FELICES COMO ASESINOS (Gordon Burn)

A lo largo de los últimos años, el Reino Unido ha proporcionado al mundo dos tipos de noticias que han dado cuenta del progreso y avances de la sociedad británica. Por un lado, los escándalos de su monarquía. Incendios, exenciones fiscales, separaciones, adulterios, supuestas intrigas asesinas, en definitiva, días de ginebra y rosas. Y, por otra parte, la aparición de asesinos en serie que baten récords mundiales tanto en número de víctimas como en despistes elementales a la policía y la justicia. Con una Casa Real tan ejemplar, y con un sistema tan eficaz, luego se quejan de las travesurillas de los chiquillos futbolistas del Leicester. Qué quieren, si sólo imitan lo que ven.

Porque lo de los asesinos en serie británicos no es ninguna tontería. No contentos con haber aportado a la historia nombres de profesionales como Jack el Destripador (un auténtico pionero de la moderna historia criminal) la rivalidad y envidia británicas hacia Estados Unidos siempre ha sido notoria. Poco podían resistir en la Gran Bretaña el récord de Ted Bundy, el norteamericano que se cargó a unas cien mujeres en los años 70. Y así tenemos al Doctor Muerte, Harold Shipman, el médico que, a base de pinchazos de morfina, liquidó, según cálculos aproximados, a unos trescientos pacientes. Esto sí que es premier league, y lo demás son tonterías.

Pero antes de que el Doctor Muerte fuese inmortalizado por la prensa, otros simpáticos británicos, en este caso un afable y trabajador matrimonio que residía en Gloucester, marcaron la tendencia de la moda de los 90. Fred y Rose West asesinaron, a lo largo de más de veinte años, a una serie de mujeres a las que luego enterraban en su jardín y en el sótano de su casa. Cuando en 1994 los investigadores se dieron cuenta de que allí había más huesos enterrados que en Atapuerca, la prensa etiquetó el suceso como “la casa de los horrores”, nombre que pasaría a la posteridad.

La historia del descubrimiento es casi tan macabra como la de los sucesos mismos. Como consecuencia de una denuncia por abusos y malos tratos presentadas por una de las hijas de los West, la policía empieza a investigar la desaparición de Heather West, otra de las hijas de la pareja, producida siete años atrás. Más bien movidos por una corazonada, la policía consigue una orden judicial para proceder a excavar en el jardín familiar. Y encuentran el cadáver de Heather, pero con una particularidad: que tenía tres fémures. La búsqueda de nuevos cadáveres concluyó con el hallazgo de ocho esqueletos más, todos incompletos, puesto que les faltaban huesos de los pies y de las manos y las rótulas, unos trofeos que nunca fueron encontrados. Tras la detención del matrimonio, Fred se suicidaría al cabo de los meses en la cárcel.

La personalidad de Fred y Rose West es, como no podía ser de otro modo, enfermiza. A la vez que compleja. Se descubrió que en la casa que poseían había, aparte de huesos, un centenar de cintas de vídeo de porno casero, así como una colección completísima de instantáneas de genitales. Fred y Rose alquilaban habitaciones de su casa a cualquiera, y Fred le suministraba continuamente a Rose hombres negros para que mantuvieran relaciones sexuales con ella: según su marido, Rose necesitaba estar en contacto con hombres dotados, mientras él espiaba, fotografiaba y filmaba los encuentros. En estas prácticas sexuales incluían también a sus hijos, a los que iniciaban en la infancia con tocamientos y violaciones. Fred obligaba a sus hijas a mantener relaciones sexuales con él, e incluso llegaba a afirmar que el primer hijo que tuvieran debería ser fecundado por él mismo. Con el tiempo, obligaban a sus hijos a participar en orgías comunes con los visitantes de la casa.

