Un caso de conciencia (JAMES BLISH)

concienEste libro combina elementos de ciencia dura (física, biología y quí­mica) con especulaciones teológicas, sociológicas e incluso litera­rias. El campo de referencia intelectual del autor es sorprendente. Brian Aldiss no exageraba cuando decía que Blish tenía «uno de los intelectos más poderosos (y una de las memorias más ricas, diría yo) que jamás se hayan dedicado a la ciencia ficción». Esto parece sor­prendente cuando uno recuerda que James Blish (1921–1975) fue un escritor del género de cf que se había fogueado en las revistas nor­teamericanas de segunda línea de los años cuarenta. Antes de dedi­carse a la literatura se había graduado en biología y había trabajado en una importante com-pañía farmacéutica. Hasta la aparición de Un caso de conciencia (A Case of Conscience) era conocido principal­mente por unas óperas del espacio bastante presuntuosas, los rela­tos de la serie «Okie», varios de los cuales formaron el libro Earthman, Come Home.

En Un caso de conciencia el escenario es un planeta llamado Lithia, y el personaje central, el padre Ramón Ruiz–Sánchez, es un biólogo jesuita. Junto con otros cinco científicos ha sido enviado a Lithia para determinar si el planeta puede servir como estación in­termedia para viajeros humanos. El planeta Lithia está habitado por una especie de reptil muy inteligente. Los lithianos crecen hasta alturas de seis metros y medio y se asemejan a los dinosaurios, pero son extraordinariamente amables y pacíficos. En realidad, Ruiz–Sánchez se entusiasma –y se aterroriza– al des-cubrir que la socie­dad de los lithianos es, según todas las apariencias, perfecta; no hay crímenes ni desigualdades ni infelicidad, y ninguna concepción de Dios.

Los lithianos viven en casas de barro, entre el mar y la selva. Nunca han tenido una época glacial, y apenas hay animales peli­grosos. En las costas gritan peces con pulmones, mientras que por los bosques deambulan pequeños lagartos saltadores y grandes reptiles. Hay muchos insectos y plantas venenosas, por lo cual el medio resulta incómodo para los seres humanos; pero a pesar de todo cabe la posibilidad de que Lithia sea en realidad un Edén habitado por hombres que no han conocido la caída ni el pecado. Hasta hay un árbol en ese paraíso que los lithianos conocen como el «Árbol del Mensaje». Es el centro de una sofisticada red de co­municaciones, y en la novela está memorablemente descrito: «Un gigante con aspecto de abeto californiano … Cuando los vien­tos recorrían el valle, el árbol cabeceaba y se inclinaba a uno y otro lado … Con cada movimiento, las raíces, que se extendían por debajo, sacudían y torcían el acantilado cristalino sobre el que habían construido la ciudad … A cada sacudida, el acantilado respondía con un amplio latido de ondas radiales…».

Ruiz–Sánchez llega a pensar que tanto los lithianos como su mundo son creaciones del demonio, una trampa que el Gran Ad­versario ha puesto a la humanidad. Blish no comparte esa opinión –la novela no es una fantasía religiosa, sino cf dura–, pero sondea la agonía de la conciencia de su héroe con considerable delicadeza. En el prólogo dice: «El autor … es un agnóstico sin posición en nin­guna de estas cuestiones. Mi intención ha sido escribir acerca de un hombre, no acerca de un cuerpo doctrinario».

Es una historia intrincada, atractiva, llena de reflexiones cien­tíficas y teológicas, cosa poco habitual en la cf norteamericana. Desgraciadamente, el impulso creativo decae en la segunda parte, cuando la acción se traslada otra vez a la Tierra, aunque incluya algunos pasajes espléndidos, como la descripción de la toma de conciencia de Egtverchi, un «bebé» lithiano, sin duda uno de los fragmentos más hermosos y poéticos de ciencia ficción que jamás se hayan escrito. Lo más notable de la obra posterior de Blish es la no­vela histórica Dr. Mirabilis (1964), acerca de fray Roger Bacon. A pe­sar de que para Blish fuera una continuación de A Case of Conscience, apenas puede considerársela cf.

