su trabajo y se niega a sucumbir al monopolio del ambicioso Pelias, tío suyo para más señas, dueño y señor de la pequeña localidad de Yolco.

Villalobos le habla al lector de países y paisajes lejanos, pero reconocibles en sus trazos esenciales; le habla del mar, siempre el mar, de barcos y marineros, de tormentas y horizontes, de empresas donde satisfacer la sed de aventura y aprender un mínimo de honradez, que tampoco está mal. Este autor, que ha confesado en alguna ocasión su apego a la obra de Stevenson, demuestra que este afecto es auténtico. Su prosa es esmerada, limpia, exacta. ¿Y la moraleja? Hay varias. Desde el primer capítulo al último se pondera ese bien precioso que es la amistad. La novela trenza, asimismo, una defensa de la dignidad individual con una denuncia de toda forma de opresión: "Cuando uno es su propio dueño, la buena y la mala suerte le tocan por igual –dice Jasón a Pelias–. Pero cuando el amo es otro, para él es toda la mala suerte, y el amo se queda con la buena". No escasean los apuntes obscuros. Como buen relato iniciático, el protagonista va al encuentro de lo más grato e ingrato de toda existencia; sin embargo, el mensaje último es constructivo, siempre. La llamada "literatura infantil y juvenil" no pertenece a la escuela del desencanto. Y está bien que así sea.

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FRANCIS SCOTT & ZELDA FITZGERALD

 

Cuando se conocieron eran jóvenes y hermosos. Una vez casados, alternaron estancias en Nueva York con viajes a París y a la Costa Azul y pertenecieron al grupo de artistas e intelectuales norteamericanos que veraneaban en La Riviera. Y, sin embargo, en ocasiones se vislumbra también, ya desde el principio, que hubo algo febril y precipitado en el impulso que llevó al escritor a unirse a aquella diosa desasosegante.

Su estilo cosmopolita, sus continuos viajes y su dorada bohemia no fueron alicientes suficientes para sostener su vertiginosa y finalmente inestable vida en común. En ella se transparenta un ajetreo en parte lógico por ser él escritor y necesitar de otros escenarios, los de la mítica Europa, pero también se aprecia un ir y venir ciego e inquietante que no pudo frenar el tedio primero y más tarde el permanente tributo al alcohol de Scott y la locura de Zelda. Como tampoco evitó que el prometedor Fitzgerald, autor de obras como El gran Gatsby, Hermosos y malditos o Suave es la noche, se sumergiera en un mundo de amargura que marcó el tono maldito de muchos de sus personajes. ¿Cómo no iba a saber contar él esa mezcla de hastío e infelicidad de las clases medias más privilegiadas? ¿Cómo no iba a fabricar perdedores y ganadores que se intercambiaban los papeles en pocas horas, si estaba retratando el desmoronamiento de sus sueños y la imposible comunión con Zelda? La obsesión por el éxito y el sentimiento enfermizo de que todo lo que hacía le conducía al fracaso le hizo cada vez más vulnerable. En Suave es la noche se adivina a Scott y Zelda y a sus amigos de La Riviera en la piel de unos personajes que esperan algo, no se sabe qué, mientras se desplazan por la costa francesa y alternan amantes y borracheras.

    

Francis Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Minnesota, y supo muy pronto que iba a ser escritor. Su padre procedía de una distinguida familia sudista arruinada, católica y conservadora. A pesar de ciertos apuros económicos, Scott Fitzgerald tuvo una educación elitista, primero en el internado Newman y luego en la Universidad de Princeton. Fue el resultado del quiero y no puedo que animaba a su familia, poco dispuesta a que su hijo bajara algún peldaño en el escalafón social que le correspondía. Pero fue también en la Universidad donde el joven tomó conciencia de la profunda división de clases. Escribir se convirtió en una vocación, pero también en una forma de prosperar y de asentar su futuro.

   

A Zelda Sayre, hija de un juez del Tribunal Supremo de Alabama, la conoció en un baile del Club de Campo de Montgomery. Corría julio de 1918 y Scott había interrumpido sus estudios en Princeton para incorporarse al ejército. Cuando su campamento se instaló en Montgomery no imaginaba que allí iba a conocer a la mujer que le deslumbraría: una chica guapa y poco convencional que, a pesar de haber sido educada en el conservadurismo que se le supone a la hija de un juez, presumía de no tener prejuicios. Tampoco tenía reparos en emborracharse en público o en coquetear con los jóvenes que la cortejaban.

