Nuestro hombre en La Habana (Graham Greene)

"Nuestro hombre en La Habana" ("Our man in Havanna", 1958) es una de las obras más representativas de Graham Greene. En la Cuba de los años cincuenta, un comerciante británico se convierte de modo fortuito y casi a su pesar en espía, y la inercia del engranaje, unida al afán de lucro, le lleva a urdir una farsa que acaba por convertirse en siniestra realidad. El desenlace de la compleja e inventiva trama, que participa de lo trágico y lo irónico, constituye un ácido apólogo moral característico del mejor Greene: la superchería del oscuro Wormold revela el envés de los servicios de información y pone al descubierto los resortes últimos del comportamiento humano. "Nuestro hombre en La Habana" figura por derecho propio entre los clásicos principales de su género y de la obra entera de Graham Greene.

 

 

 

Graham Greene, nacido en 1904, es una de las principales figuras de la narrativa británica contemporánea. Destacan en su obra las novelas "El poder y la gloria" (1940), "El ministerio del miedo" (1943), "El revés de la trama" (1948; Seix Barral, 1985), "El fin de la aventura" (1951), "El americano impasible" (1955), "El perdedor gana" (1955; Seix Barral, 1986), "Un caso acabado" (1960; Seix Barral, 1985), "El factor humano" (1978), "El décimo hombre" (Seix Barral, 1985) y "El capitán y el enemigo" (Seix Barral, 1988).

 

Es autor del volumen ensayístico "La infancia perdida y otros ensayos" (1951; Seix Barral, 1986) y de la autobiografía "Una especie de vida" (1971; Seix Barral, 1987).

En un cuento de hadas como éste, que transcurre en una fecha indeterminada del futuro, parece innecesario negar toda conexión entre mis personajes y personas vivientes.

Sin embargo, me gustaría decir que ningún personaje se basa en una persona real, que hoy en Cuba no hay ningún oficial de policía como el capitán Segura y por cierto ningún embajador inglés del tipo que he retratado. Quiero creer que el jefe del Servicio Secreto tampoco se parece en nada a mi personaje mítico. Y el hombre triste es blanco de todas sus chanzas.

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Suave es la noche (Francis Scott Fitzgerald)

Dice mi solapa de Suave es la noche que Francis Scott Fitzgerald "ha retratado como nadie a la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras".

Si pensamos bien esta frase, creo que habría que aplicársela más bien a un buen fotógrafo profesional, a un redactor de artículos de serie b en la columna de un periódico de la época o en un grabador con piedra y cincel. Pero no en un "clásico del siglo XX" (bajotítulo de la colección). Siempre he pensado que la verdadera literatura, el "arte literario" o los "clásicos" son aquellos que sobreviven al paso del tiempo y trascienden el tema del que parten. Decir lo ut supra mencionado de Scott Fitzgerald es casi como decir de Goya que "retrató como nadie a la familia de Carlos IV durante su reinado". Los que conozcan a fondo la obra de Goya sabrán el sentido del "como nadie", pero no arroja luz ninguna en la oscura estepa mental del ignorante…

Suave es la noche no es, para mi gusto, un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras, por más que la novela esté ambientada en dicho periodo y por más que sus protagonistas pertenezcan a ese oscuro segmento poblacional que es la clase alta estadounidense. Si así hubiese sido, no me habría encandilado desde el principio hasta el final a lo largo de 526 páginas. Cambien el título por: "Estudios inéditos acerca del comportamiento de la clase social alta estadounidense en el periodo 1914-1939". La verdad es que no creo que fuese muy interesante.

