Ventanas de Manhattan (Antonio Muñoz Molina)

Cuando yo visité Nueva York, en el verano de 1997, arrastrado por el ímpetu de Pilar, que fue capaz de vencer mi natural pereza hacia los viajes largos y consiguió hacerme cruzar el charco, me creía muy preparado por mi experiencia previa —muchas películas, bastantes libros y unos cuantos relatos de amigos y conocidos— para reconocer la ciudad y sus gentes. Sin embargo, todo me sorprendió: el alarmante rigor de los aduaneros del alquilerdealquilerdecoches.com/»>coches.com/»>aeropuerto JFK, los insólitos sistemas de pago en los autobuses públicos, la complejidad de las cabinas de teléfono, las proporciones casi inconcebibles de los edificios, de las calles y de los ríos. A juzgar por su testimonio en Ventanas de Manhattan TÍTULO=»\indice1\»>1, también Antonio Muñoz Molina se sintió en su primer viaje sorprendido e intimidado por los corpulentos agentes de inmigración, por los impacientes cobradores de autobús y por la arquitectura y geografía de la ciudad, siempre tan colosales. Y aunque el novelista de Úbeda sea desde hace tiempo un habitual de la ciudad de los rascacielos, sigue tan fascinado como el primer día —y así lo transmite al lector en este libro de lectura apasionante— por la multiforme variedad de sus gentes, la agitación y el ruido permanentes, la vitalidad de una urbe desmedida, donde toda experiencia humana es posible.

Otra coincidencia entre la experiencia del novelista y la mía tiene que ver con el ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center. La primera imagen que vi, todavía con los ojos entrecerrados tras haber sido bruscamente despertado de la siesta —un rascacielos en llamas, nítidamente recortado contra un cielo azul— me pareció algo así como una enorme chimenea humeante, un insólito símbolo de la era industrial erguido en medio de un extraño decorado. También Antonio Muñoz Molina acababa de recobrarse del sueño (en su caso, nocturno), y su testimonio del atentado que unos pocos minutos antes había tenido lugar a menos de diez kilómetros de la ventana de su apartamento (véase la secuencia 18, páginas 78-80), transmite un parecido efecto de irrealidad y pasmo. Quizás nuestra común sensación fuera un mecanismo inconsciente de defensa contra el impacto de una catástrofe que a muchos nos había tocado en la fibra más íntima, pues Nueva York es un escenario lleno de resonancias sentimentales para la gente de nuestra edad —el novelista sólo me lleva cinco años—, que hemos crecido, aunque sólo sea imaginariamente, a la sombra de los rascacielos y de los majestuosos árboles de Central Park.

No obstante el paralelismo que acabo de trazar, el retrato de la ciudad norteamericana que traza Ventanas de Manhattan dista mucho de ser un reflejo oportunista del atentado contra los rascacielos del World Trade Center TÍTULO=»\indice2\»>2. Tanto la necesidad como el trazo de este retrato nacen de fuentes mucho más hondas, como permite inferir el hecho de que Nueva York y su brillante constelación de referencias culturales, artísticas y emocionales constituyen una constante en la obra de Muñoz Molina, tanto en la narrativa como en su obra periodística. Tal como aparece representada en este libro, la ciudad del Hudson y el East River tiene muy poco que ver con un destino turístico convencional y tampoco corresponde con exactitud al modelo, consagrado por los libros de viajes, los reportajes periodísticos y ciertos libros de memorias, del viajero fiel y cultivado que vuelve una y otra vez al encuentro de sus escenarios predilectos. La ciudad gigantesca e inagotable a la que acude por primera vez el protagonista, como un palurdo (con tal palabra se califica a sí mismo, en la página 16) que anhela desprenderse de su condición localista y marginal, como un forastero que se siente intimidado por multitud de detalles sorprendentes y desconocidos, acaba por convertirse en un componente fundamental de la identidad personal, en un paisaje espiritual y emotivo que no por ello deja de ser al mismo tiempo real, perfectamente reconocible una y otra vez por los lectores.

La Nueva York de Ventanas de Manhattan, aun con toda su abrumadora y a menudo dolorosa y acuciante sensación de realidad, tiene mucho de ciudad imaginada o recreada, de vivencia del espíritu. Los mundos del cine, de la música y de las artes plásticas (pintura, escultura, arquitectura, fotografía) aparecen una y otra vez en este libro como leitmotivs que se encadenan y se combinan, al modo de frases de una melodía o pinceladas en un cuadro. Los paseos del protagonista por la ciudad, su ir y venir sólo aparentemente caprichoso, trazan un mapa sentimental que reproduce los escenarios de muchas horas de atenta observación y callejeo, pero también de lectura, de deleitosa contemplación de pantallas cinematográficas, de paladeo de grabaciones de jazz y blues, de ensoñaciones y fantasías. Esta dimensión sentimental y emotiva de la ciudad resulta muy evidente en la secuencia final del libro, que no está narrada en presente, sino en un pasado que corresponde a la Nueva York evocada desde Madrid. En esta secuencia el autor rememora una visita a un club de la Novena Avenida, y el aire antiguo, algo anacrónico, de la sala, de los músicos y del público que baila parecen haber brotado de su imaginación: “Si no tuviera quien comparte conmigo el recuerdo de esa noche, estaría seguro de haberla soñado” (p. 382).

