SOY UN GATO (Natsume Soseki)

«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre.» Así comienza la primera y más hilarante novela de Natsume S?seki, una auténtica obra maestra de la literatura japonesa, que narra las aventuras de un desdeñoso felino que cohabita, de modo accidental, con un grupo de grotescos personajes, miembros todos ellos de la bienpensante clase media tokiota: el dispéptico profesor Kushami y su familia, teóricos dueños de la casa donde vive el gato; el mejor amigo del profesor, el charlatán e irritante Meitei; o el joven estudioso Kangetsu, que día sí, día no, intenta arreglárselas para conquistar a la hija de los vecinos. Escrita justo antes de su aclamada novela Botchan, Soy un gato es una sátira descarnada de la burguesía Meiji. Dotada de un ingenio a prueba de bombas y de un humor sardónico, recorre las peripecias de un voluble filósofo gatuno que no se cansa de hacer los comentarios más incisivos sobre la disparatada tropa de seres humanos con la que le ha tocado convivir.

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EL FARO DE LA ÚLTIMA ORILLA ( Stephen Marlowe)

Lo mejor y lo peor de esta novela es que es necesario conocer la vida y obra de Poe para sacarle todo su verdadero sentido. Es, pues, una novela para eruditos de un tema concreto, aunque los que no lo sean tanto también disfrutarán de su lectura.

Se abre la novela con una cita: ¿Acaso no es todo lo que vemos o parecemos sólo un sueño dentro de un sueño?. Terminada la lectura y pasada su última página, esta frase adquiere todo su significado. EL FARO DE LA ÚLTIMA ORILLA es un texto de una fantasía evocadora; realidad y sueño se confunden, ¿no es acaso lo mismo vivir una realidad que creer que se está viviendo una realidad? Los últimos desgraciados días de vida del literato Edgar Allan Poe, secuestrado literalmente por agentes de cierto partido político; agonizante poco después sobre una cama en el Hospital de Baltimore, es la excusa perfecta que da pie a la narración. Poe se retrotrae y cobija en los recuerdos de su pasada existencia, alumbrando sus vivencias en compañía de amigos, enemigos, amantes y esposa; confundiendo en su lecho de moribundo las verdaderas personas de su vida con los personajes de su vida literaria. Ambas vidas jamás estuvieron del todo separadas. Llegados a un punto, es difícil discernir el límite entre lo sucedido realmente y lo que Poe ha creído en verdad experimentar. Sus conversaciones con C. Auguste Dupin, célebre detective diletante creado por él mismo, son muy reveladoras a este respecto, así como sus viajes a París (en donde el autor jamás estuvo), o a la idealizada isla de Panchatán, escenario de unas surrealistas aventuras en las que él mismo toma a la vez el papel de creador y protagonista. Tal es el deseo de Stephen Marlowe de incidir en su idea, de mostrarnos este maremágnum de realidad distorsionada, que en ocasiones la lectura se hace un poco confusa; es necesario estar atento a cada giro de la trama, y a cada desplazamiento de los personajes dentro de ella. Curiosamente, aunque la novela está abundantemente poblada de personajes, tanto reales como imaginarios, hay uno que se convierte en protagonista casi absoluto, y ése es Edgar Allan Poe. Todo gira en torno a su figura, como en torno a un sol ya moribundo; él es el motor y el alma de la historia. Ya sea en su identidad de Phidias Peacock o en la de Thomas W. Fredericks (lo que puede dar una idea de lo esquizofrénico de la trama urdida) la figura de Poe consume a todas las demás, que no parecen si no pálidos reflejos fantasmales que acompañan al espectro supremo, un Poe que se representa en la novela tan pronto como un volcán de ideas y de ilusiones condenadas al fracaso, como un ente herido y confuso, sepultado por la terrible convulsión de lo que sin duda fue su prodigiosa mente. Stephen Marlowe ha optado por intentar parir una novela genial. La idea es tan hipnótica y el resultado final tan monstruoso como se podría esperar: es una novela brillante, aunque no genial. El texto, formado por multitud de capas, sin duda resulta enriquecedor para el que lo lee; resulta enigmático, a la vez que divertido, pasar cada nueva página, avanzar un tanto más en lo que se cuenta, para ver hacia dónde nos lleva. Al final no nos lleva a ningún terreno nuevo, el juego del autor (ya avisados) lo hemos seguido desde el principio: constatar, según la maravillosa teoría de todo aquel que goce de (y con) las exultantes quimeras de la imaginación, que la vida es sueño. En definitiva, una muy recomendable lectura; considerar también que la prosa de Marlowe es todo lo correcta que se pueda desear, y sus descripciones de escenarios y personajes, más que ilustrativos. Tengo la impresión, de todas formas, de que con una segunda lectura, el libro ganará en riqueza. De aquí a unos años, se verá.

