Juego de Tronos (George R. R. Martín)

 
El rey Robert Baratheon visita a Lord Eddar Stark para encargarle la resolución del misterio de la muerte de su Mano. La investigación del suceso origina separaciones familiares, asesinatos y el comienzo de la guerra entre los Siete Reinos.
La estructura de la novela es sencilla: los capítulos se dividen por los nombres de los personajes desde los cuales se “ve” el desarrollo de la acción.

Estos son, en su mayoría, de la familia Stark, desde Lord Eddard que intenta resolver el asesinato de la anterior Mano del rey, hasta Catelyn, obligada por las circunstancias a dejar su hogar e hij@s para apoyar a la Casa Stark.

Además están las hijas: Arya, una niña valiente que aspira a ser guerrera y la superficial Sansa, cuya mayor aspiración es casarse con Joffrey, heredero del rey.

Los hijos: Bran, inválido y valiente, y Jon Nieve, el bastardo decidido a ser parte de la Guardia de la Noche, cuya nobleza se muestra en la importante escena del hallazgo de la camada de lobos, en que se desvincula de la familia para favorecer a sus hermanos.

Aparte de la familia está Daenerys (Dany) Targaryen, la última descendiente del dragón y de su dinastía derrocada por el rey Robert Baratheon.

Y, por último, Tyrion Lannister, enemigo, enano y casi bufón, apodado el Gnomo, dispuesto a lo que sea por sobrevivir recurriendo a su humor e ingenio.

Los capítulos se distinguen, además de por tomar un punto de vista, por lo que eso implica de conocimiento de cada personaje, pues cada cual reflexiona sobre su vida, pasado, presente y futuro, sus sueños y realidades, lo que temen y lo que aman… en ocasiones comienzan con el personaje en una situación concreta que les lleva a recordar tanto la forma en que han llegado a ella como las emociones que esto despierta.

En un género como la fantasía es difícil sorprender o crear argumentos novedosos. En este caso, el autor crea su propio mundo, cuyas principales características son la extremada extensión de las estaciones (se acerca un invierno que promete ser duro), la existencia de un enorme muro defendido por la Guardia de la Noche de un exterior misterioso en que habitan los Otros, un bosque lleno de leyendas pasadas sobre tribus de niños o la desaparición de los dragones.

Quizá como mundo no está plenamente desarrollado en esta primera novela de la saga, en que hay más preguntas que respuestas, más misterios que certezas, aunque si existe la intriga, el interés por conocer más del pasado de Poniente.

Sin embargo, lo que la hace diferente es la creación y desarrollo de los personajes, descritos con profundidad inusual, riqueza expresiva y humanidad poco común.

Si otras novelas consiguen sumergir en el mundo que crean, esta saga consigue convencer de que los personajes que la habitan son personas reales, con las que es fácil identificarse.

Así, no es raro emocionarse con el relato del pequeño Bran saltando y corriendo entre las gárgolas del castillo de Invernalia, pleno de seguridad, de vida y energía hasta que una mano malvada lo empuja y lo hace caer, quedando inválido.

O con la transformación de Dany de niña maltratada por su hermano a mujer independiente, que pierde el miedo, se adapta a las costumbres de la tribu de su esposo y se convierte en reina: “Soy Daenarys de la Tormenta, nacida de dragones, esposa de dragones, madre de dragones….” dice la final de esta primera novela, una vez consumada su transformación.

Es una historia clásica, que retorna a los valores del honor, el valor, el sacrifico, personificados en Lord Eddard y su fidelidad al rey Robert, a cuyo servicio separa a su familia y los aboca a destinos trágicos.

Quizá se echa en falta el protagonismo de un malvado, uno de los Lannister, a quienes, de momento, se conoce a través de los Stark y del hijo desfavorecido.

Es precisamente en los villanos que Martín resulta más convencional. En el (indispensable y necesario) prólogo de Josep Burillo, este dice que “ni siquiera el incesto es un tema tabú para Martín”… aunque es cierto que se presenta como algo negativo, protagonizado por la reina Cersei Lannister y su gemelo Jaime,los malos malísimos de la historia.

Por lo demás, el autor consigue interesar en cada capítulo y personaje, que se lamente abandonar a uno de ellos y que alegre reencontrarse a otro, mantiene con firmeza el tomo de expectativa y emoción y, lo más difícil, consigue que todas las escenas de las ochocientas páginas, tengan una razón de ser, que sean parte importante de la trama, aunque algunas cosas se perciban más tarde.

