Los ojos del sobremundo, de JACK VANCE

sobremundo«En las alturas que están sobre el río Xzan, en el lugar de ciertas ruinas antiguas, Iucounu el Mago Risueño construyó una ca­sa para su satisfacción personal: una excéntrica estructura de empinados tejados de dos aguas, balcones, caminos elevados, cúpulas y tres torres de vidrio en espiral a través de las cuales la roja luz del sol brillaba con destellos trenzados y peculiares colores …» Estamos de nuevo en el mundo de La Tierra mori­bunda [11], donde un sol hinchado y debilitado lanza sus rayos sobre un paisaje fantástico habitado por criaturas deformes, hombres peligrosos y hechiceros malignos. Ésta es la continua­ción postergada durante mucho tiempo de la obra maestra de Jack Vance de 1950. Más ligera, más humorística y, aunque más episódica, más novela que la primera.

El protagonista timador de Vance se llama Cugel el Listo, «un hombre de muchos talentos, con una disposición al mismo tiempo flexible y pertinaz. Tenía largas piernas, manos hábiles, era ligero de dedos y de hablar suave». Cugel intenta robar a Iucounu el Mago Risueño, pero es atrapado en una trampa de hechicero. Como castigo, Iucounu lo amenaza con el hechizo del Enquistamiento Desolado, «que consiste en sumergir al in­di-viduo en un agujero situado a unos setenta kilómetros por debajo de la superficie de la Tierra», pero en cambio adhiere al hígado de Cugel un pequeño ser que es «todo garras, púas y garfios», y envía al aspirante a ladrón a una peligrosa búsqueda que éste no puede rechazar mientras su hígado esté amenaza­do. La tarea que debe llevar a cabo Cugel es encontrar uno de los Ojos semejantes a joyas del mundo sobrenatural, mecanis­mos milagrosos que permiten a los hombres contemplar un ám­bito superior de existencia. A tal fin, es transportado por un enorme pájaro que lo deja caer en una playa desolada en el otro extremo del mundo. Siempre ingenioso, Cugel no se des­alienta. Empujado por ideas de venganza, pronto logra obtener el ansiado juguete, y después de luchar, trampear y hablar dul­cemente para escapar de aventuras que ponen los pelos de punta, dirige sus pasos por el largo camino que conduce a su hogar y lo entrega al desagradecido mago. Los planes de ven­ganza le salen mal y es nuevamente desterrado. Las estratage­mas de Cugel son a veces brutales, como las de cualquier em­baucador legendario, pero toda la historia está narrada con infalible humor, inventiva y facilidad verbal.

Los ojos del sobremundo (The Eyes of the Overworld) es una obra bella a su modo, pero no tiene la belleza agónica del primer libro de Vance (que combinaba un poco de humor y una inagotable imaginación). Tampoco los libros muy posteriores en los que el autor ha vuelto nuevamente al encuadre de la «Tierra mori­bunda» –La saga de Cugel (1983) y Rhialto el prodigioso (1984) – logran reproducir la magia del original. Sin embargo, los cuatro libros constituyen en conjunto uno de los más impre-sionantes e influyentes logros en el campo de la «fantasía cientí-fica». La obra de Vance ha dejado sus huellas sobre autores tan diversos y talentosos como Michael Moorcock, M. John Harri-son y Gene Wolfe (para no mencionar a Michael Shea, un emulador su­yo que no lo oculta: véase el comienzo de su libro Nifft the Lean [79]). Otras notables obras fantásticas de Jack Vance son las de su serie «Lyonesse», cuyos dos primeros volúmenes son El jardín de Suldrun (1983) y La perla verde (1985). Éstas son grandes novelas que nos presentan un punto de vista muy poco usual so­bre Gran Bretaña. Aunque escribe desde hace décadas, aún es demasiado pronto para hacer una evaluación definitiva de la contribución de Vance a la moderna literatura fantástica. Pero sin duda alguna es uno de los princi-pales escritores del género.

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El hombre que mató a Durruti (Pedro de Paz)

durruti_reBarcelona, 1937. El comandante Fernández Durán, antiguo miembro del cuerpo de vigilancia de la Policía Gubernativa y actual comandante del ejercito republicano durante la guerra civil española, es requerido por sus superiores para una curiosa misión: investigar las oscuras circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti, líder anarquista fallecido en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en noviembre de 1936. Para ello se traslada a la capital en compañía de su ayudante, el teniente Alcázar donde, tras una serie de avatares, sus pesquisas le conducirán a una sorprendente conclusión.

