Reglas de la novela policiaca (S. S. Van Dine)

En septiembre de 1928, S. S. Van Dine, el creador del detective Philo Vance, publicó en la "American Magazine" estas 20 reglas que creía ineludibles y estimulantes a la hora de escribir un relato policial. Aunque me parece que este ventiálogo está más caducado que un yogur de Pompeya, no deja de tener su encanto. Ahí va eso:

"El relato policiaco es una especie de juego intelectual Es más, llega a ser un acontecimiento deportivo. Y para escribir historias policíacas hay unas leyes muy definidas, quizá no escritas, pero obligatorias; y cualquier maquinador de misterios literarios que se precie trabaja sobre esta base. Lo que aquí sigue es una especie de credo, basado en parte en la práctica de todos los grandes escritores de historias policíacas, y en parte en los impulsos de la honrada conciencia del autor. A saber:

1. El lector ha de tener iguales oportunidades que el detective para resolver el misterio. Todas las pistas deben ser completamente mostradas y descritas.

2. No se debe hacer caer al lector en ninguna trampa o despiste que no sean los legítimamente puestos por el criminal al propio detective.

3. No debe haber intriga amorosa. El asunto es llevar al criminal a manos de la justicia, no llevar a una enamorada pareja al altar del himeneo.

4. Ni el detective, ni ninguno de los investigadores oficiales, podrá nunca revelarse como culpable. Es una truculencia de mal gusto, como ofrecerle a alguien un penique brillante a cambio de una moneda de oro de cinco dólares. Es una pretenciosidad falsa.

5. El culpable debe ser determinado por deducción lógica, no por accidente, coincidencia, o confesión sin motivos. Resolver un problema criminal de esta manera es como llevar al lector de caza y, después de una fatigosa marcha, decirle que tenías la pieza que buscaba todo el rato en tu manga. Un autor así no es mejor que un prestidigitador aficionado.

6. La novela policíaca debe tener un detective, y un detective no es un detective hasta que detecta algo. Su función es reunir pistas que deben conducir hasta la persona que hizo el trabajo sucio en el primer capítulo; y si el detective no llega a su conclusión a través de un análisis de estas pistas, no habrá resuelto su problema mejor que el escolar que saca su respuesta sin demostrar el desarrollo aritmético.

7. En una novela policíaca tiene que haber un cadáver, y cuanto más muerto esté el cadáver, mejor. Ningún delito menor que el asesinato será suficiente. Trescientas páginas son demasiadas para cualquier otro delito que no sea un asesinato. Después de todo, el tiempo del lector y el gasto de energía deben ser recompensados.

8. El problema del crimen debe ser resuelto con medios estrictamente racionales. Métodos para conocer la verdad como cábalas, lectura del pensamiento, sesiones espiritistas, bolas de cristal y cosas por el estilo, están prohibidos. El lector tiene una oportunidad cuando confronta su ingenio con el de un detective racionalista, pero si debe competir con el mundo de los espíritus y hacer persecuciones por la cuarta dimensión o las metafísicas, está derrotado ab initio.

9. No debe haber más que un detective, esto es, un protagonista de la deducción, un deus ex machina. Juntar las mentes de tres o cuatro, o a veces una banda de detectives, para resolver un problema» no es sólo dispersar el interés y romper el rastro directo de la lógica, sino adquirir una ventaja nada limpia sobre el lector. Si hay más de un detective, el lector no sabe quién es su conductor. Es como hacer al lector correr una carrera contra un
equipo de relevos.

10. El culpable debe ser una persona que ha formado parte más o menos importante de la historia, esto es, una persona con la que el lector está familiarizado y en la que encuentra un interés.

11. Un sirviente no debe ser escogido por el autor como culpable. Es una solución demasiado fácil. El culpable debe ser decididamente una persona de importancia, alguien que normalmente no caería bajo sospecha.

12. Debe haber un solo culpable, sin importar el número de crímenes que se cometan. El culpable puede, por supuesto, tener un cómplice o ayudante secundario, pero el peso importante debe reposar sobre un solo par de hombros: la indignación del lector debe ser concentrada sobre una única naturaleza negra.