Los pasajes de luchas, que en otras obras pueden resultar largos y monótonos, son relatados con emoción, sin exceso de páginas y con una preocupación fundada, ya que el autor no vacila en eliminar a los personajes que considere necesario para el avance de la trama, independientemente de su función en la novela.

La parte de humor e ingenio está a cargo de Tyrion Lannister, bufón clásico que, siendo un Lannister, sólo se compromete consigo mismo, figura que podría ser trágica por sus características físicas que provocan el rechazo familiar y que acaba siendo uno de los más interesantes de la novela, resaltando su periplo como prisionero primero de Lady Catelyn Tully, luego de la hermana de ella, Lady Lysa, en la terrible mazmorra de Nido de Águilas y la forma en que consigue liberarse.

Aunque es una saga fantástica, estos elementos apenas son visibles en este primer tomo, en que sobresale la intriga política y la lucha por el poder, en un entorno de tal credibilidad que podría definir la novela como histórica, recordando los hechos acaecidos en Inglaterra durante "La guerra de las Rosas" (York-Stark y Lancaster-Lannister…).

Esta obra trata los temas que mueven al mundo: guerra y paz, amor y odio, ambición, venganza, honor, deber y sacrificio, drama y humor… y todo muy bien escrito, y descrito, pese a lo tópico de algunas situaciones y personajes y la larga extensión, a veces repetitiva.

El libro incluye mapas realizados por James Sinclair y Símbolos Heráldicos por Virginia Norey.

La mayor pega que le encuentro es que la saga no sólo no está totalmente traducida al castellano, sino que ni siquiera está terminada de escribir por Martín.

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El Ojo del Golem (Jonathan Stroud)

El genio Bartimeo es invocado por Nathaniel para que le ayude a averiguar quién, o qué, ha destruido medio barrio de Picadilly, en Londres.
Mientras, la Resistencia, continúa oponiéndose al poder de los hechiceros.
Esta segunda entrega de las aventuras de Bartimeo al servicio del mago humano Nathaniel, ahora John Mandrake, sigue un esquema similar a la primera.

Intercalando los diferentes personajes de un capítulo a otro se consigue mantener la inquietud por lo que sucede a cada uno de ellos al dejarlos en medio de conflictos por resolver, al tiempo que se muestran tres formas diferentes de enfrentarse a la realidad.

Bartimeo, el genio egoísta, escéptico y superviviente obstinado relata los capítulos que le corresponden en primera persona, exceptuando algunos pasajes en que habla de sí mismo en tercera persona, generalmente cuando adopta algunos de sus disfraces.

Nathaniel, que en esta ocasión tiene menos protagonismo que en la novela anterior, es ahora un joven ambicioso, frío, deliberadamente ciego a la realidad que le rodea, (casi) implacable a la hora de conseguir sus fines.

Quien eclipsa a Nathaniel es Kitty Jones, que si en “El Amuleto de Samarcanda” tenía una breve aparición, aquí se erige en protagonista de buena parte de la historia, personificando además las facetas más nobles de las personas, como honradez, valor o capacidad de sacrificarse por un bien mayor.

Así, mientras Bartimeo se muestra en apariencia ajeno a las intrigas humanas, interesado sólo en su propia supervivencia y Nathaniel representa el egoísmo acomodaticio de quien sólo piensa en sí mismo, Kitty, como parte de la Resistencia se convierte en la voz de la conciencia humana, quien cuestiona el orden establecido y lucha contra la injusticia social y las diferencias de clases (tanto plebeyos como genios están esclavizados por los hechiceros) con enorme lucidez.

Así, entre aventuras, se habla de temas como la corrupción del poder o la lucha por la igualdad. Aunque quizá parte del misterio sea previsible (por el título de la novela) hay un par de sorpresas y momentos de tensión, humor y drama.

Si bien es posible que algunos pasajes se hagan largos, como el relato del origen de la rebeldía de Kitty, enfrentada a sus acomodaticios y cobardes progenitores y protectora de su amigo Jakob, víctima de los hechiceros, la mayor parte de la novela se lee con interés.

A destacar el viaje de Bartimeo y Nathaniel a Praga.
En esta ciudad, que se ve diferente según sea a través de los ojos del genio (bella e histórica) o los del hechicero (sucia y primitiva), resaltan los capítulos en el cementerio esperando y tratando a un espía, Arlequín, que les revela detalles sobre el misterioso destructor de Londres.