Suave es la noche es un pausado retrato del género humano, no te importe la raza ni el color de la piel. Las inquietudes, sinvivires y sin amares de los personajes son los de los seres humanos, no los de la clase alta norteamericana. Dick Diver es un hombre que, en su empalabrado camino de 526 páginas pasa de ser un joven prometedor con el futuro que desee a sus pies, a un hombre entrado en años, que no ha conseguido completar ninguno de los proyectos con que soñaba de joven y que se ve, cuando echa la vista atrás con ojos de diacrónica melancolía, como la versión errada y defectuosa de lo que fue antes. El lector asiste con él, lenta e casi imperceptiblemente a este cambio. El declive de Dick Diver se va insinuando en sus acciones, en su lenta escisión con el mundo que le rodea -y en el que tan bien se desenvolvía al principio-, en su incapacidad para acometer hazañas y enderezar entuertos al final de su vida y en el conocimiento que traba con palabras como "renunciar", "ceder", "resistir" y "soportar".

Nicole, su mujer, es una joven estupenda y maravillosa pero que estuvo ingresada en un hospital psiquiátrico durante su juventud, debido a las secuelas que en ella habían dejado los abusos sexuales de su padre. Nicole tiene dos caras: la enferma y la recuperada, que se entretejen en torno a su marido, Dick, formando una red tensa y resistente de la que él no es capaz de (querer) escapar. Nicole tiene comportamientos de pasiva-agresiva al más puro estilo Mia Farrow, pero también tiene arrebatos adolescentes, dudas más femeninas que una tienda de ropa interior, ansias de ser siempre hermosa, preocupaciones acerca de lo que los demás piensen de ella… El retrato de esta pareja es tan humano que llega a hacerse doloroso a través de las palabras.

Además, tenemos a Rosemary, la lánguida, ingenua e impávida actriz; al alcohólico señor North, a Mary la trepadora; al escritorzuelo de masas McKisco y a algún impasible americano más que pasa sin hacer ruido por el relato. Todos estos personajes, descritos y concretados hasta el más íntimo detalle, son en realidad, vehículos que Scott Fitzgerald utiliza para lanzar a la cara del lector reflexiones sobre el ser humano, descripciones preciosas y perfectas de algunos sentimientos, argumentaciones más que lógicas sobre las causas de posibles comportamientos… en definitiva, utiliza a todos estos personajes para “retratar como nadie al género humano de cualquier época”. Leída hoy, parece casi una defensa de la inmutabilidad del ser humano. Miren si no, la riqueza de las descripciones de lo que ocurre en el interior de cada ser (y qué plausibles son):

”El príncipe Chillicheff salió de su ensimismamiento –tal vez estaba estudiando una vez más las posibilidades que tenía de salir de Rusia algún día, pensamiento al que había dedicado tanto tiempo que era dudoso que pudiera abandonar de inmediato – y se dispuso a marcharse con ellos.

La trama carece totalmente de importancia, pero es el columpio que utiliza Scott Fitzgerald para mecernos en el vaivén de las decisiones que una persona cualquiera debe tomar a lo largo de su vida. Quizás soy demasiado reiterativa si digo que la novela es una linterna, una antorcha para andar entre la gente. Discutía hace poco con mi dios de las pequeñas cosas sobre si en una novela importaba más el qué se dice o el cómo se dice. Suave es la noche es el ejemplo perfecto de la fusión de ambas both cosas: el cómo se dice es totalmente relevante porque ilumina los rincones de la historia sacando de ella aspectos desconocidos, convirtiendo a los hechos en únicos por la forma en que están contados. Con Dick Diver pasa como con Raskolnikov: somos todos pero no es nadie. Y es que Scott Fitzgerald utiliza comparaciones y descripciones tan explicativas, tan lúcidas y tan gráficas para describir lo que le pasa a sus personajes que, al leerlas, uno piensa que es algo que ya ha sentido en sus propias carnes o que podría llegar a sentir (o lo siente en el instante en que lo lee):

” Siempre estaba perfectamente relajado, preparado para el combate, como ocurre con los buenos deportistas que, cuando están de suplentes, están realmente descansando la mayor parte del tiempo, mientras que alguien menos preparado hace creer que está descansando pero la constante tensión nerviosa le deja físicamente agotado.”

