Operación Shylock (Philiph Roth)

Apenas recuperado de los efectos alucinógenos del Halcion, un medicamento para combatir sus problemas de sueño tras una operación de rodilla, y previo a un viaje a Jerusalén para hacer una entrevista a su amigo, el escritor judío Aarón Appelfeld, con vistas a su posterior publicación en el New York Times, Philip Roth es informado de que alguien que se hace por él, está concediendo entrevistas a la prensa israelí y se propone la divulgación de una extraña teoría: el diasporismo.

La diáspora representa la expulsión del pueblo judío de la Tierra Prometida y su dispersión por el mundo. Frente a esta fuerza centrífuga, Thomas Herzl fundó el movimiento sionista que propugnaba, entre otras ideas, el regreso del pueblo elegido a Israel y la fundación de un estado judío como forma de acabar con el antisemitismo y la persecución a los judíos. Es conocido que las tesis de Herzl, pese a la incertidumbre y dudas que las rodearon en sus inicios, fueron ganando adeptos y finalmente se aceptaron internacionalmente tras el Holocausto.

La creación del estado de Israel, y el consiguiente desencadenamiento de sucesivas guerras ha supuesto uno de los mayores factores de inestabilidad en el mundo occidental moderno, hasta el punto de que el conjunto de pueblos árabes se opone a Israel y están dispuestos al exterminio judío, deseo que puede hacerse real cuando un país árabe tenga acceso a armamento nuclear. De ahí que surja una nueva teoría, el diasporismo, que defiende la necesidad de que los judíos de la diáspora, los hijos de los antiguos judíos europeos retornen a una Europa que les apoye y proteja, alejándolos así de su posible exterminio a manos de los árabes y de la inmoralidad de un Estado que, para sobrevivir, ha perdido toda referencia moral. De este modo los judíos, para seguir siéndolo, deben alejarse de su Estado, recuperando la idea del judaísmo tal y como se ha venido entendiendo a lo largo de la historia y que es, en esencia, el judaísmo de la diáspora, que ha traído al mundo logros como los que representan Freud, Einstein, Heine. Marx o Kafka, entre otras muchas brillantes mentes judías.

Cuando el Philip Roth auténtico viaja a Jerusalén se encuentra con el "falso" Philip Roth (idéntico físicamente, idéntico en su manera de actuar, en su voz, en su ropa, ..), pero hechizado por su némesis, evita denunciar a la policía la suplantación. Antes bien, el real Roth asume el papel del falso Roth y defiende entusiastamente el diasporismo ante un antiguo compañero de Universidad árabe al que reencuentra casualmente en la Ciudad Santa. Ambos Roth intercambian de continuo sus respectivas personalidades en una compleja competición mutua por anular al otro. El falso Roth acude a la habitación del hotel donde se hospeda el Roth verdadero, registrando sus pertenencias, éste se acuesta con la novia de aquél, etc.

Ambos acuden a las sesiones del juicio que tiene lugar para encausar a un ciudadano norteamericano de origen ucraniano a quien todas las fuentes apuntan como el despiadado Iván el Terrible, tristemente célebre en el campo de Treblinka. El juicio parece representar una justificación de los poderes del estado judío que no quiere dejar de jugar la partida del victimismo mientras comete atrocidades sin nombre. Víctimas o verdugos en ambos bandos actuando del modo que reprochan al otro campo.

Finalmente el falso Roth, que no ha conseguido ser aceptado por el verdadero, desaparece de escena y el Mossad propone a Philip Roth realizar una misión en Grecia gracias a la publicidad e interés que ha levantado el diasporismo en aquellos que parecen apoyar la causa árabe.

Esto es, en esencia, lo principal de un argumento complejo y con numerosas ramificaciones e implicaciones que van desde lo anecdótico, hasta las más profundas reflexiones sobre el estado de Israel, el papel de la revuelta palestina o el juego de espejos entre verdad y mentira.

La novela es lo suficientemente rica en detalles como para poder aproximarse a ella desde numerosos puntos de vista. Quizá uno de los más genéricos y que permite explicar la mayor parte de sus páginas es la idea de la dualidad. Casi cada elemento de la novela y cada personaje se explica por dicha dualidad. Dos Philip Roth que, por momentos, se fusionan al asumir uno el papel del otro. El árabe compañero de facultad de Roth en su juventud es ahora partidista y fanático, reproduce inconscientemente el esquema de lucha y odio que heredó de su padre y trata de inculcar en su hijo la misma semilla que rechazó en su juventud.