También es interesante la incursión de la Resistencia a la cripta que guarda el sepulcro de Gladstone, que intentan desvalijar siguiendo el estilo de los saqueadores de tumbas faraónicas egipcias, incluyendo maldiciones, robo de reliquias y algo que sale del sarcófago a dar problemas…

El encuentro entre Bartimeo y Kitty, en que ambos comparten un respeto reticente establece también la motivación de los personajes, explicando cómo la humanidad parece tender históricamente a repetir una y otra vez los mismos patrones de comportamiento y la necesidad de cambiar ésta situación.

Aunque las varias tramas se resuelven, quedan varios cabos sueltos que seguramente se solventarán en el último tomo de la trilogía.

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Los testamentos traicionados (Milan Kundera)

¿Cuál es el papel del autor?¿Debe prevalecer su criterio respecto de su obra o, una vez escrita, compuesta, ésta debe ser “patrimonio público”, no en un sentido económico, sino artístico? ¿Puede consentir el novelista una traducción inapropiada de sus palabras?¿Y el músico una alteración de sus arreglos? Pero, al tiempo, ¿no es eso lo que hacemos de continuo adaptando las obras de Shakespeare o Sófocles a nuestros tiempos?¿No es eso lo que ayuda a mantenerlas vigentes y a que después de tantos siglos podamos seguir admirando su genialidad? ¿No es lícito que Picasso tomara como modelo Las Meninas de Velázquez? A todas estas preguntas (y muchas más) pretende dar respuesta Milan Kundera en Los testamentos traicionados

Es conocido que a la muerte de Kafka, su amigo Max Brod encontró entre sus papeles dos cartas (que ya conocía puesto que el propio Kafka le había anticipado su contenido) en las que se recogían instrucciones precisas sobre qué manuscritos debían destruirse, cómo debía recuperarse para su destrucción toda correspondencia que hubiera intercambiado en vida con amigos, familia o amantes y que cualquier papel escrito por él debía correr la misma suerte con la excepción de ciertas obras ya publicadas que eran nombradas de manera expresa y como lista cerrada.

Max Brod no sólo incumplió los deseos de su amigo sino que se encargó de recopilar todos los manuscritos dispersos y comenzó la tarea de publicarlos. Su celo alcanzó incluso a las obras no literarias de Kafka y así se publicaron sus diarios y su impresionante correspondencia (desde la más banal a la más íntima). Al margen de los concretos motivos de Brod para tal desobediencia -y de la justificación que éste ofreció en diversas publicaciones, comenzando por el prefacio de la primera edición de El proceso-, Kundera plantea una oposición frontal al credo actual según el cuál la voluntad del autor debe quedar supeditada a su obra y el público tiene “derecho” a la obra sin que los deseos de su creador deban interferir. Así, es lícito publicar manuscritos que el propio autor no consideró dignos del conocimiento público, borradores de obras ya publicadas, etc.

Pero la mayor traición de Brod a Kafka es la creación de una imagen falsa del autor, la supresión de textos de sus diarios que no convenían a la imagen de santo-mártir que Brod postulaba para su amigo y, en definitiva, la fundación de la kafkología, nacida al amparo de su interpretación de las obras de Kafka. Esa kafkología que discute sobre sí misma, totalmente al margen de la obra del autor praguense, construyendo un método, una cábala, que la aleja día a día de la realidad. Pero no sólo Brod y los críticos, también los editores suprimiendo reiteraciones (queridas y escritas intencionadamente por Kafka), alterando la peculiar puntuación del autor, o los traductores dando rienda suelta a una interpretación libre de las palabras de Kafka.

Pero no sólo Kafka, otros muchos autores (¿alguno no?) ven cómo sus palabras son tapadas, adulteradas, reinterpretadas. Hemingway, por ejemplo, es un ejemplo de cómo sus cuentos pueden ser diseccionados para llegar a conclusiones preconcebidas. Colinas como elefantes blancos es el ejemplo que emplea Kundera para demostrar cómo la crítica obvia las palabras de los personajes del cuento suplantándolas por las suyas propias de manera que acaben diciendo lo contrario de lo que escribió su creador.

