VIENA, 1900, UN RETRATO SOCIAL

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EL TENIENTE GUSTL
Arthur Schnitzler
Trad. Juan Villoro. El Acantilado, Barcelona, 2006, 60 págs.

por Anna Rossell
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Más allá del interés que pueda suscitar el tema al que dedica un escritor una pieza literaria, una de las características de la buena literatura es el sensible y original uso de la lengua, que, en manos de su autor, adquiere una fecundidad inusitada, una sorprendente capacidad de crear sentido por vías novedosas e inesperadas. Ello puede suceder, en lo formal, en todos los niveles: desde lo estructural en la morfología del léxico y en la sintaxis hasta el montaje o macroarquitectura del texto.
Hay a menudo en lo genial un ademán iconoclasta, la osadía de abandonar veredas conocidas para aventurarse por terrenos menos firmes, por incógnitos, pero retadores, en tanto que suponen la exploración fructífera de territorios vírgenes. Sobre todo desde el cambio de siglo a los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, el siglo XX ha dado en este sentido grandes exploradores literarios que renovaron las técnicas de la escritura, incorporando a la literatura los conocimientos más vanguardistas sobre el alma humana. Joyce, Dos Passos, Faulkner, Woolf, Kafka, Döblin o Schnitzler, por mencionar sólo algunos de los más destacados de nuestro ámbito cultural, han sido innovadores en este sentido y como tales constan en la historia de la gran literatura universal. Innovación en aquellos años, cuya actualidad subraya la reedición de sus obras, que siguen despertando el interés del lector de hoy.

En el ámbito literario en alemán, la editorial El Acantilado muestra especial sensibilidad y buen tino al ofrecer un buen puñado de obras de este calibre en lengua española. La reciente publicación de El teniente Gustl constituye otro auténtico regalo.
Este relato o novela corta del austriaco Arthur Schnitzler (1862-1931) es uno de esos textos exquisitos. Publicada por primera vez en el diario vienés Neue Freie Presse en 1990 y como libro por S. Fischer, Berlín, un año más tarde, este breve pero intensísimo texto, pionero en alemán como puro monólogo interior, supone un hito en la historia de la literatura alemana. Schnitzler, cuya formación de médico le hacía especialmente permeable a los incipientes descubrimientos de la psicología, incorporó a la literatura los conocimientos de William James, quien ya en 1890 -The principles of Psychology- había definido la estructura de la mente humana como un monólogo interno, y los estudios de su coetáneo y conciudadano Sigmund Freud. Sin duda conocía bien los Studien über die Hysterie que éste había publicado, con Josef Breuer, en 1895. El escritor vienés, haciéndose eco de la tesis de la libre asociación como base del funcionamiento del subconsciente del individuo, vierte en sesenta páginas, que constituyen las escasas horas del tiempo narrado, el flujo de conciencia de su protagonista Gustl, un joven teniente del prestigioso ejército de la monarquía austro-húngara. No es de extrañar que el relato fuera en su momento motivo de escándalo y le costara a su autor su puesto de médico militar en la institución que retrataba, ya que Schnitzler no hace sino airear a los cuatro vientos los entresijos más recónditos del alma de un representante del ejército monárquico, que no sale precisamente bien parado. El continuo fluir de la conciencia del teniente Gustl nos permite conocer de primera mano y sin el camuflaje que imponen los formalismos sociales el verdadero fondo del protagonista. Éste, ajeno por completo a la música del concierto, al que asiste por puro compromiso y que le aburre soberanamente, da rienda suelta a sus pensamientos, que van fluyendo inconexos de acá para allá en función de donde se va posando caprichosamente su mirada o de un gesto que capta casualmente su atención. Contemplamos así la radiografía de su alma, la de un petimetre, cuya vida transcurre insulsa entre el servicio al ejército, los duelos de honor, el juego y los amoríos. El desagradable episodio que protagoniza a la salida del concierto un panadero conocido y que resulta altamente humillante para él supone un golpe de timón en el rumbo de esa voz interior, que ahora dejará oír su cólera y se ocupará sobre todo de organizar el suicidio al que se ve abocado y que nos llega sencillamente como uno más. El clímax que en el relato supone este episodio no hace sino acentuar la superficialidad en la que se sustenta la existencia del teniente y de toda una sociedad que se refleja en su mismo espejo: el hecho no añade la intensidad dramática que esperamos ante la inmediatez de una muerte inevitable, ni siquiera impulsa una reflexión, es, sencillamente, una anécdota sobre la que decide la pura casualidad.