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LAS AVENTURAS Y DESVENTURAS DE LA FAMOSA MOLL FLANDERS (DANIEL DEFOE)

Moll Flanders

 Si no me engaño, el hallazgo esencial de Daniel Defoe (1660?-1731) fue la invención de rasgos circunstanciales, casi ignorada por la literatura anterior. Lo tardío de ese descubrimiento es notable; que yo recuerde, no llueve una sola vez en todo el Quijote. Más allá de esa tecniquería, como diría Unamuno, es admirable en su labor la continua creación de personas queribles y pecadores y el agrado peculiar de un estilo que no adolece nunca de vanidad. Saintsbury opina que su obra marca una etapa entre la novela de aventuras y la hoy llamada psicológica; las dos, de hecho, se confunden. El Quijote no es menos el carácter de don Quijote que los trabajos que padece; Robinson Crusoe (1719) no es menos el sencillo marinero, de origen alemán, que arma su habitación en la isla desierta que el penetrante escalofrío de la huella humana en la arena. Defoe, dicho sea de paso, mantuvo en el puerto de Bristol un largo diálogo con Alexander Selkirk, que vivió cuatro años y cuatro meses en la isla de Juan Fernández, al oeste de Chile, y que sería el prototipo de Crusoe. Conversó al pie del patíbulo con el ladrón de caminos Jack Sheppard, que fue ahorcado a los veintidós años y cuya biografía escribió.

 Nieto de un señor rural e hijo de un carnicero, Daniel Defoe nació en Londres. Su padre firmaba Foe; Daniel previsiblemente agregó la partícula nobiliaria. Recibió una esmerada educación en un colegio disidente. Los negocios lo llevaron por tierras de Portugal, de España, de Francia, de alemania y de Italia. Se le ha atribuido un panfleto contra los turcos. Estableció un negocio de mercería. Conoció la quiebra, la cárcel y la picota a la que dedicó un himno. No desdeñó el ejercicio del espionaje; trabajó por la unión de los dos reinos de Inglaterra y de Escocia. Abogó a favor de un ejército permanente. Ajeno a toda disciplina partidaria, se malquistó con los conservadores y con los liberales. Guillermo de Orange había ascendido al trono; la gente lo acusaba de no ser un inglés de pura cepa. En un folleto de vigorosos dísticos decasílabos, Defoe razonó que hablar de un inglés de pura cepa es una contradictio in adjecto, ya que todas las razas del continente se habían mezclado en Inglaterra, el albañal de Europa. En ese curioso poema ocurren los versos

 The roving Scot and bucaneering Dane,

 whose red hair offspring everywhere remain.

(El merodeador escocés y el danés bucanero, cuya prole de pelo colorado perdura en todas partes.) Esta diatriba le valió una pensión. En 1706 publicó el folleto que se titula Relato auténtico de la aparición de la señora Veal.

 Las Aventuras del Capitán Singleton, en Africa, prefiguran en un estilo muy disímil las futuras novelas de Rider Haggard.

 Era demonólogo; su Historia política del Diablo data de 1726.

 No deja de asombrarnos pensar que la recatada picaresca española, que nunca se atrevió a lo carnal, es la lejana antepasada de Las venturas y desventuras de la famosa Moll Flanders (1721), con sus cinco maridos, con su incesto y con sus muchos años de cárcel.