Por lo demás, Fred era considerado un buen trabajador. Se dedicaba a realizar chapuzas y, dada su paciencia y dedicación, se le tenía como uno de los mejores de la zona. Estaba obsesionado con las herramientas, y su casa estaba siempre en obras: remodelaba constantemente su estructura con la inclusión de nuevas habitaciones, con reformas y con nuevos revestimientos en el sótano, lo que servía, además, para esconder mejor los cadáveres. Algo que, por otra parte, no parecía necesario: a pesar de algunas denuncias por violaciones y de su conducta extravagante (Rose se paseaba por el barrio sin ropa interior y se sentaba en los bares mostrando en todo momento, en plan Marta Chávarri, sus interioridades), los West actuaron libremente durante más de dos décadas. Un recuerdo tan vergonzoso que motivó el enterramiento de cualquier vestigio, tras la demolición de la casa: “Tras un largo periodo de consultas, se adoptó la decisión de convertir el lugar en una zona peatonal o atajo que conectara la calle con St Michael’s Square y el bullicioso centro de Gloucester. Se estudiaron y rechazaron otras alternativas: una placa conmemorativa en el solar, un jardín en recuerdo suyo. Nadie quería conservar semejantes recuerdos, un recordatorio permanente”, según cuenta Gordon Burn en “Felices como asesinos”, la recreación novelada de aquellos crímenes.

Leyendo la obra, el referente siempre presente es el de “A sangre fría”, porque Burn (un escritor y periodista británico nacido en 1948) sigue el camino emprendido por Capote, el de partir de un seguimiento escrupuloso de una serie de hechos para configurar una obra a medio camino entre el reportaje y la novela, lo que en su momento se dio en llamar “novela de no ficción”. No obstante, el tratamiento compositivo, e incluso moral, es distinto al de Capote. Si en “A sangre fría” Capote venía a ofrecer, aunque fuera de manera implícita, una posibilidad de solución al problema (la supresión de la pena de muerte, en una lectura que seguiría Richard Brooks en su adaptación al cine de la obra), Burn no puede ni siquiera imaginar una salida digna: lo único que se puede hacer es disimular y mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido. Mientras la historia de Capote sigue un desarrollo lineal, Burn ha compuesto su material de una manera interrumpida y cortante, como si una historia sobre cuerpos desmembrados y mutilados no se pudiera contar de otra manera. La mente tortuosa de los West, así como la estructura laberíntica de la casa en la que vivían, se plasma en lo que ha sido, desde su publicación, uno de los aspectos más aplaudidos de la novela: su composición.

Por otro lado, si “A sangre fría” nos hablaba de un crimen cometido en una zona rural de Estados Unidos, “Felices como asesinos” centra su terror en el ambiente urbano en que se desarrolla la historia. Sólo en este ambiente, consecuencia de una industrialización acelerada y desmesurada, en un barrio obrero, en un clima despersonalizado, es como se consigue la ocultación de las más brutales aberraciones: “La libertad que confieren los disfraces. La libertad que las ciudades otorgan. En la ciudad lo prohibido –lo más temido y deseado- se hace posible. Y Fred y Rose, nacidos ambos en casas con vistas al campo abierto que se prolongaban hasta el horizonte –lugares luminosos proyectándose ante la luz-, se habían sentido atraídos por separado por las oscuras anfractuosidades de la vida urbana. Complacencia, perversión, anonimato y desorden en lugar de la vida previsible y el apacible cambio de las estaciones”. El terror de lo cotidiano, una fórmula que, tanto en la ficción como en la realidad, ha dado tan buenos resultados.

Porque no sólo se trata de que cualquiera pase desapercibido en una ciudad, sino que el disfraz de lo normal contribuye a esta ocultación: “A juzgar por los estándares de Cromwell Street en los años setenta, que albergaba el inventario completo de la anarquía urbana, se diría que la gente que vivía en el número 25 era una familia modelo. Un padre con un trabajo regular y entregado a la mejora de su hogar; una madre joven y trabajadora que, a pesar de todo, se las apañaba para resultar atractiva y presentable; un bebé y tres niñas pequeñas que eran educadas, tranquilas y se criaban bien. Ella le despedía con un beso a la puerta cuando salía a trabajar por la noche, y siempre tenía el desayuno esperándole en la mesa por la mañana. Y Fred no tardó en poner una placa en el exterior de la casa que era poco menos que un emblema de su estatus y una declaración de su respetabilidad”.