No sólo en la Literatura sufre el creador el acoso de los mediocres que pretenden enmendar y manipular su obra. Stravinsky es otro ejemplo. El célebre autor ruso decidió al final de su vida dejar un registro sonoro de sus obras a modo de versión definitiva de sus obras de modo que nadie pudiera “interpretarlas” suplantando su propia versión. Menos suerte tuvo el compositor checo Janáceck quien tuvo que ver cómo su obra era despreciada en su propio país y cuando finalmente se aceptó la interpretación de una de sus más importantes óperas en Praga, tuvo que ser previa adulteración de sus arreglos y de la estructura de la obra de modo que su sentido más profundo quedó totalmente distorsionado.

Pero este libro no es sólo un cántico egocéntrico y narcisista a favor del autor como creador de un arte intocable, airado con el mundo que se apresta a destrozar y vulgarizar su elevada obra. Kundera despliega una brillante teoría sobre el devenir histórico de la novela, organizada en tres tiempos. Según esta teoría (y de manera muy resumida) la novela nace en el momento en que la épica abandona la poesía. Ese vacío narrativo lo asume una nueva forma de expresión que se caracteriza en estos primeros pasos indecisos por la total falta de estructura: normalmente los primeros textos de este género (Rabelais, el Quijote, la novela picaresca, Diderot, …) no son sino aquello que le ocurre al protagonista en su quehacer. La sucesión de escenas sin más conexión que el propio protagonista o algún otro personaje, crean un rico tapiz en el que el humor absurdo, la exageración y la hipérbole trenzan un estilo rico y ágil que aún nos sorprende. Asimismo, la novela es ese espacio en el que se suspende el juicio moral, de nodo que esta independencia de la moral es lo que permite identificar más claramente, siempre según Kundera, la novela con Europa. La incomprensión de este aspecto de la novela explica la persecución a la obra de Rushdie; la postura general del mundo de la cultura en Occidente, considerando que la novela ha podido faltar al respeto de los creyentes musulmanes, supone una amenaza directa a la propia idea de novela y, por tanto, a la propia esencia de la Europa que hoy conocemos.

Pero la novela se consolida como género literario y asume nuevos elementos, como el drama que abandona igualmente a la poesía, o el afán por reflejar la realidad. Los personajes pasan a tener un pasado, una herencia que les hace actuar de un modo determinado en función de sus circunstancias; ya no se trata de personas de las que todo se ignora (¿alguien conoce algo relevante de la vida de Alonso Quijano previa a su locura?), se destierra el absurdo y se sustituye por la descripción minuciosa; la novela imita a la vida y las novelas pasan a ser una sucesión de escenas bien planeadas, todas ellas con un papel dentro del gran proyecto de la obra.

Pero el género se agota, y llega el tercer tiempo, un tiempo en el que el agotamiento del modelo anterior obliga a tomar aire y mirar al pasado. La transición comienza sutilmente. Unos, como Hemingway, tomarán la minuciosidad para sus diálogos, olvidando el marco temporal y espacial que pasan a un segundo plano. Otros, como Joyce, se centrarán en la cotidianeidad para hacer crecer sobre ellas su obra. Kafka tomará como modelo para su primera novela inconclusa (El desaparecido o América) el Oliver Twist de Dickens pero eludiendo lo que define a la obra del inglés (“sequía del corazón disimulada detrás de un estilo desbordante de sentimientos” según el propio Kafka).

Los nuevos caminos romperán definitivamente el esquema de la novela del siglo XIX. Autores de una tradición distinta a la occidental contribuirán a dar un nuevo tono a la novela (Kundera habla de la tropicalización de la novela para describir cómo autores de América Latina introducen nuevamente aspectos mágicos, irracionales, barrocos, en sus obras o subraya las bondades similares de obras como Los versos satánicos de Rushdie, criticando que el enfoque mediático sobre la misma nos ha privado de los aspectos literarios sobresalientes que atesora).

Kundera también aplica su teoría de los tres tiempos de la novela a la música. Así, el primer tiempo caracterizado por la invención y la destreza, la improvisación y la armonización tiene en Bach y las fugas su más alto exponente. Posteriormente se abandona el bajo continuo o los juegos de instrumentos para centrarse en la melodía. Todo se supedita a la melodía y el fin de ésta no es otro sino el evocar sentimientos en el oyente. ¿Cómo definir la música sino es como sentimiento puro, hecho ondas? Pero el modelo se agota y se debe volver al pasado, a la sencillez y a la invención, al gozo en definitiva de crear. Stravinski retoma a los clásicos renacentistas, Janáceck recorre las calles de Praga con un cuaderno y un lápiz anotando las melodías de sus vecinos en sus conversaciones diarias.