Pero es que además Nueva York es el escenario donde el autor reconoce y construye su propia identidad, que aparece indisolublemente asociada a la vivencia afectiva, pues en la ciudad culmina un episodio clave de su historia sentimental TÍTULO=»\indice3\»>3, y de la que forma parte inseparable, como ya ocurría en Sefarad, la conciencia del desarraigo y la ajenidad. Con la lejanía característica del extranjero, el autor toma distancia respecto a su propio origen —“soy el ciudadano invisible de un país inexistente, célebre si acaso por la Inquisición, las matanzas de indios, las corridas de toros y las películas de Pedro Almodóvar”, afirma en el arranque de la secuencia 77 (p. 338), en una frase que tiene visos de hacerse famosa— y es capaz de relativizar las obsesiones que le afligen cuando vive en España. Por otra parte, su estancia en Nueva York le proporciona la oportunidad para conocer a diversas gentes —el cónsul y el cardiólogo (¿Valentí Fuster?) con los que conversa en las secuencias 14-17, la pareja de artistas que dejaron el País Vasco hace veinte años y “no entienden nada de lo que ocurre en su tierra de origen” (secuencia 61), los estudiantes de la City University, muchos de ellos emigrantes, a los que el autor imparte clases en la secuencia 45, los escultores Juan Muñoz, Leiro y Manolo Valdés, cuyas obras aparecen vívidamente descritas en las secuencias 46, 59 y 75, el actor Javier (aunque no se nombra su apellido, resulta más que evidente a la luz de los datos que proporciona la secuencia 68 que se trata de Javier Cámara)—, todas ellas caracterizadas por su extraterritorialidad, por su identidad múltiple, propia de las personas que viven entre dos continentes, dos culturas y dos lenguas, y que por ello disponen de una mirada limpia y una independencia de criterio que para el autor constituyen un motivo de sintonía y en muchos casos de admiración.

Ventanas de Manhattan es una obra singular, que no corresponde con precisión a ninguna de las categorías genéricas habituales, pero que sin duda ha logrado cartografiar con éxito un valioso territorio fronterizo entre ellas. Si no fuera porque con demasiada frecuencia los términos tomados del ámbito de la biología presentan connotaciones negativas, diría que se trata de un fascinante híbrido entre el dietario, el libro de memorias, el ensayo, la novela, el reportaje y el libro de viajes. La introspección en la conciencia y en el recuerdo, propia del ámbito novelístico, se entreteje con el testimonio directo que suele caracterizar a los reportajes periodísticos y a los libros de viajes, y con la reflexión densa y minuciosa esperable en un diario o en un ensayo, todo ello en una mezcla muy sugestiva cuyos antecedentes en la trayectoria del escritor hay que rastrear en obras de un perfil genérico más nítido, como el libro de memorias Ardor guerrero (1995) y novelas como El jinete polaco (1991) y, sobre todo, Sefarad (2001). Es cierto que Ventanas de Manhattan podría clasificarse perfectamente en el ámbito de lo que los anglosajones llaman “non fiction”, pues no hay historia en el sentido narratológico del término ni tampoco personajes al modo novelístico; además, no existe ninguna distancia entre el autor y la instancia narrativa, pues el texto no participa del estatuto ficcional de los géneros narrativos. Sin embargo, la singularidad del yo protagonista y la potencia con que su subjetividad determina la representación del mundo que le rodea rebasan claramente los límites propios del memorialista o el reportero, acercándolo en cambio a la actitud característica del ensayo.

El libro consta de ochenta y siete secuencias (me parece más correcto este término que el de capítulos) de variada longitud, que se ordenan de forma vagamente cronológica —la llegada a la ciudad, la estancia, la despedida y el viaje de vuelta—, aunque sin un hilo argumental definido. El discurso va y viene, volviendo una y otra vez sobre temas y motivos recurrentes —las ventanas que permiten atisbar las vidas ajenas y que dan título a la obra, el movimiento y el ruido incesantes, la confusión y tráfago de los mercados callejeros, los paseos por los parques y avenidas, las visitas a museos, la música en todas sus variedades, estilos y formas— que se van entrelazando y completando progresivamente, hasta trazar un entramado que sostiene el texto y guía al lector a lo largo de su recorrido. Determinados motivos —por ejemplo los cambios estacionales, marcados por la decoloración de las hojas y la aparición del viento y las lluvias que anuncian el invierno, o la evolución del tono vital del protagonista, que se desliza hacia la melancolía conforme se aproxima el momento de dejar la ciudad— sirven además para marcar el paso del tiempo y pautar la estructura de la obra.