Ingredientes, lo cotidiano y lo normal, que no por recurrentes resultan menos eficaces cuando se emplean bien. Porque, con ser un buen material de partida y con estar el libro documentado hasta la última línea, es la escritura de Gordon Burn la que nos sumerge en una historia alucinante donde nada tiene explicación racional, y donde todo resulta confuso y atropellado, desde los crímenes a las apabullantes y desordenadas preguntas de los interrogatorios a los que finalmente resultan sometidos los culpables. Después de publicada la novela, la realidad sigue (con casos como el del Doctor Muerte) suministrando materiales a la ficción. En una época en que se confunden ambos ámbitos, en que una guerra es televisada como espectáculo, no es de extrañar que la literatura realice una reflexión al respecto. Es, además, recomendable.

Manuel de la Fuente en www.lapaginadefinitiva.com

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»FELICES COMO ASESINOS (Gordon Burn)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «FELICES COMO ASESINOS (Gordon Burn)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

El aguijón (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón)

A menudo solemos pensar que el que se mete a político no vale para otra cosa. En el caso de Herrero de Miñón se puede estar de acuerdo o no con sus posturas políticas, con sus cambiazos, o con sus mudanzas, pero hay que reconocer que sí valía para otra cosa: para escritor, y no de los malos.
Con su relato el aguijón, Rodríguez de Miñón consiguió una hucha de palta allá por el año 1997 en el prestigioso concurso de relatos de la Fundación de Cajas de Ahorros.

El relato, que empieza con una exquisita cita bíblica "¿dónde está, muerte, tu victoria?, ¿donde está, muerte, tu aguijón?" se desvía luego lentamente de lo que parecía una historia casi sentimental, o de trasfondo religioso, a los caminos más escabrosos del género negro.
Porque resulta que al protagonista le picaron de pequeño unas cuantas abejas y estuvo al borde de la muerte. Cuando los médicos consiguieron salvar su vida no pudieron sospechar que a tan temprana edad el veneno había sido vencido al ser integrado en la fisiología del muchacho y, mucho menos, que en la edad adulta su semen sería absolutamente venenoso, de modo que las mujeres que se acostaran con él morirían segundos después de que él eyaculase.
Sobre las terribles implicaciones de tan espantosa circunstancia y de tan feroz aguijón gira este relato, escrito con exquisita medida de vocabulario, tiempos y formas. Es el relato criminal o erótico de un diplomático. Es el crimen de un constitucionalista. Es, el aguijón, en suma, una pequeña obra maestra de tacto y sutileza que os recomiendo leáis, os caiga como os caiga el autor.
Se trata de una de esas raras ocasiones de disfrutar en vez de sufrir la más afilada inteligencia de un político, así que no os lo perdáis.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El aguijón (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El aguijón (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Veinte tochos, ningún tostón

Veinte tochos, ningún tostón

JOSE ÁNGEL GONZÁLEZ
 

Adiós a la añeja excusa de siempre: "No tengo tiempo". Hay por delante horas, días, incluso largas semanas de dulce tedio. Le proponemos que, de una maldita vez, se atreva con algunos de los grandes novelones y deje de lado los libritos leves, en extensión e intensidad, como kleenex higiénicos.

Hay aquí una veintena de propuestas de peso. En todos los sentidos: 16.600 páginas y bastantes kilos, pero también alto calibre literario para cargar el espíritu de aventura, palabras y luz. Veinte tochos, pero ningún tostón.