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Estación de tránsito, de CLIFFORD D. SIMAK

«La región sudoccidental de Wisconsin está limitada por dos ríos, el Mississippi al oeste, y el Wisconsin al norte. Más allá de los ríos hay una amplia llanura con prósperas granjas y ciudades. Pero la tierra que cae hacia el río es áspera y escarpada, con elevadas colinas, ris­cos, profundos barrancos y despeñaderos, y ciertas áreas que for­man bahías o zonas aisladas. Los caminos de alrededor son inade­cuados y las pequeñas y toscas granjas están habitadas por un pueblo que tal vez se encuentra más cerca del tiempo de los pione­ros, cien años atrás, que del siglo XX.» Así describe uno de los perso­najes el escenario de esta novela, la región donde Simak nació y se crió. Es un escenario al cual el autor ha vuelto casi obsesivamente en todas sus obras, al igual que William Faulkner al condado de Yoknapatawpha. Quizá sea un rasgo demasiado provinciano, conser­vador y nostálgico para un escritor de ciencia ficción. Es cierto. Sin embargo, cada vez que Simak recrea el Wisconsin del Sudeste, le otorga características de otro mundo, extraterrestres, y convierte esa región casi salvaje en una encrucijada del cosmos. En ninguna otra obra lo consigue con tanta eficacia como en Estación de tránsito (Way Station).

Es la historia de un legendario ermitaño, Enoch Wallace, de ciento veinticuatro años, veterano de la guerra civil. A finales de la década del sesenta del siglo pasado, hastiado de la guerra, se retiró a la pequeña granja de su padre en Wisconsin. Allí un día se le acercó un extranjero alto y delgaducho, de orejas «demasiado puntiagu­das». El visitante resultó ser un emisario extraterrestre –a quien Enoch bautiza «Ulises»– que busca un lugar apartado, adecuado para instalar una estación galáctica de tránsito. Actualmente, casi un siglo después, Enoch, eternamente joven, todavía vive en su abandonada granja, trabajando como jefe de estación para una ci­vilización interestelar. La casa en que vive es indestructible merced a la tecnología extraterrestre, y está repleta de equipos de telepor­tación. De vez en cuando, alguna criatura ex-traterrestre se mate­rializa allí y utiliza la casa de Enoch como escala en su ruta hacia otro punto de la galaxia. Muchas veces, Enoch comparte comida y café con sus «huéspedes», y éstos le retribuyen con regalos extra­vagantes.

En una ocasión, un viajero extraterrestre murió en tránsito, y Enoch enterró el cuerpo con gran reverencia en la tumba familiar. Un agente del gobierno norteamericano, a quien habían enviado para que investigara la milagrosa longevidad de Enoch, encuentra la tumba, la abre y retira los restos del extraterrestre. Esa acción pone en movimiento la intriga de la novela. Los parientes del extraterrestre se enteran de que el cadáver ha sido trasladado y acusan a Enoch. Ulises, el emisario de la Central Galáctica, le advierte que la estación de tránsito puede ser clausurada. Mientras tanto, Enoch tiene problemas con sus vecinos: una hermosa chica sordomuda es­capa de un padre brutal y Enoch la esconde en la casa. Descubre que la chica tiene dones telepáticos, con lo que activa uno de sus re­galos extraterrestres, una pequeña pirámide de esferas rotativas que hasta entonces había permanecido inerte. Tal vez ese miste­rioso artefacto sea la clave de la armonía galáctica y de la paz en la Tierra.

Parece un fárrago increíble, pero esta lenta y reflexiva histo-ria tiene un considerable encanto. Él medio rural es descrito con au­téntico sentimiento, y el tema de la armonía universal tiene una in­mediatez que no es demasiado empalagosa. El mensaje de la novela parece ser el siguiente: No te muevas y sabrás; simplemente escu­cha las estrellas…

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Las sirenas de Titán (KURT VONNEGUT)