No todas las secuencias tienen la misma entidad ni el mismo tratamiento. Muchas abundan en el carácter reflexivo y meditativo, vinculado a la exploración del yo y a la (re)construcción de la experiencia biográfica, tan típico de la obra de Muñoz Molina. Otras constituyen vigorosos, magníficos apuntes de la vida cotidiana, de tono entre íntimo y costumbrista TÍTULO=»\indice4\»>4 (véase, por ejemplo, la secuencia 39, evocación de la vida placentera en los cafés, o la 58, maravillosa descripción de las tiendas y mercadillos de la ciudad), donde sobresale la capacidad del autor para la observación, la interpretación del detalle, la invención de las más sorprendentes asociaciones y los contrastes más sugestivos. Son muy frecuentes las secuencias de carácter ensayístico —no creo exagerado afirmar que Ventanas de Manhattan es la obra de Muñoz Molina más devotamente consagrada a su vocación de atento y gustoso observador de las manifestaciones artísticas— sobre las diversas artes, especialmente la música TÍTULO=»\indice5\»>5, pero también la literatura, la arquitectura, la pintura, la fotografía y la escultura TÍTULO=»\indice6\»>6. Hay secuencias dedicadas al callejeo urbano, a Central Park y las riberas del Hudson o el East River, a los selectos ambientes de Park Avenue, a los distritos y los barrios (Harlem, Brooklyn, el Bronx, Queens), al solar arrasado de las Torres Gemelas, a los museos, los mercados, los bazares y las tiendas, a los personajes de la alta sociedad y los innumerables locos, mendigos y desarraigados, a la vida mestiza de los inmigrantes, los exiliados y tantas gentes de diversas naciones que dividen sus vidas entre Nueva York y sus países de origen.

Uno de los méritos más indudables de este libro reside en la capacidad de su autor para captar en toda su riqueza la variedad y el movimiento infinitos de la vida neoyorkina (“Manhattan es el gran bazar del mundo entero” es una frase espléndida con la que se abre la secuencia 58). El vértigo, la alegría de vivir y la exaltación epicúrea que suscita la inagotable diversidad de la ciudad están magníficamente representados en secuencias como la 34 y 35, que expresan la sensación de “recogimiento y felicidad, de mareo y codicia” (p. 139) ante la abundancia de espectáculos, de museos y librerías, o la 41, que es una descripción magistral del abigarrado mundo de los cuadros de Brueghel, tan próximo en muchos sentidos al latido, a un tiempo vibrante y obsceno, del desaforado corazón de la urbe, o la secuencia 60, dedicada a evocar la continua transformación física de la ciudad —epítome del urbanismo contemporáneo y del espíritu del arte moderno—, una secuencia vibrante y apasionada, que tiene ecos de la literatura futurista, con su admiración por el maquinismo, la velocidad y el cambio súbito.

En Ventanas de Manhattan, Muñoz Molina persiste, aunque aliviada en comparación con algún título anterior (Sefarad podría ser el ejemplo más claro), en su tendencia a adensar la prosa y dotarla de un espesor que a menudo se resiente por la falta de algo más de ligereza y de frescura. Por otra parte, a pesar del título, que sugiere una emoción solidaria —las ventanas como un estímulo para la observación de las vidas ajenas y la búsqueda de una proximidad afectiva con ellas—, a pesar de que en muchas secuencias el autor es capaz de identificarse emotivamente con la experiencia individual (véanse, por ejemplo, las secuencias 48 y 49, que describen el Tenement Museum, dedicado a inmortalizar el recuerdo de las terribles condiciones de vida de las viviendas donde se hacinaban los emigrantes; o la secuencia 79, emotivo y a la vez irónico retrato de dos viudos dedicados a ayudar a los emigrantes recién llegados, que es uno de los pocos casos TÍTULO=»\indice7\»>7 en que personajes norteamericanos sin ningún relieve público aparecen identificados con sus nombres de pila y con una historia concreta y personal), el lector puede llegar a creer que la sensibilidad del escritor se ha quedado embotada en los objetos y en los escenarios, en los efectos estéticos y en la acumulación culturalista, y que como consecuencia ha relegado a un segundo término la peripecia humana que se encuentra tras ellos y que les dota de auténtico interés.

Y eso que el autor es perfectamente consciente de que entre las grietas de la espléndida fachada retratada en Ventanas de Manhattan asoma por doquier un fondo de alienación, cuando no una un submundo sórdido y miserable. Haciéndose eco de forma explícita de un sentimiento que ya manifestó Lorca en Poeta en Nueva York, Muñoz Molina vuelve una y otra vez (véanse, por ejemplo, las secuencias 63 y 73) sobre un leitmotiv muy característico: el de la ciudad hostil, habitada por seres que se recluyen en sí mismos como islas incomunicadas, una ciudad que ha convertido la mezcla de cordialidad superficial y esencial indiferencia en toda una forma de vida (“estar viendo y no mirar es un arte supremo en esta ciudad que desafía tan incesantemente a la mirada”, p. 122). No es nada casual, por tanto, la insistencia del autor en traer a primer plano la muchedumbre de locos, alienados e indigentes, muchos de ellos en diversos grados de obsesión y delirio, que pueblan las calles de la urbe.

Tanto la estructura como el estilo de Ventanas de Manhattan responden a un propósito muy evidente, que el propio autor declara en la secuencia 67: “Miro y escribo. Me gustaría que la mano avanzara sola y automática para que los ojos no se apartaran ni un segundo del espectáculo que alimenta la inteligencia y la escritura” (p. 293). De hecho, todo el libro, salvo intervalos rememorativos frecuentes, aunque no demasiado extensos, está redactado en presente, en presente actual o habitual, un tiempo verbal que acrecienta la sensación de vida fluida, multiforme y que promueve la multiplicidad de experiencias y sensaciones. Incluso la descripción de las obras de arte y los objetos de los muchos museos, galerías y escaparates que recorre el libro está realizada desde la perspectiva de un presente que actualiza la experiencia remota a partir de la cual se crearon.

