El fin de semana (Bernhard Schlink). El terrorismo y la derrota

Ya lo sabéis: en esta web tenemos verdadera debilidad por Bernhard Schlink, un autor que se permite decir consas que nadie dice, de un modo absolutamente sutil, y con una fuerza narrativa difícil de de superar. Nos gustó en El Lector, nos gustó en la saga de Selb, y nos gustó aún más en El Regreso, una de las novelas más críticas con lo que realmente es la sociedad actual de las que hemos leído en los últimos años.

El fin de semana nos ha gustado también, aunque el tema nos resulte ya menos interesante, por razones de todo tipo.

La trama, siempre inquietante, aborda en esta ocasión el fin de semana que pasa un grupo de amigos para celebrar que después de veinte años uno de ellos ha salido de la cárcel, condenado por terrorismo. Se trata de aquellas bandas terroristas alemanas de extrema izquierda que operaron en lo años ochenta: la Fracción del Ejército Rojo, o Baader Meinhoff.

En otros tiempos, todos los que se reúnen este fin de semana participaron en el ideal de lucha revolucionaria, pero sólo uno de ellos acabó integrándose en el grupo terrorista y ahora se ve en la disyuntiva de reafirmarse en lo que hizo, aunque el fracaso haya sido absoluto y en todos los frentes, o renunciar a sus ideas de entonces, lo que equivale a reconocer que ha desperdiciado su vida entera, la de los demás, y todas sus oportunidades.

Hay que tener en cuenta para entender este libro que el fracaso de la extrema izquierda alemana bate absolutamente todos los records, porque no sólo no consiguieron nada con sus atentados terroristas, sino que además vieron como la alemania socialista, la RDA, se desmoronaba pro completo y se integraba en la República Federal. No sólo no pudieron hacer la revolución en la alemania Occidental, sino que vieron como la otra se pasaba al capitalismo.

Y esa es parte de la sutileza de esta novela, de esa sutileza venenosa a la que nos ha acostumbrado Schlink, porque los amigos se reúnen en una antigua casa solariega en Brandeburgo, en lo que fue  la RDA, y se reúnen para discutir si valió la pena su lucha revolucionaria cuando todo a su alrededor, desde la propia casa, a los caminos, a los tendidos de la lucha les dicen que el fracaso de su ideal no conoció límite alguno. En un momento dado alguien sugiere que bien podría reunirse con un grupo de ancianos nazis, porque sólo ellos entenderán su intento de justificarse en lo que fue una derrota sin paliativos.

Tratando de buscar una cara amable a la reunión, el grupo habla de lo que fueron aquellos tiempos, pero eso también les avergüenza, porque al fin y al cabo todos los integrantes de la célula revolucionaria eran hijos de buenas familias, salvo una de las chicas, que era hija de un humilde lechero y que, al tener que ganarse la vida y no disponer de tanto tiempo libre como el resto para dedicar a la revolución, se vio apartada del grupo. El apelativo de «la lecherita», con el que todos la conocían, pesa ahora sobre ellos como una losa.

Pero aunque es una novela de gran trasfondo político, no se trata de una novela política. El gran problema es el elemento humano. La vida perdida del terrorista, las vidas perdidas de sus víctimas, los intentos desesperados de algunos por seguir utilizando su imagen para continuar una lucha ya perdida, el rencor del hijo al que casi no conoció, y sobre todo, ante todo, el terror al tiempo perdido y la sinrazón de lo que no sirvió de nada.

 

Una gran novela.

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Pu Ssung-Ling: «Historias chinas de fantasmas»