 

Tras ocho meses redactando relatos breves a modo de entrenamiento, surgió éste, pensado inicialmente también como relato de reducida extensión. Los aspectos relacionados con la Guerra Civil Española me han fascinado desde siempre y de forma particular, la figura de Durruti. Tras dos meses en los que traté de recopilar la mayor documentación posible acerca del tema, me dispuse a escribir un relato breve en el que, de forma novelada, se expusiese todas las teorías acerca de la muerte del legendario anarquista, enhebradas a través de un hilo argumental de carácter policiaco que tratase de seguir a modo de homenaje los cánones del género y, en particular, el estilo desarrollado por Conan Doyle para dotar de vida a su insigne Sherlock. Una vez puse manos a la obra y debido a la ingente cantidad de documentación recogida e información acumulada, simplemente no pude parar, dando lugar así a mi primera novela (corta, pero novela al fin y al cabo). El texto fue escrito entre los meses de noviembre de 2002 y febrero de 2003 y presentado al I Certamen Internacional de Novela Corta «José Saramago» (2003), erigiendose en ganador por decisión unánime del jurado. Uno de los casos más estrafalarios y sorprendentes de mi vida. Con mi primera novela, me presento por primera vez a un concurso literario y lo gano. Algo querrá decir, supongo yo.

Más sobre esta novela y otras del autor en http://www.pedrodepaz.com

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Camelot (T. H. WHITE)

camelotEste libro contiene cuatro novelas: La espada en la piedra (The Sword in the Stone, 1938), La reina del aire y las tinieblas (The Queen of Air and Darkness, 1939), El caballero malhecho (The Ill–Made Knight, 1940) y Una vela al viento (The Candle in the Wind). En conjunto cuenta nuevamente la historia del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, empezando por la educación del Rey Arturo a cargo del mago Merlín. Ha habido incontables novelas arturianas, pero pocas han inspirado tanta devoción como esta obra deliciosamente divertida e imagina-tiva. Se con­virtió en un best–seller cuando fue publicada en su forma defi­nitiva en 1958, e inspiró un musical de Broadway, Camelot, y dos películas.

En su libro Imaginary Worlds el novelista y crítico nor-teame­ricano Lin Carter declara: «La novela fantástica más hermosa escrita en nuestro tiempo, y también que se haya escrito nunca, es, cualquiera que sea el criterio adoptado, Camelot (The Once and Future King) de T. H. White».

Camelot no es en modo alguno una versión seria del rela­to tradicional. Aunque sitúa la narración en la Alta Edad Me­dia, White usa deliberados anacronismos, comúnmente con un efecto encantador, aunque a veces las alusiones «modernas» son anticuadas («Lanzarote terminó siendo el más grande ca­ballero que tuvo el Rey Arturo. Era una especie de Bradman, el mejor promedio entre los batalladores»). También introduce muchos elementos mágicos, además de los tradicionales. El jo­ven Arturo, o la Verruga, como se lo llama, es transformado por Merlín en diversos animales del campo, y puede volar como un pájaro y nadar como un pez. Pero las principales cualidades del libro son el realismo –White muestra un conocimiento nota­ble de deportes como la halconería, así como las técnicas me­dievales para la caza, la agricultura y la guerra– y un senti­miento vigoroso de la naturaleza. Todo esto se combina con una poderosa imaginación visual:

 

Había un claro en el bosque, un vasto césped de hierba ilumi­nada por la luna, y los rayos blancos brillaban plenamente so­bre los troncos de los árboles en el lado opuesto. Estos árboles eran hayas, cuyos troncos son siempre más bellos bajo una luz perlada, y entre las hayas había un pequeñísimo movimiento y un tintineo plateado. Antes del tintineo sólo estaban las hayas, pero inmediatamente después había un caballero con toda su armadura, tranquilo, silencioso y extraterreno, entre los ma­jestuosos troncos. Montaba un enorme caballo blanco, tan ab­sorto como su amo, y llevaba en la mano derecha, con el extre­mo apoyado en el estribo, una larga y lisa lanza de torneo que se elevaba entre los troncos de los árboles, cada vez más alto, hasta que se proyectaba en el cielo de terciopelo. Todo era luz de luna, plata, demasiado bello para poder describirlo.