Los inofensivos taxistas árabes parecen capaces de las mayores atrocidades, mientras un fiero soldado israelí aprovecha la oportunidad de confesar a Roth sus contradicciones morales más profundas al tener que servir como soldado en un conflicto que apenas siente como propio mientras sueña con el fin de su servicio militar para emigrar a los Estados Unidos. Los más aguerridos defensores de la causa palestina parecen por momentos confidentes de los servicios secretos judíos y las locuras altruistas de un viejo inválido sobreviviente de los campos de concentración nazis que desea financiar con un millón de dólares el diasporismo, resultan no ser tan desinteresadas como se presumía.

Incluso la realidad histórica posterior a la redacción de la novela parece jugar a este festival de equívocos. Demjanjuk, el sospechoso de ser Iván el Terrible, aparenta ser un inofensivo hombre de familia, acompañado en el juicio por su hijo, representación de la vida familiar y religiosa que vivía en Estados Unidos. Roth lo considera, precisamente por esa normalidad, culpable de los terribles hechos que se le imputan Sólo quien ha cometido tales crímenes, quien ha vivido todas las emociones y furias en tan pocos años, como Iván el Terrible, puede quedar agotado y satisfecho, asumiendo una vida totalmente gris e inocua. Su vulgaridad es la mayor prueba de su culpabilidad. Y sin embargo, tras la inicial condena a muerte será absuelto al demostrarse que su condena se basó en pruebas falsificadas por la KGB.

Operación Shylock toma su nombre del personaje de El mercader de Venecia, la famosa obra de Shakespeare en la que aparece el prototipo de judío según los cánones del antisemitismo. Shylock es el prestamista judío que financia a Antonio, a quien odia, con el compromiso de que, en el caso de no recuperar su dinero, podrá cobrarse una libra de carne de Antonio. Pero de verdugo, pasa igualmente a víctima cuando el Dux de Venecia descubre que Shylock está involucrado en una conspiración contra su poder lo que da lugar a la conversión de verdugo en víctima y al inolvidable discurso: ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pican, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos?”.

Shylock representa al judío avaro, egoísta pero, al tiempo, representa a la víctima del odio gentil y es esta contradicción la que planea constantemente sobre este libro de Roth. Desde el punto de vista de Roth, empeñado en ofrecer su visión del judaísmo a lo largo de toda su obra, éste será el principal tema de su novela. Sin embargo, como gran escritor que es, Operación Shylock alumbra más contradicciones y juegos de espejo ajenos a lo judío, que convierten su lectura en un constante examen de conciencia al lector atento; así, las contradicciones que todos acarreamos y el modo de superarlas, la alternativa entre apariencia o realidad y un largo etcétera.

Su escritura meticulosa parece perder algo de pulso en algunos pasajes del libro dado que éste no se asienta en una estructura tradicional de la novela; conjuga extractos de la entrevista que mantuvo con Appelfeld, suprime el último capítulo escrito para la novela por otro en el que explica el motivo de dicha mutilación, jugando nuevamente con la dualidad entre ficción y realidad, con la novela que habla de la novela que sostiene en sus manos el lector. En definitiva, un Roth algo alejado del habitual pero igual de estimulante, capaz de atrapar el interés de quien le lee.

Otras obras de Philiph Roth:

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En el camino (Jack Kerouac)

 Con el paso del tiempo, "En el camino", un libro que fue la biblia y el manifiesto de la generación beat, se ha convertido en una «novela de culto» y en un clásico de la literatura norteamericana. Con un inconfundible estilo bop, que consiguió para Kerouac el título de «heredero de Charlie Parker», en esta novela se narran los viajes enloquecidos, a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados, de Dean Moriarty el mítico hipster, el héroe de todos los beatniks, «un demente, un ángel, un pordiosero» y el narrador Sal Paradise, recorriendo el continente, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment. Una crónica cuyos protagonistas, en la vida real y en el libro, fueron Jack Kerouac (Sal Paradise), Neal Cassady (Dean Moriarty), Allen Ginsberg, William Burroughs.

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El dardo en la palabra, y El nuevo dardo en la palabra (Fernando Lázaro C

Fernando Lázaro Carreter era un conocido lingüista y un real académico de la lengua española; de hecho, dirigió nuestra esplendente y fijadora Institución entre 1991 y 1998.