Cientos de ideas sobre música, sobre literatura, sobre el arte en general. Riqueza de ejemplos y anécdotas, pero sin perder de vista una visión más global. Todo ello con la vehemencia propia de Kundera, con bastantes (quizá excesivas) referencias a sus obras y un estilo ameno que ayuda a asimilar sus teorías (no necesariamente a compartirlas) y que enriquece a todo aquel que se acerque a las páginas de este libro. Kundera ofrece una visión coherente de la evolución de la novela, de las razones por las que su fin no se adivina próximo (pese a otras voces en sentido contrario) pero dibuja un horizonte inquietante en la medida en que la importancia nominal del creador se pone en tela de juicio por la vía de los hechos día a día, sin disimulo, en el convencimiento de que su obra no le pertenece.

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DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Alejandra Correa)

""Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra Correa interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra Correa se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra Correa. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina. " PABLO GIANERA

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El escritor y sus fantasmas (Ernesto Sábato)

El escritor y sus fantasmas es un librillo en el que Ernesto Sábato reflexiona sobre el oficio del escritor, por qué escribir, para qué, para quién, cómo… Se trata de un conjunto de reflexiones sobre la novela y su público, sobre el escritor y sus inquietudes, sobre el lenguaje y sus barreras… Las notas que componen este libro, según Sábato,

”Tienen, en suma, algo del diario de un escritor y se parecen más que nada a ese tipo de consideraciones que los escritores han hecho siempre en sus consideraciones y en sus cartas.”

Sábato se dirige estas consideraciones, principalmente, a sí mismo, pues escribir sobre sus dudas es una forma de ir despejando los baches del camino y de averiguar efectivamente, por qué escribe. Eso no quita que nos puedan ayudar a los profanos que no escribimos a entender un poco mejor a los que sí escriben…

Una de las ideas básicas del libro, que se repite constantemente, y que da pie a muchas otras reflexiones que se construirán tomando esta como cimiento, es la concepción que tiene Sábato de la novela como “una forma de examinar la condición humana”. Sábato hace suya la concepción hegeliana del arte como “lo universal concreto” y la transporta al campo de la novela:

”Que por su misma hibridez, a medio camino entre las ideas y las pasiones, estaba destinada a dar la real integración del hombre escindido. […] La síntesis entre el yo y el mundo.”

Por otra parte, también considera que la novela es una nueva vía de conocimiento, capaz de enseñar el hombre aquellas cosas (sensaciones, emociones) que no son aprensibles ni por la ciencia ni por la lógica.

En cuanto a los escritores, Félix en Lecturas Compulsivas. Dice Sábato que la novela:

1. Es una historia (parcialmente) ficticia
2. Es un tipo de creación espiritual en que […] las ideas no aparecen al estado puro, sino mezcladas a los sentimientos y pasiones de los personajes
3. Es un tipo de creación en que[…] no se intenta probar nada: la novela no demuestra, muestra
4. Es una historia (parcialmente) inventada en que aparecen seres humanos
5. Es, en fin, una descripción, una indagación, un examen del drama del hombre, de su condición, de su existencia.”

El libro resulta encantador porque sabe pasar del mero aforismo a un comentario más extenso y al ensayo de varias páginas (el más especial es, para mi gusto, el que le dedica a los dos Borges: el intelectual y el jugador). Así, Sábato adapta la prosa a lo que sus ideas necesitan, puesto que no se ve obligado a seguir un rigor de extensión. Hay ideas iluminadas que se expresan tan sólo en diez palabras. Otras reflexiones se van desenvolviendo poco a poco y acaban por mostrarse tras todo un proceso intelectivo de varias páginas. Pero Sábato siempre utiliza las palabras justas y así evita la sensación de que se está leyendo algo demasiado farragoso, o por el contrario, algo poco explicado.

Todos los temas relacionados con la literatura, y más en concreto con la novela, tienen cabida en este librillo de reflexiones. Me ha gustado mucho el libro por su coherencia dentro de la incoherencia: las ideas se mantienen y traspasan el libro hoja a hoja, pero se presentan salteadas, desordenadas; por un lado, dejan esa sensación de espontaneidad y de haber sido escritas casi en el mismo momento de haber sido pensadas; por otra parte, la continuidad de las ideas es tal, que estos saltos no molestan; más al contrario, le dan al libro un dinamismo especial. El libro acaba siendo como una caja de sorpresas, se sabe qué ideas esperan dentro del libro, pero no se sabe qué idea te saludará a la vuelta de cada página.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200504.htm

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