 

El libro también es notable por sus caracterizaciones cómicas (el caballero de la escena anterior resulta ser un imbécil que se sobresalta al menor ruido). Particularmente rico en humor es el retrato del brillante pero desconcertante y desordenado Merlín, tan resuelto a recordar el futuro que no tiene ningún conocimiento del pasado. Las cosas se ensombre-cen en los últimos episodios, los que tratan de la vida adulta de Arturo y sus intentos de gobernar sabiamente, y del trágico amor de la reina Guenever por sir Lanzarote. Pero la magia de toque ligero de este autor conserva su poder a lo largo de toda la obra. Terence Hanbury White (1906–1964) escribió otros libros, entre ellos Mistress Masham’s Repose (1947), una novela fantástica sobre una mucha­cha que descubre una colonia perdida de liliputienses en una isla lacustre. Una obra publicada póstumamente, El libro de Merlín (1977), sirve de entretenido apéndice a Camelot.

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El tambor de hojalata (Gunther Grass)

tambvorDurante la primavera y el verano de 1952 recorrí Francia de arriba abajo pidiendo viajes a los vehículos que pasaban. Vivía de casi nada, dibujaba sobre papel estraza y escribía sin parar: el lenguaje me había afectado como una diarrea. Además de ciertos cantos bastante epigonales (creo yo) sobre él difunto timonero Palinuro, produje un largo y tumoroso poema en el que Oskar Matzerath, antes de llamarse así, aparece como anacoreta estilista.

Era un hombre joven y existencialista, según los dictados de la moda del momento. De oficio, albañil. Vivía en nuestros tiempos. Sus conocimientos literarios eran desordenados y más bien fortuitos, y no escatimaba las citas. Desde antes de ocurrir el auge de la prosperidad material, estaba harto de ella y enamorado de su propio asco. Por eso, construyó una columna en el centro de su pequeña ciudad (sin nombre), posición que ocupó encadenado. Mediante un largo palo y un cesto, su madre, sin dejar de regañarlo, le pasaba la comida. Sus esfuerzos por incitarlo a regresar eran apoyados por un coro de muchachas peinadas al estilo de figuras mitológicas. El tránsito de la población daba vueltas a la columna, se reunían sus amigos y enemigos; finalmente, la comunidad entera levantaba la vista hacia él. El anacoreta estilista, por encima de todo ello, miraba hacia abajo y cambiaba serenamente el peso de una pierna a la otra; había hallado su perspectiva y reaccionaba con palabras cargadas de metáforas.

Este extenso poema no se logró y fue olvidado en alguna parte; sólo recuerdo unos cuantos fragmentos, que a lo sumo muestran la influencia ejercida simultáneamente sobre mí por Trakl y Apollinaire, Ringelnatz, Rilke y unas traducciones pésimas de Lorca. Lo único interesante era la idea de la búsqueda de una perspectiva apartada: la elevada posición del anacoreta estilita resultaba demasiado estática. El tamaño alcanzado por Oskar Matzerath a los tres años me brindó al mismo tiempo, finalmente, movilidad y distancia. Si se quiere, Oskar Matzerath es un anacoreta estilita de polaridad invertida.

Al finalizar el verano del mismo año, cuando estaba desplazándome, procedente del sur de Francia, vía Suiza hacia Dusseldorf, no sólo conocí a Anna sino que también, como producto de la mera contemplación, fue destituido el anacoreta estilita. En una ocasión banal, por la tarde, vi entre adultos que tomaban café a un niño de tres años, que traía colgado un tambor de hojalata. Llamaron mi atención y se fijaron en mi conciencia: la entrega ensimismada del niño a su instrumento; también, su forma de no hacer caso del mundo de los adultos (dedicados a acompañar su charla vespertina con café).