Y bien, se preguntará el lector de reseñas, ¿cómo utiliza don Scott Fitzgerald el lenguaje para conseguir todo eso? Aunque gusta de la frase larga, Scott Fitzgerald consigue un ritmo muy fluido gracias a la precisa construcción de las acciones: cada frase tiene sentido completo (por supuesto), pero deja abierto un interrogante que se contestará en la frase o trozo de frase siguiente.

“No es desacertado que se diga de los esquizofrénicos que tienen doble personalidad.” (y aquí el lector se pregunta por qué no es desacertado) “Nicole era alternativamente una persona a la que no hacía falta explicar nada y otra a la que nade se le podía explicar”

O bien esta otra escena:

” En cuanto salió Abe con su paso vacilante, Dick y Rosemary se abrazaron precipitadamente. Les cubría a ambos una especie de polvillo de París a través del cual percibían sus respectivos olores (…) Durante medio minuto más, Dick se aferró a aquel estado. Rosemary fue la primera en volver a la realidad. “

Como podemos ver el “en cuanto” nos remite a algo que sucederá después, así como el “durante medio minuto más” nos da la idea de que sea lo que sea lo que describe la frase que se inicia así, enseguida se verá abortado por otra cosa; es decir, nos hace albergar dos expectativas distintas. Finalmente, “fue la primera en volver a la realidad”, nos abre el interrogante de cómo volvió a la realidad, no nos deja todos los nudos atados.
Pero además, Scott Fitzgerald tiene algunas frases que parecen casi juegos de palabras conceptistas pero que en realidad, son abrasadoramente descriptivas: “tenía la arrogancia propia de los hombres altos de un país de bajos” y “no soy más que un conjunto de muchas personas diferentes, todas ellas muy sencillas” son dos de mis preferidas.

Es cierto que todos los personajes principales de la novela pertenecen a la clase alta norteamericana, es cierto que Scott Fitzgerald fue un conocidísimo juerguista en París; pero lo que no es cierto es que sus novelas sean un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras: Scott Fitzgerald retrata al género humano de una forma certera y tan sagaz, que a veces nos duele vernos reconocidos. Es un pulidor de espejos descarnadamente reales. Por eso es un clásico del siglo XX.

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La era del acceso (Jeremy Rifkin)

¡Sorpresa! Voy a reseñar un libro que no me ha gustado. Normalmente suelo elegir bien los libros que me leo (y que no me leo, je), así que tengo un cierto éxito garantizado. Pero éste me lo mandaron leer en la Universidad para luego poder hacer un trabajo sobre el tema que trata.

El libro en cuestión es La era del acceso y su autor es el economista estadounidense Jeremy Rifkin. . Su anterior libro es El fin del trabajo, un ensayo que se convirtió en un best-seller y en el que analizaba si el desarrollo de las nuevas tecnologías hacía peligrar el empleo de millones de personas.

La era del acceso se dedica a merodear en torno a la idea de que los seres humanos hemos entrado en una nueva era. Si anteriormente vivíamos en la era del capitalismo basado en la propiedad privada, ahora vivimos en la era del capitalismo inmaterial. Ser rico no es poseer muchas cosas, sino tener acceso a muchos servicios. Como dice Rifkin, "la riqueza ya no reside en el capital físico, sino en la imaginación y la creatividad humana".

Como el cambio es la única constante de la sociedad actual, poseer gran cantidad de propiedades no es más que estar permanentemente anclado en el pasado. Si antes las propiedades eran un cúmulo de riquezas, ahora no son más que un lastre, ya que los objetos se quedan obsoletos cada vez más rápido.

Esta es la idea básica, la del acceso como principio configurador de la vida en sociedad: el éxito y la riqueza se medirán siempre en función del acceso que se tiene a las cosas, no por la propiedad de las cosas. Así, Rifkin utiliza multitud de ejemplos y habla de los contratos que se pueden establecer con firmas automovilísticas para tener acceso a los vehículos de la marca siempre. Lo mismo sucede con las viviendas "multipropiedad", que dan derecho a utilizar un apartamento en algún destino turístico durante un cierto tiempo al año.

