La tarde del dinosaurio (Cristina Peri Rossi)

Lo hemos detectado: en la actualidad, hay cierta decepción por la calidad literaria; los cientos de novedades semanales, además de aturdir al lector, en muchos casos le decepcionan. Y un lector decepcionado puede convertirse en un lector perdido. SEGUNDO ASALTO es una apuesta de Tropo Editores por recuperar aquellos títulos que pudieron morir sin conocernos, aquellos autores que serán clásicos mañana. Como botón de muestra, en noviembre de 2007 lanzamos el libro "Museo de la soledad" de Carlos Castán. Ahora, en abril de 2008, le toca el turno a “La tarde del dinosaurio”, de Cristina Peri Rossi.

 

Publicada inicialmente en 1976, "La tarde del dinosaurio", con uno de los escasos prólogos escritos por Julio Cortázar (salvo la Antología del Premio Cervantes 2007, Juan Gelman, publicada en Visor, el disco de tangos de Susana Rinaldi y un libro fotográfico sobre Buenos Aires), que la saluda como una de las voces más fascinantes de la narrativa breve. Citando a Julio Cortázar en su texto de presentación Invitación a entrar a una casa: “Se diría que escritores como Cristina Peri Rossi repiten sin saberlo el oscuro arquetipo del palacio de Barba Azul: habitaciones, corredores de espejos, puertas condenadas o prohibidas, siempre puertas para aquellos que prefieren el horror y la muerte a la renuncia de no abrirlas. Un cuento termina y otros empiezan en la habitación siguiente”. Dice, a continuación, citando a un cineasta aragonés: “Como en Cría cuervos, la película de Carlos Saura, la sola mirada de la infancia triza para siempre una sociedad obstinada en seguir negando lo que es”. Ocho historias de hermanas y playas, de fotografías y desamor, que sufrieron la censura española en 1976 (Editorial Planeta) y que fueron recuperadas en 1984 (Plaza y Janés).

 

“Pensó que si hubiera llevado su pequeña máquina fotográfica (regalo de su padre número dos el día de su último cumpleaños; su padre número uno le regalaba cosas más originales y menos ambiciosas: una caja de fósforos de Teruel, un sello de la guerra de España, o simplemente nada) hubiera podido tomar una magnífica fotografía, una fotografía de gran efecto” (“La tarde del dinosaurio”).

 

Cristina Peri Rossi es, indiscutiblemente, una de las grandes  escritoras hispanoamericanas, y aunque ha destacado en casi todos los géneros, quizá sea el cuento donde ha demostrado mayor originalidad, destreza y versatilidad. Nació en Uruguay, en 1941. En 1974, tras haber publicado dos libros de narrativa, se vio obligada a abandonar su país debido al golpe militar. Desde entonces reside en España, donde ha publicado varios libros que han gozado de una exitosa acogida por parte de la crítica y el público tanto en España y Latinoamérica como en los distintos países donde han sido traducidos. Compagina su trabajo de escritora con seminarios en universidades tanto en España como en el extranjero, y colabora con artículos en periódicos y revistas. En 1994 recibió la beca Guggenheim para la literatura de ficción. Su obra literaria se desarrolla en el campo de la poesía: Evohé (1971), Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel Bárbara (1992), Otra vez Eros (1994) Aquella noche (1995) e Inmovilidad de los barcos (1997) y como narradora: Viviendo (1963), Los museos abandonados (1968), El libro de mis primos (1969), Indicios pánicos (1970), La tarde del dinosaurio (1976), La rebelión de los niños (1980; Seix Barral, 1988), El museo de los esfuerzos inútiles (1983), La nave de los locos (1984), Una pasión prohibida (1986), Solitario de amor (1988), Cosmoagonías (1989), Fantasías eróticas (1991), La última noche de Dostoievski (1993), Desastres íntimos (1997), El amor es una droga dura (1999), los ensayos Cortázar (2001) y Cuando fumar era un placer (Lumen, 2003), que será editado próximamente en alemania, Estado de Exilio, en Visor (2003), una recopilación de relatos titulada Por fin solos (Lumen, 2004), Estrategias del deseo, (Lumen, 2004) Poesía Reunida (Lumen, 2005),  y Habitación de hotel (XI Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja 2007).