Rubio, bien parecido y con deseos de brillar, Scott había hecho estragos en el campus, pero la literatura y el afán de prosperar había restado protagonismo a aquellos amores universitarios. Con Zelda Sayre fue distinto: ella era sin duda la chica que él buscaba. La hija del juez, nacida en 1990, tenía tan solo dieciocho años cuando encontró a Fitzgerald. Ese mismo año, el del baile en Montgomery, había terminado sus estudios en el Instituto. Pero, más allá de su edad, era ya una chica avispada, intuitiva, llena de humor y de iniciativa.

Respondía al tipo de mujer emancipada de posguerra y correspondió al joven escritor desde el principio. Cuando el campamento militar abandonó Montgomery no dejaron de mandarse cartas casi a diario, de una forma entusiasta y enfermiza. En esa primera correspondencia se muestran ya algunos de sus rasgos contradictorios, aquellos que el tiempo iba a agudizar, causándoles dolor. Fitzgerald multiplica sus atenciones hasta el agobio, como si temiera que ella pudiera reprocharle algo o se sintiera culpable por su ausencia. Zelda, por el contrario, vive toda esa exhibición a veces con ilusión, otras con un cansancio que su carácter franco y cambiante no puede ocultar.

Llegaron a romper su relación durante unos meses, en el verano de 1919, en parte porque la familia de Zelda dudaba de la solvencia económica del narrador, en parte porque la propia joven quería asegurar más su amor y empujar a Scott a plantearse su vida con más ambición. En aquellos meses de ruptura no fueron pocos los amigos de Fitzgerald que le aconsejaron que se olvidara de aquella chica audaz, snob y caprichosa. Pero, como él escribió en febrero de 1920 a una amiga, no podía evitar seguir enamorado de ella:"Cualquier chica que se emborrache en público, que disfrute francamente y cuente historias escandalosas, que fume sin parar y que cuente que ha besado a miles de hombres y que piensa besar a otros tantos, no puede considerarse intachable, aunque no tenga tacha".

Pese a todo, él estaba enamorado "de su coraje, de su sinceridad y su dignidad apasionada". Y por si fuera poco, le confiesa a su amiga: "tú eres católica, pero a mí el único Dios que me queda es Zelda". En realidad, cuando Scott escribió aquella carta ya había vuelto con Zelda. La reconciliación se había producido en el otoño de 1919 y a partir de entonces la boda se convirtió en un hecho inevitable. "Sin ti no soy absolutamente nada. Sólo una muñeca boba", le escribe ella poco antes de contraer matrimonio. Se casaron el 3 de abril de 1920 en la catedral de San Patricio de Nueva York.

La felicidad, sin embargo, sólo duró unos cuatro años. El resto, desde 1925 hasta el internamiento de Zelda en una clínica mental, fue un tedioso camino de altibajos hasta llegar al declive. Claro que fueron cuatro años en los que pasaron demasiadas cosas. Poco antes de su boda Scott había empezado a trabajar en una agencia de publicidad en Nueva York. Al mismo tiempo, un editor aceptó, por fin, su primera novela, A este lado del Paraíso.

Comenzó a publicar sus cuentos en "The Sunday Evening Post". Durante los primeros meses de matrimonio alquilaron una casa en Connecticut, pero antes de fin de año se trasladaron a Nueva York, donde Fitzgerald alternaba con editores y guionistas. Seis meses más tarde embarcan por primera vez a Europa: Inglaterra, Francia e Italia. Regresaron a América al final del verano y permanecieron unos dos años en su país, mientras Fitzgerald iba publicando por entregas lo que luego sería Hermosos y malditos. Para entonces había nacido su hija Frances Scott, a quien llamaban Scottie, y la vitalista Zelda disfrutaba todavía de aquel ajetreo de amistades y fiestas.

Su espíritu aventurero le hizo ver en Fitzgerald no sólo el escritor que luchaba por publicar, sino el héroe dispuesto a estar en la cima. Pero pronto empezó a echar en falta algo de lo que ocuparse. Algo que tuviera que ver con lo que ella llamaba su temperamento artístico, ensombrecido por ser Scott el genio de la familia. Algo que ella no quería que se perdiera y que pugnaba por salir a la luz. Algo que, sin duda, no resultaba fácil pues, si Zelda y Scott formaban ya parte de la leyenda de Nueva York, ella sólo era el bello e inteligente apéndice del escritor.