Entre 1975 y 1996 se dedicó a aportar pruebas fehacientes de su capacidad para fijar y dar esplendor a la lengua española a través de sus "dardos". Están recopilados en El dardo en la palabra. Sus desvelos por la salud de la lengua española entre 1999 y 2002, aparecen en El nuevo dardo en la palabra. Los dardos son artículos publicados en la prensa española e hispanoamericana, punzantes cual escorpión lingüístico en el desierto de la incomunicación, y que si dirigen contra la mala utilización de la lengua. Son protagonistas de los dardos usos erróneos, construcciones gramaticales aberrantes, innovaciones inadecuadas… Los periodistas (en especial, los deportivos), los jueces y los políticos le aportan a don Lázaro Carreter multitud de motivos para sentir ofendido su gramático ego; pero tampoco escapa la parla de la calle de las estocadas ágiles, irónicas y certeras del maestro. Defender la lengua, viene bordado en el estandarte de don Lázaro Carreter:

"Procurar que el idioma matenga una cierta estabilidad interna es sin duda un empeño por el que vale la pena hacer algo, si la finalidad de toda lengua es la de servir de instrumento de comunicación dentro del grupo humano que la habla."

Dice J. Millán que los dardos de Lázaro Carreter cumplen, básicamente, dos funciones: por un lado, introducir "una fuerte dosis de sentido común lingüístico en una forma de hablar frecuentemente hinchada por la presunción o desviada por la ignorancia" y por otro, suministrar "a los lectores unos rudimentos de la ciencia del lenguaje." Que no es poco. Y es cierto. Por un lado, gracias al conocimiento de que dispone, Lázaro Carreter es capaz de ilustrar y argumentar los usos correctos e incorrectos de determinadas palabras; también nos ayuda a comprender qué palabras de nueva creación son adecuadas y cuáles no (por violar las reglas normales de composición, por disponer nuestra lengua ya de palabras que dicen lo mismo…). La tesis final que parece desprenderse de los dardos es que "habla bien aquel que utiliza el sentido común" (hablar bien es casi pensar bien, que decía Thomas Mann).

Hablar bien no tiene más secreto: basta con utilizar el sentido común y basta con conocer las herramientas de que nos servimos, o sea, la lengua. Esto es lo que denuncia don Fernando más a menudo: la supina ignorancia de muchos periodistas que "traducen mocosuena" (jiji) y que pretenden innovar desde el desconocimiento. Lo que más me gusta de libro es su carácter inductivo: los ejemplos no son meras ilustraciones de una hipótesis, de una teoría o de una norma de partida. No. Don Fernando recoge usos erróneos o controvertidos de determinados/as palabros/as y explica el porqué de estos yerros. Así, se nos quedan mejor en la memoria porque vienen unidos a la anécdota que los contiene, porque están contextualizados y porque, a la postre, son cosas que oímos muy a menudo. Pero por otra parte, la explicación que, como académico, nos brinda (¡chinchin!), es la que nos ayuda a comprender realmente las causas de que eso sea erróneo y nos ayuda, con este conocimiento más sistemático a no cometer ese error ni otros semejantes.
Por cierto, el mejor zapatazo al diccionario que me he encontrado:

"Porque según el experto disertante, "hay pocos alimentos que estén ausentes de acrilamida". Lo de menos es aquí ese extraño aliño de las comidas, sino la noticia de que nada de cuanto ingerimos está ausente de él. Créase que lo dijo así; y que el susodicho es capaz de advertir a alguien: "No te contesté porque mi casa estaba ausente de mí en agosto"

Pero los dardos de don Lázaro Carreter son algo más. Son un regalo de la inteligencia para la inteligencia. Son, además, un tesoro lingüístico. Leyéndolos, uno se da cuenta de lo incorrecto de muchas aseveraciones vertidas desde los medios de comunicación; pero por otra, se da cuenta de cuantísimas y cuantísimas palabras desconoce, o no utiliza, o tiene enterradas en el cerebro al lado de la regla de Ruffini. Así, don Lázaro Carreter sirve de testimonio de la riqueza de nuestra lengua; tanto desde el punto de vista del contenido, por su capacidad para decirlo casi todo, como desde el punto de vista estructural, por su capacidad para crecer e introducir innovaciones.