– Louis-Ferdinand Celine, Viaje al fin de la noche. Rabiosa y lúcida. Debiera leerse por decreto a los 15 años, pero nunca es tarde para bajar a la desesperanza. Furiosamente divertida, antibélica y nihilista. Predice el sin futuro del punk y el nirvana de beber alcohol de garrafa sobre una acera urbana tapizada de vómitos. Edhasa. 640 págs., 22,50 €.

– Fiodor M. Dostoievski, Crimen y castigo. ¿Necesita usted recordar que el verano tiene un irremediable final y el invierno siempre regresa? Asuste a su vecino de bronceado con la desventura de Raskólnikov y, de paso, juzgue su dilema: culpa o expiación. No se merece la catalogación de ser humano quien no la haya sufrido. Debolsillo. 700 págs., 9,95 €.

– François Rabelais, Gargantúa, Pantagruel. Aquellos que sitúan el umbral del escándalo en el vello púbico de Henry Miller, harían bien en repasar la obra de este médico y sacerdote del xvi: desde el mejor material para limpiarse el culo tras la defecación, hasta la ingesta inmoderada de todo alimento y bebida. Satírica desmesura. Cátedra. 700 págs. (2 vols), 19,20 €.

– Robert Musil, El hombre sin atributos. Pesimista pero sarcástica, cubista pero social. Musil arranca todas las caretas del obsceno disfraz cultural del siglo xx, cómplice de la barbarie que culmina en la II Guerra Mundial. Monumental tragicomedia que Musil dejó, tras 12 años de trabajo, bellamente inconclusa. Seix Barral. 1.560 págs. (2 vols), 59 €.

– Sir Thomas Malory, La muerte de Arturo. "Quien crea que Arturo no existió debe ser tratado como un necio", advierte el prólogo. Así debe ser tomada esta epopeya –la primera escrita en lengua inglesa–: con la credulidad que merecen los mitos. Todos los héroes artúricos en su esplendor. Los capítulos finales son hermosísimos. Siruela. 979 págs. (2 vols), 50 €.

– Joseph Conrad, Lord Jim. Otro de los trágicos héroes de Conrad, tantas veces mal clo-nados por el cine y las novelillas de poca monta. "He visto orillas misteriosas, aguas inmóviles, tierras de oscuras naciones (…) Pero todo mi Oriente cabe en aquella visión de mi juventud: un destello de sol sobre una orilla extraña", dice el protagonista hablando por todos nosotros. Pre-Textos. 508 págs, 25 €.

– Stendhal, La cartuja de Parma. Última novela publicada en vida por Stendhal y eterna enemiga de su otra gran obra, Rojo y negro. La opción de La cartuja… garantiza más pasión. La prosa de Stendhal, el gran maestro del realismo a pies juntillas, sigue siendo un asombro. La descripción de la batalla de Waterloo resulta insuperable. Mondadori. 608 págs, 22 €.

– Charles Dickens, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Primera novela del gran Dickens, publicada cuando el autor tenía 24 años, esta sátira sobre la filantropía no concede tregua. ¿Necesita usted reír? Éste es su libro. El viejo verde Tupman y el gafe Winkle están entre los mejores payasos de la literatura. Mondadori. 832 págs, 29 €.

– Charles R. Maturin, Melmoth el errabundo. Balzac, Thacke-ray, Poe y Lovecraft celebraron el deambular de Melmoth, mezcla de Mefistófeles, dandi y vampiro, tras su pacto con el demonio. Sobre esta escenografía, la perversidad y el sufrimiento son la materia con la que trabaja el clérigo irlandés Maturin, quizá el mejor de los escritores góticos de su tiempo. Valdemar. 1.056 págs., 16,40 €.

Herman Melville, Moby Dick. Borges la llamó "la novela infinita" porque "página por página el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos". ¿Qué más añadir? Una advertencia: no es un libro sobre ballenas, sino la eterna historia de la batalla contra el Mal. Leerla es tan necesario como inhalar o alejarse de las entidades bancarias. Alianza. 880 págs., 8 €.