Brillante y con gancho para muchos, y excéntrica para otros, cuando John Dos Passos la conoció en 1922, exclamó: "¡Está loca!". Sin duda era una premonición. En la primavera de 1924 embarcan de nuevo hacia Europa, esta vez para una temporada más larga. Un recorrido por París, la Costa Azul, Roma y Capri en el que afloran las primeras riñas serias de la pareja. Y junto a ellas las progresivas deudas por el tren de vida que se asemejaba en parte al de unos nuevos ricos, con sus estancias en hoteles de lujo, las institutrices de Scottie y el servicio que requerían las casas que alquilaban en sus diferentes desplazamientos. Aunque a la vez no renunciaron a cierta bohemia y sentido de provisionalidad. En cualquier caso, era un estilo de vida caro en el que el dinero se gastaba conforme entraba. Y a menudo escaseaba, pues Scott no disponía de ingresos fijos. Su obra más difundida, El gran Gatsby, se publicaría en 1925, pero a partir de entonces concentrarse en producir cosas nuevas iba a convertirse en un tormento. Su adicción al alcohol le dejaba varios días fuera de combate.

Más de una vez culpó a Zelda de su dependencia de la bebida. Antes de conocerla, confesó en una ocasión que él sólo tomaba café; su mente no necesitaba empaparse de otra cosa distinta que las palabras que escribía. Fue Zelda quien le descubrió el placer de beber, si bien con el tiempo ella moderó su afición y él, sin embargo, no pudo parar. Desde el principio, Scott había confesado que era un maníaco depresivo propenso a la irritabilidad: su estado de ánimo dependía en buena parte de que la obra que producía tuviera una aceptación continuada y segura. Una ansiedad que el alcohol atemperaba, mientras que el comportamiento de Zelda la exacerbaba.

 Durante el verano de 1924, Zelda mantuvo un romance con el aviador francés Edouard Jozan, la gota que colmaría el vaso en aquella relación que agonizaba. Sin duda, fue más que un coqueteo: "algo había sucedido que no podría ser reparado", anotaría Scott años después al recordar el incidente.

En esta larga estancia europea, las grietas entre la pareja eran evidentes. Aunque hubo momentos felices, como cuando recorrieron Capri y el sur de Italia, los desencuentros fueron la tónica. La fisura se agrandó cuando llegaron a París y Scott conoció a Ernest Hemingway, entonces un autor novel, y a otros amigos del mundo literario. Se encontraba en el período más pleno y creativo de su carrera. "Era el hombre más grande de mi profesión, todos me admiraban y me sentía muy orgulloso de haber logrado algo tan bueno", confesó él mismo años después. Aun así, se pasaba parte del día bebiendo con Hemingway en los asistencia, viejos cafetuchos de la orilla izquierda del Sena, alejado de Zelda.

O ella estaba enferma, o él desaparecía, a veces incluso durante varios días. En ocasiones tenía que recurrir a que un taxista le devolviera a casa después de haber perdido el norte algunas horas. "Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro", escribió él en torno a 1930, cuando Zelda se encontraba internada en una clínica suiza.

Regresaron a América en las navidades de 1926. Fitzgerald inicia su primera colaboración con Hollywood, aunque el guión en el que trabajó no llegó a hacerse. Zelda, obsesionada con sacar fuera su talento artístico, estudia baile. Dos años más tarde vuelven a embarcarse rumbo a Europa y alquilan un apartamento en París por unos meses. Zelda continúa sus lecciones de ballet, esta vez bajo la tutela de Lubov Egorova. Vuelven a Estados Unidos por un corto período y de nuevo, en 1922, toman un barco hacia Génova y pasan por La Riviera camino de París, donde vuelven a alquilar un apartamento. Desde allí realizan una corta incursión en África al comienzo de 1930, pero meses después, ya en París, Zelda sufre una depresión nerviosa. Ingresa en la Clínica Malmaison de París, primero, más tarde se traslada a Valmont (Suiza), y a continuación a la Clínica Prangins, a orillas del lago Ginebra, donde permanece varios meses. Este internamiento marca el fin del matrimonio, aunque no se rompiera formalmente.

Ese verano Scott vive entre Lausana y Ginebra, cerca de Zelda, pero su padre muere en 1931 y viaja solo a Estados Unidos. Después de asistir al entierro visita Montgomery para darles cuenta a sus suegros del estado de Zelda. Poco después vuelve a Suiza, pasa algunos días con Zelda cada vez que ésta sale de la clínica ‘de permiso’ e incluso se animan a realizar un corto viaje a Francia. Finalmente, cuando Zelda parece estar recuperada, regresan a Estados Unidos y se instalan en Montgomery.