13. Las sociedades secretas, mafias, et al, no tienen sitio en una historia policíaca. Un asesinato fascinante y realmente hermoso es arruinado irremediablemente por cualquier culpabilidad compartida. En una novela policíaca, al asesino se le debe tratar con deportividad; pero es ir demasiado lejos proporcionarle una sociedad secreta en la que se pueda refugiar. Ningún criminal con clase que se respete aceptaría tales ventajas.

14. El método del asesinato, y los medios para detectarlo, deben ser racionales y científicos. Esto es, la seudociencia y los instrumentos puramente imaginativos y especulativos no han de ser tolerados en el román policier. En el momento en que un autor incurre en los terrenos de la fantasía a la manera de Julio Verne, se aparta de los caminos de la acción policíaca, adentrándose en los vastos dominios de la aventura.

15. La verdad debe estar continuamente a la vista, para que la astucia del lector pueda llegar a detectarla. Con esto quiero decir que si el lector, después de conocer la explicación del crimen, vuelve a leer el libro, verá que la solución estaba, en cierto sentido, delante de sus ojos, que todas las pistas señalaban realmente al culpable, y que, si hubiera sido tan listo como el detective, podría haber resuelto el misterio por sí solo sin tener que llegar al último capítulo. No hace falta decir que el lector inteligente resuelve a menudo el problema.

16. Una novela policíaca no debe contener largos pasajes descriptivos, ni profusión de adornos literarios, ni trabajados análisis de caracteres, ni preocupaciones «atmosféricas». Estas cosas no tienen lugar en un relato de crimen y deducción. Entorpecen la acción e introducen aspectos irrelevantes
para el propósito principal, que es presentar un problema, analizarlo y ¡levarlo con éxito a una conclusión. Para estar seguros, debe haber las descripciones y dibujo de personajes justos para darle a la novela una verosimilitud.

17. Un delincuente profesional nunca debe cargar con la culpa en una novela policíaca. Los crímenes cometidos por ladrones y bandidos son asunto de los departamentos de policía, no de los autores y brillantes detectives aficionados. Un crimen realmente fascinante es el cometido por un sacerdote o un caballero famoso por sus actos de caridad.

18. En una novela policíaca, el crimen no debe resultar nunca un accidente o un suicidio. Finalizar la odisea de una investigación con tal anticlímax es burlarse de la confianza del lector.

19. Los móviles de todos los crímenes en las novelas policíacas deben ser personales. Los complots internacionales y las políticas de guerra pertenecen a una categoría diferente de ficción -a las historias de espionaje, por ejemplo-. Pero una historia criminal debe mantenerse en la esfera de lo cotidiano, debe reflejar las experiencias habituales del lector, y darle una cierta salida a sus propios deseos y emociones reprimidos.

20. Y (para darle a mi credo unas puntualizaciones finales) incluyo una lista de algunos trucos en los que ningún escritor de historias policíacas que se precie se permitirá caer. Han sido empleados y resultan familiares a todos los verdaderos amantes de la literatura criminal. Usarlos es una confesión de ineptitud y falta de originalidad por parte del autor: a) Determinar la identidad del culpable comparando la colilla dejada en el lugar del crimen con la marca fumada por un sospechoso. b) La falsa sesión espiritista para asustar al culpable y forzar su confesión, c) Falsas huellas dactilares, d) La coartada de la figura simulada, e) El perro que no
ladra y con ello revela el hecho de que el asesino es familiar, f) La
acusación final contra un gemelo o un pariente que se parece exactamente a la persona sospechosa, pero inocente, g) La jeringa hipodérmica con droga somnífera, h) El crimen en una habitación cerrada por dentro, i) El test de asociación de palabras para descubrir al culpable, j) La carta en clave que es desentrañada por el detective.

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Cryptonomicon (Neal Stephenson )

Criptonomicon

Monumental y divertidísimo paseo por los orígenes de los ordenadores durante la Segunda Guerra Mundial y la preocupación moderna por la criptografía. Un certero y ajustado retrato de matemáticos, informáticos, militares y empresarios de alta tecnología. El autor de In the beginning… was the command line convierte la ética Hacker en novela.