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Los secretos del monte (Felicia Jiménez)

Corría el año de 1982, específicamente en agosto, cuando en compañía de mi esposa Felicita y de nuestra hija mayor Grethel visitamos la ciudad de La Habana, atendiendo a una invitación que nos hiciera el diseñador de la revista literaria Islas, el querido amigo Julio Víctor Duarte. Sin embargo, no había sido aquél mi primer encuentro con la capital cubana, ya que, anteriormente en 1980, finalizando el último año de la carrera universitaria, había recorrido el casco histórico-colonial de la ciudad, bajo las certeras explicaciones de Eusebio Leal, Historiador de La Habana; pero sí sería mi primer acercamiento a una religión que, de una manera u otra, ha estado siempre presente en la idiosincrasia de todo cubano: la Santería.
Recuerdo que nos alojamos en una de la calle Guasabacoa, nro.603, en la barriada de Luyanó, a pocas cuadras de la calzada del mismo nombre y a cuarenta y cinco minutos de Centro Habana. Aquella casa, construida en los años treinta, tenía un amplio portal flanqueado por dos gruesas columnas de estilo clásico, y a pesar de estar muy descuidada como la mayor parte de las edificaciones capitalinas, todavía mostraba su antiguo señorío. Eran dueñas de la misma la entonces octogenaria Antonia Moré (conocida por Tía Ñica) descendiente de esclavos y su hija, que por entonces rondaba los sesenta años de edad, Yolanda Patria Moré; ambas creyentes y practicantes de la Santería. Destacaba en la sala el Altar Mayor, apoyado contra la pared sur de la casa; un Altar Menor situado hacia el oeste, y tras la puerta principal un pequeño mueble conteniendo los atributos de Elegguá el dueño de los caminos. Un largo pasillo conducía al primer dormitorio, al baño y al segundo dormitorio, éste último reservado para el canastillero de los santos, y finalmente la cocina, amplia, pero atestada de muebles, sillones y taburetes de comedor. Había un desorden místico en todo el mobiliario que alentaba a hurgar y curiosear.
Tía Ñica me llamaba "ángel de Dios", era muy cariñosa conmigo y me impresionó particularmente cuando con humo de tabaco y unos rezos que sólo ella conocía, me curó un rebelde "pie de atleta" o eczema que no sanaba con tratamientos médicos tradicionales. Por aquellos días calurosos conocimos al Sr. Carlos, babalawo de mucha sabiduría en la religión y nos fuimos a la villa de Guanabacoa, donde visitamos entre otros, la casa-museo del patriota mambí Juan Gualberto Gómez; destaca allí la tribuna desde la cual el apóstol Martí se dirigió en encendidos discursos a los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso; y una habitación dedicada al folclor yoruba, donde impacta la figura de cera de un santero mayor. A partir de aquel año, durante varias vacaciones de verano nos quedamos en Guasabacoa 603 y Julio Víctor nos recibía en su casa de la calle Sofía, en Párraga, con exquisitos almuerzos y cervezas muy frías; mientras su esposa Lilian nos deleitaba con su verborrea y sus cuentos de dirigente acostumbrada a resolver las cosas de manera práctica, saliendo al paso a las manifestaciones de burocracia o extremismos, tan frecuentes en los ochenta.