José Lezama Lima, Paradiso. Humedad sexual e imaginería barroca para una pieza avanzada (1966) y catártica. Un resumen de la cubanía y, como ella, un palmeral denso de metáforas. No conviene tratar de entenderlo todo, sino nadar con inocencia en una novela que, sin dejar de serlo, refresca el paladar como si se tratase de pura poesía. Alianza. 608 págs., 30 €.

Anthony Burgess, Poderes terrenales. Divertidísimo ajuste de cuentas del cascarrabias Burgess. Todos salen mal parados: Joyce, Kipling, T. S. Eliot, Kubrick, la Iglesia católica, Satanás y la mafia gay. La novela más panorámica del compulsivo fumador (80 pitillos /día), experto en sexo, borracho y afilado crítico de todas las formas del cinismo. El Aleph. 1.008 págs., 26,90 €.

Roberto Bolaño, 2666. La obra póstuma del llorado Ro-berto Bolaño –acaso el más brillante de los escritores en castellano del último medio siglo– es al tiempo feroz, di-vertida y suma-mente triste. Un tour de force sobre la muerte, la literatura y los asesinados sin nombre (en este caso, las mujeres de Ciudad Juárez). Sublime. Anagrama. 1.128 págs., 20 €.

Don Delillo, Submundo. En ocasiones, a DeLillo le pierde su demasiada presente genialidad. Aquí, sin embargo, la historia contada a través de las pequeñas historias de los sin nombre aparente fluyen con magia: Frank Sinatra, el siniestro Edgar Hoover, Lenny Bruce, Capote, una pelota de béisbol, los neoartistas de la posmodernidad… En fin, usted y yo. Circe. 712 págs., 30 €.

Cormac McCarthy, Suttree. Uno imagina a los personajes de McCarthy invariablemente sin afeitar, con lumbalgia y una gran herida en el alma. En esta novela temprana, muy anterior a la fama que llegó de Hollywood, no hay excepción: Cornelius Suttree es una especie de Ulysses en Knoxville (Tennessee). Húmeda y cana-lla. El lado bar-budo de la vida. Mondadori. 568 págs., 25 €.

Robertson Davies, Trilogía de Deptford. Uno de los espacios en blanco más sangrantes de los catálogos editoriales españoles está, al fin, cubierto. La obra del canadiense Robertson Davies –una calibrada mezcla de novela psicológica jungiana y crónica negra– es de lectura entretenida y prosa inteligente. Libros del Asteroide. 900 págs. (3 vols), 57,86 €.

Thomas Pynchon, V. Los lectores de Pynchon no conocemos su cara –sólo existe una foto–, pero sabemos bien que está como una cabra. Este fue su debut (1963) y la locura era palpable: la búsqueda circular, en tiempo y forma, de V. y todas sus encarnaciones. Emborracha más que toda la cerveza que sea usted capaz de beber. Tusquets. 520 págs, 22 €.

Lawrence Durrell, Cuarteto de Alejandría. Cuatro tomos, cuatro puntos de vista y un mismo escenario: Alejandría, viciosa y tórrida. Una saga sen-sual que huele a sábanas e invoca el placer de todos los sentidos. Una recomendación del autor: "Ríete hasta que duela y sufre hasta la risa". Trágica, pero rebosante de vida. Edhasa (4 vols). 1.176 págs., 39,80 €.

Wilkie Collins, La dama de blanco. Genio de muchos recursos y maestro de la trama Wilkie Collins, autor de la inolvidable La piedra lunar, también merecedora de estar en esta lista, apasiona con anzuelos de altura. Esta novela victoriana y gótica es tóxica. De propina, uno de los más atractivos villanos: el Conde Fosco. Punto de Lectura. 896 págs., 12,80 €.