Muy comentado en los corrillos de la Ciencia Ficción, Cryptonomicon es como dijo John Updike de la novela Todo un hombre de Tom Wolfe, “un libro que desafía a no leerlo”. No pierdo el tiempo en decir que al respecto recomiendo el enfoque de Oscar Wilde según el cual, la mejor forma de combatir una tentación es sucumbir ante ella. Llegados a este punto este servidor lamenta haber sido generoso con los adjetivos a lo largo de su ‘carrera’ como reseñador. Aunque tampoco hay que rasgarse las vestiduras. Por un lado, cuando uno reseñaba en el pasado no podía imaginarse que Stephenson llegara a escribir algo como esto, y por otro lado, Cryptonomicon escapa a la adjetivación más común. Así pues, agotados o inadecuados los adjetivos, me limitaré a endosarle sólo uno: este libro es sencillamente inconmensurable, y no lo digo sólo por su dilatadísima extensión. Desde luego, entre los diferentes aspectos que cabe mencionar de este libro se encuentra el de su extensión: no puede acusarse a su autor de ir al grano. Más de novecientas páginas en versión original (un buen pellizco más en castellano de forma que se ha publicado por entregas) hacen de cualquier libro un libro objetivamente largo, aunque en descargo del presente éste rara vez lo parece. Volviendo a la ciencia ficción difícilmente podríamos encuadrar Cryptonomicon en este género. Arriesgando un segundo calificativo lo describiría como ‘mainstream asimilado’. Asimilado con gusto por la comunidad de la ciencia ficción, sin duda, en recompensa por los servicios prestados por la corta pero intensa obra de Stephenson (Zodiac, La era del diamante y, especialmente, Snow Crash). El apelativo de ‘mainstream’, sin embargo, quizá no haga justicia a esta novela, ya que su autor, en evidente estado de gracia, lejos de participar de ninguna corriente va camino de constituir una especie aparte con un único ejemplar. No en vano, su forma de novelar deja a los escritores habituales de best-sellers a la altura de esforzados escribanos, y tras leer este libro la posibilidad de que uno se eche a la cara una trama más rica y más compleja es menor que la de encontrar agua en el desierto con la ayuda de dos palitos.