Irónico, sentimental, absurdo e hilarante, Kurt Vonnegut (nacido en 1922) es hoy uno de los novelistas norteamericanos más leídos. Sin embargo, cuando este libro apareció por primera vez, en edi­ción de bolsillo, pasó casi inadvertido. El autor había publicado una novela, la satírica La Pianola (1952, a mi juicio menos intere­sante que Limbo, de Bernard Wolfe, que apareció el mismo año). Vonnegut encontró su verdadera voz en Las sirenas de Titán (The Si­rens of Titan), el mejor de todos sus trabajos de ciencia ficción. Esta «voz» es de gran valor. Vonnegut escribe en un estilo de hombre asombrado pero lúcido, pretendidamente inocente, de frases bre­ves y párrafos de una sola frase, rimas triviales y a veces garabatos y balbuceos infantiles. No es una voz que les guste a todos –se la ha juzgado demasiado fácil y afectada– pero millones de lectores, so­bre todo jóvenes, han respondido a ella calurosamente.

Las sirenas de Titán es la historia de un astronauta millonario, Winston Niles Rumfoord, que mete su nave espacial en un infundíbulo cronosinclástico (o, en la jerga de la cf, una corriente espacio–tem­poral). Él y su perrito existen ahora como «fenómenos ondulatorios pulsando en apariencia en una espiral distorsionada que empieza en el Sol y termina en Betelgeuse». También pulsan a través del tiempo, y son capaces de ver lo que ha sido alguna vez y lo que será. Es la historia del reverendo Bobby Dentón, evangelista cruzado y contrario a los viajes por el espacio: «¿Queréis volar a través del es­pacio? ¡Dios os ha dado ya la nave espacial más maravillosa de toda la creación! ¡Sí! ¿Velocidad? ¿Queréis velocidad? La nave espacial que Dios os ha dado va a sesenta y seis mil millas por hora … ¡Os ha dado una nave espacial que transportará a miles de millones de hombres, mujeres y niños! ¡Sí! Y no es necesario estar atados a los asientos ni ponerse peceras en la cabeza. ¡No!». Esto recuerda la nave espacial terrestre promovida por el movimiento ecologista en los años setenta.

Es la historia de Malachi Constant,hijo de un multimillonario ignorante que debe el éxito de sus negocios a la Biblia Gideon. Ma­lachi siente que ha de haber algo más en la vida que las intermina-bles fiestas que Hollywood puede ofrecer, y que hay alguna verdad importante acerca del universo que él está destinado a descubrir. Llegado el momento, es incorporado al ejército privado de Winston Rumfoord, en el planeta Marte. Sin ningún recuerdo, y respon­diendo al nombre de «Unk», tiene diversas aventuras en las grutas de Mercurio antes de regresar a la Tierra y convertirse en chivo ex­piatorio e involuntario de la nueva religión de Rumfoord, la Iglesia de Dios el por completo indiferente.

Es también la historia de Salo, un extraterrestre del planeta Tralfamadore, de la Nube Magallánica Menor, a quien Rumfoord encuentra en Titán, una de las lunas de Saturno. Salo ha estado allí durante 200.000 años, aguardando una pieza de repuesto para su platillo volador, le han encomendado una misión: llevar un impor­tante mensaje a través del universo. El texto del mensaje está sellado con plomo y le cuelga del cuello. Cuando se lo lee a Malachi y a Rumfoord, descubren que sólo tiene una palabra: «Saludos».

En resumen, Las sirenas de Titán es una novela muy divertida acerca del Sinsentido de Todo. La totalidad de la historia humana ha sido conducida por los tralfamadorianos con la expresa finalidad de conseguir un repuesto para la nave espacial de Salo. La misión galáctica de Salo consiste simplemente en decir a todo aquel que lo escuche: «Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy». ¿Qué más se puede decir? Dios, si existe, es completamente indiferente a los sufrimien­tos de los seres humanos y de las entidades extraterrestres y la única respuesta posible a un universo tan absurdo es una carcajada.

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La isla del tesoro (Robert L. Stevenson)

Jim Hawkins, ya adulto nos narra la historia según la recuerda, a excepción de tres capítulos que relata el Doctor Livesey.

El libro está dividido en seis partes con un total de 34 capítulos, no muy largos y con un lenguaje bastante técnico respecto al barco y la navegación y con algunas palabras ya en desuso.

La historia transcurre hace varios siglos, cuando embarcarse para hacer un largo viaje era una gran aventura.