Además, la fina ironía que se cuela por las frases, el abanico de adjetivos que tiene siempre en el cargador para referirse a los periodistas y políticos que no cuidan su forma de hablar y la contundencia con que, finalmente, asesta el golpe, le hacen a uno gozar como con las cosas bien hechas. Da un gusto leer algo taaaan bien escrito, algo taaaan bien argumentado y a alguien taaaan convencido… (Ya ven, yo no me sé expresar taaaaaaaan bien y tengo que recurrir a psicografías tipo "taaaan" jejeje). Pero miren él, qué bien lo hace:

"Hoy no es habitual que quienes escriben sobre la fiesta orlen de caspa sus dichos o escritos; pero bastantes de ellos los nievan con algo peor: la ignorancia agresiva. Sigo asombrado de que empresas periodísticas y audiovisivas, algunas de ellas públicas, esto es, nuestras, miren con indiferencia cómo muchos de los asalariados comen mientras carcomen el idioma del cual viven."

Pero tengo un pero que ponerle a nuestro querido académico, fijador esplendente en mano. Él mismo dice en ambos both libros (El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra)que la lengua es un ser vivo. Y a veces se muestra en contra de innovaciones que no siguen los cauces correctos (desde el punto de vista gramaticolexicoetimologicoderivacional), contra palabras que no le suenan bien o contra palabras que vienen del inglés por el mero hecho de venir del inglés (al que considera un gran corruptor del latín). En mi modesta y nada esplendorosa opinión, la lengua la hacemos entre todos y aunque a veces, la hagamos mal, el resultado es bueno: aparecen nuevas palabras con las que nos entendemos mejor, con las que designamos nuevas realidades, al inventar palabras, a veces inventamos cosas… la lengua es también un juego, creo yo, y los hablantes tenemos derecho a jugar con ella: a retocerla un poquito para ver hasta dónde podemos estirar… no creo que los hablantes estén para servir a la lengua, sino ella a nosotros. Es cierto que tampoco se la puede ir violando de callejón en callejón, pero creo que innovar requiere cierta libertad. Y si no… ¿qué me dicen del "estentóreo" del señor Gil? ¿No es un hallazgo maravilloso?

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Suave es la noche (Francis Scott Fitzgerald)

Dice mi solapa de Suave es la noche que Francis Scott Fitzgerald "ha retratado como nadie a la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras".

Si pensamos bien esta frase, creo que habría que aplicársela más bien a un buen fotógrafo profesional, a un redactor de artículos de serie b en la columna de un periódico de la época o en un grabador con piedra y cincel. Pero no en un "clásico del siglo XX" (bajotítulo de la colección). Siempre he pensado que la verdadera literatura, el "arte literario" o los "clásicos" son aquellos que sobreviven al paso del tiempo y trascienden el tema del que parten. Decir lo ut supra mencionado de Scott Fitzgerald es casi como decir de Goya que "retrató como nadie a la familia de Carlos IV durante su reinado". Los que conozcan a fondo la obra de Goya sabrán el sentido del "como nadie", pero no arroja luz ninguna en la oscura estepa mental del ignorante…

Suave es la noche no es, para mi gusto, un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras, por más que la novela esté ambientada en dicho periodo y por más que sus protagonistas pertenezcan a ese oscuro segmento poblacional que es la clase alta estadounidense. Si así hubiese sido, no me habría encandilado desde el principio hasta el final a lo largo de 526 páginas. Cambien el título por: "Estudios inéditos acerca del comportamiento de la clase social alta estadounidense en el periodo 1914-1939". La verdad es que no creo que fuese muy interesante.

Suave es la noche es un pausado retrato del género humano, no te importe la raza ni el color de la piel. Las inquietudes, sinvivires y sin amares de los personajes son los de los seres humanos, no los de la clase alta norteamericana. Dick Diver es un hombre que, en su empalabrado camino de 526 páginas pasa de ser un joven prometedor con el futuro que desee a sus pies, a un hombre entrado en años, que no ha conseguido completar ninguno de los proyectos con que soñaba de joven y que se ve, cuando echa la vista atrás con ojos de diacrónica melancolía, como la versión errada y defectuosa de lo que fue antes. El lector asiste con él, lenta e casi imperceptiblemente a este cambio. El declive de Dick Diver se va insinuando en sus acciones, en su lenta escisión con el mundo que le rodea -y en el que tan bien se desenvolvía al principio-, en su incapacidad para acometer hazañas y enderezar entuertos al final de su vida y en el conocimiento que traba con palabras como "renunciar", "ceder", "resistir" y "soportar".

