Cuentos de Malá Strana (Jan Neruda)

Este es el verdadero Neruda, en su mejor obra. Jan Neruda, no Neftalí Reyes.

Sorprende de estos cuentos su modernidad, su rotundo estilo contemporáneo, aun cuando fueron escritos allá por 1870. Jan Neruda es un autor poco conocido y es una verdadera lástima, porque “Cuentos de Malá Strana” es un prodigio de literatura (ignoro si otras obras suyas también, aunque dado el nivel de ésta no sería de extrañar).
Las historias de estos relatos tienen el único nexo de ambientarse en el barrio praguense de Malá Strana, una suerte de microcosmos que sirve al escritor para introducirse en la vida de unos cuantos personajes mundanos, representantes de clases y estados sociales, y dar cuenta de sus miserias cotidianas, de sus deseos insatisfechos, de sus costumbres imperecederas y, por encima de todo, de sus inconmensurables ganas de vivir.
Quizá sea esta última característica la que mejor da idea del espíritu del libro, de sus protagonistas y de la narrativa de Neruda. El barrio de Malá Strana se convierte en un personaje más, oscuro y silencioso, que impregna el ambiente de los cuentos con un aire de alegría y de francachela, sin obviar nunca la miseria de algunos de sus habitantes. Así, por los diferentes relatos del libro desfilan sastres, pintores, abogados, jubilados, amas de casa, niños y un sinfín de seres con pocos rasgos en común, pero unidos todos por esa atmósfera jubilosa que reina sobre Malá Strana. En general, los relatos versan sobre situaciones mundanas: un estudiante de abogacía que busca un lugar tranquilo en el que preparar sus oposiciones, dos ancianos que se odian desde mucho tiempo atrás por causa de un amor común, un niño que se cuela en una vieja iglesia para escuchar la misa nocturna que (cree él) celebra allí San Venceslao…
Como se puede ver, no son relatos de acción, pero en sus páginas se celebra la vida, la autenticidad, y por eso resultan tan conmovedoras y bellas. Sus protagonistas son cercanos, casi conocidos, como esos asistencia, viejos amigos a los que uno cree reconocer cuando se describe a alguien, antiguos camaradas a los que vemos a través de una escritura mágica, poderosa, que tan pronto se acerca a la panorámica cinematográfica (insto a cualquiera a que lea el comienzo del primero de los cuentos para que se quede boquiabierto: no olvidemos que estos relatos son de finales del XIX) como se enmascara, tenue, pero certera, tras las vicisitudes de unas personas enternecedoras. Y es que Neruda maneja la prosa con mano decidida, alternando pasajes de una belleza exquisita -sobre todo, las descripciones- con otros en los que el diálogo surge espontáneo y fresco.
En suma, unos cuentos excelentes que todo aficionado a la narrativa breve debería leer; los no aficionados al cuento, pero sí a la buena literatura, también.

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TIERRA SONAMBULA (Mia Couto)

Quiero introducir que hay un problema en la elección de tópico para esta ficha. He clickeado bélica porque hay una guerra como contexto, pero no es tal. Leí este libro hace algunos años y releo páginas cada cierto tiempo, siempre buscando una frase que me pareció una expresión maestra: "hay mujeres que son lluvia y otras que son relente". Comentar, además que el libro en lengua portuguesa de Mozambique (Mia Couto es de Mozambique) está muy bien traducido al español (no digo castellano, porque en toda L.A se dice español). También, que Mia Couto es un autor al que se ha referido en varias ocasiones el escritor gallego Manuel Rivas (para quien no recuerde de que le suena puede ser por su novela llevada al cine, El lápiz del carpintero).
La novela es un mundo pequeño de tres: autobús (machibombo) quemado, Muidinga y Tuahir, niño y viejo en un mundo enorme de guerra que es corrupción, muerte, negocios, y todo lo que sucede cuando no hay guerra. Sólo que la guerra hace sonámbula la tierra. Al terminar el libro se tiene la sensación de haber entrado en un mundo burbuja que ya no se puede olvidar. La sensación de que no sobra ni una palabra, ni una coma, porque si faltara ya no sería ese mundo. Quizá es la misma impresión (al menos yo) recibida al leer Cein años de soledad, El llano en llamas o Pedro Páramo, por decir algunos títulos que no son todos los posibles. A su vez, cada palabra envuelve un universo en sí misma. Tiene pasión, poesía, concreción y un encaje del mundo que nos expande la conciencia a través del lenguaje.