La otra idea es la de la mercantilización de la cultura, la conversión de las experiencias culturales en un producto hijo del capitalismo por el que hay que pagar. Rifkin comienza esta segunda parte del libro haciendo referencia a la película El show de Truman para hacer una reflexión sobre cuánto de impostura hay en nuestra relación con los demás y con las cosas y sobre la banalización que está sufriendo la cultura.

Para defender la primera idea, Rifkin utiliza un sin número de ejemplos aburridísimos y que a los europeos nos resultan bastante alejados de nuestra realidad; ignoro si a los americanos les sucede lo mismo, pero desde luego no creo que las Urbanizaciones de Interés Compartido de las que habla Rifkin (un lugar donde vive sólo la gente que tiene los mismos intereses, un nuevo guetto, vamos) estén muy extendidas tampoco en los USA; además, Rifkin se apoya muchas veces en retahílas de datos que no siempre están contextualizadas y lo hace con tal vehemencia que invita a pensar que no encuentra ninguna abstracción argumental para defender sus aseveraciones.

Por último, Rifkin intentaa lo largo de todo el libro presentar como real algo que en realidad no deja de ser una especulación. El libro presenta un orden de cosas que en realidad deberían estar escritas en futuro incierto de subjuntivo. Que la generación puntocom sufre un trastorno sobre la continuidad de la personalidad me parece que tiene un punto de catastrofista. No soy capaz de creerme, por más que me inunden el coco con datos y estadísticas, que de aquí a poco los jóvenes no tendrán un yo, sino un armario ropero lleno de "yoes" y que se lo cambiarán como las camisas, lo lavarán en la lavadora y lo tenderán a secar, con lo que los patios de luces se convertirán en un espectáculo de yoes variadísimo.

La otra gran pega que le veo al libro es que es demasiado neutral. Es cierto que Rifkin escribe un ensayo y presenta su modo de ver el mundo. Pero en realidad, nos lo pone delante de las narices como si fuese inevitable, como si fuese totalmente cierto y como si no fuese objeto posible de una valoración moral. A mí, en cambio, lo de los "yoes" colgados a secar, me asusta un poquito…

La idea de Rifkin me parece muy interesante, y creo que si, efectivamente, en unplano más económico ya se está dejando notar actualmente, Rifkin podría haber construido un ensayo más técnico, más verosímil, más riguroso, más compacto y más útil. Pero entonces no habría escrito un best-seller.

Anécdota: el otro día me pescaron en clase leyendo el libro. Como podéis ver en la foto, se parece peligrosamente al Código da Vinci. No veáis qué vergüenza 😉

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200504.htm

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Que no desciendan las tinieblas ( L. Sprague de Camp)

Un arqueólogo llamado Martin Padway, recibe un golpe mientras está en Roma. Cuando despierta se encuentra todavía en Roma, pero muchos siglos atrás, en en siglo VI, la época de Justiniano, Belisario, los godos, etc. Con ayuda de sus conocimientos científicos e históricos tratará de hacer lo posible para evitar que llegue la era oscurantista de la Edad Media…