Nicole, su mujer, es una joven estupenda y maravillosa pero que estuvo ingresada en un hospital psiquiátrico durante su juventud, debido a las secuelas que en ella habían dejado los abusos sexuales de su padre. Nicole tiene dos caras: la enferma y la recuperada, que se entretejen en torno a su marido, Dick, formando una red tensa y resistente de la que él no es capaz de (querer) escapar. Nicole tiene comportamientos de pasiva-agresiva al más puro estilo Mia Farrow, pero también tiene arrebatos adolescentes, dudas más femeninas que una tienda de ropa interior, ansias de ser siempre hermosa, preocupaciones acerca de lo que los demás piensen de ella… El retrato de esta pareja es tan humano que llega a hacerse doloroso a través de las palabras.

Además, tenemos a Rosemary, la lánguida, ingenua e impávida actriz; al alcohólico señor North, a Mary la trepadora; al escritorzuelo de masas McKisco y a algún impasible americano más que pasa sin hacer ruido por el relato. Todos estos personajes, descritos y concretados hasta el más íntimo detalle, son en realidad, vehículos que Scott Fitzgerald utiliza para lanzar a la cara del lector reflexiones sobre el ser humano, descripciones preciosas y perfectas de algunos sentimientos, argumentaciones más que lógicas sobre las causas de posibles comportamientos… en definitiva, utiliza a todos estos personajes para “retratar como nadie al género humano de cualquier época”. Leída hoy, parece casi una defensa de la inmutabilidad del ser humano. Miren si no, la riqueza de las descripciones de lo que ocurre en el interior de cada ser (y qué plausibles son):

”El príncipe Chillicheff salió de su ensimismamiento –tal vez estaba estudiando una vez más las posibilidades que tenía de salir de Rusia algún día, pensamiento al que había dedicado tanto tiempo que era dudoso que pudiera abandonar de inmediato – y se dispuso a marcharse con ellos.

La trama carece totalmente de importancia, pero es el columpio que utiliza Scott Fitzgerald para mecernos en el vaivén de las decisiones que una persona cualquiera debe tomar a lo largo de su vida. Quizás soy demasiado reiterativa si digo que la novela es una linterna, una antorcha para andar entre la gente. Discutía hace poco con mi dios de las pequeñas cosas sobre si en una novela importaba más el qué se dice o el cómo se dice. Suave es la noche es el ejemplo perfecto de la fusión de ambas both cosas: el cómo se dice es totalmente relevante porque ilumina los rincones de la historia sacando de ella aspectos desconocidos, convirtiendo a los hechos en únicos por la forma en que están contados. Con Dick Diver pasa como con Raskolnikov: somos todos pero no es nadie. Y es que Scott Fitzgerald utiliza comparaciones y descripciones tan explicativas, tan lúcidas y tan gráficas para describir lo que le pasa a sus personajes que, al leerlas, uno piensa que es algo que ya ha sentido en sus propias carnes o que podría llegar a sentir (o lo siente en el instante en que lo lee):

” Siempre estaba perfectamente relajado, preparado para el combate, como ocurre con los buenos deportistas que, cuando están de suplentes, están realmente descansando la mayor parte del tiempo, mientras que alguien menos preparado hace creer que está descansando pero la constante tensión nerviosa le deja físicamente agotado.”

Y bien, se preguntará el lector de reseñas, ¿cómo utiliza don Scott Fitzgerald el lenguaje para conseguir todo eso? Aunque gusta de la frase larga, Scott Fitzgerald consigue un ritmo muy fluido gracias a la precisa construcción de las acciones: cada frase tiene sentido completo (por supuesto), pero deja abierto un interrogante que se contestará en la frase o trozo de frase siguiente.