A este propósito de captar el instante en su inmediatez y variedad se aplican recursos muy variados, entre los cuales cabe destacar el uso frecuentísimo de la enumeración caótica (verdaderamente antológico en secuencias como la 73, dedicada a los rastros y mercadillos callejeros, con su acumulación de objetos descabalados e inútiles, o la 76, una descripción del mercado oriental de Canal Street cuyo aire de ajenidad y extrañeza lo hacen parecer el escenario de una película de ciencia ficción), la adjetivación rotunda, eficacísima, la acumulación de sintagmas paralelos, la proliferación de asociaciones sorprendentes que combinan elementos heteróclitos, en un torbellino fascinante que a veces recuerda las imágenes de la poesía vanguardista TÍTULO=»\indice8\»>8 (“las puntas metálicas de los paraguas abiertos chocan y se enredan entre sí como las pinzas de los cangrejos en las cestas de mimbres de las pescaderías”, pp. 334-335), o los abruptos contrastes que enfrentan experiencias muy diversas (por ejemplo, el de la secuencia 78, dedicado a las riberas del Hudson, con su insólita mezcla de repulsivos mataderos y selectas discotecas de moda).

Sin embargo, el autor es consciente de lo ilusorio de su propósito y de la limitación de los medios que tiene a su alcance —“hay dibujos y fotografías que pueden apresar un instante, pero no existe una literatura que pueda contar con plenitud toda la riqueza de un solo minuto”, afirma en la página 139—, y de hecho, en competencia con la exaltación vitalista y el goce de las muchas maravillas que describe, toda la obra aparece recorrida por una especie de tono melancólico o resignado, el del artista que comprende que su modo de expresión es incapaz de competir con la infinita variedad del modelo que intenta representar. No es extraño, entonces, el entusiasmo de Antonio Muñoz Molina por la música y las artes plásticas, que de algún modo logran superar las limitaciones de la palabra para captar el incesante fluir, la vida fascinante e inagotable de ese “gran bazar del mundo entero” que es la ciudad de Nueva York.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, Barcelona, Seix Barral (Col. “Biblioteca Breve”), 2004, 382 páginas. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. Aunque el ataque a las Torres Gemelas y sus consecuencias planean sobre la obra como una referencia ineludible, en realidad son el centro de atención de una parte relativamente pequeña del texto: en concreto, diez secuencias, de la 18 a la 27, y algo menos de cuarenta páginas. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. Es un episodio, seguramente autobiográfico, que ya había sido novelado en obras anteriores, como El jinete polaco (1991) y que vuelve a aparecer en la secuencia 26 (página 108) de Ventanas de Manhattan. Por cierto, también el cuadro de Rembrandt, que forma parte de los fondos de la Frick Collection de Nueva York, se menciona en Ventanas de Manhattan. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. El propio Muñoz Molina sugiere al inicio de la secuencia 12 la necesidad de despojar al término “costumbrista” de las connotaciones negativas que ha adquirido en nuestra literatura, y hace una observación que me parece muy justa: que la literatura sobre Nueva York es marcadísimamente localista, y que su proyección universal no viene dada tanto por su propia entidad como por la resonancia que inevitablemente adquiere todo lo que procede de este auténtico emblema de la civilización contemporánea. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Según he leído en las crónicas de la presentación de Ventanas de Manhattan ante los medios de comunicación, el libro fue inspirado por el editor Luis Suñén (a quien está dedicado), quien solicitó a Antonio Muñoz Molina algún texto sobre su relación con la música. No hace falta insistir en que la obra resultante desborda su motivación inicial, pero lo cierto es que ésta ha quedado más que satisfecha, pues Ventanas de Manhattan resuena constantemente con todos los estilos y las formas musicales: las notas solemnes del Réquiem alemán de Brahms, los clubs selectos de jazz donde cantan Dee Dee Bridgewater o Paula West, los garitos de Harlem, los conjuntos de cámara de la Juilliard School y las representaciones de La flauta mágica de Mozart en la City Opera, las emisiones de la radio pública WNYC, las big bands, el eco de figuras desaparecidas como Miles Davis, Thelonious Monk, Benny Goodman o Béla Bartók, los músicos y bailarines callejeros que pululan por las calles, parques y bocas de metro, haciendo sonar en una fascinante cacofonía trompetas, saxofones y hasta cubos de plástico. «

TÍTULO=»\nota6\»>6. Para determinados lectores —he hecho alguna comprobación al respecto—, la acumulación culturalista puede resultar fatigosa. En descargo del novelista habría que señalar que éste es un rasgo muy característico de toda su obra literaria desde los primeros dietarios que publicó (El Robinson urbano, 1984 y Diario del Nautilus, 1985) y que además está plenamente integrado en la vivencia personal de la ciudad. Por otra parte, cualquiera que haya viajado a Nueva York con un mínimo bagaje cultural se da cuenta inmediatamente de que muchos de sus escenarios más significativos ya los ha visitado antes, a través de los libros, el cine o la televisión. «

