El gran músico alemán Johann Sebastian Bach (1685-1750) escribió dos oratorios: el Oratorio de Navidad y el Oratorio de Pascua.
Estas obras no estaban destinadas a ser interpretadas íntegramente en el transcurso de una misma ceremonia religiosa; así, por ejemplo, el Oratorio de Navidad reúne seis «cantatas», que debían ser interpretadas a lo largo de los tres días de la fiesta de Navidad, Año Nuevo y primer domingo del año y Epifanía.
En sus orígenes, los oratorios, como los compuestos por Schütz, se resumían en un gran fresco místico que trazaba un episodio de la historia sagrada; había en ellos numerosos corales descriptivos y algunos fragmentos confiados a los solistas.
Bach no modificó de modo sensible este plan general. El Oratorio de Navidad data de 1733. Las seis «cantatas» que contiene desarrollan y funden numerosos intentos de obras anteriores, escritas para celebrar la gloria del Príncipe elector de Sajonia.
De cincuenta y un fragmentos, cuatro están tomados del Drama para música; seis, de la Elección de Hércules, compuesta con motivo del nacimiento del príncipe heredero; seis, de obras que se han perdido y de las que tan sólo quedan estos vestigios.
Este oratorio ha llegado a ser muy popular, y está escrito en un estilo muy simple y extraordinariamente evocador y lírico.
El texto no es más que una adaptación, realizada por el libretista Pickander, del Evangelio de San Lucas (v.) (1.a, 2.a, 3.a y 4.a «cantatas») y del Evangelio de San Mateo (v.) (5.a y 6.a «cantatas»). Bach alterna los coros que representan la masa regocijada de los creyentes con los solos o los corales que invitan al pueblo a la meditación.
Bach da a esta partitura un color muy popular, recurriendo a temas cuya ingenuidad de expresión se conjuga con una exuberancia sin reservas y una fe ardiente. Utiliza para el acompañamiento una fórmula instrumental que presta a su orquesta un brillo sorprendente: un cuarteto de cuerda, dos flautas, tres trompetas, un oboe, dos trompas, un corno inglés y timbales.
Desde el coro inicial el son de las trompetas subraya la exaltación que se apodera del mundo de los fieles y les anuncia el nacimiento del Niño Jesús; esta primera «cantata» ofrece a lo largo de todo su desarrollo el mismo ambiente.
La segunda «cantata» tiene un carácter más pastoral y alterna el coro de los ángeles con el de los pastores. Los solos son de una dulcísima frescura y el aria central, confiada al tenor, introduce una melodía ornamentada al estilo italiano. La tercera «cantata» invita a pensar en una majestuosa catedral, cuyos muros devuelven el eco de las trompetas.
La cuarta y quinta «cantatas» son notables sobre todo por la gravedad de sus corales, enmarcadas en breves interludios de orquesta cincelados con exquisito refinamiento. La sexta «cantata», finalmente, reemprende el tema principal de la primera, dando con ello una notable unidad a la obra.
Pero este tema, transformado aquí por una orquestación exuberante, aparece una y otra vez como un leitmotiv de júbilo en los diferentes fragmentos. Se puede señalar que la primera «cantata» recuerda vagamente el tema doloroso de la Pasión, prefigurando así el destino de Jesús, pero esta nube de tristeza se desvanece rápidamente y el oratorio resulta así un prolongado grito de alegría que nada logra turbar.
En la concepción de Bach, el oratorio parece un primer paso hacia el arte dramático y lírico que va a nacer. De acuerdo con esto, el Oratorio de Pascua (1733), acaso menos uniformemente bello que el de Navidad, nos parece todavía más significativo.
Pone en escena dos discípulos que llegan a la tumba de Jesús y dialogan con las Santas Mujeres. La muchedumbre (el coro) les escolta y comenta el drama que acaba de desarrollarse sobre el Monte de los Olivos.
Bach compuso este Oratorio en varias etapas; amplió progresivamente el texto inicial, desarrollando sobre todo la parte coral. Es preciso anotar el empleo que hace aquí el cantor de la aliteración, siguiendo un procedimiento del que usaron abundantemente, más tarde, los autores líricos y Wagner en particular.
Junto a los Oratorios puede considerarse la Oda fúnebre, escrita en ocasión de la muerte de la reina Cristina Eberhardine. El poema se debe a la pluma, en verdad poco hábil, de Gottsched, pero la música, en cambio, desarrolla con verdadera maestría un punzante sentimiento de tristeza.
Se escucha el sonido de la campana, y el contrabajo mantiene un ritmo uniforme que se une a la desolación expresada por los coros mientras los oboes suspiran. La primera parte de la obra, llena de una pesada tristeza, contrasta fuertemente con la segunda, en la que el recuerdo de las virtudes de la reina rompe por un instante las fúnebres meditaciones.
Conviene mencionar también, en este epígrafe, el Magníficat, que muy probablemente fue escrito en Coethen; fue interpretado en la iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, en la víspera de Navidad de 1723. La obra fue compuesta para solistas, coros y una orquesta formada por un cuarteto de cuerda, dos oboes, dos flautas, tres trompetas y timbales.
Está dividida en doce partes, que corresponden a los doce versículos puestos en música. El tema principal es el del reconocimiento a Dios por la protección que dispensa a la Virgen y a Israel.
Arde esplendorosa la llama de amor y alegría, y Bach alcanza en este Magníficat la cumbre del arte. Por su simplicidad y grandeza, el Magníficat figura entre las obras corales religiosas más bellas.