Stevenson tenía 30 años cuando comenzó a escribir La Isla del Tesoro, su primer éxito como novelista. Los quince primeros capítulos fueron escritos en Braemar en las Tierras altas escocesas en 1881. Era un verano tardío, frío y lluvioso y Stevenson estaba con cinco miembros de su familia de vacaciones en una casita en el campo. El joven Lloyd Osbourne, hijastro de Stevenson, pasaba los días lluviosos pintando con acuarelas. Recordando esos momentos, Lloyd escribiría:

A los tres días de dibujar el mapa de Lloyd, Stevenson había escrito los tres primeros capítulos. Iba leyendo cada uno en voz alta a su familia que le hacía sugerencias. Lloyd insistió en que no hubiera mujeres en la historia. El padre de Stevenson se divertía como un niño con la historia y pasó un día escribiendo el contenido exacto del cofre marino de Billy Bones, que Stevenson adoptaría palabra por palabra. Fue también su padre quien sugirió la escena donde Jim Hawkins se oculta en el barril de manzanas. Dos semanas más tarde, un amigo, el doctor Alexander Japp, llevó los primeros capítulos al editor de la revista Young Folks, que se mostró de acuerdo con publicar un capítulo semanal. Stevenson escribiría un capítulo al día durante quince días, pero llegado cierto momento comenzaron a faltarle las palabras.

Cuando el otoño llegó a Escocia, los Stevenson dejan sus vacaciones de verano y regresan a Londres. Stevenson tenía un problema crónico en los bronquios. Preocupado por el plazo de entrega viajó en octubre a Davos, Suiza, donde la interrupción del trabajo y el aire limpio de montaña obran maravillas. Ya recuperado, fue capaz de seguir a razón de un capítulo por día y pronto termina la historia.

Durante su lanzamiento inicial en Young Folks entre octubre de 1881 y enero de 1882 la historia no logró atraer la atención ni sirvió para aumentar las ventas de la revista. Pero cuando salió a la venta como libro en 1883 no tardó en hacerse muy popular. El primer ministro Gladstone, se cuenta, permaneció despierto hasta las dos de la madrugada para terminarlo. Los críticos la elogiaron profusamente. El novelista americano Henry James alabó éste «…perfecto como un juego de muchachos bien jugado». Gerard Manley Hopkins escribió «creo que Stevenson muestra más genio en una página que Sir Walter Scott en todo un volumen».

Stevenson unió a los piratas para siempre con mapas, goletas negras, islas tropicales, y marineros con una sola pierna con loros sobre sus hombros. El mapa de tesoro con una X que marca de la posición del tesoro enterrado es uno de los apoyos piratas más familiares «, sin embargo es completamente una invención ficticia que debe su origen al mapa original de Stevenson. El término «La Isla del Tesoro» ha pasado a la lengua como una frase común, y a menudo es usada como un título para juegos, paseos, sitios, etc.

Gracias a las cartas y ensayos de Stevenson, sabemos mucho sobre sus fuentes e inspiraciones. El catalizador inicial era el mapa de la isla, que era esencialmente el argumento entero a él como el autor, como él dijo. Envió el mapa con su manuscrito al editor del libro, que más tarde dijo que el mapa se había perdido. Stevenson no tenía ninguna copia y quedo devastado. En los días anteriores a las fotocopiadoras, tuvo que construir otro mapa tediosamente desde el principio, asegurándoselo emparejó la trama esta vez. El nuevo mapa carecía del encanto del primero y nunca fue realmente la isla del tesoro de Stevenson, sin embargo, también se refirió a los recuerdos de las obras de Daniel Defoe, Edgar Allan Poe «El escarabajo de oro», y Washington Irving «Wolfert Webber», Stevenson dijo:

Stevenson dijo que la novela At Last, de Charles Kingsley también fue una inspiración clave. La idea para el personaje de John Silver El Largo fue inspirada por su amigo de vida real William Henley, escritor y editor. Henley perdió una pierna por tuberculosis en un hueso; El hijastro de Stevenson, Lloyd Osbourne, describió a Henley como:

Stevenson nunca había tropezado con un verdadero pirata en su vida. Sin embargo sus descripciones de navegación y marineros y la vida de mar son muy convincentes. Su padre y su abuelo eran a la vez faro-ingenieros y viajó con frecuencia en torno a la inspección de los faros de Escocia. Dos años antes de escribir La Isla del Tesoro, Stevenson había cruzado el Océano Atlántico. Tan auténticas eran sus descripciones que en 1890 William Butler Yeats dijo a Stevenson que La Isla del Tesoro era el único libro del cual su abuelo marinero había tenido nunca ningún tipo de placer parecido.