TÍTULO=»\nota7\»>7. Hay al menos otras dos historias de neoyorkinos que han salido del anonimato: el joven trompetista negro Rufus A. Powell (secuencia 62), tal vez víctima de un timo que proyecta sobre su figura elegante y formal una suave tono patético; y el profesor de literatura Mark (secuencia 65), un descendiente de italianos que se dedica con vocación encomiable a enseñar a los alumnos más desfavorecidos del Bronx. «

TÍTULO=»\nota8\»>8. No creo que esta filiación vanguardista sea un simple reflejo o coincidencia. De hecho, en Ventanas de Manhattan se evocan con frecuencia los versos del Lorca de Poeta en Nueva York, las esculturas de Giacometti o la música de autores como György Ligeti, Edgar Varèse o John Cage. «

Para saber más

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Por no mencionar al perro (Connie Willis)

Si no tuviese ninguna otra cualidad, que las tiene y sobre las que volveré más tarde, su capacidad para la trama garantizaría el éxito de los libros de Connie Willis. No es sólo que sea capaz de inventar buenos argumento, sino que los desarrolla con una precisión arrolladora y hermosa. Nada es casual, todos los pequeños detalles tienen su razón de ser, y todo lo que sucede en la página cien tiene su importancia al llegar a la 400. Incluso cuando el lector descubre cuál va a ser la solución, siempre le queda la duda de cómo se las arreglará para llegar a ella. Y el placer proviene de comprobar no sólo que lo consigue, sino que lo hace sin violar las reglas y con facilidad matemática.
Y en ninguno de sus libros es tan evidente como en este que hoy nos ocupa. Posiblemente la novela de estructura más compleja en la que se haya embarcado esta autora, y que se resuelva con total aplomo y suavidad. Y los problema narrativos de Por no mencionar al perro en principio no podrían ser mayores. No sólo es una novela de viajes en el tiempo, con las complicaciones que tal cosa introduce en el orden narrativo, sino además una comedia, con las limitaciones que eso impone en el ajuste de los elementos para producir el humor, y en el equilibrio para hacer estallar la carcajada. El hecho de que Connie Willis lo consiga, mientras reconstruye toda la época victoriana y desenreda la telaraña temporal de paradojas en la que mete a sus personajes, demuestra que es una autora dotada de algo más que de un envidiable sentido para la trama. Demuestra una vez más inteligencia, cuidado y amor por su obra (por ejemplo, el increíble, en apenas unas frases, cambio que se produce entre la personalidad que el lector atribuye a Lady Schrapnell y la que tiene realmente).
Ned Henry corre de arriba abajo por el tiempo buscando el tocón del pájaro del obispo, un misterioso objeto casi legendario que es imprescindible para reconstruir con total fidelidad la Catedral de Conventry (destruida por los nazis). Es uno de los muchos encargo de Lady Schrapnell, una excéntrica millonaria norteamericana, empeñada en reconstruir el lugar donde una antepasada suya conoció a su verdadero amor. Pero Ned está sufriendo de desorientación temporal, así que sus superiores le envían a descansar allí donde la dama no pueda encontrarle: el verano de 1888, en plena época victoriana. Y de paso, devolver algo, algo que no debería haber venido del pasado y que podría provocar una paradoja de trágicas consecuencias. Pero Ned no entiende muy bien su misión. Sólo quiere dormir. Pronto, ésa será su menor preocupación.
Y mientras Ned y su compañera Verity intentan salvar el continuo espacio tiempo de un colapso inminente que ha paralizado casi todas sus actividades, tienen que vérselas con una familia de excéntricos victorianos, un mayordomo culto, una reina del espiritismo, tres hombres en una barca…. y eso por no mencionar al perro. Jugando continuamente con las convenciones de la novela victoriana y de detectives, Connie Willis va desplegando su historia de amor y de paradojas, en una novela que cuando se empieza a leer es imposible dejar. La más divertida de sus novelas es también la más seria. Y una vez más se demuestra que las mejores historias son las historia de amor… con viajes en el tiempo.

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Darwinia (Robert Charles Wilson)

1912. STOP. Europa ha desaparecido. STOP. Reemplazada por jungla alienígena. STOP. Causa desconocida. STOP.

Eso es lo que pasa en Darwinia. Europa desaparece y casi todo el mundo cree que es un castigo de Dios por las teorías de Darwin, puesto que la desaparición de Europa esta acompañada de un milagro creacionista en forma de una indescriptible jungla que ocupa el lugar de la cuna de Occidente. El mundo, por supuesto, se tambalea. Los americanos se convierten en una teocracia, los restos coloniales aislados de los países europeos aspiran a reconstruir sus sedes originarias, como en el caso de los ingleses y su Nuevo Londres, reconstruido gracias a todos los ingleses que servían en las colonias del imperio. El conflicto es inminente entre el poder americano y los neo-colonizadores del continente perdido. Entre el único gobierno organizado de la civilización occidental y los desorganizados sucesores de Europa, poco más que bandidos que en muchas ocasiones infestan, como fantasmas recalcitrantes, los territorios a los que pertenecían sus "unidades geopolíticas". (Eso sí, cuando leí este libro y me pregunté ¿por qué Europa?, alguien contestó "porque con América ya se había hecho". Cierto. La Historia del Descubrimiento de América, claro).