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NARRATIVA UNIVERSAL CENTROEUROPEA

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Joseph Roth, Job
Trad. de Berta Vias Mahou. Acantilado. Barcelona, 2007. 218 págs.

Joseph Roth, La rebelión
Trad. de Feliu Formosa. Acantilado. Barcelona, 2008. 148 págs.

por Anna Rossell
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Los grandes acontecimientos históricos han sido siempre fuente de inspiración para la literatura. Hay en ellos material épico abundante para fabular e inmortalizar hechos y ambientes que mantienen vivo su recuerdo. Sin embargo no abundan los autores capaces de captar sus entresijos, de leer en los repliegues de la historia y plasmarlos con la sensibilidad necesaria para que resulten cercanos. Son escasos los que logran no simplemente hacerlos entender, sino comprender. Únicamente lo consiguen quienes, más allá de la mera descripción de los hechos, encuentran el lenguaje para describir con sutileza y profundidad sus consecuencias para los seres humanos involucrados en ellos. Joseph Roth pertenece a este linaje. El es uno de los más grandes representantes de la literatura centroeuropea en lengua alemana de principios del siglo XX. El supo retratar como ningún otro el desmoronamiento del imperio austro-húngaro. Nacido en 1894 en Brody -Galicia del este, centro-Europa-, austriaco de ascendencia judía, fue uno de los autores de la llamada generación perdida europea. Coetáneo de Stefan Zweig y como él, y a diferencia de tantos otros, nada entusiasta de la Gran Guerra, participó finalmente en ella y después de la contienda se vio obligado a interrumpir sus estudios para sobrevivir. Puede decirse que fue escritor en el más amplio sentido de la palabra, pues se dedicó tanto al periodismo, en el que cultivó toda clase de géneros (reportaje, glosa, crítica teatral, cinematográfica y literaria), como a las bellas letras, y muchos valoran tanto la alta calidad de sus trabajos periodísticos como su obra más estrictamente literaria. Es magistral su dominio de la pluma y poseía un desarrollado sentido del olfato para anticiparse a los acontecimientos: su novela La tela de araña (1923) es una detallada descripción del advenimiento y la intrincada construcción del nacionalsocialismo diez años antes de la subida de Hitler al poder. A estas cualidades hay que añadir su sagacidad y la precisión de su escritura periodística, que lo sitúan a la altura de contemporáneos suyos de tanto renombre como Egon Erwin Kisch y Kurt Tucholsky. Roth, que trabajó para los periódicos más importantes de la época y firmaba sus colaboraciones para el diario socialista Vorwärts con el sobrenombre de Joseph el rojo, ejerció la crítica político-social y arremetió contra los políticos reaccionarios de su tiempo.
Autor de cuantiosas novelas, la mayoría de ellas traducidas al español, su fama comenzó a extenderse sobre todo a partir de La marcha de Radezky (1932). A través del devenir de varias generaciones de la familia Trotta, Roth transmite en ella una visión panorámica del canto del cisne de la monarquía de los Habsburgo, saga cuyos avatares retomó en La cripta de los capuchinos (1938). El tono especialmente melancólico de su escritura a partir de 1926 -año en que viajó a la URSS como corresponsal- da idea del cambio de rumbo que, por desencanto, sufrió su ideología de tendencia socialista, que se tornó en nostalgia de la época monárquica. Como su coetáneo Zweig, veía en aquel pasado un tiempo glorioso que había sabido unir nacionalidades y culturas diversas, un momento álgido de cosmopolitismo cultural perdido para siempre.
