[Hosha’a (Ayudador)]. Libro del Antiguo Testamento (v. Biblia), atribuido a Oseas, profeta menor que vivió entre 780 y 730 a. de C.
El libro precede, en el texto de la Vulgata, a los demás profetas menores, probablemente por la extensión de su profecía. Según parece, Oseas profetizó sólo en el reino de Samaría, del que conocía bien la situación moral, religiosa y política.
A pesar de esto reprobó también a Judá sus pecados y le anunció severos castigos. El concepto de las relaciones entre Dios y su pueblo bajo el símbolo de la unión conyugal, aparece por primera vez con Oseas, exceptuando el Cantar de los Cantares (v.); después de él ese tema reaparecerá muy a menudo.
Políticamente, Oseas es contrario a cualquier alianza extranjera. El libro comprende catorce capítulos, y se divide en dos partes. En la primera (I, l-III, 5) está expuesta en forma simbólica la infidelidad de Israel y son anunciados su castigo y su salvación en un presagiado retorno a la unidad nacional.
En la segunda (V, 1-XIV, 10) se interpela directamente al pueblo con reprobaciones, amenazas y promesas. En general los católicos y los protestantes atribuyen el libro al propio Oseas; hay quien exceptúa aquellos versículos en que se menciona a Judá (I, 11-IV, 15) porque se los supone como añadiduras posteriores, pero esa hipótesis se apoya en argumentos de poco valor.
Este libro está citado en San Mateo (II, 15-IX, 13), en San Lucas (XXIII, 30), en la Epístola a los Romanos (X, 125). Oseas tiene un alma sentimental en vivísimo contraste con el alma cruda y turbulenta de sus conciudadanos.
El conflicto psicológico que lucha dentro de él queda reflejado en sus palabras. La frase cae a menudo sin ilación, la idea se encabalga en la idea; las imágenes se entrechocan y precipitan impensadamente. Esta fragmentación de la frase es original a veces por sus inesperados efectos y se une a menudo con la aliteración.
A veces nos sentimos, leyéndolo, en un clima de tragedia, como en el capítulo VIII; otras, una improvisada serenidad nos rodea, por ejemplo en el capítulo XI, en que parece presentirse el dicho de San Juan «Dios es Amor».
En este onceno capítulo la idea mesiánica se colorea de magníficas y reposadas tintas campestres a los ojos del profeta, que contempla la hora del amor de Dios con su pueblo en el perfume de una eterna primavera oriental.
G. Boson