El protagonista es un adolescente que narra en primera persona sus aventuras, su nombre es Jim Hawkins y trabaja en la posada de sus padres llamada El Almirante Benbow. Él es un chico valiente, inteligente e ingenioso.

Un día llegó a la posada un viejo marinero con una gran cicatriz llamado Billy Bones. Al morir este Jim se hace con un viejo libro de cuentas y un mapa. Por eso se entera de la existencia de un tesoro legendario. Tras esta revelación Jim junto al doctor Livesey y el caballero Trelawney preparan una expedición para ir en su búsqueda.

Para ello el caballero compra un barco llamado “La Española”, pero al principio tiene problemas para encontrar tripulantes, hasta que un día se encuentra por casualidad con Long John Silver que es un antiguo marinero, pero que tiene muchas ganas de volver a la mar. Este es contratado inmediatamente como cocinero y él a su vez encuentra al resto de la tripulación que según sus palabras son unos “lobos de mar”. Así en tan extraña compañía se inicia la larga travesía.

Durante la travesía, Jim se cayó a un barril de manzanas, y allí escondido escuchó como Silver, preparaba un motín.

A partir de ahí la tripulación se divide en dos frentes. Uno con Jim, Redruth, Trelawney, Livesey, Gray, Humter, Joyce y el capitán Smollet. Y del otro lado el resto de la tripulación, borrachos la mayor parte del tiempo, dirigidos por John Silver, un pirata que a pesar de tener una pata de palo es muy ágil y posee una gran inteligencia.

El primer grupo, al llegar a la isla consigue salir del barco y refugiarse un una cabaña llamada la “Estacada”, una casa de madera con una empalizada para la defensa que había sido construida por el capitán Flint.

Cuando llevaban unos días en la isla la situación dio un gran cambio. Jim encontró a Ben Gunn que era un pirata que Flint dejó abandonado en la isla. Otro día Jim se marchó de la “Estacada”, sin decir nada a nadie y se dirigió al barco con la intención de recuperarlo ya que había quedado en poder de los piratas, y era su único medio de poder salir de la isla. Gracias a la astucia y a la buena suerte logro hacerse con el control y llevar la goleta a otra cala donde la dejo varada, para que los piratas no la pudieran encontrar.

A su regreso a la “Estacada”, Jim se llevo una gran sorpresa, ya que en lugar de encontrar a sus amigos. A quien encontró fue a Silver con los piratas que quedaban, que no eran muchos. Allí se entero de que sus amigos habían hecho un trato con Silver, quien a cambio de dejarles salir se quedaba con el mapa, la cabaña, las provisiones, la pólvora y la promesa de que el doctor visitaría a los enfermos.

Los piratas, decidieron ir a buscar el tesoro, llevando a Jim como prisionero. Al llegar al lugar señalado en el mapa, se encontraron con que el tesoro no estaba. Alguien se les había adelantado. En ese momento aparecen los amigos de Jim rescatándole y tomando como prisionero a Silver.

Fueron a la cueva de Ben Gunn, que es donde este había trasladado el tesoro. Tardaron casi un día en poder transportar el tesoro a “La Española.”

Asi emprendieron el viaje de regreso. Llegando a Bristol, tan solo unos pocos. Silver logra escapar con una parte del tesoro.

Al recordar el viaje y que parte del tesoro seguía donde Flint lo enterró, Jim hace esta reflexión: “Ni atado con cadenas a una pareja de bueyes podría nadie obligarme a volver a aquella maldita isla”.

Como se trata de una novela cuyos derechos pertenecen ya al dominio público, aquí os dejamos un enlace para descargarla. Si no es así, rogamos que alguien avise.