 Marcel Schwob tradujo este libro al francés; Forster lo ha ponderado y analizado.

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EL AMIGO DE LA MUERTE (PEDRO ANTONIO DE ALARCON)

De familia noble y venida a menos, Pedro Antonio de Alarcón nació en Guadix en 1833. Sus primeros años vacilan entre la teología y el derecho, pero la literatura fue la que definitivamente lo atrajo. Su educación, como todas las educaciones auténticas, fue la apasionada y arbitraria del autodidacta; las liquidaciones de las bibliotecas de los conventos saciaban su curiosidad jamás satisfecha. Aprendió el idioma francés sin ayuda de nadie. Ferviente anticlerical y decidido partidario de las reformas liberales, fue objeto de no pocas persecuciones. Aún no cumplidos los veinte años fundó con su amigo Torcuato Tarragó el diario El Eco de Occidente, que anticipaba El Látigo, publicación de propósito antimonárquico y de estilo satírico. Una polémica lo llevó a un duelo con García de Quevedo. Estas aventuras no tardaron en revelarle la mezquindad que es propia de los manejos políticos. Desilusionado, se enroló como voluntario en la guerra de Africa, a las órdenes de O’Donnell. En el campo de batalla ganó la cruz de San Fernando. A este episodio bélico debemos la novela epistolar Diario de un testigo de la guerra de Africa, que le dio popularidad e inverosímilmente dinero, ya que la primera edición alcanzó la cifra de cincuenta mil ejemplares; tenía veintisiete años. Gracias a las ganancias obtenidas realizó un viaje a Italia, que sería el tema de otro libro: De Madrid a Nápoles. En 1865 se casó con Paulina Contreras y Reyes, católica devota, de la que tuvo cinco hijos. El mismo Alarcón escribiría después: «Me casé y me cansé… ¡Qué poco amena es la tarde de la vida!… Me he aplastado en mi casa al lado de mi mujer y de mis hijos… en un «delicioso oasis». Tengo muchos árboles, siendo el más notable un moral de quinientos años, un emparrado magnífico, un gigantesco álamo negro y varias acacias y tres higueras, una de las cuales mide veinte varas de altura. Hay además granados, perales, moreras y no recuerdo qué más. De flores, rosales incomparables que han surtido a Paulina para todo el mes de María. Un jazmín de cuerpo entero, o sea, de tapia entera; dalias, lilas, adelfas, lirios hermosísimos, malvamoras, adormideras viudas, ciento cincuenta macetas de plantas exóticas, mucho mónibus, mucha yedra, muchos dompedros. He puesto pimientos, tomates, calabazas, pepinos, cebollas, que bastarán al consumo del año. Tengo perejil para cien familias. He comprado veintisiete gallinas y un gallo. Me dan de quince a veinte huevos diarios. Tengo una pava clueca, que se come cada día uno de los veinticuatro huevos que le puse, lo cual me tiene horrorizado… En fin, soy el verdadero tío campesino.» En 1869 el gobierno provisional le ofreció un cargo diplomático en los países escandinavos, que rechazó. Se hizo defensor de la Restauración y apoyó a Alfonso XII, que en 1875 lo nombró consejero de Estado. Poco después abandonó la actividad política para entregarse íntegramente a la literatura. En sus novelas cabe seguir la evolución de su pensamiento; de violento revolucionario llegó a ser un sincero y resignado conservador. Sus escritores preferidos fueron sir Walter Scott, Alejandro Dumas, Víctor Hugo y Honoré de Balzac. En 1891, a los cincuenta y cuatro años, suspendió para siempre el ejercicio de la literatura afectado quizá por la soledad en que lo dejaron sus contemporáneos, que no le perdonaron su cambio de posición política. Un día del verano seco y ardiente de 1891 murió en Madrid.