Uno de los fenómenos sociales que más me impresionó entonces fue la peregrinación que, a pesar de las limitaciones de aquella época con respecto a las manifestaciones religiosas públicas, cada 17 de diciembre se dirigía hacia El Rincón para honrar a San Lázaro o Babalú-ayé, y en la que Felicita y yo participamos en dos ocasiones acompañados de Yolanda. Primero había que viajar durante dos horas hasta el poblado de San José de Las Lajas y a partir de allí caminar 9 kilómetros hasta la Iglesia de El Rincón, situada en el único sanatorio para leprosos que existía en Cuba desde la época de la República atendido por religiosas. La fila de devotos, creyentes y curiosos que caminábamos sobre el caliente asfalto de la carretera era inmensa; algunos incluso se arrastraban por el suelo, o caminaban de rodillas, otros lo hacían descalzos; cada quien según la promesa que había ofrecido a San Lázaro y que debía cumplir por el favor recibido o el milagro concedido. Cientos de policías no sólo custodiaban el largo peregrinar, sino que, además, a la salida de San José, y por seguridad, dejaban registrados el nombre y el número de identidad de los miles de peregrinos. Había quien te decía que era para separarte después del trabajo, pero la verdad es que, siendo yo de la UJC y editor en la Universidad, nunca se me molestó por haber ido durante varios años a encontrarme frente al altar de San Lázaro, cubierto por las velas, las flores y los ex-votos de los milagros; un fenómeno sólo comparable con la peregrinación al Santuario del Cobre, en Oriente, cada 8 de septiembre.
Precisamente esa ambivalencia entre curioso e investigativo a la vez de aquellos tiempos, nos movió a acercarnos más tarde al Departamento de Folclor de la Universidad Central de Las Villas, donde entramos en contacto con profesores universitarios como Nerys Gómez, Francisco González Alemán, Ordenel Heredia, Juan Ramón González, José García González, y otros quienes nos enseñaron y compartieron con nosotros las técnicas científicas de investigación para realizar el trabajo de campo y acopiar la bibliografía adecuada para proyectos posteriores.
Todo lo anterior resume un poco los sentimientos de complacencia que me embargan al presentar este libro escrito por mi esposa y compañera de tantos años. Los Secretos del Monte es un texto que nació de nuestra convivencia a lo largo de más de dos décadas, en el transcurso de las cuales hemos conocido a excelentes escritores, poetas, pintores, investigadores, profesores; pero también a obispos, sacerdotes, seminaristas, laicos; creyentes de las más diversas religiones, y por supuesto, hombres y mujeres pertenecientes a la Regla de Ocha que jamás han renunciado a su fe y han defendido la religión en etapas difíciles y en momentos felices como los actuales, donde en materia de libertad de culto el país ha avanzado muchísimo. Su autora ha respetado aquí las enseñanzas de sabios como Don Fernando Ortiz; el estilo de escritoras como Lidia Cabrera y Natalia Bolívar Aróstegui, y logrado un texto que, sin pretensión literaria alguna me atrevo a asegurar que será muy útil para entendidos y neófitos de este tema siempre apasionante.
Algunos de estos trabajos fueron publicados en la sección "Los Secretos del Monte", columna que cada domingo llegó a los lectores de la revista Fascinación del Diario 2001, perteneciente al Bloque Editorial Dearmas, en Caracas, Venezuela; otros fueron apareciendo en la Galería Cultural del diario VEA, sin embargo, el grueso de esta obra es inédito y fruto también del trabajo de campo realizado durante años con santeros, babalawos y creyentes, quienes generosamente compartieron sus experiencias con la autora y cuyas informaciones no pudieron ser publicadas por problemas de espacio afines a toda publicación periódica.
Lic. Ángel Cristóbal / escritor, periodista y editor Presidente de Fundación Editorial Letras Latinas. Caracas, 14 de junio de 2007