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Apócrifos (Karel Capek)

Se trata de un coinjunto de historias aparentemente reales donde lo famtástico y lo falso ocupan el lugar que en otros relatos ocupa lo inventado. Pequeñas biogtrafías, experiencoias dle autor, personas conocidas desfilan por este libro donde nada es verdad.

El apócrifo no es simplemente el escrito falso o inventado, sinoi el que siendo inventado pretende a toda costa hacerse parasar por real.

No os prerdáis estos relatos impostores. Son todos buenos.

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Playa De Los Alemanes (Eduardo Jordá)

Decía el autor de EL RUIDO Y LA FURIA que todos los novelistas quieren escribir poesía en primer lugar, descubren que no pueden, entonces prueban con los relatos cortos, que es lo que más cuesta después de la poesía y, tras fracasar también en eso, sólo entonces se ponen a escribir novelas. Y como creo que la dificultad sigue ese orden, aunque conocí al poeta Eduardo Jordá a partir de su conmovedora novela ambientada en la guerra civil de los años noventa en Burundi PREGÚNTALE A LA NOCHE, acogí con tantas ganas como recelo esta colección de relatos titulada PLAYA DE LOS ALEMANES, su anterior publicación, donde tan acertadamente consigue convertir la tristeza y la serena tragedia que planea por las distintas localizaciones (`Todo el pueblo estaba asustado. Muchas mujeres lloraban. Los hombres andaban muy serios.´) en pequeñas historias para contar en fríos atardeceres que ayuden a confundir el escalofrío de la humedad de la noche que cae con el de la conciencia intranquila.

La desesperada pequeña dependienta de una tienda de bisutería al norte de Tailandia, el viejo obispo viendo pasar los días sentado en un hotel en la ribera del lago Cohoha de Burundi, la mujer ucraniana o rusa que sabe lo que el hombre espera sin haberlo aprendido, o los dos asistencia, viejos amigos dublineses de Joyce asistentes desde la oscura barra de un pub a la celebración de un Bloomsday (con la aparición estelar de Phil Lynott)… historias que hacen especiales a personas cotidianas convertidas en náufragos del tiempo, estoicos dirían otros, que se suceden en escenarios muy distintos, da igual que sean inventados o no, convertidos en una parte más de la personalidad de los distintos protagonistas. Éste es una de los principales alicientes de los relatos de Jordá, que consigue dar ese toque personal que necesitan los cuentos partiendo de pequeñas situaciones sin importancia donde retrata a personajes nada extraordinarios en apariencia pero tan bien construidos como complejos, que se enriquecen y complementan magistralmente con los lugares donde se encuentran, demostrando la sinergia que resulta de la comunión de personajes y escenarios (cuenta el autor con varios libros de narrativa de viajes) que juntos zozobran y corren el peligro de quedar varados como el barco de la impresionante fotografía de la portada. Además, como siempre hay calma después de la tormenta, tenemos el regalo de LA LUZ CUANDO ATARDECE EN LISSADELL, un homenaje a William Yeats (`Pedidme que encienda la llama y sople´) con el encanto de los secretos compartidos que con el tiempo se convierten en recuerdos para dar forma a las historias.

Historias y literatura para demostrar que las segundas oportunidades sólo sirven para poner de relieve la miseria humana que la primera vez se pudo disculpar por ingenuidad o falta de experiencia, cuando en el fondo lo que dejamos de hacer suele ser por pereza o cobardía. Un total de doce cuentos que huyen de la tan socorrida reconciliación que abunda en las principales estanterías de librerías donde se estila la historia cerrada con todos los cabos bien atados que mezcla la burda copia de otros que lo hicieron mejor con la guía rápida de autoayuda y porque tú lo vales que venden en los alquilerdealquilerdecoches.com/»>coches.com/»>aeropuertos. Siempre es mucho más estimulante encontrar historias como éstas, más políticamente incorrectas y mucho mejor escritas que logran confrontar las distintas caras que creemos tener haciendo aflorar muchos de los prejuicios que intentamos ocultar.

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Apocalípticos e integrados (Umberto Eco)

 

A Umberto Eco se le conoce por estas tierras, en líneas generales. Todos hemos leído “El nombre de la rosa” para poder decir después lo buena novela que es (y, efectivamente, lo es). Incluso la hemos comprado en edición barata en alguna feria del libro del parque. “El péndulo de Foucault” ya es menos leído, pero quien más quien menos sabe que después de las primeras cincuenta páginas volando agarrados al péndulo como un auténtico Pinito del Oro de la postmodernidad literaria, encontraremos una gran novela con templarios y ordenadores a partes iguales. “La isla del día de antes” es más propia ya de científicos (a mi me costó grandes esfuerzos, la verdad, y me aburrí soberanamente entre tanta agua y tanto reloj… ¿acaso estaremos más agarrados a la pata de la vida si tenemos más relojes cerca?). Luego ha parido “Baudolino”, libro excelente.