 En este libro sumamente extraño no se trata ni de un juego poético erudito, ni de una de las aportaciones intrascendentes usuales al llamado folklore, sino del descubrimiento de un mundo de cuentos que no conocíamos todavía y que después del Chi-King y las parábolas de Chuang-Tse, es lo más valioso que he conocido de la literatura china. El autor que dio su forma a estas extrañas historias ancestrales, fue Pu Ssung-Ling, un pobre estudiante y sabio fracasado del siglo XVII y es una lástima que no tengamos más cosas de él, porque sus leyendas de fantasmas están contadas tan homogéneamente y en un tono tan hermoso, que se pueden comparar perfectamente con los cuentos y más aún con las «Leyendas alemanas» de los hermanos Grimm. Son historias populares de aparecidos que, igual que sus hermanas europeas, tratan de espíritus de difuntos y demonios, de sueños y visiones. Sólo que el mundo del día y de los hombres no se opone al mundo de la noche y de lo demoníaco de una manera absoluta, los espíritus se mueven como en los cuentos de Hoffmann a la luz del día y en medio de los quehaceres cotidianos, cruzan los caminos de los hombres y establecen constantemente relaciones estrechas con ellos que no se basan en el temor y el espanto, sino en el afecto y en la vecindad más amable. Del mismo modo que el amado y hermoso cuerpo de una muchacha es animado misteriosamente y devuelto al amor, imágenes, animales, objetos, e incluso sueños y poemas se convierten en bellos y finos seres espirituales que penetran todas las partes de la vida del hombre y se mueven con gracia y nobleza entre los vivos. Al estudiante sin talento acude el espíritu de un juez fallecido con el que aquél fue amable y le enseña la sabiduría. En el jardín del ermitaño las flores se convierten en mujeres hermosas y transfiguran su vida. Una constelación del cielo se enamora de un ser humano y desciende a la tierra para probar la felicidad y el dolor. Seres humanos son transformados en aves, y encantadores espíritus hacen comida de tierra, vestidos de hojas. Y todo sucede como debe suceder en las historias de fantasmas, de manera confusa y pesada como en los sueños; también el gusto chino por lo grotesco hace a veces piruetas ilógicas, pero en total no hay nada necio en ello, existe una relación entre las cosas y un desplazamiento de lo posible exactamente como en el sueño, y el espíritu del conjunto desemboca, de una manera que a nosotros extranjeros podría avergonzar, en la justicia y la bondad, no en la maldad y la crueldad salvaje, como en tantas de nuestras historias. Sucede todo delicada y gentilmente: «Vio a una dama joven con su criada. Acababa de romper una rama de ciruelo en flor y su rostro sonriente era irresistible. La miró fijamente sin tener en cuenta el decoro; y cuando habían pasado, ella dijo a su criada: «Ese joven tiene ojos ardientes como un ladrón.» Cuando prosiguieron su camino riendo y parloteando, ella dejó caer la flor; Wang la recogió del suelo y se quedó desconsolado como si su alma le hubiese abandonado. Entonces volvió a casa en un estado de ánimo muy melancólico; y después de haber colocado la flor debajo de su almohada se acostó. —Quién iba a pensar que esa muchacha hermosa era un espíritu, «una raposa». Pero lo es, y más tarde es conquistada por Wang e ilumina su vida con su risa alegre. «La manga del sacerdote» trata de un sacerdote mágico, y desde que vi en Singapur al famoso mago chino Han Peng Chien ejercer sonriente su arte, me puedo imaginar perfectamente a este sacerdote que hace subir a su manga a la gente, allí creen encontrarse en una casa grande y escriben versos de amor en la pared que luego, cuando despiertos del sueño deambulan en la vida cotidiana, encuentran con asombro escritas con letras minúsculas, pero claras en el interior de la manga. Más bello, quizá el más bello, sin embargo «El sueño». En él un hombre se acuesta un rato por la tarde y de repente se le aparece un señor con un vestido de color miel que le comunica la invitación de su príncipe. El hombre lo acompaña, llega al palacio del príncipe, bebe vino, oye música y disfruta los manjares, ve y ama a la hija del príncipe, se convierte en su esposo y se halla en plena felicidad cuando un terrible monstruo amenaza con destruir toda la corte. Todo el mundo huye pero él quiere quedarse junto a su amada y debido al tumulto y al susto mortal se despierta y vuelve a estar tumbado en el banco donde hacía, tiempo inmemorial se había tumbado a descansar. Pero en el oído siente un zumbido cuyo sonido le es extrañamente conocido del sueño, y cuando mira son abejas que le rodean, y cuando sigue observando ve que es todo un enjambre de abejas que huyendo de una serpiente que se introdujo en su colmena, ha acudido a él suplicando ayuda. Acoge a las abejas y con ello no hace más que dar las gracias por todo lo hermoso que ha vivido con ellas, pues su corte era la de su sueño, su rey era su anfitrión y el monstruo era la serpiente. En esta historia el sueño y la realidad están entretejidos tan delicada, tan dúctil y simbólicamente como se entrelazan en un bordado de templo las imágenes mágicas y los signos.

Hermann Hesse

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