Y, por si fuera poco, otro conflicto, mucho más brutal y siniestro está a punto de comenzar. La desaparición de Europa es sólo el primer paso en lo que es una guerra declarada a la especie humana. Una guerra en la que intervendrá una expedición americana al corazón de Darwinia, fantasmas de una Primera Guerra Mundial que nunca ocurrió y, a falta de mejores palabras para describirlos, posesiones diabólicas y posesos.

Poco se puede contar de este libro, ya que todo lo que se comente al respecto podría servir para destrozar la aventura, el misterio y la intriga de la que está lleno. La formula empleada es magnífica: comienza con un milagro de proporciones gigantescas, crea el ambiente, mete a los personajes, describe una invasión alienígena… y luego vete subiendo. Si creen que la desaparición de Europa es el eje central de toda la historia, están ustedes equivocados. Hay más mucho más en este libro, finalista al premio Hugo, una historia de sorpresas, combates a muerte y aventuras clásicas reminiscentes de A. C. Doyle. Las revelaciones no se ponen en marcha hasta la mitad del libro, cuando éste ha alcanzado su mayor impulso y es entonces cuando la cosmología megalomaniaca desplaza repentinamente el interés del lector desde un ambiente que hasta ahora parecía que iba a caer en el steampunk hacia un campo de batalla mucho más amplio. Quizás éste es el único problema del libro: que se trata de dos ambiciosas historias diferentes enlazadas por un único nexo de causalidad y que el choque entre ambas pretensiones fracasa un poco comparado con la enormidad de las ideas empleadas.

Me refiero a la historia principal en la que el protagonista, Guilford Law, se enfrenta a un viaje de exploración armado de su raciocinio y del de sus académicos compañeros -aunque sean científicos "creacionistas"- pero la narrativa fracasa en dotar a esta historia de coherencia propia porque, al revés de lo que insinúa, no es un viaje de descubrimiento, sino de revelación: los personajes hacen poca cosa para ganar el conocimiento, sino que este es revelado por potencias superiores, dando al traste con la primera parte del libro en ese sentido: la novela de investigación. La segunda parte de la novela adolece de un cierto "provincianismo" una vez revelados los grandes términos cósmicos en los que se mueve la narración, lo que hace un poco extraño la continuidad de la obra -pero sólo un poco. No demasiado. De todos modos tampoco importa tanto. Ni siquiera estoy seguro de que sea un fallo. Sólo, quizás, un exceso de ambición en un libro espectacularmente ambicioso.

Pero ojalá todos escritores fracasaran de esta manera, por exceso de ambición antes que por mesura en sus propuestas.

Muy recomendable.

© Xavier Riesco Riquelme 2000

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PEDRO PÁRAMO (Juan Rulfo)

Juan Preciado promete a su madre en el lecho de muerte ir a Comala a reclamar a su padre, Pedro Páramo, "lo que es suyo". Dolores Preciado, su madre, le da una visión idílica del pueblo mexicano que lo ilusiona. Camino a Comala se encuentra con Abundio, un personaje que resulta ser crucial para la obra, aunque al lector no le parezca así. Éste le dice que también es hijo de Pedro Páramo, pero que el cacique ya ha muerto, lo cual desconcierta al protagonista. Así pues, al llegar a Comala se encuentra con un pueblo desolado, abandonado, semejante a un infierno y cuya atmósfera está llena de muerte. Es preciso para ello saber que la novela pertenece al realismo mágico, tendencia literaria latinoamericana que presenta lo paranormal (como en este caso las apariciones de almas en pena) como algo cotidiano y la cual tiende a abandonar por lo tanto los criterios racionales. Así por ejemplo, Juan Preciado se va encontrando con diversos personajes que en realidad son almas en pena, como lentamente comprenderá. Pero hay muchos más elementos que cargan de "muerte" el ambiente. Así pues, se oyen los murmullos de los muertos, hay muchos escenarios en penumbra o aparecen símbolos como los de un caballo despavorido.

Finalmente, cuando Juan Preciado se percata de lo que está ocurriendo se muere desesperado. Es entonces cuando el lector se percata de que todo lo narrado hasta el momento formaba parte de una conversación desde la tumba con otra alma en pena, Dorotea, que se encargaba de llevar mujeres a Miguel Páramo (hijo de Pedro Páramo).

Pero lo peculiar de esta historia es la mezcla de historias, pues paralelamente a esto nos es narrada la historia de Pedro Páramo en lo que se llama Plano B (siendo Plano A la historia de su hijo). Reside en ello la mayor dificultad de la novela, pues los fragmentos del segundo plano están en un completo desorden cronológico (por ello Juan Rulfo dijo que el lector era coautor de la obra, al deber reconstruir la historia).