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El lecho de Procusto (Camil Petrescu)

Tenía toda la razón el autor del prólogo de este libro cuando afirmaba que si en vez de haberse publicado en Bucarest en 1933 se hubiese publicado en París o en Londres hoy sería un clásico indiscutible.

Se trata de una novela admirablemente entretejida en la que, con el fondo del Bucarest vivo, palpitante y corrupto de los a os treinta, se presenta la desazón humana a través de las confesiones, realizadas demasiado tarde, de varios personajes. Cuando todo es ya irreparable, un escritor consigue convencer a varios amigos de que cuenten su visión de unos hechos, y de unas personas que pueden servirle de material para una novela, y a través de sus testimonios vemos el dominio de los impulsos, de la sinrazón y del misterio de las relaciones, que, como el lecho de Procusto, acaban por destruirnos cuando son demasiado grandes o demasiado peque as.

Quien es demasiado complejo para uno, puede ser demasiado simple para otro, que a su vez es demasiado complejo para el anterior, formando una incongruencia matemática. pero los seres humanos no son cifras y no cumplen la ley de que si A es mayor que B, y B mayor que C, entonces A es mayor que C. En lo tocante a lo humano, a puede ser mayor que B, B mayor que C y C mayor que A. Cuando tal cosa sucede la catástrofe emocional está servida.

Este es el tema que trata este singular e interesantísimo libro, a medio camino a veces entre el ensayo y la deliciosa crónica costumbrista de una época y un país que nos son absolutamente desconocidos, y sin embargo, por cultura latina y pensamiento europeo, tan absolutamente cercanos.

www.javier-perez.es

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EL CANTAR DE LOS NIBELUNGOS

  

 La trágica historia del tesoro de Andvari perdura en dos versiones famosas. Ya consideraremos una de ellas, la Völsunga Saga, escrita en Noruega o Islandia a mediados del siglo XIII; ahora consideraremos la otra, el Nibelungenlied, Cantar de los Nibelungos, escrito en Austria a principios del mismo siglo. El poema alemán, si bien algo anterior en el tiempo, corresponde a una etapa posterior en la evolución de la fábula. El ámbito de la Völsunga es mítico y bárbaro; el del Nibelungenlied, cortesano y romántico. En 1755 se descubrió en Hohenems (Suiza) un texto manuscrito completo del Nibelungenlied o, según las palabras del último verso de la obra:
 
 hiet hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not
 
 Aquí tiene su fin el cantar / ésta es la desdicha de los Nibelungos
 
del Nibelunge Not, Pena o Desdicha de los Nibelungos. Se encontraron después en distintas bibliotecas de alemania, de Austria y de Suiza, veinticuatro manuscritos, completos y fragmentarios, en pergamino, anteriores al siglo XV, y diez manuscritos en pergamino o papel, de fecha posterior. La primera edición crítica del Nibelungenlield fue la de Lachmann, en 1826; la más acreditada de las versiones al alemán moderno es la de Karl Simrock, en el metro original, publicada un año después.
 A favor del movimiento romántico y del culto a Ossian, la fama del Nibelungenlied se dilató. Federico II, sin embargo, negó su entusiasmo al viejo poema; dijo que nada bueno podía salir de alemania. Hay que tener en cuenta que Federico, discípulo de Voltaire, casi no admitía otra literatura que la francesa; el idioma alemán era para él un idioma doméstico, y tal vez lo ignoraba tanto como su padre, Federico I, que acuñó la famosa frase: «Ich stabiliere die Monarchie wie auf einem Rocher von Bronze.» La guerra de liberación exaltó, como era natural, el nacionalismo alemán; una consecuencia fue la reimpresión del Nibelungenslied en una edición barata, para soldados. Goethe observó que el redescubrimiento del poema señalaba un período en la historia de la nación; en otra oportunidad juzgó que el Nibelungenlied era clásico, pero que no debía tomárselo por modelo, como tampoco «a los chinos, a los serbios, o a Calderón». Algunos panegiristas lo llamaron Ilíada del Norte; Carlyle opinó que, fuera del carácter narrativo y de la materia guerrera, nada tenían en común las dos obras. Schopenhauer dijo que comparar el Nibelungenlied con la Ilíada era una blasfemia, a la que no había que exponer los oídos de la juventud. Croce, hace poco, ha escrito: «Se podría, tal vez, encontrar un término medio entre el juicio desdeñoso de Federico II y las exaltaciones de aquellos críticos románticos que han hecho del Nibelungenlied el gran poema nacional de alemania y hasta, no se sabe por qué, el libro de las gentes germánicas.»
 Como en los poemas homéricos los versos iniciales anuncian el tema general de la obra:
 
 Uns ist in alten maeren / wunders vil geseit
 von heleden lobebaeren, / von grosser arebeit,
 von frouden, hochgeziten, / von weinen und von klagen.
 von kuener recken striten / muget ir nu wunder hoeren sagen.
 
 
 Las asistencia, viejas historias nos cuentan muchas maravillas
 de héroes admirables, de grandes trabajos,
 de alegrías, de fiestas, de llantos y de quejas;
 ahora escucharéis prodigios de los combates de arrojados guerreros.
 
