Dos cadáveres dentro de un bote salvavidas – curiosa ironía -, aparecen frente a la costa de Estocolmo.
Así da comienzo la historia que narra esta novela, en la que se verán envueltos el Comisario Kurt Wallander y el Mayor Karlis Liepa.
A partir de este hallazgo, el Comisario Wallander, de nacionalidad sueca, será el encargado del caso y se verá arrastrado por una serie de acontecimientos que van más allá de sus fronteras. En el desarrollo de sus investigaciones coincidirá con el Mayor Liepa, con el que traba una breve pero profunda amistad. De vuelta a Letonia, país de origen del Mayor Liepa, este es asesinado.
Wallander se desplaza, entonces, a Riga, donde se desarrolla la mayor parte de la trama. Será allí donde se descubra en su propia soledad, donde se cuestione el sentido de la vida, donde reconozca los síntomas de un nuevo enamoramiento y donde sus convicciones y principios comenzarán a tambalearse.
Paralela a la trama policíaca, sin grandes logros literarios, se esconde el planteamiento de cuestiones político-sociales. El autor busca apuntar, que no profundizar, sobre temas tan espinosos como el control del Estado o la conculcación de los derechos civiles en las antiguas repúblicas soviéticas.
Entretenido y de fácil lectura.
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Recuerdo muy bien la impresión que me causó este libro de Wyndham cuando lo leí a los trece años. El héroe se despierta en un hospital, con los ojos vendados, después de una pequeña operación. Sabe que es miércoles, pero, extrañamente, faltan los ruidos propios de un día laborable; no oye el tránsito habitual, sino sólo un extraño arrastrar de pies y un ocasional grito humano. Finalmente, se arranca el vendaje para descubrir que casi todo el mundo, excepto él, se ha vuelto ciego. Es un comienzo brillante, uno de los mejores ganchos de la ficción popular. El estilo carece de pretensiones, es muy inglés, muy de clase media, algo frívolo, un poco indiferente. Pero la historia es tremendamente cautivante. Bill se pasea por las calles de Londres, evitando a la gente, presa de pánico. Pronto se encuentra con una atractiva joven que también conserva la vista. Son los elegidos, realmente. Entonces llegan los trífidos, grandes plantas ambulatorias, posiblemente de origen extraterrestre, que han sido cultivadas por su valioso aceite. En un mundo repentinamente ciego, las plantas se han hecho dueñas de la situación, deambulando por las calles de la ciudad y atacando con sus picaduras fatales. Así, resumido, parece absurdo, pero Wyndham consigue transmitir una sorprendente verosimilitud. Juega con los temores colectivos de posguerra sugiriendo que la ceguera universal ha sido provocada por la puesta en marcha prematura de un dispositivo militar secreto en la órbita de la Tierra. Da a entender que los trífidos son la venganza de la naturaleza sobre una raza humana arrogante. Pero sería un error insistir en el aspecto «moral» de lo que es ante todo un excitante juego de evasión.