Es ahí donde conocemos lo ocurrido durante toda su vida y las consecuencia que tuvo para Comala. Toda su vida fue Pedro Páramo un cacique rodeado de muerte. Por ejemplo nos es descrito el episodio del asesinato de su padre cuando estaba en una boda. Ante la imposibilidad de saber quién fue el asesino, Pedro Páramo (nótese la simbología del nombre: Pedro=petrus=piedra, connota dureza y brutalidad; Páramo=páramo=tierra infertil, connota su carácter ágrio), decide ir matando a todos los asistentes para asegurarse de que el asesino pague. Lo mismo hace para expandir su poder y dominar íntegramente el pueblo, causando no pocas muertes y sufrimiento que llevan al deterioro del mismo (así pues, el trabajo de Pedro Páramo es el que ha provocado la degradación material del pueblo y que supone el paso intermedio entre la Comala idílica de Dolores Preciado y la que se encuentra su hijo).

Sin embargo y a pesar de todo su poder, siempre se le ha escapado el amor de Susana San Juan, que de hecho acaba enloqueciendo y huyendo con su padre ante el acoso del cacique. Éste manda buscarla por toda la zona y es encontrada tras treinta años. Su brutalidad le lleva a ordenar el asesinato del padre para que ella dependa definitivamente de él. Pero poco después ella muere y con ella todas las ilusiones de él, que acaba deprimido el resto de sus días.

La conducta brutal ha sembrado el odio entre los habitantes de Comala, y Abundio, uno de los muchos hijos rechazados y no reconocidos por él, acaba matándole. Es él quien aparece al principio y al final de la novela, motivo por el cual esta tiene estructura circular (característica del realismo mágico).

En la obra hay otros personajes que la complementan. Cabe destacar en este sentido al Padre Rentería (Connotación: Rentería: Renta:Dinero que se paga). A pesar de sus remordimientos, se vende al poder fallando en su labor social. Mientras que no absuelve a las almas de los pobres (motivo por el cual y según la creencia azteca mezclada con la cristiana) estas permanecen en la tierra sin encontrar la paz, permite todo tipo de actos a Pedro Páramo y su hijo Miguel, (que también muere, y al que concede perdón a pesar de saber que violaba a jóvenes del pueblo, sin importarle su corta edad), como asesinatos, violaciones o extorsiones. Críticos señalan que contribuyó a la degradación moral del pueblo al fracasar a la hora de dar ánimos y ganas de seguir adelante a sus habitantes.

 Importancia Literaria y Cultural

"Pedro Páramo" es considerada una obra sumamente importante dentro de la literatura mexicana puesto que maneja un lenguaje en realidad abstracto y coloquial, pero el mensaje que nos transmite es sumamente profundo; si una persona con pocos conocimientos en literatura comienza a leer el libro, lo desechará porque le parecerá un texto áspero, brusco y prácticamente sin sentido, hay que estar muy conscientes de que la obra en sí es un retrato de la sociedad mexicana, a pesar de que contenga hechos que no son posibles en nuestra realidad, y esa es la principal característica del realismo mágico: a pesar de presentar hechos fantásticos logra darnos un retrato bastante fiel de su mensaje, es decir, que a pesar de que en esta novela Rulfo se vale de voces de muertos, o de espíritus en lugar de personajes vivos, el retrato que nos hace de la sociedad mexicana es bastante más exacto que el que nos muestran obras más "razonables", como puede serlo "El Zarco" de Ignacio Manuel Altamirano. La sociedad de Rulfo es una sociedad muerta, una sociedad que no puede vivir con sus muertos, que vive cobijada por una religión corrupta que no busca más que sacar provecho de cualquiera que se le atraviese, una sociedad solitaria y decadente. "Pedro Páramo" es considerado por muchos, el retrato más exacto del pueblo mexicano. AL final se trata de una cuidad de muertos que buscan el descanso eterno

 Críticas

Aunque se ha repetido incansablemente que la novela de Rulfo sufrió la incomprensión de los críticos, pocas semanas después de su publicación tuvo una reseña anónima muy favorable en el diario El Universal (17 de abril de 1955), de la ciudad de México, en la que se afirmaba que la novela era en realidad un relato. Otro de los rumores usuales es el que afirma que no fue sino hasta 1958, a partir de la traducción al alemán (de Mariana Frenk-Westheim), y tras la buena acogida en ese país cuando en México empezaron a interesarse por la novela. Pero, en realidad, Pedro Páramo obtuvo una respuesta crítica muy amplia y diversa durante todo 1955, incluida una reseña de Carlos Fuentes que apareció en la revista L\’Esprit des Lettres, de Rhone, Francia (noviembre-diciembre de 1955).

El siguiente es un fragmento de la reseña anónima de El Universal.