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El fin de la eternidad (ISAAC ASIMOV)

eterniEs uno de los autores más conocidos del mundo, de modo que me ha parecido que debía incluir algo de Isaac Asimov (nacido en 1920), aunque confieso que no siento precisamente mucho entu­siasmo por su obra. Tenía que elegir entre esta novela sobre viajes espaciales o su famosa Fundación (1951–1953), que siempre me pa­reció sobrevalorada. Es una larga serie de cuentos y novelas cortas publicados en Astounding en la década del cuarenta, reunidos en tres volúmenes, que retoma el tema de Declinación y caída del Imperio Romano, de Gibbon, pero proyectado en un escenario galáctico fu­turo. Tampoco me atraen las novelas de Asimov sobre robots detec­tives: Bóvedas de acero (1954) y El sol desnudo (1957). Quizás éstas lo confirmen como la Agatha Christie de la cf, pero, francamente, pre­feriría leer a Christie. Queda, pues, El fin de la eternidad (The End of Eternity), que tiene el mérito de ser pura cf y, además, una novela. El héroe, Andrew Harlan, es un habitante del siglo noventa y cinco. A los quince años ha sido reclutado como guardia de la Eter­nidad, y ahora deambula por la corriente del tiempo, ayudando a que la historia humana se mantenga equilibrada y serena. A pesar de ese gran tema, la novela es sorprendentemente descolorida y po­bre en detalles. La propia Eternidad es una especie de pabellón de corredores grises que están fuera del Tiempo (en este libro todo está en mayúscula). Comienza en el siglo veintisiete, cuando los hom­bres logran alcanzarla por primera vez, y se extiende hasta el re­moto futuro en que el sol se convierte en una nova (esa gigantesca explosión es la fuente de energía que mantiene a la Eternidad). An­drew Harlan es primero un Aprendiz, luego un Observador, más tarde un Técnico, responsable ante el Consejo de Allwhen. Otros de los Eternos son Sociólogos, Informáticos y Planificadores de Vida. Su tarea colectiva consiste en introducir Cambios en la reali­dad que produzcan la Máxima Respuesta Deseada con el Mínimo Cambio Necesario. Así eliminan todas las arrugas de infelicidad de la sociedad humana. Si un siglo padece crímenes, adictos a drogas o cualquier otro mal, un pequeño pero hábil Cambio de la Realidad se ocupará del problema.

 

Es una burocracia monástica, dedicada a los más elevados idea­les de castidad y servicio. «Si en la Eternidad hubiera alguna imper­fección, ésta envolvería a las mujeres.» Pero no hay mujeres, hasta que un día Harlan descubre a Noÿs Lambent, una muchacha del siglo cuatrocientos ochenta y dos. La narración empieza enseguida a tartamudear en un embarazoso lenguaje rimado: «Harlan había visto muchas mujeres en sus incursiones a través del Tiempo, pero en el Tiempo para él sólo eran objetos, como cajones y bolones, ca­rretillas y rastrillos, manoplas y garlopas. Eran casos para ser obser­vados. En la Eternidad, una muchacha era otra cosa. ¡Sobre todo una como ésta!». El autor parece tan confundido como su héroe; otro de los personajes compara la figura de Noÿs con «una letrina de cuartel», analogía realmente desconcertante. Enseguida Harlan Se Enamora, y he aquí el detonador del drama. A partir de ese mo­mento tendrá cada vez más conflictos con la Eternidad, hasta que, después de muchos ingeniosos giros argumentales, signos de excla­mación y mayúsculas, consigue destruir toda la estructura. Aun­que ella ama sinceramente a Harlan, resulta que Noÿs ha estado actuando como Agente Secreto en nombre del Cambio. Las opera­ciones de la Eternidad han conducido a la raza humana a una tran­quila decadencia: «Seguridad. Moderación. Nada en exceso. Au­sencia de riesgos…». Ahora, con la Eternidad eliminada de la existencia, la humanidad estará en libertad de ir hacia adelante, ha­cia arriba y hacia afuera, para construir nada menos que un Impe­rio Galáctico. En las líneas finales de la novela, Noÿs le asegura a Harlan: «Nosotros tendremos hijos y nietos, y la humanidad alcan­zará las estrellas». Es «el término final de la Eternidad. Y el princi­pio de la Infinitud».

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