Pero Roth conservó la mirada lúcida y penetrante que ve en la humildad y el sufrimiento del menos favorecido un reflejo de las condiciones sociales y políticas que rigen su destino. La andadura de sus personajes es la que habla de la verdadera historia, no hay otra. El realismo de su prosa se nutre de su capacidad para la observación y la descripción sensible de lo minucioso. El universo que sale de su pluma es el de las personas de carne y hueso que transportan al lector al ambiente que las envuelve y le sumergen irrefrenablemente en él. En La rebelión (1924) viajamos al escenario vienés de la primera posguerra mundial y acompañamos a Andreas Pum en sus esfuerzos cotidianos por rehacer su vida. Pum es un ex combatiente inválido que ha visto recompensados sus servicios a la causa con una condecoración y una licencia para tocar el organillo por las calles. Todo en la novela gira en torno a este personaje. El constituye el eje a partir del cual Roth desgrana el desencanto sufrido por tantos otros como él, gente sencilla, ávida de calidez humana. Su ingenua naturaleza le permite creer firmemente en el orden del mundo y en Dios, en el gobierno y en las leyes, y a despreciar a quienes se desmarcan de su manto supuestamente protector. Su condecoración y su licencia le llenan del inocente orgullo que sustenta su fe en los hombres y el futuro. Pero la insensible frialdad de aquellos que han rehecho su vida como si la guerra no hubiera significado más que un breve e incómodo paréntesis, la crueldad de quienes se arriman al sol que más calienta a costa de lo que sea y de quien sea y sobre todo la sinrazón de los mecanismos de una burocracia que no sirve al individuo sino que lo pone absurdamente a su servicio, le irán convirtiendo en un opositor, un rebelde como los que él antes despreciaba. Aunque en un registro narrativo muy distinto del de Kafka, Roth, como el escritor de Praga, retrata un mundo en el que la burocracia y la corrupción determinan el destino del individuo como antes lo hiciera Dios. La vida de Andreas Pum, como la de K. en El Proceso, transcurrirá y se apagará, víctima de este omnipotente desatino.
Roth es el escritor de los más desfavorecidos, el narrador de mundos que se vienen abajo. También en Job (1930) describe una biografía triste. También Job es la historia de un desencanto. La novela narra la andadura de una humilde familia judía de Zuchnow, una pequeña localidad por aquel entonces rusa. En el protagonista Mendel Singer el autor recrea la historia de Job. Como el personaje bíblico, también Mendel Singer es un hombre piadoso y recto, que confía plenamente en el Dios bondadoso y cree ciegamente en el sentido oculto de los designios divinos. La modesta vida que le permite llevar su sueldo de maestro, con el que debe alimentar a su mujer Deborah y a su descendencia, transcurre con cierta tranquilidad hasta el nacimiento de su cuarto y último hijo, Menuchim. El benjamín de la familia es un niño tullido, que con su enfermedad sumirá a los padres en la tristeza más profunda. El infortunio de los Singer va en aumento al ser llamados a filas sus otros dos hijos varones y acaba de colmarse cuando su hija se entrega a sus amoríos con cosacos, amoríos que el padre desea cortar de raíz. La carta de uno de los hijos, que les informa de su deserción y de su nueva vida en los EEUU y les invita a seguirle llega en el momento justo. La familia emigra a América y deja atrás a Menuchim, al cuidado de una joven pareja. Estalla la guerra y las desgracias se suceden cayendo como una plaga sobre ellos: el hijo americano se alista voluntario y pierde la vida en la contienda, el otro sirve al zar y se da por desaparecido, la madre muere como consecuencia de la noticia y la hija enloquece. Como Andreas Pum contra el Estado y el gobierno, también Mendel Singer se rebela contra Dios. Le declara la guerra a un Dios desconsiderado e injusto al que acusa de cruel y de cebarse en los más débiles. Mendel Singer pierde su fe, deja de rezar, destierra a Dios de su corazón y abomina de Él. Su mundo interior se ha desmoronado. El final, feliz a pesar de todo, casi de cuento de hadas, no resta calidad al genio narrativo de Roth, cuya selecta pluma moldea al personaje con magistral sutileza y sabe hacer del lenguaje literario una exquisita herramienta. Salpicando el texto con notas de finísimo humor -evitando en todo momento el melodrama-, da vida a las emociones más inasequibles. Roth pone de manifiesto los recovecos más recónditos del alma de sus criaturas con la mera insinuación de un gesto, sabe captar y transmitir como nadie lo etéreo, lo sublime, lo inmaterial. Es el maestro de lo intangible.