Bien, ya que todos conocemos las novelas de Eco como si las explicarámos en clase a alumnos locos por no oírnos, quiero “hacerme Eco” de otra obra suya que se conoce algo menos, pero que también se cita cuando uno se quiere poner pedante, que es “Apocalípticos e Integrados” (por cierto, lo triste del eco es que repite nuestras mismas tonterías, no es innovador…). En ella, además de otras variadas reflexiones, maravillosas para que un pedante las arroje a la cara de su incauto oyente, define el modo de enfocar la cultura tanto del apocalíptico como del integrado: el apocalíptico tiene la impresión de que, culturalmente, todo se cae, que ni la novela ya es lo que era, ni la poesía, ni la cultura en general. Nada levanta cabeza desde hace siglos. En el fondo, entiende la cultura como un reducto de elites y es un nostálgico de esas épocas en que la cultura estaba en los monasterios y en cuatro bibliotecas particulares. La cultura nos separa de las hordas iletradas (¡Ortega, ven a mi!), la generalización es encanallamiento y Gutenberg un traidor (nota molesta: cuidado con la nostalgia, que puede hacernos añorar tiempos que nunca existieron). Cuentan de D’Ors, el Xenius de España y Cataluña o al revés, que cuando dictaba una carta a su secretaria (éstos tenían secretaria siempre) le pedía que la leyera y le preguntaba “¿la entendió usted, señorita?”. Cuando la chica contestaba que sí, el Xenius, muy serio, comenzaba a dictar otra que sustituyera a la anterior. Por supuesto, ininteligible. ¿Sus palabras al alcance de cualquiera? No, degradarse lo justo, no más. Entronca con el comentario típicamente apocalíptico de que un libro científico o poético, si lo entienden demasiados lectores, no puede ser bueno.

El integrado considera que lo que se entiende por cultura de masas también es cultura: el cómic, la música que no es clásica, etc., y está más a favor de crear bibliotecas públicas que de criticarlas por sus escasos fondos. Es una actitud ante la vida. Eco está con el integrado. Yo también. Aunque debemos ser integrados lúcidos, pues de lo contrario acabaremos comulgando con ruedas de molino y tragándonos sapos culturales de considerable tamaño. Así, además de una actitud favorable a la difusión de la cultura a los más amplios sectores sociales (que no es degeneración cultural, que no…), hay que predicar con la actitud.

Por otra parte, si pensamos racionalmente, podemos llevarnos sorpresas: por ejemplo, nadie en su sano juicio literario nos criticará por llevar a Tolstoi debajo del bracete por el paseo marítimo y, de vez en cuando, incluso, abrir el libro y leer algo, para dar ejemplo al tendido. Bien. ¿Y acaso las novelas de Tolstoi, además de suponer un impresionante fresco histórico, no vienen a ser, en su afán por reflejar la sociedad rusa y sus sentimientos, excelentes dramones bien escrito, bastante parecidos a lo que en el fondo pretende cualquier culebrón televisivo, realizado con menos medios y asento de ayá, m’hijita? Pensémoslo: ¿qué es mi admirada Anna Karenina sino un hervidero de pasiones y convencionalismos sociales?. ¿Acaso la Doña Flor de Jorge Amado no dio para un culebrón de muchos capítulos sin que la patética serie repercutiera negativamente en la novela? Posiblemente animara a alguien a leer la novela. Eso está bien: es mejor cultura que divulgación cultural, de acuerdo, pero es mejor divulgación cultural que nada.

Habrá límites, claro: no podemos medir por el mismo rasero a Georgie Dann y a Manuel de Falla, o comparar la canción de Dinio con la música de su paisano Silvio Rodríguez, por poner ejemplos más actuales. El integrado corre el riesgo de comulgar con ruedas de molino a nada que se distraiga. Debemos asumir la responsabilidad de no caer en ello, por muy integrados que seamos. Es un deber que debemos asumir cada mañana.

El otro día, sin embargo, me puse apocalíptico yo también y escribí un versito titulado “En breve espacio de tiempo”. Decía así: “Las Autoridades Sanitarias advierten / de que la reflexión, / cuando es demasiado intensa, / y las inquietudes intelectuales en general / perjudican seriamente a la salud”. / Acabaremos encontrando este recordatorio / en cada libro. / Al ritmo que vamos…”. Y es que tampoco se puede ser integrado sin interrupción, después de lo que uno ve a veces…

Antonio José Quesada Sánchez
Rebelión

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