del ‘Adagio’, sólo una tensión otro tanto violenta del intelecto podía conducir de nuevo a la vida» (Bekker). La tensión existe, y formidable: jamás la música había asistido a una lucha tan violenta con el rígido determinismo mecánico de la materia, para extraer de ella el soplo de la vida. Juzgada al publicarse como horrible y no pianística, esta gran página sigue siendo harto impopular, aunque sea difícil substraerse al efecto de su ímpetu compacto, de su violencia de elemento natural. Después de los cuidadosos análisis dados por Bulow y Busoni, es también posible aproximarse a los misterios de su íntima composición y admirar su extraordinaria lucidez de estructura. Consta de seis partes rigurosamente encadenadas y trabajadas con todos los artificios de la imitación canónica, por disminución y por aumento, por movimiento invertido, etc., aplicados alternativamente en las secciones en que se fraccionan el tema y el contratema, y en sus más diversas combinaciones.
La primera parte es la exposición que por medio de una especie de «divertimento», casi «intermezzo» autónomo, desemboca en la segunda parte (aumento), que también termina en un libre «divertimento». La tercera parte es el «canon cancrizans» o canon de espejo, esto es, la inversión de los intervalos que forman el tema, permaneciendo firmes los valores rítmicos. La cuarta parte es la inversión, es decir, el tema en movimiento contrario. La quinta es la más interesante. Consta de tres secciones — innovación, doble fugado y tiempo acelerado—, la primera de las cuales presenta un nuevo contratema, primero como tema de fuga independiente; «una ‘fughetta’ dentro de la fuga, algo así como un teatro dentro del escenario, en el que se representa una pequeña acción independiente, que al llegar a cierto punto interfiere y se suelda con la acción principal» (Busoni). Esta pequeña fuga, casi mero canon a tres voces, que se mueve llanamente por unidades de medida siempre iguales, es el único claro de serenidad y de paz en medio de la impetuosidad compacta del conjunto, como una pausa de reposo en el precipitado movimiento de la gran fuga. El tiempo acelerado da unidos los temas en su aspecto natural y el tema por movimiento contrario, elaborados con los artificios más diversos; hasta que, después de un compás de suspensión armónica, comienza la parte conclusiva. La parte polifónica de la fuga propiamente dicha termina 20 compases antes del fin, con la indicación «poco adagio». Estas últimas, en escritura armónica y rigurosamente pianística, representan en realidad la conclusión de toda la Sonata, la cual — no será inoportuno recordarlo — fue designada expresamente por Beethoven como Hammerclaviersonate, sonata para piano, esto es, con exclusión del clavicémbalo y de cualquier otro instrumento del siglo XVIII de cuerdas punteadas, en vez de percutidas.
M. Mila
Es una composición colosal, una libre fantasía, clarísima en algunas partes, compleja e inquietante en otras, de una independencia de formas como sólo el genio se lo podía permitir; es imposible determinar su unidad como no sea en un carácter común a todas sus partes: el intenso «dinamismo» y, por decirlo así, el desarrollo heroico del pensamiento. (Combarieu)