 En su estudio sobre Alarcón, Navarro González observa: «Sus novelas, escritas febrilmente en breves días y entre largos intervalos de intenso y heterogéneo vivir, más parecen fruto de contenidas vivencias, que súbita e inspiradamente explotan en su alma, que de largas y tenaces observaciones de la realidad.» De su copiosa labor literaria que incluye los siempre recordados El sombrero de tres picos, El capitán Veneno, La pródiga, El niño de la bola, El escándalo, hemos rescatado dos cuentos de Narraciones inverosímiles: El amigo de la muerte y La mujer alta, leyenda que Alarcón oyó de los labios de los cabreros de Guadix.

 España, que inspiró a tantos y famosos escritores románticos, produjo unos pobres y tardíos reflejos de ese movimiento. Constituyen una honrosa excepción Rosalía de Castro, cuya expresión más alta se halla en su idioma natal y no en el dialecto académico aún hoy en boga, Gustavo Adolfo Bécquer, velado espejo del primer Heine, José de Espronceda y Pedro Antonio de Alarcón. Recordamos esta circunstancia para que el lector comprenda y disculpe algún exceso en el manejo del epíteto y de la interjección.

 La imagen de La mujer alta asedió, sin duda, la mente de Alarcón y figura, asimismo, ennoblecida y despojada de su carácter demoníaco, en El amigo de la Muerte. Este relato, en su primera mitad corre el albur de parecer una irresponsable serie de improvisaciones; a medida que transcurre, comprobamos que todo, hasta el desenlace dantesco, está deliberadamente prefigurado en las páginas iniciales de la obra.

 En mi infancia trabé conocimiento con los relatos elegidos ahora; el tiempo no ha borrado el buen espanto de aquellos días. Hoy que mis años corren parejos con el siglo, lo releo, no con la fácil hospitalidad de la edad primera, pero con pareja gratitud, con emoción idéntica.

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El diario de Samuel Pepys (Samuel Pepys)

¿Qué pensaría de un hombre que odiase el deporte y prefiriese tocar la viola o el flautín?
¿Alguien que reconocía adorar a su esposa pero a la que le era infiel unas cuantas veces por semana? ¿Un invitado lo bastante grosero como para desgarrar la carne con sus dedos, mantener relaciones con esposas ajenas pero con inquietudes suficientes como para dominar el latín, el francés o el español? ¿Alguien que se consideraba a su mismo de clase alta pero a quien le costaba deshacerse de unas libras para comprar un vestido a su mujer? ¿O de alguien que arrease una bofetada a su esposa por caprichosa o a una criada por dejar la puerta abierta? Cabría pensar en alguien indigno y, por supuesto, no en un británico pero, así fue. En un pasado no muy lejano los británicos no eran tan selectos, su gobierno no era tan protocolario y el país no gozaba de una economía envidiable.

La de Pepys es la historia de un hombre humilde que gracias a su valía personal e incuestionable inteligencia llegó a ser la de uno de los personajes más relevante de la Corte inglesa durante el reinado de Carlos II. Alguien políticamente correcto y con don de gentes, capaz de relacionarse de igual modo con un noble o cortesano que con un tabernero o una criada. He aquí al personaje más indicado para narrar la vida cotidiana de la Inglaterra del siglo XVII. Alguien que frecuentaba las tabernas y los camerinos de las actrices de teatro con igual asiduidad que la corte. Es por eso que el legado que Pepys nos dejó es el retrato más fiel y sincero de aquel momento: un país en manos de un monarca irresponsable, mujeriego y derrochador. Una economía que se tambaleaba y sobrevivía gracias a la dura carga de los impuestos. Una corte que vivía ajena a todo esto y un parlamento atemorizado, prestamista del monarca, preocupado únicamente por sus riquezas.