 Kriemhild, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher, es la más hermosa de las doncellas y vive en la ciudad de Worms, sobre el Rhin. Sueña que dos águilas destrozan a su halcón favorito; su madre interpreta que el halcón es símbolo de un hombre a quien Kriemhild va a tener y a perder. Sigfrid, el más valiente de los caballeros, hijo de un noble rey de los Países Bajos, ha ganado el tesoro de los Nibelungos, la espada Balmung y la Tarnkappe, capa que hace invisible a quien la lleva; nuevas le llegan de la hermosura de Kriemhild y se encamina a Worms, con su séquito. Un año pasa Sigfrid sin ver a Kriemhild, hasta que un día, al volver de una guerra victoriosa en que ha sometido a dos reyes, hay una fiesta en el palacio y el héroe y la doncella se ven:
 
 Sam der liebte, mane / vor den sternen stat.
 der sein so luterliche / ab den wolken gat,
 dem stuont si nu geliche / vor maneger frouwen guot.
 des wart da wol gehoehet / den zieren heleden der muot.
 
 Como la clara luna que, al surgir de las nubes,
 borra la luz de las estrellas,
 así estaba Krimhild entre las mujeres,
 alegrando el corazón de los guerreros.
 
 El héroe, al ver a Kriemhild, queda tan embelesado, que parece una figura dibujada en pergamino por la destreza de un maestro.
 Gunther ofrece a Sigfrid la mano de Kriemhild, a condición de que éste lo ayude a conquistar a Brünhild, reina de Islandia que somete a sus pretendientes a difíciles pruebas. Al cabo de doce días de navegación, Sigfrid y Gunther arriban al castillo de Isenstein. Invisible por obra de la Tarnkappe, Sigfrid ejecuta las proezas que el rey simula hacer, por medio de gestos. Brünhild arroja una piedra que siete hombres no podrían levantar, y salta más allá de la piedra. Sigfrid arroja el proyectil aún más lejos y luego salta, llevando en sus brazos a Gunther. Brünhild se confiesa vencida.
 Son tantos los vasallos que acuden al castillo de Isenstein para dar plácemes a la reina por su próxima boda, que Hagen, uno de los caballeros de Gunther, teme una traición. Sigfrid, entonces, busca refuerzos en el país de los Nibelungos, del cual es rey.
 En la Edda Mayor, donde los Nibelungos son los Niflungar, se habla muchas veces de Niflheim, Tierra de la Niebla, Tierra de los Muertos; los Nibelungos son acaso los muertos y quienes logran su tesoro están condenados a unirse, un día, a ellos. Así interpreta Wagner el mito; quienes conquistan el tesoro se convierten en Nibelungos.
 Un día y una noche bastan a Sigfrid para llegar a ese país, que otros no hubieran alcanzado en cien noches; vuelve de allí con mil guerreros que asombran a los súbditos de Brünhild.
 En Worms, las dos bodas se celebran el mismo día. La indómita Brünhild rechaza el amor de Gunther; éste, para conquistarla, debe de nuevo recurrir a Sigfrid y a su Tarnkappe. Sigfrid guarda de la aventura un anillo de Brünhild, que luego, para su mal, regala a su esposa, refiriéndole lo acaecido.
 Sigfrid lleva a Kriemhild a su país. Al cabo de diez años regresan; Brünhild y Kriemhild disputan sobre quién entrará primero en la catedral; Kriemhild, airada, revela a la reina que fue Sigfrid quien verdaderamente la conquistó y confirma sus palabras con el anillo. Brünhild, para vengarse del engaño y del desdén de Sigfrid, decide que éste debe morir.