Durante tres años completos, este «hallazgo» permaneció enterrado. Me mudé de Dusseldorf a Berlín, cambié de maestro de escultura, volví a encontrar a Anna, me casé al año siguiente, saqué a mi hermana, que se había metido en un callejón sin salida, de un convento católico, dibujé y modelé figuras en filigrana, parecidas a aves, langostas y gallinas, fracasé con un primer intento más largo de prosa, que se llamaba La barrera y había tomado a Kafka como modelo y a los primeros expresionistas, como fuente de su aparato metafórico; sólo entonces escribí, un poco más tranquilo, mis primeros poemas eventuales, relajados y puestos a prueba con trazos de dibujo, los cuales se apartaron del autor y ganaron esa independencia que permite la publicación: Die Vorzüge der Windhühner [Las ventajas de las gallinas del viento], mi primer libro.

Con ese equipaje —el material acumulado, algunos proyectos imprecisos y una ambición precisa: yo quería escribir mi novela, Anna buscaba un ejercicio más estricto de ballet— abandonamos Berlín a principios de 1956, sin recursos y sin preocupaciones, y fuimos a vivir a París. Cerca de la Place Pigalle, Anna encontró a su estricta matrona rusa de ballet, en forma de Madame Nora; yo aún estaba puliendo la obra de teatro Los malos cocineros, cuando comencé el primer borrador de una novela que tendría diversos títulos de trabajo: Oskar, el tambor, El tambor, El tambor de hojalata. Y exactamente aquí es donde se bloquea mi memoria. Sé que gráficamente diseñé varios planes, los cuales resumían todo el material épico, llenos de palabras sucintas, pero estos planes fueron anulados y perdieron su valor mientras progresaba el trabajo.

No obstante, también los manuscritos de la primera y la segunda versiones, y finalmente de la tercera, sirvieron para alimentar el calentador en mi cuarto de trabajo, el cual volveré a mencionar más adelante.

Con la primera frase: «Pues sí: soy huésped de un sanatorio…», se disolvió el bloqueo, me apremió el lenguaje, fluyeron libremente la capacidad de recordar y la fantasía, el placer lúdicro y la obsesión con los detalles, un capítulo derivó de otro, supe dar brincos cuando inesperadas depresiones contenían la corriente del relato, me ayudó la historia con ofertas locales, las latas reventaron para soltar olores, fui adquiriendo una familia reproducida espontáneamente, me peleé con Oskar Matzerath y sus anexos sobre los tranvías y la disposición de las líneas, sobre los procesos simultáneos y la absurda coacción ejercida por la cronología, sobre el derecho de Oskar a hablar en primera o en tercera persona, sobre su pretensión de engendrar a un hijo, sobre sus faltas verdaderas y su culpa fingida.

De esta manera, mi intento de adjudicar al solitario Oskar una maliciosa hermanita fracasó debido a las protestas de aquél; es posible que la hermana haya insistido, posteriormente, en su derecho a la existencia literaria, en forma de Tulla Pokriefke.

Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: un agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. El cuarto servía también para calentar nuestro minúsculo departamento de dos habitaciones en la planta siguiente. Mi actividad de fogonero se engranó con la de escribir. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por coque, con dos cubetas, a un cobertizo del sótano en el edificio al frente. Mi habitación olía a moho y, acogedoramente, a gas. Las goteras de las paredes estimulaban mi imaginación. Es posible que la humedad del cuarto haya activado el ingenio de Oskar Matzerath. Una vez al año, durante los meses de verano, tenía la oportunidad de escribir al aire libre en Tesino durante un par de semanas, por ser Anna de Suiza. Me sentaba a la mesa de piedra debajo de una pérgola de vid, contemplaba el paisaje centelleante, propio de una decoración teatral, de la zona del sur, y describía, bañado en sudor, el helado mar Báltico.

 A veces, para cambiar de aire, garabateaba los borradores para los capítulos en los bistros de París, tal y como se les conserva en las películas: entre parejas de enamorados trágicamente abrazados, ancianas escondidas dentro de sus abrigos, paredes de espejos y ornamentos Art Nouveau, algo sobre afinidades electivas: Goethe y Rasputín.