Pedro Páramo es la primera novela de Juan Rulfo. Como novela, al menos, ha sido clasificado, aunque en realidad es un largo relato, un largo y armonioso relato. Rulfo, sin dejar de ser el mismo de los cuentos, de los relatos breves de El Llano en llamas, es ahora otro en Pedro Páramo. El asunto de la obra, mexicano desde muy adentro, desde lo más profundo del ser se acendra en el dominio del idioma. Esto caracterizó desde un principio a Juan Rulfo. Sabe dar el acento de mexicanidad sin acudir al corriente recurso de las deformaciones fonéticas y ortográficas que la gente humilde de México emplea. No es tampoco una sintaxis especial, no es nada que tenga que ver con la gramática. Lo que hay en Rulfo es un poderoso aliento poético: sabe arrancar a sus personajes, siempre muy mexicanos, escondidos matices y escondidos acentos. Los ve desde muy adentro y, por verlos así, encuentra en ellos notas de emoción y belleza. En Rulfo lo de menos es el asunto, lo importante es cómo se trata ese asunto, cómo se va hundiendo en él lentamente, cómo va asiendo los elementos de que se sirve y exponiéndolos de dentro afuera, rodeándolos a menudo de un vaho de misterio y magia. Ahí la emoción se acendra por la virtud del procedimiento y ya la urdimbre, la trama, pasa a segundo término. En Pedro Páramo nunca deja de estar presente el drama; pero el drama no es presentado escueta, simplemente, sino exaltado, trasladado a una dimensión de belleza y de fuerza que hiere o acaricia incesantemente a la sensibilidad del lector. ¿En qué consiste esto? Los recursos de que se vale Juan Rulfo no están a la vista; pero el efecto que se consigue es el que ha sido señalado. Tal vez alguien prefiera las proyecciones de crítica social que tiene Pedro Páramo; pero detenerse en ellas sería apartarse del juicio literario. Hay que abandonarlas, por eso, a pesar de su importancia y su sagacidad. Y hay que señalar la belleza, la originalidad, la eficacia literaria de este Pedro Páramo.

Fuente: Anónimo, "Los libros recientes", El Universal, 17 de abril de 1955, Primera Sección, p. 26. Se trata de una reseña de varios títulos. El resto de las obras comentadas eran: La sombra del Techincuagüe, de Ramón Rubín, Mazamitla, de Ricardo Garibay, El pueblo de Olivera Unda, y Semblanzas mexicanas (artistas y escritores del México actual), de Alfredo Cardona Peña.

A menudo se otorga un valor de verdad demasiado estricto a las declaraciones hechas por Rulfo sin tener en cuenta las circunstancias en que se produjeron. Muchas de las entrevistas con el escritor son monótonas, llenas de lugares comunes y repetitivas. El siguiente fragmento procede de una colaboración de Rulfo para la agencia EFE:

"No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba con apariencia realista, como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos, incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio."

Fuente: Juan Rulfo, "Cumple 30 años Pedro Páramo", Excélsior, 16 de marzo de 1985, p. 14A.

Esta toma de distancia de Rulfo ante la respuesta crítica dispensada a su novela muestra también una de las características más subestimadas de Pedro Páramo: la forma en que se construye el personaje del cacique, que no tiene voz propia y cuya configuración depende de la voz narrativa o de los testimonios de aquellos que lo rodearon. Hay un gesto irónico en el hecho de que el cacique, el responsable de la destrucción de Comala, el detentador del poder local, dependa de instancias como el narrador o los otros personajes para aparecer ante el lector.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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EL CIRCO DEL DR. LAO (Charles G. Finney)

Pasen y vean se ores. Pasen y vean.

Este es el circo más extra o de la tierra, sin elefantes, ni acróbatas ni payasos. Este es el circo del doctor Lao, donde se reúnen para la contemplación del común de los mortales las criaturas mitológicas de todos los tiempos. Por muy poco dinero puede contemplarse aquí al asno de oro, la Quimera, la serpiente marina de los relatos náuticos y hasta la medusa (a través de un espejo, por supuesto)

El autor no necesita justificar nada y no se molesta en ellos. Simplemente coloca este impensable circo en un pueblo perdido de Arizona durante la depresión americana de los a os treinta y nos describe las reacciones de la gente de ese pueblo a través de citas cultas, chascarrillos de sal gorda y una fina ironía a la hora de elegir lo que menciona en cada categoría y el modo en que lo trae a colación.

El americano Charles Finney concibió esta historia durante su servicio militar en China y quiso conciliar el quietismo filosófico oriental con el gusto occidental por las emociones y la novedad, dando a luz esta obra verdaderamente original y pionera en un género que se acerca al fantástico sin llegar a serlo: en el género fantástico la aparición de criaturas extraordinarias sirve a un fin, o una conclusión y aquí estas criaturas son fines en sí mismas.

Esto es la fantasía pura. El circo que fundamenta su principal genialidad en su propia existencia. Y como tal, se desenvuelve en un ambiente de imposibilidad que no se aleja del escenario real, que siendo de una fantasía apabullante deja claro en todo momento que sigue siendo un pueblo polvoriento, aburrido y deprimente de la Arizona más pedregosa.

Quizás otro ambiente, otro escenario más acorde con los personajes hubiese hecho de este libro uno de tantos, pero la persistencia en el tiempo de esta obra se debe, sin duda, a su capacidad de mantener en pie lo imposible en un mundo posible, realista por de más.

El catálogo final de personajes reales y ficticios, con ácidas apostillas sobre su vida anterior y su destino posterior, abúlico sin excepción, no hace más que profundizar esta sensación. Juzguen ustedes mismos: "Martha, tranquila triste e insegura; algunas veces se echaba a reír, pero al reír se preguntaba por qué; al preguntarse por qué, le entraban ganas de llorar."

El lector no llega a sentir nunca ganas de llorar con este libro, pero a veces, al reír, se pregunta por qué, y la respuesta no está clara. Este es el mejor mérito de Finney: la sutileza de su humor.

Pasen y vean.

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