John Cheever, La familia Wapshot. El Shakespeare de los suburbios abandona aquí su registro habitual y presenta una saga trazada con tiralíneas (y trufada de algo parecido al realismo mágico en el espacio mítico de Saint Botolphs) sobre una familia de clase alta, sus promesas incumplidas y tenebrosos secretos. Engancha desde la primera línea. Emecé. 624 págs., 24 €.

http://www.20minutos.es/noticia/401155/

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Veinte tochos, ningún tostón»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Veinte tochos, ningún tostón»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)

¿Quién mató a mi madre? o cuando una novela eleva por encima de la realidad Por Andreu Martín (Publicado en Revista Cambio 16) Enfrentado a un crimen, a la llegada de dos misteriosos investigadores y a un interrogatorio que prácticamente monopoliza el desarrollo de la obra, Andreu Martín, autor de novelas negras como Prótesis o Juez y parte o Piel de policía, obsesionado por el realismo y la verosimilitud, topó con un texto que se resistía a encajar en los moldes previstos. Hasta que la magia del texto se impuso y el lector fue sustituido por otro Andreu Martín, el autor de Por amor al arte, Por el amor de Dios o Vampiro a mi pesar, el habitante de Cadaqués, tocado de tramontana y apasionado del surrealismo, el que distorsiona personajes y crea situaciones incoherentes para mejor contar la coherencia del mundo y, con ese nuevo pincel daliniano repinté la obra y, por fin, la comprendí y me zambullí en ella para descubrir nuevos placeres, mucho más próximo (supongo) a las intenciones del autor. La novela me elevó, así, por encima de la realidad, para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas. En la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges, el placer deriva precisamente de verse perdido y de cerrarse salidas, de manera que incluso la solución final es un triple o cuádruple portazo para terminar con la promesa “de que regresaría puntualmente en dos semanas” y de ello no se desprende una sensación desasosegante sino, desde mi punto de vista, una alegre predisposición de volver a empezar el juego con ánimos renovados. Cuando entramos en casa de los Rivera, ésta queda descrita como un decorado, una realidad manifiestamente distinta de un exterior que estamos dispuestos a ignorar. Nos instalamos en un decorado que queda fijado como una caja de luz flotando en medio de la nada, ajena a la realidad exterior. A partir de ahora, los personajes actuarán a su manera, levitarán, se moverán en apartes imposibles, hablarán entre signos de exclamación, el marido se disfrazará de la mujer, se nos hablará con naturalidad de agencias donde encontrar clones de sí mismos, el revólver del asesinato se alquila, serán hallados papelitos doblados invisibles para todos menos para uno aunque se encuentren en los lugares más visibles, convenciones todas ellas que me llevan al mundo onírico como los de Dalí, Chirico o Magritte. Microcosmos platónicos donde los interrogadores son como ángeles, ni policías ni periodistas, detectives contratados por la muerta y sus interrogatorios devienen diálogos en espiral sobre la locura y la vida. Lo que en una novela realista y convencional sería psicosis en este relato de género inclasificable se convierte en metáfora que nos lleva a la reflexión, a la paradoja, a la síntesis, a veces a la risa más desternillante, siempre a la sorpresa. Insisto en que, durante la lectura, he estado envuelto de esa sensación tan intrigante y desconcertante que provocan en el espectador los relojes blandos o el Ángelus de Millet repintado por el genio ampurdanés, las estatuas con cara de perro y las columnas truncadas en eriales calcinados de Chirico, el hombre del sombrero hongo de Magritte, el Rinoceronte o la Cantante calva de Ionesco. El sillón que ocupa el lector poco a poco será diván de psicoanalista donde cada una de las situaciones, réplicas, palabras del texto resultarán ser reinterpretaciones deformadas de la realidad que evocarán inevitablemente vivencias cargadas de significado y de sentimientos. La novela se lee con gran facilidad, incluso diría que pasión (una vez has sintonizado exactamente con las claves necesarias), aun cuando no recurre al truco habitual en la novela policíaca que yo conozco de plantear un enigma para capturar y retener la atención del lector. La pregunta ¿Quién mató a mi madre? sólo está en el título. En cuanto se inicia el interrogatorio, el lector percibe de inmediato que no se va a seguir un método policial de persecución de la verdad sino que se va a encontrar con un largo diálogo platónico que lo llevará más allá de lo policial para sumergirlo en la filosofía. He dicho al principio que me instalé en casa de los Rivera como si fuera un escenario de teatro. Efectivamente, el autor nos sitúa con una descripción parecida a la que se utiliza para iniciar las obras dramáticas: el balcón enfrente; entre la mesa y el balcón, hacia la izquierda, está Manuel… Detrás de la puerta, la única pared azul de la vivienda… Más adelante, cuando nos hable de las sorprendentes cenas poéticas de la familia Rivera, se nos explicará cuál es exactamente la posición que ocupa cada uno de los miembros. Los ruidos que vienen del exterior me parecen efectos producidos por anticuados tramoyistas, Dios mío, los golpes que propina Dina a su ordenador cuando trabaja: ¡se va a cargar el disco duro! No sé por qué (pero es virtud de esta novela inducir a pensamientos que se dirían ajenos a ella sin serlo), la situación de la novela me lleva a un decorado delirante que existe en el Museo Dalí de Figueres: aquella habitación que es un retrato de Mae West. Hay una chimenea, dos cuadros, un sillón, entre los cuales se puede caminar… Y, cuando se mira a través de un cristal distorsionador, se descubre que el sillón rojo son los labios, que la chimenea es la nariz, que los dos cuadros son ojos… Éste es el sabor que retengo en el cerebro después de la lectura de la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges. La constatación de que el concepto surrealismo no viene de sub-realismo, como el mal uso de la etimología nos podría llevar a pensar sino de la palabra francesa sur-realismo que quiere decir super-realismo, es decir, mirada desde arriba, desde lo alto, mirada de aquel que sobrevuela (de ahí que haya comparado los investigadores con ángeles) y que, desde el cielo, puede verlo todo con una distorsión que lo acerca mucho más a la verdad, puede verlo todo tan bien que incluso descubre que en el Ángelus de Millet había enterrado un cadáver.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Veneno de Cristal (Donna Leon)