“No es desacertado que se diga de los esquizofrénicos que tienen doble personalidad.” (y aquí el lector se pregunta por qué no es desacertado) “Nicole era alternativamente una persona a la que no hacía falta explicar nada y otra a la que nade se le podía explicar”

O bien esta otra escena:

” En cuanto salió Abe con su paso vacilante, Dick y Rosemary se abrazaron precipitadamente. Les cubría a ambos una especie de polvillo de París a través del cual percibían sus respectivos olores (…) Durante medio minuto más, Dick se aferró a aquel estado. Rosemary fue la primera en volver a la realidad. “

Como podemos ver el “en cuanto” nos remite a algo que sucederá después, así como el “durante medio minuto más” nos da la idea de que sea lo que sea lo que describe la frase que se inicia así, enseguida se verá abortado por otra cosa; es decir, nos hace albergar dos expectativas distintas. Finalmente, “fue la primera en volver a la realidad”, nos abre el interrogante de cómo volvió a la realidad, no nos deja todos los nudos atados.
Pero además, Scott Fitzgerald tiene algunas frases que parecen casi juegos de palabras conceptistas pero que en realidad, son abrasadoramente descriptivas: “tenía la arrogancia propia de los hombres altos de un país de bajos” y “no soy más que un conjunto de muchas personas diferentes, todas ellas muy sencillas” son dos de mis preferidas.

Es cierto que todos los personajes principales de la novela pertenecen a la clase alta norteamericana, es cierto que Scott Fitzgerald fue un conocidísimo juerguista en París; pero lo que no es cierto es que sus novelas sean un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras: Scott Fitzgerald retrata al género humano de una forma certera y tan sagaz, que a veces nos duele vernos reconocidos. Es un pulidor de espejos descarnadamente reales. Por eso es un clásico del siglo XX.

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Contra la Interpretación (Susan Sontag)

Digresión inicial
Pese a que estoy encerrada en mi humilde morada (mi zulo, mis cucarachas, mi calendario, mi…), los libros no me abandonan ni un momento. Me atrevería a afirmar que es porque estoy estudiando. Y aunque deteste la carrera que estoy haciendo y demás concreciones sobre los fangos, los polvos, los lodos y las deixis que conjugan mi existencia en este barrizal de la moral, hay una asignatura al año (el promedio) que me emociona, me subyuga; o como decía la poeta sobre Bach: “me iza y me conmueve”.

Parte de este elevarme como si fuese una bandera y conmoverme como si fuese una hija de los abriles, es gracias a los libros. El sábado tengo examen de “Crítica Artística”. ¡Por fin una asignatura con una bibliografía extensa! ¡Grandes nombres: Baudelaire, Champfleury, Félix, Valeriano Bozal, Giulio Carlo Argan! ¡Por fin una marea de páginas en la que sustraerse al estudio! Además, el profesor nos deja incrementar su sapiencia con nuestra sapiencia y conformar una bibliografía personalizada que haría las envidias de cualquier comunidad de simpáticos sapiens…

Pues bien, Susan Sontag, la inmarcesible Susan, que murió estas navidades y casi nadie lo dijo, me ha acompañado por el barrizal de febrero. Su Contra la Interpretación ha sido la mejor vela contra el viento, la marea y la arenilla con que la madre nutricia de los estudios se empeña en cegarme la ingenua mirada…

Reseña (im)propiamente dicha
Contra la Interpretación es un conjunto de ensayos de diferentes temas escritos allá por los años 60. La peculiaridad de estos ensayos viene de dos fuentes: por un lado, la época: prolija en manifestaciones artísticas de todo tipo; en innovaciones en forma de performance y de director de cine francés con jersey de cuello vuelto; por otro lado, la juventud de la autora y esa apertura de miras que nunca le hizo rechazar nada hasta haberlo analizado. Si algo me admira de Susan (aparte de haber conseguido esas magníficas becas universitarias "para pensar") es mantener la mirada limpia e ingenua del "primitivo", no dejarse llevar por idées reçues en ningún momento; saber ser dueña de una ignorancia neutral y no prejuiciosa, y por supuesto, vencerla siempre con el conocimiento y no con la tautología. ¿De dónde le saldría todo esto?

"Mi idea de un escritor: alguien que se interesa por todo. Estar interesada por todo siempre me había resultado algo natural, como era natural para mí concebir así la vocación de un escritor.

Luchar contra la hipocresía, la superficialidad y la indiferencia ética y estética han sido siempre los eslóganes ensayísticos de Susan. Y eso es lo que se plasma en Contra la Interpretación: una colección de reflexiones bien sencillas, magníficamente documentadas, exacerbadamente argumentadas… una fortaleza de la inteligencia contra las andanadas a ciegas de la ignorancia. Los ensayos se apoyan en temas concretos, en obras de arte concreto. Se trata, por lo tanto, de críticas artísticas propiamente dichas. Sin embargo, el atrevimiento editorial que se presupone en la reedición de críticas a obras de arte que a día de hoy pueden resultar desconocidas no es tal. ¿Por qué? se preguntará respetuosamente el respetable. Y bien, porque muchos de los casos presentados en esta antología le hacen la "pascua" (en el sentido etimológico 😉 a la obra en sí; son un "paso a través" de las pinceladas, los fotogramas y los versos hasta encontrar la esencia artística de todas las obras que Susan ha pasado por la lupa.