A los veintisiete años, siendo ya miembro de la Secretaría de Marina, comenzaría la redacción de este diario que concluiría diez años más tarde debido a una enfermedad de la vista que lo estaba dejando ciego. El mayor castigo, porque para Pepys la redacción de su diario suponía la declaración abierta de los vicios de su tiempo, el examen de conciencia personal, la crítica descarnada a político incapaces, la confesión de sus aventuras amorosas.
Esto, impensable en la época que le tocó vivir, fue posible gracias a que lo escribió en un sistema de tipografía inventado en 1620 por Shelton, un oscuro profesor londinense. El libro permaneció inédito hasta 1825 en que el reverendo John Smith tomó la iniciativa de su traducción, labor que le llevó tres años. La obra se componía de 6 tomos con más de 3000 páginas a lo que se sumaba la complejidad de anotaciones en una jerga multilingüe referida, en la mayoría de los casos, a sus aventuras amorosas. Poco después sería traducido al francés y no es hasta el 2003 que aparece la primera edición española de la mano de la editorial Sevillana Renacimiento. La traducción ha sido hecha por Norah Lacoste e incluye el prólogo a la edición francesa de Paul Morand.

La obra ha gozado, desde el momento de su traducción al inglés, de una gran relevancia para las letras anglosajonas y es que no se trata de un diario convencional. En él hay datos de vital relevancia para historiadores, por ejemplo, ya que recoge con fidelidad y exactitud momentos fundamentales en el pasado histórico de la nación: la guerra contra Holanda por las posesiones en Oriente, la peste que durante un año desoló el país, el incendio de Londres que destruyó gran parte de la ciudad.
A Pepys le tocó vivir un momento fundamental en la historia de su país y él, como espectador de primera fila, nos lo revela con fidelidad y todo lujo de detalles.

Sus opiniones sobre arte y literatura – era un crítico radical y exigente, sobre todo con la obra de Shakespeare – hospitalidad, cortesía y etiqueta, menús, gobierno y leyes, medicina y salud, festejos y celebraciones – como la suntuosísima coronación de Carlos II tras la restauración – trabajos y profesiones, economía personal y estatal, lugares, personajes públicos de la vida del momento – como su adorada lady Castlemine, amante pública del rey por largos años y a quien Pepys deseaba profundamente – religión, ciencia y tecnología, medios de transporte u costumbres son temas recogidos en sus páginas y de un incuestionable valor histórico.
Pero no sólo a historiadores han interesado los Diarios. Es evidente que en el momento de la escritura Pepys no perseguía una intención literaria, no contaba con que existiesen lectores futuros de sus confesiones. Es por eso que su prosa se aleja fácilmente de la suntuosidad propia de los narradores de su época. En ocasiones la escritura se vuelve telegráfica, escueta y precisa. Pero, a pesar de esto, su redacción es hermosa y cuidada en otros pasajes: su viaje por los alrededores de Londres, la precisión con que describe el control de los barcos que traían mercancías de las colonias, los suntuosos menús, sus paseos por el parque, las exquisitas conversaciones sobre arte o música, sus días de compra. Asistimos a la vida un ciudadano respetable, a sus labores públicas y a las no tan públicas.

Desestimada la función literaria de su obra ¿Cual podría ser entonces su intención? Parece claro que únicamente utilizaba la pluma como un desahogo personal, una especie de confesor secreto y callado. El Diario se revela como un milagro, esas cosas que ocurren de vez en cuando y que se mantienen para la posteridad. Su autor sabía de la gravedad de sus confesiones y de las consecuencias que tendría el que se diera a conocer: personajes públicos, miembros del gobierno, el Rey mismo son dilapidados en críticas realistas y claras. Sus opiniones sobre todos estos personajes no podía compartirlas con nadie más que con él mismo, y con su diario.

La selección de Renacimiento recoge los momentos históricos más destacados narrados escrupulosamente, numerosos pasajes de sus aventuras eróticas – que Pepys cuenta sin ningún pudor – y gran cantidad de anécdotas sobre la vida y costumbres de la época y de su entorno. Tras la conclusión del Diario, la vida de Pepys sufriría cambios de una gran importancia: Elisabeth Pepys moriría poco después de concluir el diario. Él no volvería nunca a contraer matrimonio pero no cabe duda de que sus aventuras continuaron. Su trabajo en la Marina daría paso al Parlamento Británico y a la P de la Real Sociedad. Su tesoro económico aumentó considerablemente beneficiando a él mismo y a sus familiares más cercanos.

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