En apariencia todo vuelve a ser normal sin llegar a serlo en ningún momento; aunque efectivamente hay instantes de felicidad entre ellos, los resquemores continúan. Ella quiere que él no beba demasiado, y que le permita escribir, pintar y realizarse como artista. Scott, por su parte, trata de que la mezcla de encanto e inestabilidad que caracteriza a su mujer no le arrastre a él –y sobre todo a su escritura- a un caos mayor del que de por sí ha de soportar.

El fantasma de la esquizofrenia de Zelda planea de forma permanente en sus vidas, pero Scott se centra en su trabajo y se desplaza de vez en cuando a Hollywood para hacer un guión para la Metro. A principios de 1932 fallece el padre de Zelda y ésta sufre una recaída. Es internada en la clínica Phillips de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, hasta el verano, en que vuelve a reunirse con Scott y su hija Scottie en una hacienda, La Paix, que el escritor ha alquilado cerca del sanatorio.

Zelda ha conseguido también escribir y publicar una novela, Save me the Waltz. Por fin ha logrado salirse con la suya y mostrar al mundo su talento. Sin embargo, la enfermedad mental ya no la abandona, y en 1934 vuelve a ingresar en un hospital de Baltimore. Puesto que esta vez parece no avanzar, es trasladada durante un tiempo a una clínica más cara, pero al poco regresa al mismo hospital. Los reencuentros de la pareja son cada vez más forzados: ella pide que vaya a verla o que se reúnan en los períodos en que se encuentra más lúcida y los médicos lo aconsejan y él alquila de tarde en tarde una casa próxima al hospital, pero se aloja habitualmente en hoteles, centrado únicamente en su escritura.

A partir de 1935 Scott desconfía de que ella vaya a curarse de forma definitiva y trata de salvarse a sí mismo de una manera un tanto egoísta, pero sin desentenderse de las costosas sumas que le cuesta la estancia de su esposa en la clínica. El mismo cree que tiene tuberculosis, empieza a cuidarse. Un nuevo encargo para trabajar en Hollywood durante seis meses le permite conocer a la periodista y cronista social Sheila Graham, con quien empieza a vivir en pareja, pero sin dejar de visitar y atender a Zelda. De vez en cuando se reúnen, pasan las vacaciones juntos y hasta realizan un viaje a Cuba en 1939. Es la última vez que se ven. Scott es hospitalizado en Nueva York, resentido de su problema pulmonar, y Zelda vuelve a ingresar en su clínica. Una vez recuperado, Fitzgerald se gana la vida haciendo guiones y relatos y comienza a escribir El último magnate, una obra incompleta que se publicaría en 1941, un año después de su muerte. Ésta le sobrevino el 21 de diciembre de 1940, a los 44 años.

Un ataque al corazón acabó con su vida cuando se encontraba en el apartamento de Sheila Graham, en Hollywood. Entre tanto, Zelda se había ido a vivir una temporada con su madre a Montgomery. Será en 1947 cuando vuelva a ser internada por última vez en el hospital Highland. Sin saberlo, aquel ingreso no iba a ser una nueva pausa en su vida, sino la antesala de la muerte. Tres meses después, en marzo de 1948, se declaró un incendio en el hospital durante la noche y nueve mujeres perecieron entre las llamas. Una de ellas era Zelda. Con ella ardieron sus últimas fantasías. Y esa noche, por fin, acabó todo.
 
Es posible que la obsesión por el dinero y por triunfar a toda costa que marcó a Scott toda su vida fuera consecuencia de su experiencia familiar: un padre procedente de una notable familia de Maryland venida a menos y una madre de origen irlandés, sin distinción pero con más dinero. Él le inculcó su amor a la literatura, ella el ansia de llegar lejos. Pero fue en la Universidad donde se fraguó su conciencia de advenedizo en un mundo marcado por los privilegios que él se apresuró rápidamente a conquistar.
 

En nuestros días, los psiquiatras hubieran llamado a la enfermedad de Zelda un trastorno de personalidad simple o, tal vez, debido a sus alucinaciones auditivas y visuales, epilepsia temporal. Lo cierto es que los especialistas qie la trataron entonces calificaron su mal como esquizofrenia y le prescribieron altas dosis de morfina, insulina, psicoterapia e hipnosis. Un tratamiento inútil para un proceso mental que no dejó de deteriorarse. En sus últimas cartas a Scott, aquella eterna adolescente se muestra incapaz de aceptar su derrota y sigue insistiendo en lograr una unión imposible con el que considerará hasta el final su marido: "Si te fueras con otra mujer y me hicieras pasar hambre y me pegaras, sabes que seguiría queriéndote", escribe en un momento de arrebato.