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UNA CORRESPONDENCIA MÁS

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Joseph Roth, Cartas (1911-1939),
Edición y notas de Hermann Kesten.
Trad. de Eduardo Gil Bera,
Acantilado, Barcelona, 2009, 685 págs.

por Anna Rossell
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Sin duda la correspondencia o los diarios de un escritor son una valiosa fuente de información para quien desea conocer en profundidad al autor y su obra. En ellos se nos presenta la persona en su humanidad más expuesta, lo cual puede iluminar aspectos de su vida y modo de pensar que nos ayuden a forjarnos una idea de ella, a completarla o corregirla. Por esto –y por la curiosidad morbosa que conlleva la indagación en la intimidad ajena- la posibilidad de acceder a esta documentación va acompañada de expectante interés. En el prefacio al volumen de cartas del gran narrador austrohúngaro Joseph Roth (Brody, Imperio Austrohúngaro, 2 de septiembre de 1894-París, 27 de mayo de 1939) que acaba de ver la luz de la mano de Acantilado, el editor de este intercambio epistolar y amigo de Roth, Hermann Kesten, se extiende en consideraciones acerca de los motivos para la publicación de este tipo de documentos privados así como de los criterios que pudieran aconsejar una selección, y alega dos razones a favor de su decisión de publicar todas las cartas conservadas del autor, sin restricción alguna: “[…] la primera de ellas es que, treinta años después de su muerte, aún no hay ninguna biografía de Roth; la segunda consiste en que cualquier lector […] reconocerá en él a un maestro de la forma breve sin que tengan que probárselo sus ‘mejores’ cartas”. El primer argumento convence: en 1970, año de la edición del original alemán, no existía ninguna biografía de Roth (la primera, de David Bronsen, Joseph Roth, eine Biographie, salió en 1974), al segundo cabe replicar que la mejor prueba de la concisión estilística de Roth es su literatura. Una vez cumplida su función –servir a filólogos de fuente de datos para la composición de una biografía o el estudio de aspectos concretos de la obra- no tiene sentido publicar todas las cartas conservadas del autor, muchas de las cuales se explayan en detalles de la vida cotidiana, privada y profesional, que se repiten machaconamente. Cierto que en España se dio a conocer muy pronto (desde los años treinta del siglo pasado) la literatura de este gran narrador centroeuropeo y que en cambio los estudios sobre ella y su vida se han hecho esperar. Pero entretanto al renovado interés por su obra –veinticinco libros sólo a partir del año 2000, doce en Acantilado- se han añadido estudios (dos de ellos, de Géza von Cziffra, también en Acantilado) como los de Pilar Estelrich, Visió d’Àustria a Joseph Roth (Universidad de Barcelona, 1992), Soma Morgenstern, Huida y fin de Joseph Roth (Pre-Textos, 1999, 2008), Géza von Cziffra, El santo bebedor. Recuerdos de Joseph Roth (Trea, 2000; Acantilado, 2009), Claudio Magris, Lejos de donde. Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental (Eunsa, 2002, 2003, 2004), Olga García, La obra de Joseph Roth, Liceus, 2006), Géza von Cziffra, Joseph Roth, cuentista extraordinario (Acantilado, 2009) y la biografía de Helmut Nürnberger, Joseph Roth (Alfons el Magnànim, 1995).
Las cartas del autor austrohúngaro, que abarcan desde 1911 hasta casi su muerte e incluyen un amplio registro de destinatarios –familiares, editores, su traductora al francés y amigos-, reflejan un Roth desarraigado y errante, cada vez más aquejado por las penurias económicas y el alcoholismo, fervoroso monárquico en lo ideológico, directo y sincero en el carácter, que dice lo que piensa, aunque ello pueda acarrearle más problemas. La correspondencia gana interés a partir de 1933, cuando Hitler se hace con el poder en alemania. Sin duda, además de las notas de Kesten, las cartas más valiosas –y más numerosas- son las que intercambia con Stefan Zweig, amigo que le socorría en los apuros económicos y al que sin embargo no tuvo ningún reparo en reprocharle duramente su “actitud vacilante” ante el nacionalsocialismo. Éstas, las del año 1933, y las de 1935, donde se refleja la sorprendente intención de Zweig de preparar un manifiesto contra el horror nazi, salvan este volumen, que, por lo demás, no descubre nada verdaderamente nuevo.