Por supuesto, huelga decir que es difícil hacer un resumen completo de esa trama sin recurrir a la escritura de un libro mediano, así que simplemente diré que en esta novela se reúnen (como poco) dos libros en uno, la trama de uno ellos anterior a la del otro, aunque relacionados por el parentesco de determinados personajes. Las dos historias se van a desarrollar bastante independientemente, salvo por pequeños puntos de encuentro dosificados como las pistas de un crimen. En la primera asistimos a los esfuerzos de personajes reales e imaginarios del bando aliado para romper los códigos secretos del Eje durante la Segunda Guerra Mundial, lo que trae como consecuencia el levantar la liebre de un suculento e inusitado botín en las Filipinas. Caza del tesoro que va a ser la finalidad última, aunque no la primera, de una segunda trama más actual, plagada de unos personajes con los que hoy en día nos toparíamos más frecuentemente si no se hubiera desinflado la burbuja.com. Auténtica Nueva Economía. El libro es tan largo y su autor tan bueno que hay espacio suficiente para que Stephenson salpique la novela con abundantes digresiones de la trama. Algunas de ellas dan lugar a escenas antológicas como el ataque de Pearl Harbor, o el reparto de la herencia familiar. Otras, a auténticas travesuras literarias, como los párrafos dedicados a describir como deben comerse los cereales con leche, o la escenificación científica de la relación entre lo salido que se encuentra un personaje dado y su rendimiento intelectual rompiendo códigos. Hay, por último, un tercer tipo de digresiones que en este libro alcanza la categoría de obra maestra, y que configuran la aviesa o traviesa, pero muy eficaz, forma de hacer divulgación científica de Stephenson, con un sabroso uso del lenguaje y los conocimientos de este amplio campo. De este tipo de digresiones también pueden extraerse innumerables ejemplos, como el uso de la cadena y de los piñones de la bicicleta de… Alan Turing (pionero de las ‘matemáticas’ de los ordenadores) para ejemplificar un determinado tipo de código secreto, o la bienhallada y tácita equiparación del funcionamiento de un órgano y el de una memoria electrónica. Pero lo mejor de todo es que ese espíritu impregna buena parte del libro, y así miga a miga, Stephenson va repartiendo por su trama esos lugares comunes del saber científico y tecnológico, y a la vez marcando el camino que va de la inteligencia del autor a la del lector informado. Definitivamente, si uno está en este tipo de onda, le va a parecer que este libro está escrito para él y le hará alcanzar el nirvana (o ‘nerdvana’ en el original). Ese inusitado sustento neuronal no es lo único de lo que uno disfruta a lo largo de la lectura de este libro. El sentido del humor, en su variante inteligente y hasta mordaz, es otro aspecto del que está generosamente dotado. Esta forma de humor emparenta directamente con su último libro publicado entre nosotros, Snow Crash. Menos pirotécnico, pero igual de vívido y adrenalítico, Cryptonomicon también tiene otras cosas en común con la anterior obra. Por ejemplo, en ambos libros Stephenson reflexiona sobre determinados mitos antiguos y los pone en relación con determinados aspectos de la sociedad moderna, lo que a este hábil autor le confiere además la categoría de ente pensante. En Snow Crash los mitos eran sumerios y se les sacaba punta desde el punto de vista de nuestra sociedad de la información y comunicación. En Cryptonomicon los mitos son griegos, en concreto la dualidad/rivalidad entre Ares y Atenea (particular diosa pro-tecnológica en la interpretación de Stephenson), y se ve traducida en nuestros días como las particulares tareas que determinada gente ha de hacer para que las guerras las ganen los ‘buenos’, santa y tecnológicamente hablando. En definitiva, si es que puede ponerse punto y final en la descripción de un libro de esta naturaleza, Cryptonomicon de Stephenson es como una de esas grandes y raras gotas de ámbar con infinidad de bichos dentro: diferentes historias vitales puestas en relación por un envoltorio mágico, brillante, pegajoso y atenazador. Naturaleza, en aquel caso, o narrativa, en éste, hecha piedra preciosa. (Reseña aparecida en: http://www.archivodenessus.com)

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EL CRIMEN DE NOCHEBUENA (Raúl Tristán)

Título: El crimen de Nochebuena
Autor: Raúl Tristán
–>Precio: 16 €
Precio suscriptor: 14.4 €
Colección: Serie Negra

PORTADA

El cadáver de un hombre con la garganta seccionada hasta casi segarle el cuello, los párpados levantados, con la vítrea mirada de sus ojos atravesando el alma de quien le observa, y la sanguinolenta lengua sobre la palma extendida de su mano derecha, es hallado por Martín, el guarda jurado que vela el sueño nocturno del monumental belén que el Ayuntamiento ha instalado en la plaza pública más importante de la ciudad.

La víctima es Juan G. Sande, un empresario gallego afincado en Zaragoza y sospechoso, tiempo atrás, de tráfico de estupefacientes, así como de haber ordenado el asesinato de su mujer.

Las pruebas halladas en el escenario del crimen llevarán a deducir a los inspectores de Homicidios del CNP Jiménez y Ribera, y a su amigo el subinspector De Andrés, de la Policía Local, que el macabro asesinato es obra de un cártel colombiano de la droga.

Esa misma noche, un tren trae a Bruno de regreso a la tierra que lo vio partir huyendo de sí mismo y de sus fantasmas. Ahora, con su licencia de detective bajo el brazo aun por estrenar, espera que la nueva vida que va a emprender le haga olvidar la anterior. Es su segunda oportunidad, y no está dispuesto a desaprovecharla.

Pronto comprenderá que el destino que le aguarda no es el que él ha planificado tan cuidadosamente, y que el pasado es capaz de surgir tras cualquier esquina para recordarnos que siempre ha estado ahí, esperando su momento, por más que pretendamos enterrarlo.