 Hagen se encarga de la muerte del héroe. Este era invulnerable, por haberse bañado en la caliente sangre del dragón, que mojó y fortaleció todo su cuerpo, salvo un lugar entre los hombros, donde había caído una hoja de tilo. Poco después hay una cacería; Sigfrid mata un jabalí, un león, un bisonte, cuatro toros y un oso; al inclinarse a beber en un arroyo, Hagen lo apuñala entre los hombros. Sigfrid, antes de morir, derriba a Hagen; luego, «el hombre de Kriemhild cae sobre las flores» (Do viel in die bluomen der Kriemhilde man). Kriemhild iba todos los días a la primera misa; Hagen deposita en la puerta el cadáver ensangrentado, para que ella lo encuentre al amanecer. Tres días y tres noches vela a Sigfrid la inconsolable Kriemhild. Cuando lo llevan al sepulcro, hace abrir el ataúd y lo besa.
 Gernot y Giselher entregan el tesoro a Kriemhild. Para granjearse la voluntad de la gente, ella comienza a repartirlo entre pobres y ricos. El tesoro de los Nibelungos es de tal suerte que no puede agotarse ni disminuirse; aunque se comprara el mundo entero con él, no faltaría, después una sola moneda. Hagen, temeroso de que Kriemhild logre muchos vasallos, se apodera del tesoro y, de acuerdo con Gunther, lo hunde en el Rhin. Así termina la primera parte del Cantar.
 Trece años después, el margrave Rüdiger llega a Worms y pide la mano de Kriemhild para su señor el rey de los hunos, Etzel (Atila). Kriemhild acepta, con el propósito de vengar la muerte de Sigfrid. Emprende el largo viafe a Etzelnburg; se casa con el rey de los hunos y le da un hijo, Ortlieb. Otros trece años pasan y Kriemhild invita a sus hermanos a Etzelnburg. Hagen procura disuadirlos, pero éstos se empeñan en ir. Atraviesan el Danubio; una sirena, Sigelind, profetiza que, salvo el capellán del rey, todos perecerán. Hagen, para desmentir la profecía, arroja al capellán por la borda. Este se salva. Hagen acepta el inevitable destino y, cuando tocan la otra margen, rompe la nave. En Etzelnburg, Kriemhild pregunta a Hagen si ha traído el tesoro; Hagen responde que ha traído su escudo y su espada. Mil guerreros han acompañado a Gunther y a Hagen; miles de hunos ponen cerco a la casa en que están alojados. Todo el día combaten; los sitiadores, esa noche, prenden fuego a la casa. Los guerreros, atormentados por la sed, beben la sangre de los muertos. Kriemhild ofrece llenar de oro rojo el escudo de quien le traiga la cabeza de Hagen. La batalla prosigue; de los sitiados sólo quedan, al fin, Gunther y Hagen. (Esta escena no carece de afinidad con el fragmento de Finnsburh.) Los acomete Dietrich von Berne (Teodorico de Verona), los vence y los entrega atados a Kriemhüil. Hagen dice que no revelará el lugar del tesoro mientras viva su rey; Kriemhild hace matar a Gunther. Hagen le dice: «Sólo Dios y yo sabemos ahora el lugar del tesoro» (den scaz den weiss nu niemen wan got unde min) Kriemhild le corta la cabeza con la espada de Sigfrid; Hildebrand, uno de los caballeros de Dietrich, la mata, horrorizado.
 El poema se cierra con esta estrofa:
 
 I\’ne kan iu niht bescheiden / was sider da geschach:
 wan ritter unde vrouwen / wein man da sach,
 dar zuo die edeln knehte, / ir lieben friunde tot,
 hie hat das maere ein ende: / das ist der Nibelunge not.
 
 No puedo referir qué pasó después.
 Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron
 a sus queridos amigos muertos.
 Aquí la historia tiene fin: éste es el Pesar de los
 [Nibelungos.
 