La hija de un empresario del vidrio de Murano pide a Brunetti que investigue las amenazas del hombre hacia su yerno, al que acusa de haberse casado con ella por su dinero. Al poco tiempo de comenzar las investigaciones, encuentran un cadáver en la fábrica.

Quien espere una novela policíaca clásica en la que se encuentra a un personaje asesinado y la consecuente investigación, quizá se sorprenda al comprobar que en esta aventura de Brunetti el cadáver no aparece hasta la mitad.

Las primeras ciento cincuenta páginas se ocupan de las relaciones sociales de Brunetti y su esposa Paola, de la ambición del jefe del policía Patta por conseguir un nuevo puesto en Estados Unidos aderezada por la quiniela que lleva la signorina Electra con las diversas apuestas sobre la fecha en que le rechazarán o los paseos de Brunetti por Venecia comiendo y entrevistando a diversos personajes.

Da la impresión, por la cantidad de páginas que se le dedica, que la autora está menos interesada por la trama detectivesca que por exponer sus opiniones sobre temas ecológicos centradas en la contaminación producida por la fábrica de cristal y la investigación de uno de los empleados, Tassini,el vigilante nocturno, en torno a ello por motivos personales.

En esta ocasión Brunetti apenas investiga, en realidad casi ni sabe si el cadáver ha muerto asesinado o en accidente hasta que al final, casi al azar, decide que ha sido un crimen e identifica al culpable un poco porque sí.

Un poco diferente a otras aventuras de Brunetti, la novela entretiene sin ser una de las mejores de la autora.

http://reginairae.blogcindario.com/2007/04/00372-veneno-de-cristal-de-donna-leon.html

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Veneno de Cristal (Donna Leon)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Veneno de Cristal (Donna Leon)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI