Sarajevo. Diario de un Éxodo (Dzevad Karahasan)

Europa contempló con asombro en los años noventa los sucesivos conflictos que surgieron tras la desintegración de Yugoslavia. En el seno de una Europa que se preciaba de sus ideales de civilización, prosperidad, derechos humanos, etc, surge un conflicto que pone de manifiesto una realidad discordante. La caída del comunismo fue saludada como la oportunidad para la reconciliación de los europeos, divididos hasta la fecha por el telón de acero, pero cuando aún no se habían podido calibrar las consecuencias de estos cambios, apareció un nuevo foco de confrontación que amenazaba por extenderse a los estados vecinos.

La Europa que gustaba de presentarse como fruto de una tradición cultural, intelectual y religiosa común, se sorprendía al contemplar guerras de carácter étnico y religioso, a pocos kilómetros de sus modernas capitales. Más aún, toda Europa descubrió que expresiones como limpieza étnica, fosas comunes o franco tiradores, saltaban a la realidad desde los documentales y los libros de historia volviendo a reclamar su espacio.

Ese pasado, las guerras balcánicas de principios del siglo XX, el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, se aglutina con precisión milimétrica para destruir una imagen confortable de nosotros mismos. ¿Y qué hace Europa? Entre dudas, vacilaciones, decisiones equivocadas, reconocimientos unilaterales, interesados y precipitados de nuevos estados, el caos y la división vuelven a ponerse de manifiesto.

Los ciudadanos europeos, quizá ajenos a las complicadas leyes geopolíticas, contemplan las noticias de la televisión con asombro y horror. Las explosiones, las muertes en la cola de una panadería o la gente corriente por las calles no vienen de países del Tercer Mundo, de Jerusalén o de Líbano: vienen de Europa. Los muertos viven, vivían, en casas prácticamente iguales a las nuestras. Casas con calefacción, televisión y video, antena parabólica. Sus habitantes no son de piel oscura, ni llevan extraños atuendos. Visten como nosotros, con americana y corbata, con faldas ceñidas y tacones. Y como nosotros, parecían vivir ajenos a las miserias del mundo, pero ahora deben correr por sus calles huyendo de balas perdidas, granadas, cascotes. Incomprensible.

Y mientras algunos reflexionaban sobre el fin de la historia, el renacimiento del nacionalismo o la pujanza del Islam, los ciudadanos de la antigua Yugoslavia trataban de continuar con sus vidas, de superar sus problemas diarios, sus inmensas dificultades. De esta experiencia extrae Dzevad Karahasan el principal aporte a su obra, Sarajevo. Diario de un éxodo.

En este libro, Karahasan reflexiona sobre las consecuencias del conflicto en la vida de los habitantes de Sarajevo, desde un punto de vista filosófico; esto es, discurre sobre los efectos morales de la guerra, sobre el papel del intelectual ante la misma, sobre los efectos de los bombardeos como factor de cohesión de la comunidad asediada, etc. De todas sus reflexiones escojo al azar las siguientes:

– El papel del trabajo (y el Arte) como reserva de la dignidad humana: Durante el asedio de Sarajevo Karahasan fue nombrado decano de la facultad de Artes Escénicas. Tras uno de los primeros grandes bombardeos sobre la ciudad se reunió con sus alumnos y decidieron continuar con el curso en la medida de sus posibilidades, preparando la representación de las obras de fin de carrera.

El profesor Karahasan arenga así a sus alumnos: “Les ruego que trabajen tanto y tan bien como les sea posible. Su trabajo es lo único que, de momento, puede liberarlos del miedo y ayudarlos a conservar la dignidad, la sensibilidad y el juicio. Los hombres se han desentendido de nosotros, la fortuna nos ha dejado atrás, el mundo se aparta y la realidad material en la que nos han enseñado a creer nos abandona. Lo único que todavía no nos ha dejado es nuestro trabajo; lo que aprendemos y el oficio al que servimos aún nos protegen. Una de las funciones básicas del arte es la de proteger a la gente de la indiferencia, y el hombre está vivo mientras no permanezca indiferente”.

Nada parece más contradictorio que un conflicto y el Arte. Pero precisamente el conflicto nace cuando los hombres pierden esa sensibilidad, esa capacidad de empatía y ese respeto, no sólo por los demás sino por uno mismo. Trabajo, dignidad, sensibilidad y Arte surgen de entre las cenizas humeantes de Sarajevo como verdades inmutables, verdadera esencia de esa cultura que Europa no supo defender en aquellos días.

– Fundación del PEN Club de Bosnia y Herzegovina: un colega de Karahasan le invita a la fundación del PEN Club como acto de rebelión y resistencia frente a los horrores de la guerra. Pese a sus iniciales resistencias a participar en este tipo de actos formales, y ante los argumentos de su amigo, decide participar en el acto (aunque finalmente un bombardeo le impedirá llegar al lugar donde se ha convocado la reunión): “Mientras pensáramos en la literatura, mientras nos saludáramos tal como exige la buena educación y utilizáramos los cubiertos para comer, mientras deseáramos escribir o pintar algo, mientras nos esforzáramos por articular nuestra situación y sentimientos a través del teatro, tendríamos la posibilidad de persistir como seres de cultura, de defender nuestra ciudad y la tolerancia que en ella reinaba, de salvaguardar nuestro derecho a la convivencia entre pueblos, religiones y convicciones diferentes. Por eso era importante que en la reunión en la que se fundara el PEN Club de Bosnia y Herzegovina estuviéramos todos los que teníamos que estar”.

– La Verdad en una obra de Arte: el asedio de Sarajevo y las duras condiciones de vida que debían afrontar sus habitantes, provocaron una pequeña escena, apenas perceptible, apenas de dos o tres segundos de duración, en una de las representaciones de los alumnos de Karahasan. El actor debe tomar la mano de la actriz y besarla con apasionado amor. Esa mano simboliza en la obra lo hermoso, refinado e inalcanzable. Sin embargo, la realidad se cuela de manera indiscreta en el escenario. La mano de la actriz está ajada, falta de cuidado y de higiene (el agua se había convertido en un recurso precioso) y el actor no puede disimular la distancia que hay entre el objeto de deseo que se supone ha de besar y la realidad que sus ojos contemplan. Sólo un gesto, un breve instante y sus labios se posan ardorosamente sobre esa mano y, desde ese momento, la compenetración entre ambos intérpretes alcanza un nivel excepcional. Sin embargo, la mirada analítica del profesor se ha detenido en ese leve momento en el que el actor ha sido incapaz de abstraerse la realidad e interpretar su papel, recrear la ficción.

De esta escena surge la siguiente reflexión: “En la escuela se aprende que la verdad interior de la obra de arte consiste en la realización consecuente de los principios básicos de la estructuración; pero ahora sé, gracias a ese instante, que existe una forma más profunda y muy diferente de verdad interior de la obra de arte, esa que se alcanza sólo cuando mediante el arte se defiende y demuestra la realidad de las personas vivas y su necesidad de vivir como seres de cultura, y de modo tal que esa necesidad de cultura es al mismo tiempo una necesidad existencial”.

– Las dos traiciones de la Literatura: Karahasan acusa a la literatura de su país de dos graves culpas. De una parte, considera que la literatura de la forma, la estética, la que abandera el arte por el arte, la que se recrea en ella misma como principio y fin, al margen de todo lo ajeno a ella, es culpable de favorecer un distanciamiento ético de la realidad. La ausencia de valores y principios se traduce en una sociedad insensible, egoísta, centrada sólo en el placer más inmediato. De ahí que el sufrimiento ajeno sea visto como una mera cuestión estética; puede ser bello o no, pero no se enjuicia moralmente. Acusa, por tanto, a estos escritores de inmorales y a sus escritos de evitar un posicionamiento entre el bien y el mal.

Pero Karahasan también acusa a la literatura de alejarse del modelo en el que los personajes tienen un carácter, una psicología, un modo de pensar y sentir en función del cuál actúan. Se admiten cambios de personalidad, flexibilidad en sus actos y emociones, pero, en definitiva, cada personaje es un individuo que se representa a sí mismo. Por contra, Karahasan señala acusadoramente a la literatura en la que las personas actúan de un modo u otro en función, no de su individualidad, sino de su pertenencia a una religión, a un partido político, a una nación. Así, el serbio tiene una personalidad y un modo de pensar y actuar diferente al de un bosnio, un conservador o un musulmán; es su pertenencia a una etnia lo que le convierte en estandarte de la misma. El individuo queda desposeído de sí mismo para ser reducido a un arquetipo sobre el que construir el odio y el rechazo, los tópicos que luego repetirán los generales y los políticos en sus discursos.

Si bien es cierto que ambas visiones de la literatura parecen contradictorias (una es claramente desideologizadora, la otra es profundamente ideológica) y que es probable que ambas tendencias sean consecuencia (y no causa) de la realidad metaliteraria, no es menos cierto que Karahasan opta por una visión del individuo libre y responsable de sus actos, con capacidad y autonomía para decidir; opta por un ciudadano, no por un serbio o croata y, al menos en esto, no podemos por menos que estar de acuerdo con él.

El libro se cierra con una despedida melancólica: los primeros judíos arribaron a Sarajevo a finales del siglo XV, llegaban tras la expulsión de España por los Reyes Católicos. En Sarajevo se asentaron y compartieron la fortuna y la desgracia de la ciudad al igual que el resto de sus habitantes. Durante el cerco a Sarajevo se celebró el Quinto Centenario de su llegada y, pocos días después, la práctica totalidad de la comunidad judía de Sarajevo abandonó la ciudad rumbo a un nuevo exilio. Los judíos se ponían de nuevo en marcha después de quinientos años, después de haber sobrevivido a diferentes dominaciones de la ciudad (el Imperio Otomano, el régimen nazi, la dictadura comunista, …).

Y Karahasan se pregunta si la propia idea de Sarajevo como centro de convivencia de tres religiones, tres culturas, ha sucumbido a la fuerza bruta y si, como han hecho los judíos durante dos mil años tras sus celebraciones despidiéndose con un “el año que viene en Jerusalén” siendo dicha ciudad más una referencia mítica que un centro físico, no harán lo propio los sarajevos repitiendo acongojadamente “el año que viene en Sarajevo”. Y es que, en definitiva, el éxodo al que hace referencia el título del libro no es sino la constatación de la orfandad del autor al que sólo el mito de una ciudad, a la que ya no puede reconocer en la realidad que le rodea, sostiene.

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El autobús perdido (John Steinbeck)

La obra de Steinbeck se reparte entre grandes novelas con resonancias míticas, grandiosas (Al este del Edén, Los hechos del Rey Arturo o Las uvas de la ira) y narraciones sobre pequeñas historias (De ratones y hombres, La perla, …). Sin embargo, en todas ellas subyace una corriente pasional soterrada, callada, que se pone de manifiesto en las tensiones que surgen entre los personajes de sus libros. En ocasiones esta tensión no se refleja explícitamente en el texto, adivinándose entre líneas, a través de conversaciones y, fundamentalmente, a través de sutiles referencias combinadas con silencios cómplices.
El autobús perdido responde plenamente al planteamiento anterior. La novela carece prácticamente de argumento y toda la trama se impulsa en el comportamiento de unos personajes condenados a relacionarse pese a sus diferencias insalvables. Esta convivencia forzada da lugar a transacciones, acuerdos, conflictos y luchas apenas disimuladas reproduciendo a pequeña escala la sociedad americana que trataba de recuperar la cordura tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el concreto marco histórico no condicional la lectura de la novela ya que los tipos que los personajes representan pueden ser fácilmente identificables en nuestros días.
Los pasajeros de un autobús local que conecta las líneas principales de San Isidro y San Juan de la Cruz quedan atrapados en Rebel Corners, un enclave ocupado únicamente por el área de servicio que sirve de base al negocio de Juan Chicoy como conductor de la línea de autobús y en la que trabaja su compañera (Alice) y una empleada (Norma). La avería que ha impedido completar el viaje es reparada a la mañana siguiente de modo que pueden iniciar el viaje nuevamente de camino a la civilización. Sin embargo, deben enfrentar un nuevo problema ya que un puente de la carretera amenaza con venirse abajo por la súbita crecida de las aguas. La novela ni siquiera despeja la duda de si la expedición logra llegar a su destino. No es relevante a ningún efecto, la esencia de la novela está en sus personajes.
Juan Chicoy, es un mejicano que ha asumido perfectamente los valores (y el idioma) americanos si bien, en su fuero interno comienza a aflorar la necesidad de cambio en la forma de retorno a su tierra natal. El principal obstáculo es su compañera, Alice, una mujer ya madura, consumida por las dudas sobre el atractivo que sigue ejerciendo sobre su compañero. Sus sueños rotos se aferran aún a esa relación como refugio último. Cuando su confianza se tambalea, cae en la depresión y en el alcohol como único remedio. Alice es la perfecta imagen de una perdedora, incapaz de asumir las riendas de su destino, sometida por tanto al dictado de Juan o de sus nervios.
Junto a esta extraña pareja tenemos a un joven ayudante de mecánico (con un problema de acné que le martiriza ya que cree que le impide relacionarse con mujeres y le priva de que los adultos le acepten como tal), con ambiciones por convertirse en operador de radar y quizá embarcarse en la marina y recorrer el mundo. Sin embargo, su mayor logro consiste en que su jefe, Juan, le reconozca como adulto y deje de llamarle por el despectivo apelativo “Pimples” que arrastra desde hace varios años por su acné.
Norma, la ayudante de camarera del área de servicio es una joven que vive engañándose a sí misma sobre su situación. Cree estar de camino a una vida de lujo y elegancia propia de los actores de Hollywood; sin embargo, su vida languidece haciendo tareas de camarera y descuidando su aspecto físico al que no sabe sacar partido. Vive en una continua indecisión entre lanzarse tras sus sueños o continuar en su monótona pero más segura vida. Un pequeño conflicto con Alice inclinará la balanza con resultados inciertos.
Junto a estos personajes, la avería del autobús ha dejado en tierra a un muestrario variado de la América de posguerra. Ernest Horton, un excombatiente que trata de comenzar su vida de cero como comercial de una compañía de artículos de broma. Se muestra confiado en sí mismo, en su talento; tiene iniciativa y planes para el futuro pero la guerra también le ha dejado un leve toque de cinismo que le aleja de la generación anterior representada por Pritchard, un directivo de una gran empresa que durante la guerra quedó en casa trabajando sin vacaciones en favor del esfuerzo bélico industrial. Sabe reconocer la ambición y el talento del joven Horton pero, al tiempo, desconfía de él. Ambos juegan en el mismo terreno pero con reglas distintas, la guerra lo ha trastocado todo. El desencanto del primero y su orgullo ante las propuestas aparentemente bienintencionadas de Pritchard acaban por desengañar a éste; un desentendimiento sintomático de que los tiempos están cambiando.
Al maduro directivo le acompaña su esposa (Bernice) y su atractiva hija (Mildred). Tras el fin de la guerra éstas son sus primeras vacaciones y la esposa ha elegido como destino Méjico (mejor aún, ha permitido que su marido crea haber elegido él mismo). Considera que es un lugar que combina exotismo y cierto grado de peligrosidad que le permitirán un regreso triunfal plagado de anécdotas que no encontrarán réplica entre su círculo de remilgadas amigas. Su ordenada vida se apoya en la imagen de un matrimonio feliz, de su propia imagen de madre y esposa abnegada. Sin embargo, por momentos, el matrimonio parece herido de muerte si no fuera porque la pasión desapareció hace tanto tiempo que ya no queda nada que matar.
La hija de ambos, luce un atractivo sexual apenas disimulado por las conveniencias de la familia que la cobija, lo que no le ha impedido tener alguna experiencia de la vida de la que guarda gratos recuerdos. Su tendencia a la ligereza de conducta o sus sueños de vida independiente y libre son vistos por su padre como parte del juego natural de la madurez, esos deseos son deseables a cierta edad y son necesarios antes de ingresar definitivamente en la monótona y respetable vida adulta.
Sólo nos quedan otros dos protagonistas. Una atractiva mujer (Camille es el nombre que emplea para presentarse al grupo) se suma al grupo la misma mañana en que se reemprende el viaje. Inmediatamente atrae la atención de todos los varones, pese a que sólo pretende organizar una vida alejada de un pasado insatisfactorio. Su atractivo le conduce inevitablemente a continuos problemas con hombres y mujeres, pese a lo cuál lo cultiva con esmero su aspecto físico. En su visión de la vida, esa atracción es su única arma para ganar la batalla a una vida injusta y que le lleva dando tumbos por los más bajos caminos. Norma encuentra en Camille a su aliada natural cayendo en una rendida admiración, no sólo por su físico y recursos sino por su autonomía e independencia. Mildred, sin embargo, ve a Camille como un peligro, una amenaza, presiente algo turbio en su presencia y evita el contacto.
Finalmente, un anciano a punto de fallecer, amargado con el mundo, trata de atraer la atención sobre sí mediante continuas quejas y protestas. Nada le parece correcto ni suficiente, nadie le parece tener buen juicio. Sin embargo, no puede dejar de seguir unido al grupo, necesita su compañía y su existencia acaba por depender de que le agarren la lengua durante todo el viaje tras sufrir un ataque epiléptico.
Esta amalgama de caracteres interactúa de continuo en la obra, tejiendo una compleja red de relaciones, amistades, reparos y luchas, en la que Steinbeck no queda apresado. Estas relaciones, en continuo proceso de adaptación y cambio son la estructura sólida sobre la que yace la casi inexistente trama argumental. Como en un pequeño laboratorio de ciencias sociales, Steinbeck toma a sus pequeñas cobayas y las expone a las más diversas pruebas. No hay un sentimiento o un deseo que no quede sin explorar, en ocasiones desde varias perspectivas al mismo tiempo. Así, la atracción que ejerce Camille se manifiesta de manera diferente en el inmaduro Pimples (quien la ve como un trofeo inalcanzable), en el joven Horton (que desea tan sólo su compañía carnal) o en Mr. Pritchard, quien le propone convertirla en su secretaria como culminación de una fantasía erótica de la que ni siquiera llega a ser totalmente consciente.
Lo mismo ocurre con el temor a la pérdida de los seres que nos rodean, el sentimiento de orgullo o el ánimo de impresionar. La ternura y el cariño conviven con la hipocresía y el desprecio. El afán de superación, con el esfuerzo por escapar de una realidad atenazante. Como la vida misma, encerrada en la cabina de un autobús perdido en el medio de ninguna parte con unos pasajeros camino de ningún lugar.