A pesar de ello debo haber vivido intensamente, al mismo tiempo, cocinado con esmero y bailado de gusto, a la menor provocación, por las piernas bailadoras de Anna, pues en septiembre de 1957 —me encontraba en medio de la segunda versión— nacieron nuestros hijos gemelos, Franz y Raoul. Un problema no de naturaleza literaria, sino financiera. Al fin y al cabo, vivíamos de unos 300 marcos mensuales, repartidos minuciosamente, los cuales ganaba casi sin fijarme en ello. A veces creo que me protegió el simple hecho —si bien afligiera a mi padre y mi madre— de no haber terminado el bachillerato. Con un bachillerato, seguramente hubiese tenido ofertas, me hubiera convertido en guionista para programas nocturnos de radio, hubiera guardado el comienzo de un manuscrito en el cajón y un rencor creciente, de escritor impedido, contra todos los que escriben libremente, sin preocuparse, y aun así los alimenta nuestro Padre en los Cielos.

La última versión del capítulo sobre la defensa del Correo polaco en Danzig hizo necesario un viaje a Polonia en la primavera de 1958. Hôllerer sirvió de intermediario, Andrzej Wirth escribió la invitación y vía Varsovia me dirigí a Gdansk. Sospeché que aún debían existir algunos antiguos sobrevivientes de la defensa del Correo polaco y pedí informes en el Ministerio polaco del Interior, el cual contaba con una oficina en la que se apilaban los documentos sobre los crímenes de guerra cometidos por los alemanes en Polonia. Me proporcionaron los domicilios de tres antiguos empleados del Correo polaco (la referencia más reciente era de 1949), pero con el comentario restrictivo de que los supuestos supervivientes no eran reconocidos por el sindicato polaco de trabajadores del Correo (ni en los círculos oficiales en general) porque, según las versiones alemana y polaca, en el otoño de 1939 se dio a conocer públicamente que todos habían muerto fusilados. Por eso se habían cincelado sus nombres en la lápida conmemorativa; y el que haya sido cincelado en piedra ya no puede estar vivo.

Fui a Gdansk en busca de Danzig, pero encontré a dos de los antiguos empleados del Correo polaco; entretanto, habían conseguido trabajo en los astilleros, ahí ganaban más que en el Correo y en realidad estaban contentos con su estado de no reconocimiento. No obstante, sus hijos querían ver a los padres convertidos en héroes y estaban tramitando (sin éxito) su reconocimiento como luchadores de la resistencia. De ambos empleados del Correo (uno había distribuido giros postales) obtuve descripciones detalladas de los sucesos ocurridos en el Correo polaco durante su defensa. Me hubiera resultado imposible inventar esas rutas de evasión.

En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad y hojeé colecciones del Danziger Vorposten, olí el Mottlau y el Radaune. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos y aquel gran edificio de alquiler del Labesweg, entre la plaza Max Halbe y el mercado nuevo; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico.

Y un día me encontré en la cocina comedor de mi tía abuela cachuba, Anna. Sólo al mostrarle mi pasaporte terminó de creerme: «Vaya, Guntercito, cómo has crecido.» Ahí me quedé por un tiempo para escucharla. Su hijo Franz, un antiguo empleado del Correo polaco, efectivamente había sido fusilado después de capitular los defensores. Hallé su nombre cincelado en piedra sobre la lápida conmemorativa: reconocido.

En la primavera de 1959, después de concluir el trabajo del manuscrito y corregir las galeras y las pruebas, recibí una beca por cuatro meses. Otra vez había intervenido Hóllerer. Debía viajar a Estados Unidos y contestar, de vez en cuando, las preguntas de estudiantes. Sin embargo, no logré el permiso. En aquel entonces aún había que someterse a un meticuloso examen médico para obtener la visa, lo cual hice y averigüé que en algunos puntos de mi pulmón habían aparecido tubérculos, una especie de nodulos: cuando los tubérculos revientan, producen agujeros.

Por eso, y también porque en Francia, entretanto, había asumido el poder De Gaulle —después de ser detenido por la policía francesa durante una noche, me entró una verdadera nostalgia de la policía alemana—, dejamos París, al poco tiempo de aparecer El tambor de hojalata como libro (y de abandonarme), y volvimos a establecernos en Berlín. Ahí me obligaron a dormir a mediodía, a abstenerme del alcohol, a hacerme examinar con regularidad, a tomar crema y a tragar tres veces al día unas pastülitas blancas que, según creo, se llamaban Neoteben, con lo cual me volví sano y gordo.

