Pablo El Titiritero, Theodor Storm

[Pole Poppens- páler]. Novela de Theodor Storm (1817- 1888) escrita en 1873-1874 para la revista «Deutsche Jugend», rica de alegre humo­rismo y de fresca y espontánea comprensión del alma humana, tanto de la de los chicos como de la de los mayores, y poseedora de las dotes de finura estilística y psicológica que hacen de Storm uno de los más exqui­sitos y más populares novelistas de la lite­ratura alemana.

«Pole Poppenspáler» (que en dialecto frisón equivale a «Paul Pup- penspieler», Pablo el titiritero) es el sobre­nombre de un eximio y estimado maestro tornero de Husum, la «ciudad gris de junto al mar» en la que nació el poeta.

Cuenta éste a un joven amigo y alumno cómo co­noció, amó y se casó con la mujer que ahora es su amada esposa. Ésta, Lisei, era hija de titiriteros ambulantes, gente hábil y honesta, que llegó con su carro a dar representaciones en la ciudad de Pablo.

El muchacho, entusiasta de las comedias de marionetas, trabó amistad con la pequeña Liseta, que le llevó a ver a escondidas todos los muñecos, y en una noche de luna, que­dó encerrada con él en el teatro, entre las marionetas.

Pablo, sin darse cuenta, estropeó el mecanismo de un muñeco; por temor al castigo, los dos muchachos se escondieron por la tarde en una caja dentro del teatro. Una vez que los padres, llenos de inquietud, los hallaron y les perdonaron, su amistad se hizo más fuerte; hasta que los titiriteros se marcharon.

Muchos años después, Pablo, huérfano, en tanto acababa su aprendizaje de artesano, encontró por casualidad a Li­seta, a cuyo padre habían detenido, injusta­mente acusado de hurto. Se despertó el anti­guo afecto infantil, Pablo interviene para hacer libertar al padre, se casa con Liseta y la lleva con él a la ciudad nativa, junto con el padre.

Pero el viejo, preso por la nostalgia de su arte, quiere presentar toda­vía su repertorio al público. Los muchachos se burlan de él y ponen a su yerno el apodo de «Pablo el titiritero». El buen viejo, pro­fundamente dolorido, vende todas sus ma­rionetas y poco después muere.

En su fosa arrojan los muchachos el polichinela que Pablo prefería de niño, porque, como dirá el pastor comentando con nobles palabras el sencillo acto, el polichinela formaba parte de la propia vida del viejo y es justo que lo siga a la tumba. Todos los detalles de esta graciosa novela están tratados con arte de cincelador, hasta en el colorido dialectal del habla bávara de Lisei.

C. Baseggio