En los años 20, durante su segundo viaje a Europa, Scott conoce a Ernest Hemingway, a Gertrude Stein y a otros muchos artistas e intelectuales. En ellos busca el calor que no encuentra ya en Zelda. Con Hemingway, a quien animó a escribir, compartió además su devoción por el alcohol. Pero años más tarde, cuando el autor de Fiesta o El viejo y el mar era famoso y había olvidado la fascinación juvenil que sintió por Scott, diría que había en Fitzgerald algo blando y femenino. La supuesta homosexualidad de Scott también la creía Zelda. Es posible que el duro Hemingway encontrara a Fitzgerald demasiado delicado. Las sospechas de Zelda fueron de otro tipo. Al ver que su marido se alejaba de ella y que frecuentaba demasiado a sus amigos, intuyó una homosexualidad latente en él. El fantasma de esa duda, que tanto ofendió a Fitzgerald, permaneció en Zelda durante años.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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La ciudad de las bestias (Isabel Allende)

Alexander Cold, un muchacho americano de 15 años aficionado a tocar la flauta y al montañismo, se ve obligado a acompañar a su abuela, la aventurera, escritora y periodista Kate Cold, a una expedición a la selva amazónica organizada por la International Geographic y cuyo objetivo es capturar a la Bestia. Allí conocerá a su nueva amiga y compañera de viaje Nadia Santos y junto con un chamán llamado Walimai intentarán salvar a la gente de la neblina. Se internarán en el corazón del Amazonas y el muchacho descubrirá un mundo sorprendente y fantástico.

Alexander sufrirá una drástica metamorfosis de su personalidad durante el viaje, de ser una especie de “niño bien” al que le dan casi todo en bandeja pasa a convertirse en Jaguar, protector de la gente de la neblina, y es proclamado entre los indios como jefe para negociar con los nahab (o sea, los extranjeros a la tribu).

Sinceramente, tener una abuela como la que tiene este chaval no me agradaría ni un pelo. Bueno, ni a nadie. Eso de tener a un miembro de tu familia aficionado a los viajes por tierras extrañas y que explora medio mundo mientras tú te sigues peleando con la flauta porque no sabes lo que le pasa para que no te dé la nota Do, puede resultar ventajoso si la cosa va de presumir delante de tus amigos de que tienes una “superabuela”; pero, ay, ¿y si a tu pariente se le ocurre incluirte en una de sus aventuras? Sabiendo que éste considera “aventura” el internarse en la selva amazónica para capturar a una bestia gigantesca (lo que quiere decir que tiene una forma de ver el mundo opuesta a la tuya si consideras que para ti una “aventura” es acercarte a una montaña de más o menos altitud media y treparla bien sujeto a una cuerda y con “papi” cubriendo la retaguardia), directamente puedes decir que ya estás muerto.

Hay momentos en los que la fantasía y la realidad se funden de tal modo que es difícil poder distinguir qué cosas pertenecen a cada elemento. Lo curioso es que no te pierdes en ningún momento, aunque no estaría fuera de lo posible el hacerlo. Me recuerda en cierto modo a Los últimos días del Edén, la película protagonizada por Sean Connery bajo la dirección de John McTiernan (que ya me he tragado mil y una veces mientras intentaba evitar ver la “telebasura”) en la que un científico intenta descubrir una medicina milagrosa para curar el cáncer experimentando con los indios; pues aquí la doctora Omayra Torres quiere vacunar a los indios para evitar que se contagien de las enfermedades de los blancos (las malditas vacunas no dejarán de levantar sospechas durante todo el viaje para que al final no sean lo que parecen). También me recuerda a una película de dibujos animados de Disney titulada La ruta hacia El Dorado en la que dos españoles consiguen encontrar la ciudad de oro, solo que ésta es al revés: El Dorado no es de oro ni los dioses son los extranjeros; aquí destruye por completo el mito de la legendaria ciudad y, si todavía hay alguien en el mundo que crea en su existencia, después de leer esta novela se le quitarán todas las ganas de salir a buscarla.

Me ha gustado bastante y me ha parecido una lectura ideal para gente de todas las edades, mayores o pequeños: la aventura y la fantasía están aseguradas.

Blanca Martínez

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