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EL VALOR DE LO IRREVERENTE

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Elfriede Jelinek, Bambilandia
Trad. de Claudia Baricco. Destino, Barcelona, 2006, 218 págs.

por Anna Rossell
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Desde luego Elfriede Jelinek (Mürzzuschlag, Austria, 1946) ha aprovechado bien la tradición filosófica y literaria de calibre universal de su entorno inmediato. Wittgestein y Kraus impulsan una reflexión sobre el lenguaje que los autores de la Escuela de Viena en los años cincuenta y sesenta del siglo XX se encargan de llevar a la práctica con finalidades muy concretas: provocar con la innovación formal para cuestionar la cultura establecida, evitar la habituación y acabar con la receptividad inconsciente del lector u oyente. Ya en sus inicios como escritora, Jelinek manifiesta claramente su adscripción y nunca abandonará la tendencia iconoclasta de aquellas vanguardias literarias, su gusto por el montaje, por lo grotesco y lo macabro, su gesto irreverente y transgresor. Los primeros textos de Jelinek se forjaron en esta fragua y en su andadura ha desarrollado estas consignas estéticas hasta darles el sello personal que la hizo merecedora del Nobel de Literatura 2004 “por el flujo musical de voces y contravoces en sus novelas y obras de teatro”. Y es que la autora pone al servicio de su escritura su formación musical, trabaja con los ritmos, la cacofonía, la aliteración, el retruécano y la paronimia, y provoca con las palabras asociaciones inmediatas sorprendentes que producen un efecto similar al distanciamiento de Brecht. Todo podría quedar en un mero entretenimiento para virtuosos si no fuera porque Jelinek busca sus temas en lo injusto, lo ingrato, lo hipócrita y lo obsceno y le llama al pan pan y al vino vino. Es una pluma independiente, por más que muchos pretendan lo contrario, y apunta con su artillería formal al día a día de la obscenidad social y política, al tiempo que pone de manifiesto el poder manipulador del lenguaje y, en la obra que nos ocupa, no sólo del lenguaje de las palabras, sino también de las imágenes. Bambilandia. Babel reúne en un volumen dos textos de corte teatral, dedicados sin ningún pudor a los hechos más impúdicos del momento: la segunda guerra de Irak, que el intrincado trabajo literario de Jelinek trasciende y convierte en un alegato universal contra la guerra. La autora parte de la profunda convicción de que existe una íntima conexión entre cultura patriarcal y violencia y que de este mal básico se deriva casi todo lo demás. Pero la autora no cae en el maniqueísmo de presentar al género femenino como víctima y eximirlo de culpa, ahí está la vida para demostrar que también la tiene. El texto de Jelinek incorpora y reelabora muchos ingredientes esenciales de nuestra cultura: episodios de la mitología clásica, cristiana, judía y musulmana; lo que a primera vista -por el registro cotidiano del lenguaje y la acumulación atropellada de frases- pudiera parecer producto de la improvisación es en realidad un trabajo muy elaborado de verdadera intertextualidad e interculturalidad, en el que Nietzsche convive con Jörg Heider y Matthias Claudius. Partiendo de Los Persas de Esquilo y haciéndose eco del patetismo del autor griego Jelinek conecta las guerras Médicas con la de Irak, desenmascara los sucios intereses que la impulsaron, desmonta los argumentos de Bush, Rumsfeld y Cheney y subraya su conexión con la empresa Global Crossing o el consorcio Halliburton, arremete contra la tortura y afirma que los medios de comunicación hacen del mundo un circo, también de la guerra, de la tortura y del sufrimiento, y contribuyen a una educación sentimental kitsch e inmoral, que conduce nuestro pensamiento y nuestros deseos más íntimos. Ella lo demuestra continuamente con su trabajo lingüístico de libre asociación, que es la prueba más fehaciente de que la asociación no es libre. Jelinek levanta ampollas, y es que “se limita” a sostener un espejo delante del monstruo. Lo dice ella en la introducción: “Vaya mi agradecimiento a Esquilo y a Los Persas […]. Si es por mí también pueden agregar una pizca de Nietzsche. Pero el resto tampoco es mío. Es de los malos padres. Es de los medios.” Una pluma de las que hacen falta, que a mi modo de ver peca sólo de iteración. Habida cuenta la dificultad que la traducción entraña es de lamentar que la editorial haya “corregido”, por cacofonía, el ingente esfuerzo de la traductora argentina, cuya versión a pesar de ello sigue siendo encomiable, fiel sobre todo al espíritu de Jelinek, que ha estudiado a profundidad, enriquecida además por un utilísimo aparato crítico.

