Un Hombre de Estado, Adelardo López de Ayala

Drama en cuatro actos y en verso, del escritor español Adelardo López de Ayala (1828-1879), estre­nado en 1851 en el teatro Español, de Ma­drid. La acción se desarrolla en el Madrid de los últimos años del rey Felipe III y pri­meros de Felipe IV. La obra gira en torno a la vida y al final trágico de don Rodrigo Calderón, símbolo de la ambición más des­mesurada junto al máximo anhelo de re­poso y paz. El autor, en las palabras que dice al lector en la edición de su drama, advierte que ha procurado desarrollar un pensamiento moral, profundo y consolador: «Todos los hombres desean ser grandes y fe­lices, pero todos buscan esta .grandeza y esta felicidad en las circunstancias exteriores; es decir, procurándose aplausos, fortuna y ele­vados puestos. A muy pocos se les ha ocu­rrido buscarlas donde exclusivamente se encuentran: en el fondo del corazón, ven­ciendo las pasiones y equilibrando los de­seos con los medios de satisfacerlos sin com­prometer la tranquilidad».

Don Rodrigo Calderón, agitado por los deseos de grandeza y felicidad, recorre toda la escala social, pero nunca tiene el corazón tranquilo, nun­ca, por tanto, logra satisfacerlos. Llega el momento de su prisión: el pueblo le llora; sus enemigos le perdonan; la mujer a quien ama le hace las últimas protestas de amor; la penitencia y el suplicio le aseguran el perdón divino; siente tranquila la concien­cia, goza de paz interior, y el que en nin­gún puesto de la sociedad se había sentido grande y feliz, encuentra esa grandeza y esa felicidad en una prisión y al frente de un cadalso. Un hombre de Estado es la obra más notable del primer período teatral de López de Ayala. Es patente en ella la in­fluencia de nuestra tradición senequista y cristiana junto con la filosofía barroca del desengaño. Como las demás piezas teatrales de la primera época del autor, Un hombre de Estado refleja el influjo de Calderón y se halla dentro de la órbita del drama histó­rico del Romanticismo. No obstante, la ausencia del color de época, la sobriedad de la expresión y la importancia del valor mo­ral establecen diferencias respecto del teatro romántico. La versificación es correcta, y la estructura, meditada. Los vaivenes de la fortuna y las intrigas de la corte se escalo­nan hábilmente. Sobresale también la ob­servación psicológica del protagonista.