No obstante, estando aún en París había comenzado los trabajos preliminares para la novela Años de perro, que al principio se intitulaba Cascaras de papa y estaba basada en una concepción falsa. Hizo falta la novela corta El gato y el ratón para destrozar ese concepto insustancial. Pero en este tiempo ya era famoso y no tenía necesidad de alimentar la estufa con coque mientras escribía. Desde entonces, escribir me resulta más difícil.

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Siete días en Nueva Creta (Robert Graves)

nuevaEste fascinante libro de un importante poeta y autor inglés de novelas históricas también es conocido por su título americano Watch the North Wind Rise. En el momento de su aparición Graves acababa de publicar su controvertido libro, no de ficción, La diosa blanca: una gramática histórica del mito poético (1948), donde sostiene que toda gran poesía se inspira en lo eterno femenino, la antigua Diosa trina que ha sido desplazada en tiempos moder­nos por la «razón» científica masculina. Siete días en Nueva Creta (Seven Days in New Crete) aborda el mismo tema, en la forma de una fantasía de viaje en el tiempo. El narrador, un poeta del si­glo xx llamado Edward Venn–Thomas, despierta en un lejano futuro para encontrarse en un lugar utópico pero armonioso llamado Nueva Creta. Es una sociedad de hornillos de madera y luz de velas, gobernada por poetas y brujas de magia blanca, donde todo el mundo expresa su creencia en la única verdade­ra diosa. No hay violencia alguna –las guerras se han convertido en torneos amistosos librados en los pastos de la aldea– y hay una sorprendentemente escasa actividad sexual («en casos de total simpatía, nos echamos uno junto a otro, o pie con pie, sin contacto corporal, y nuestros espíritus flotan hacia arriba y vagan en un movimiento a través de la habitación»).

Aparentemente, Edward Venn–Thomas ha sido invocado por las brujas para que responda a sus preguntas acerca de su propio período, la Época Cristiana Tardía. (El conocimiento que tienen sus anfitriones del pasado es brumoso: en un mo­mento se siente mortificado al descubrir uno de sus poemas en un libro titulado El canon poético inglés, que ha sido «torpemen­te reescrito y atribuido al «poeta Tseliot»».) Pero en realidad, como llega a comprender gradualmente, él está allí para reali­zar los designios profundos de la Gran Diosa. Nueva Creta pue­de ser un paraíso no violento, pero es también aburrida y sin vida, y la tarea de Edward es inyectar un poco de maldad y locu­ra en las vidas excesivamente virtuosas de sus ciudadanos. Lo hace, sin ser consciente al principio de lo que está ocurriendo: se ve enredado en amores con dos jóvenes mujeres, despertan­do así sentimientos de celos que luego conducen a actos de ase­sinato y suicidio. Edward dice, en su principal discurso, al final de la novela:

 

–Yo soy un bárbaro, un poeta del pasado … tengo un mensaje que transmitiros; ¡escuchadme bien! La Diosa es omnipotente, la Diosa es de una suprema sabiduría, la Diosa es totalmente buena; pero hay veces en que se pone la máscara del mal y del engaño. Durante demasiado tiempo, nuevos cretenses, ella os ha mostrado su rostro clemente y natural; la costumbre y la prosperidad os han cegado para su belleza. En mi época bár­bara, un tiempo de gran obscuridad, ella llevaba una máscara perpetua de crueldad hacia los incontables renegados de su servicio, y se la quitaba, raramente y en secreto, sólo para los locos, los poetas y los amantes.

»… Ella me ha llamado del pasado, como simiente de des­venturas, para proveeros de una cosecha de aflicciones, pues el verdadero amor y la verdadera sabiduría sólo surgen de la ca­lamidad … ¡Sopla, viento del Norte, sopla! Aleja la seguridad, levanta los antiguos techos arrancándolos de sus vigas, destru­ye las ramas podridas de los alisos, las encinas y los membrillos; rompe las puertas … y pon en libertad a los locos …

 

En esta interesante (y a menudo divertida) fantasía de im­pulsos en conflicto, Robert Graves (1895–1985) no nos pide que nos unamos a su culto de la Diosa, sino que más bien explora todos sus propios sentimientos ambiguos en relación con la poesía, las mujeres, el progreso técnico, la guerra y la civili­zación.

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