Aunque empecé a leer este libro con muchas reservas, enseguida me enganchó. Es una novela ligera, entretenida, con muchos diálogos, algunos de ellos realmente ingeniosos, y sobre todo, traspasada por un apreciable humor, que trata de la posibilidad de cambiar la historia (es decir, es una ucronía)
La manera como Padway llega a esa época tan lejana resulta bastante inverosímil (lo más inverosímil del libro), pero teniendo en cuenta el tono ligero que lo caracteriza pronto se olvida ese "pequeño detalle", así como la facilidad con la que Padway se adapta a las peculiaridades del latín vulgar, y de los idiomas godos; y sus conocimientos científicos, ciertamente amplios para tratarse de un arqueólogo (sabe cómo fabricar prensas, tintas, brandy, etc)
El argumento tiene ciertas semejanzas con la obra de Mark Twain, "Un yanki en la corte del rey Arturo", según dicen, aunque no he leido esa otra novela. Padway, que toma el nombre romano de Martinus Paduei o de Padua, entra en contacto con prestamistas a los que logra sacar dinero a cambio del secreto de la doble contabilidad, el cálculo con números arábigos, etc; con generales, reyezuelos, princesas sanguinarias y ligeras de cascos, y toda una corte de criaturas de extraños nombres germánicos y romanos, que a veces resulta difícil diferenciar. Ese es uno de los defectos de la novela: la escasa profundidad de los personajes. Creo que también es un error que la historia esté contada en tercera persona, ya que el estilo usado y el hecho de que Padway aparezca en todas las escenas y todo se cuente según su punto de vista, demandaría una primera persona como voz natural.
Resulta estimulante la gracia y la irreverencia con la que el autor se toma la Historia. Precisamente las partes donde más baja el interés son las partes serias (las batallas, por ejemplo, que resultan un poco largas, sobre todo la de final, y no están descritas de un modo demasiado plástico). Es que incluso se toma a broma las diferentes corrientes religiosas y herejías de la época.
Sin embargo, es ingenioso cómo va introduciendo los avances técnicos y sociales de su mundo americano en aquella lejana Roma decadente. Así va fundando periódicos, creando un sistema de telegrafía rudimentario, inventando armas de fuego…
El estilo es sencillo, humorístico, ingenioso y coloquial, como una charla entre amigos. No es muy profundo, pero tiene su gracia. Es decir: Se lee muy fácil, no aburre y resulta una divertida lectura para el verano.

Algunos fragmentos destacados:
(de la carta enviada a Justiniano)

Además, nuestra leve capacidad para prever el futuro nos informa que dentro de alrededor de treinta años nacerá en Arabia un hombre llamado Mahoma, quien predicando una religión herética, instigará, a menos que sea detenido, una gran oleada de conquista bárbara, subvirtiendo el régimen, tanto del reino persa como del Imperio Romano de Oriente. Apremiamos respetuosamente la conveniencia de asegurar de inmediato el control de la península árabe, para que esta calamidad pueda ser detenida en su origen

(en unas elecciones al estilo americano que ha organizado Padway, éste manda detener a un rival político)
-¡Arrestadlo! -ordenó Padway a sus soldados.
Hubo un gran ruido de sillas al levantarse la pandilla y echar mano a las empuñaduras de las espadas. Padway miró a sus soldados; no se habían movido.
-¿Bueno? -estalló.
El más viejo de ellos, una especie de sargento, se limpió la garganta.
-Bueno, señor, así es. Sabemos que eres nuestro superior y todo eso. Pero las cosas son un tanto inseguras, con estas elecciones y todo y no sabemos de quién estaremos tomando órdenes dentro de un par de días. Supón que detenemos a este joven y luego es elegido rey. Eso no sería bueno para nosotros, ¿verdad, señor?

(cartel electoral)
¡VOTA POR URÍAS, EL PREDILECTO DEL PUEBLO!
¡Impuestos más bajos! ¡Obras públicas más grandes! ¡Protección para los ancianos! ¡Gobierno eficaz!

(para cortejar a una dama)
-Escríbele.
-¿Cómo puedo hacerlo? No sé frases hermosas. De hecho, jamás he escrito una carta de amor en mi vida.
-También te ayudaré en eso. Mira, podemos hacerlo ahora -Padway comenzó a redactar una carta para la princesa-. Vamos a ver, debemos decirle cómo son sus ojos.
-Son como ojos, ¿no?
-Por supuesto, pero en este negocio los comparas con estrellas y con cosas.
Urías pensó.
-Son parecidos al color de un glaciar que vi en los Alpes.
-No, eso diría qeu son tan fríos como el hielo.
-También le recuerdan a uno la hoja pulida de una espada.
-Objeción similar. ¿Qué dices de los mares nórdicos?

Hay más diálogos delirantes y surrealistas, pero con esto sirve para hacerse una idea del tono, jaja.

Este autor escribió junto con R. Howard y otros varios libros de la serie de Conan, además de una biografía de Lovecraft y obras de fantasía y CF.