El primer bloque de ensayos lo constituyen "Contra la Interpretación" y "Sobre el estilo". Con ellos, Susan pone en su sitio a mucho pseudo teórico del arte precipitado y nos pone en su sitio a nosotros. Son dos ensayos brújula, que nos enseñarán a manejarnos por el resto del libro. Más allá del acuerdo que alcancemos con las posiciones de la autora, estos dos ensayos nos sirven casi como declaración de principios para adentrarnos en el resto del libro. Por otro lado, ambos son totalmente innovadores sin ser, por ello, ilógicos o demasiado rupturistas… Son fruto de una nueva lógica, que es a su vez fruto de un tiempo nuevo, que es a su vez fruto de un tiempo anterior. (Y no está dicho así para hacer bonito, que no lo hace, sino porque es la pura realidad: la autora utiliza una nueva lógica pero cimentada en la más amplia tradición teórica).

El segundo bloque está dedicado a la narrativa. Pavese encarna al artista sufridor, al novelista amargado y destinado al suicidio. Lévi Strauss y sus tristísimos trópicos sirven para hablar sobre la nueva concepción del novelista de éxito. Posteriormente, Simon Weil, Jean Paul Sartre, Luckaks y Genet sirven para hacer una reflexión sobre los textos críticos. Susan ilumina con su propia antorcha lo que ella considera que son fallas en las argumetaciones de estos autores, las completa y los pone a todos en danza, a decirse cosas, a "intertextualizar", a compartir sus ideas, en una suerte de diálogo perfectamente dirigido desde los bastidores por Susan Sontag.

El teatro también merece atención; aunque quizás esta es la parte que menos me ha impactado. Las representaciones de teatro son algo muchísimo más caduco que las obras en sí, con lo cual se me escapa en muchas ocasiones lo que Susan critica o alaba. Eso sí, la redención de Artaud o el tajo que le mete al pedestal de Ionesco merecen la pena…

Luego viene el cine, cuarto bloque. Apasionante el recorrido por las películas de Bresson, Resnais o Godard. En muchos casos, sin embargo, no consigue trascender las obras que comenta. Sí que se eleva, sin embargo, al hablar de la Ciencia Ficción. En este ensayo "La imaginación del desastre" consigue hacer una caracterización de la película típica de ciencia ficción. Se trata de una sistematización cómica pero no exenta de verdad. Y Susan no se acobarda a la hora de defender dos o tres películas del género. Y no lo hace mal.

Del último bloque, una suerte de "cajón de susan" en elque se analiza desde el tratamiento de la religión en la literatura americana, hasta la catarsis colectiva y efímera que puede suponer un "happening" (¡yuxtaposición radical los llama!), lo más destacable son las "Notas sobre lo camp". Por un lado, porque están escritas con gran frescura, con ejemplos magníficos que incitan a la sonrisa, y a la simpatización con todo lo "camp"; por otro lado, porque levantan el telón de un fenómeno muy extendido y muchas veces visto con desdén o condescendencia. Pero con este artículo, si hacemos un ejercicio de sinceridad para con nosotros; nos descubrimos dueños de un Parnaso de lo más simpático y de lo más "camp". Lo "camp" puede es algo que hay que saber identificar y proteger.

"El gusto camp es una especie de amor, amor a la naturaleza humana".

La gran definición de lo "camp" aparece, a mi modo de ver en la nota 31:

"Así pues, las cosas son campy no cuando se hacen asistencia, viejas, sino cuando nos liberamos hasta cierto punto de ellas y somos capaces de deleitarnos por el fracaso del intento, en vez de sentirnos frustrados".

En este deleite viene incluida una cierta actitud risueña; de perdón o redención a través de la risa. Jejeje. (Me río porque me he visto en el espejo adelantando al fracaso por la derecha. Traía la barba al viento, tipo Séneca… yo mentiendo ;-))

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200502.htm

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