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ELFRIEDE JELINEK, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2004

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Elfriede Jelinek,
Premio Nobel de Literatura 2004,

por Anna Rossell
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Sucede con los escritores que se manifiestan abiertamente acerca del acontecer político-social de su tiempo que a menudo la crítica y la opinión en general acaban por confundir su literatura con sus declaraciones y tomas de partido públicas, sobre todo cuando éstas arremeten con decisión y contundencia contra los poderes establecidos. Así la sola mención de su nombre provoca las más encontradas reacciones, de odio o extrema simpatía, en función del rechazo o el afecto que sienta quien lo oiga hacia el personaje en cuestión.
Claro que literatura y vida van estrechamente ligadas, pero desde luego no son lo mismo. Y no es admisible que hasta los profesionales de la crítica emitan juicios pseudoliterarios sobre la obra de un escritor cuando en realidad se trata de homenajes o ajustes de cuentas personales que nada tienen que ver con la literatura. Este es el caso de la escritora austriaca Elfriede Jelinek quien, a lo largo de su trayectoria, no se ha librado de los violentos ataques de sus detractores, que han tildado su obra de pornografía barata y la han descalificado como una alternativa al verdadero arte. El Premio Nobel de Literatura con que la autora acaba de ser galardonada viene a poner punto final a la difamación y caza de brujas a las que Jelinek se ha visto sometida sin tregua en su país y despeja de una vez por todas las dudas que algún lector poco sensible o simpatizante del ultraderechista FPÖ de Jörg Haider pretendiera albergar respecto a la calidad de su literatura. Y es que los textos de Jelinek levantan ampollas: actúan como un revulsivo en aquellos que tienen la capacidad y el valor de reconocer la brutalidad de lo brutal o desatan las iras de los que se escandalizan ante la descarnada realidad y se empeñan en negar la evidencia de lo indecente por inconfesables razones.
La literatura de la autora austriaca queda muy lejos de ser políticamente correcta, porque lo políticamente correcto y el verdadero arte se excluyen por definición. Con sus temas pone el dedo en la llaga y remueve y ahonda en su interior hasta mostrar las entrañas sangrantes porque urge hacerlo. Sus textos son una constante denuncia de los valores patriarcales y machistas que dominan nuestra cultura, ejercidos por ellos y asumidos e interiorizados por ellas. En sus novelas parodia la novela rosa, desenmascara la mentira de las relaciones amorosas que no son sino un ejercicio cotidiano de violencia sexual, retrata sin tapujos la inquietante amargura de una vida cercenada para el amor, abocada al sadomasoquismo por causa de la tiranía que ejerce una madre autoritaria sobre su hija, critica con sorna el hipócrita comportamiento de la pequeña burguesía de los años cincuenta, arremete contra la evolución político-social de su país al que acusa de continuismo nacionalsocialista o desmitifica la falacia de los idilios provincianos. Igualmente implacable se muestra Jelinek en sus numerosas obras de teatro a cuya innovación también ha contribuido. Pero la buena literatura no consiste únicamente en escribir lo que reclama ser escrito, sino además en escribirlo bien. Y desde luego Elfriede Jelinek lo hace; conoce a la perfección las posibilidades de la lengua y la maneja con un virtuosismo rayano en la exquisita minuciosidad. El experimento lingüístico en el que se recrea pone de relieve la asombrosa capacidad del lenguaje para la violencia. Al contrario de lo que afirman algunos, su literatura es pura antipornografía precisamente porque muestra lo pornográfico de la vida. Jelinek ha creado un nuevo estilo a base del montaje asociativo, la original utilización del léxico, la provocadora combinación de registros, de ritmos y sonidos recurrentes, proverbios y muletillas. Este extraordinario y genial uso de la lengua por parte de una conciencia lúcida que airea sin remilgos la obscenidad cotidiana la ha hecho justamente merecedora del primer Nobel en la historia de la literatura austriaca. A pesar de la dificultad de la tarea, en español disponemos de la traducción de tres novelas de los años ochenta: Los excluidos, La pianista (Mondadori, 1992 y 1993 respectivamente) y El ansia (Cátedra, 1993) que sirven para hacer boca. Sin duda ahora veremos pronto traducido el resto de su obra.

© Anna Rossell
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