Confieso que he leído

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Bendita democracia americana (Nacho Faerna)

Bendita democracia americana (Nacho Faerna)
 Historia que mezcla la guerra de Vietnam, experimentos militares con LSD, el Golpe de Estado del 23-F, el tráfico ilegal de morcillas de Burgos, etc… e intenta que tenga sentido.

Novela en tono de parodia, y, según el autor, deliberadamente revanchista (aunque no me parece para tanto), nos presenta por un lado a los agentes de la CIA: Jerry, que en los sesenta experimentó con el LSD, adicto a la obra de Thoreau, que cree tener la misión divina de mantener el equilibrio en el mundo y su compañero, Horacio Wellman, que tiene la costumbre de hablar con su pene, de nombre Fabiola, de quien siente celos cuando cree que su novia Lu la prefiere a él.
En medio de una situación que no comprende están Aníbal Quintana, un político encargado de proporcionar dos mil quinientas morcillas de Burgos a unos jeques del petróleo y el periodista Justo Pellicena, empeñado en escribir “La Gran Novela Murciana”.

Mezclando estos y otros personajes de menor relevancia, Faerna escribe una novela de lectura amena, fácil, a veces deliberadamente absurda, no tan humorística ni revanchista como parece pretender pero aún así bien escrita, con diálogos ágiles, personajes diferentes y una trama en que, pese a su aparente disparidad, al final todos los hilos convergen.
http://reginairae.blogcindario.com/2005/02/00101-bendita-democracia-americana-de-nacho-faerna.html

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El vuelo del Hipogrifo (Elia Barceló)

Katia Steiner investiga los documentos del legado del profesor Valcárcel. Vaias circunstancias alteran la aparente rutina de su labor: la repentina desaparición de un colega del profesor, la apertura de la investigación policial y la irrupción de un adivino con poderes paranormales, dispuesto a todo para acceder a los documentos del legado Valcárcel.
Dejando aparte el poco apropiado título, creo que el principal defecto de esta novela es que la autora ha escrito la historia en un estilo muy americano.
La mezcla de géneros en lugar de enriquecer la novela sumerge el argumento en cierta confusión que además de aburrir puede llegar a enfadar.
Le sobran muchas páginas, tanto cuando se pone a explorar los pensamientos de todos los personajes como en el final en que todo queda tan "atado" que llega al ridículo.
El diario es una de las mejores partes de la novela, está bien escrito, casi poético. Por desgracia, más adelante, resulta que contribuye a “explicar” el lamentable final de la novela.
Los mundos paralelos o lo que sean, no sólo no son originales, sino que son los más aburridos sobre los que he leído, no aportan nada a la historia, excepto el que sirve para meternos más en el engaño para luego darnos la "sorpresa" final.
En este momento, como en tantos otros, Barceló desaprovecha totalmente la posibilidad de imaginar mundos originales, así como las interesantes posibilidades que apunta el personaje de Rocco, que podría explorar con cierto interés.
Quizá está planeando una continuación…
En realidad, ninguno de los personajes mantiene el interés, ya que tanto los principales como los secundarios están dibujados con poca sutileza, y aún menos personalidad.
Del malo no merece la pena hablar. Ahí si que cae en el tópico total: hacernos creer que se ha terminado con él y que aparezca para una conclusión más previsible que la primera.
El estilo al escribir no es torpe, de hecho es bastante correcto, aunque carece de una personalidad que podría haber hecho remontar lo anodino de la historia.
Una pena, porque esta novela trata temas que me interesan, pero ha querido conseguir un gran éxito, una americanada, y lo ha estropeado.