Bruno se verá envuelto, casi contra su voluntad, en la investigación del que todo el mundo conoce ya como “el caso Sande”, un crimen cuya resolución parece complicarse cada día más. Por suerte, Bruno contará con la inestimable ayuda de “El Club de las Nueve”, un grupo de amigos que tiene por costumbre reunirse a esa hora de la noche todos los viernes, en un célebre café de la ciudad para discutir los casos policiales de actualidad y del que forman parte un policía retirado, un librero de viejo, un exmilitar americano, un antiguo anarquista que guerreó con los maquis y el mismo dueño del café.

Una trama rápida para un relato ameno y sencillo pero con sorprendentes y continuos giros en los acontecimientos que nos llevará a que, una vez comenzada su lectura, no la abandonemos hasta llegar al desenlace

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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CUARENTA MANERAS DE DECIR DOLOR (Gilles Blunt)

En una tranquila ciudad de provincia desaparecen cuatro adolescentes. La investigación policial no arroja resultado alguno y sólo el detective John Cardinal, un solitario muy humano, se resiste a abandonar el caso. Pero su perseverancia provoca que lo retiren de la brigada de homicidios. Cardinal, atormentado por un crimen que cometió en el pasado y que nadie conoce, y acosado por una investigación interna sobre corrupción en su departamento, está a punto de quedarse sin carrera, y hasta sin familia. En estas circunstancias, aparece el cuerpo mutilado de Katie Pine, otra adolescente, en el pozo de una mina. Mientras los medio de comunicación y la policía provincial le cuestionan cada uno de sus pasos, Cardinal teje con hebras cada vez más tenues indicios que acabarán por guiarlo hasta el inconcebible final.

http://miarroba.com/foros/ver.php?foroid=591996&temaid=5496845

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EL CRIMEN DE LOS MONEGROS (David López)

Un pueblo de los Monegros. Un pueblo nuevo, reciente, construido apenas diez años atrás junto a un canal de regadío. Alrededor tan solo el desierto. Llueve. No para de llover. Ya todo está anegado, están aislados en medio de esa nada, ajenos al exterior. Un grupo de Guardia Civiles descubre, finalmente, el cuerpo de la Doña al fondo de un barranco. Está muerta.
El cabo se enfrenta a su bautizo como jefe del puesto con esta muerte. El sargento no está en el pueblo y con las lluvias no puede acceder a él. Los del pueblo no parecen sorprenderse ante la noticia. Solo se lamentan de que tanta desgracia venga junta: ahora la Doña cuando hace unos días que Isabelita agoniza en un hospital. Pero no se sorprenden. Nada puede sorprenderles, ni siquiera la muerte de Franco, que agoniza en el Pardo sin que a ellos parezca importarles lo más mínimo.
Llevan el cadáver a la consulta del Dr. Este es un personaje lleno de cinismo, desagradable en su humor, hiriente, pero de una inteligencia inusual. Alguien que no se calla la verdad, aunque esta ofenda. Todos en el pueblo parecen estar de acuerdo: el Dr. no tragaba a la doña, él podría ser el asesino.
El cabo joven, inexperto y no vinculado a las asistencia, viejas formas de actuación de la benemérita, se verá involucrado de esta manera en un caso en el que todos tratan de que actúe como ha venido siendo normal durante los cuarenta años del franquismo: acusando a cualquiera y tirando rápidamente tierra sobre un asunto que se intuye escabroso. Pero él, llevado por un pensamiento que deja entrever ya una nueva época, no aceptará los mandatos del delegado Oneto, el cacique local, y decidirá llevar la investigación hasta el final.
La investigación será un tormento para el pobre cabo, que además sufre una fuerte gripe. Sin dejar de llover, con algunos de sus hombres que irán poco a poco cuestionando sus ordenes y su capacidad, él será el único en el pueblo que no podrá entender un asesinato que todos parecen comprender, y callar. Desde el momento de la autopsia el médico -que le va dando pistas indirectamente a través de las historias de su propio pasado- se perfilará como su único y verdadero amigo en el pueblo. Pero esto solo hace la situación más extraña, pues también es su principal sospechoso.

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