 
 Treinta y nueve cantos que llevan el nombre de aventuras (aventiuren) forman el Nibelungenlied. Se cree que el autor fue un juglar austríaco; dos nombres de ciudades imaginarias, Zazamanc y Azagouc, que figuran en el poema, parecen tomadas del Parzival de Wolfram von Eschenbach, obra de principios del siglo XIII. Cada estrofa consta de cuatro versos largos (langzeilen); las rimas son pareadas; hay, a veces, rima interior. La métrica del poema ha sido estudiada por Colleville y Tonnelat, en su edición de 1944, publicada en París.
 La primera mitad del Nibelungenlied es acaso inferior a la parte correlativa de la Völsunga; la Tarnkappe no es una invención muy afortunada. No así la segunda mitad, dominada por la titánica figura de Hagen. Este guerrero, Hagen von Tronege, en algunos textos, Hagen de Troya, encarna la lealtad germánica que, según observa Otto Jiriczek (Deutsche Heldensage), «no era incompatible con el crimen y la traición, con el engaño y el perjurio, porque los antiguos germanos no concebían la lealtad como una abstracta y universal ley ética, sino más bien como una relación legal y personal». Hagen es leal a su señor, de cuya fama es celoso; esa lealtad le permite engañar a Kriemhild y asesinar a Sigfrid, sin desmedro de su honor. Hagen no espera que el destino sea piadoso con él; las leyes que rigen su mundo son tan duras como los hombres.
 Gudrun venga la muerte de los hermanos; Kriemhild, la del marido. En la última, el vínculo cristiano del matrimonio es más fuerte que el antiguo vínculo pagano de la sangre.
 Puede dolernos que el juglar del Nibelungenlied haya suprimido o atenuado lo maravilloso; pensemos que, al obrar así, ayudó a construir el camino que va del cuento de hadas a la novela.
 

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VIRGILIO. LA ENEIDA

Una parábola de Leibniz nos propone dos bibliotecas: una de cien libros distintos, de distinto valor, otra de cien libros iguales todos perfectos. Es significativo que la última conste de cien Eneidas. Voltaire escribe que, si Virgilio es obra de Homero, éste fue de todas sus obras la que le salió mejor. Diecisiete siglos duró en Europa la primacía de Virgilio; el movimiento romántico lo negó y casi lo borró. Ahora lo perjudica nuestra costumbre de leer los libros en función de la historia, no de la estética.

La Eneida es el ejemplo más alto de lo que se ha dado en llamar, no sin algín desdén, la obra épica artificial, es decir la emprendida por un hombre, deliberadamente, no la que erigen, sin saberlo, las generaciones humanas. Virgilio se propuso una obra maestra; curiosamente la logró. Digo curiosamente; las obras maestras suelen ser hijas del azar o de la negligencia.

Como si fuera breve, el extenso poema ha sido limado, línea por línea, con esa ciudadosa felicidad que advirtió Petronio, nunca sabré por qué, en las composiciones de Horacio. Examinemos, casi al azar, algunos ejemplos.

Virgilio no nos dice que los aqueos aprovecharon los intervalos de oscuridad para entrar en Troya; habla de los amistosos silencios de la luna. No escribe que Troya fue destruida; escribe Troya fue. No escribe que un destino fue desdichado; escribe De oera manera lo entendieron los dioses. Para expresar lo que ahora se llama panteísmo nos deja estas palabras: Todas las cosas están llenas de Júpiter. Virgilio no condena la locura bélica de los hombres; dice El amor del hierro. No nos cuenta que Eneas y la Sibila erraban solitarios bajo la oscura noche entre sombras; escribe:

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram

No se trata, por cierto, de una mera figura de la retórica, del hipérbaton; solitarios y oscura no han cambiado su lugar en la frase; ambas formas, la

43 Biblioteca personal, Hyspamérica, 1987

habitual y la virgiliana, corresponden con igual precisión a la escena que representan.

La elección de cada palabra y de cada giro hace que Virgilio, clásico entre los clásicos, sea también, de un modo sereno, un poeta barroco. Los cuidados de la pluma no entorpecen la fluida narración de los trabajos y venturas de Eneas. Hay hechos casi mágicos; Eneas, prófugo de Troya, desembarca en Cartago y ve en las paredes de un templo, imágenes de la guerra troyana, de Príamo, de Aquiles, de Héctor y su propia imagen entre las otras. Hay hechos trágicos; la reina de Cartago, que ve las nave griegas que parten y sabe que su amante la ha abandonado. Previsiblemente abunda lo heroico; estas palabras dichas por un guerrero: «Hijo mío, aprende de mí el valor y la fortaleza genuina; de otros, la suerte».

Virgilio. De los poetas de la tierra no hay uno solo que haya sido escuchado con tanto amor. Más allá de Augusto, de Roma y de aquel imperio que a través de otras naciones y de otras lenguas, es todavía el Imperio, Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres.

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