http://reginairae.blogcindario.com/2005/01/00056-el-vuelo-del-hipogrifo-de-elia-barcelo.html

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La tarde del dinosaurio (Cristina Peri Rossi)

Lo hemos detectado: en la actualidad, hay cierta decepción por la calidad literaria; los cientos de novedades semanales, además de aturdir al lector, en muchos casos le decepcionan. Y un lector decepcionado puede convertirse en un lector perdido. SEGUNDO ASALTO es una apuesta de Tropo Editores por recuperar aquellos títulos que pudieron morir sin conocernos, aquellos autores que serán clásicos mañana. Como botón de muestra, en noviembre de 2007 lanzamos el libro "Museo de la soledad" de Carlos Castán. Ahora, en abril de 2008, le toca el turno a “La tarde del dinosaurio”, de Cristina Peri Rossi.

 

Publicada inicialmente en 1976, "La tarde del dinosaurio", con uno de los escasos prólogos escritos por Julio Cortázar (salvo la Antología del Premio Cervantes 2007, Juan Gelman, publicada en Visor, el disco de tangos de Susana Rinaldi y un libro fotográfico sobre Buenos Aires), que la saluda como una de las voces más fascinantes de la narrativa breve. Citando a Julio Cortázar en su texto de presentación Invitación a entrar a una casa: “Se diría que escritores como Cristina Peri Rossi repiten sin saberlo el oscuro arquetipo del palacio de Barba Azul: habitaciones, corredores de espejos, puertas condenadas o prohibidas, siempre puertas para aquellos que prefieren el horror y la muerte a la renuncia de no abrirlas. Un cuento termina y otros empiezan en la habitación siguiente”. Dice, a continuación, citando a un cineasta aragonés: “Como en Cría cuervos, la película de Carlos Saura, la sola mirada de la infancia triza para siempre una sociedad obstinada en seguir negando lo que es”. Ocho historias de hermanas y playas, de fotografías y desamor, que sufrieron la censura española en 1976 (Editorial Planeta) y que fueron recuperadas en 1984 (Plaza y Janés).

 

“Pensó que si hubiera llevado su pequeña máquina fotográfica (regalo de su padre número dos el día de su último cumpleaños; su padre número uno le regalaba cosas más originales y menos ambiciosas: una caja de fósforos de Teruel, un sello de la guerra de España, o simplemente nada) hubiera podido tomar una magnífica fotografía, una fotografía de gran efecto” (“La tarde del dinosaurio”).

 

Cristina Peri Rossi es, indiscutiblemente, una de las grandes  escritoras hispanoamericanas, y aunque ha destacado en casi todos los géneros, quizá sea el cuento donde ha demostrado mayor originalidad, destreza y versatilidad. Nació en Uruguay, en 1941. En 1974, tras haber publicado dos libros de narrativa, se vio obligada a abandonar su país debido al golpe militar. Desde entonces reside en España, donde ha publicado varios libros que han gozado de una exitosa acogida por parte de la crítica y el público tanto en España y Latinoamérica como en los distintos países donde han sido traducidos. Compagina su trabajo de escritora con seminarios en universidades tanto en España como en el extranjero, y colabora con artículos en periódicos y revistas. En 1994 recibió la beca Guggenheim para la literatura de ficción. Su obra literaria se desarrolla en el campo de la poesía: Evohé (1971), Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel Bárbara (1992), Otra vez Eros (1994) Aquella noche (1995) e Inmovilidad de los barcos (1997) y como narradora: Viviendo (1963), Los museos abandonados (1968), El libro de mis primos (1969), Indicios pánicos (1970), La tarde del dinosaurio (1976), La rebelión de los niños (1980; Seix Barral, 1988), El museo de los esfuerzos inútiles (1983), La nave de los locos (1984), Una pasión prohibida (1986), Solitario de amor (1988), Cosmoagonías (1989), Fantasías eróticas (1991), La última noche de Dostoievski (1993), Desastres íntimos (1997), El amor es una droga dura (1999), los ensayos Cortázar (2001) y Cuando fumar era un placer (Lumen, 2003), que será editado próximamente en alemania, Estado de Exilio, en Visor (2003), una recopilación de relatos titulada Por fin solos (Lumen, 2004), Estrategias del deseo, (Lumen, 2004) Poesía Reunida (Lumen, 2005),  y Habitación de hotel (XI Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja 2007).

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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