Una cita suya: "Si logré hacer reír a unos pocos con mi ciencia-ficción humorística; si conseguí entretener o esclarecer a alguien con mis trabajos me puedo considerar a mi mismo como un éxito"

http://reginairae.blogcindario.com/2005/07/00193-que-no-desciendan-las-tinieblas-de-l-sprague-de-camp.html

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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En el centro de la Tierra (Edgar Rice Burroughs)

David Innes, joven empresario, y el ingeniero Perry prueban una noche un prototipo de taladro mil veces más potente que los conocidos. Empiezan a descender en la corteza terrestre sin freno. Cuando creen que van a morir en el magma aparecen de pronto en un mundo interior llamado Pellucidar donde viven criaturas primitivas como los dinosaurios y varias razas extrañas…

Novela de aventuras sin ninguna pretensión, bastante breve, que inaugura el ciclo que el autor dedicó a ese mundo interior al nuestre llamado Pellucidar, con cierta semejanza con la novela de Julio Verne "Viaje al centro de la tierra", inspirada también en la teoría de la Tierra Hueca.
En cuanto a estilo es bastante simple y poco cuidado. No hace arte precisamente. El argumento es muy pobre, ya que se limita a contar los encuentros de los terrícolas superiores con las razas de los Mahar, los ságotas y las diversas tribus de humanos, además de con los animales prehistóricos. Todo el libro es una sucesión de peleas, luchas y monstruos atacando. Las descripciones de peleas pueden llegar a ocupar largos párrafos, aburriendo más que nada.
Sin embargo, al igual que me pasó cuando leí el inicio de otra de sus larguísimas sagas (Una Princesa de Marte) le reconozco a Borroughs un gran mérito: su fantasía e imaginación, que crean detalles y elementos que luego se han visto reflejados en obras posteriores e incluso en películas. Por ejemplo, en Una princesa de Marte aparecían las mismas naves deslizadoras de las dunas del planeta Tatooine y algo similar a las espadas láser; en En el centro de la tierra, hay una escena calcada de otra película de George Lucas (cuando el protagonista contempla en un anfiteatro lleno de seres reptilianos como dos humanos son entregados a una lucha con dos criaturas monstruosas, similar a la escena del circo de El ataque de los clones). Borroughs puede decirse que es un "sembrador" de ideas, aunque como novelista no valía mucho (me refiero a novelista de calidad, lo suyo era el entretenimiento, para quien le gusten las aventuras descabelladas). Entre las imágenes más llamativas están la falta de existencia de horizonte en Pellucidar. En lugar de eso, se aprecia una curvatura hacia arriba de las tierras que confiere a ese lugar un aspecto extrañísimo; la variabilidad del tiempo, ya que mientras para un personaje parecen pasar unos días, para otro han pasado meses (el tiempo no existe en Pellucidar); el día eterno (el sol no se pone, como es lógico); la falta de referentes celestiales para orientarse… Entre las cosas más incongruentes está la facilidad con la que los protagonistas americanos aprenden la lengua de los nativos y empiezan a comunicarse con ellos.
En el libro abunda la truculencia, y no se detiene a la hora de reflejar algunas escenas que son un poco crudas, como aquella en que la raza dominante de Pellucidar, los reptilianos Mahar se comen vivos y poco a poco a sus esclavos humanos en un ritual realmente macabro; o las torturas a las que someten a la gente sus científicos, que diseccionan en vivo, etc, etc…
En cuanto a los personajes pues son arquetípicos y planos total. David Innes es el intrépido joven aventurero que quiere llevar el progreso a Pellucidar, cuya raza humana, esclavizada, le parece de una gran apostura y dignidad; y Perry, que apenas tiene más protagonismo que el de construir el famoso taladro, el anciano sabio, que se pasa el día rezando y preocupándose por la suerte de su impulsivo amigo.
Existe una película sobre el tema protagonizada por Peter Cushing y Doug McCloure, para curiosos (At the earth\’s core, 1976, productora Amicus; GB)

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