Odas, Quinto Horacio Flaco

 [Carmina]. Los pri­meros tres libros aparecidos el año 23 (a. de C.), y el cuarto el 17, contienen, en total, ciento tres odas: treinta y ocho el primero, veinte el segundo, treinta el tercero, quince el cuarto, y señalan el punto culminante de la producción lírica de Quinto Horacio Flaco (65-8 a. de C.) después del experi­mento yámbico de los Épodos (v.).

Este can­cionero se abre solemnemente con el nombre ilustre de tres grandes amigos del poeta: Mecenas, Augusto y Virgilio. A Mecenas (I, 1), a quien va dedicada toda la colec­ción de los tres primeros libros, dedica la oda que sirve de proemio y programa de vida y de poesía; a Augusto (I, 2), amigo y protector al mismo tiempo que Mecenas, aunque no tan unido con él por íntimos vínculos, le habla con tono más elevado y solemne, como corresponde a un príncipe; en cuanto a Virgilio (I, 3), la tercera de las personas a quienes ama de corazón, que está en vísperas de partir para un viaje a Gre­cia, expresa toda su solicitud hacia él, a quien se siente ligado, más que por el afecto y por la gratitud, por la comunidad de la poesía.

El cancionero se cierra con un him­no a Melpòmene (III, 30) en el que Hora­cio alaba sus propios méritos poéticos; en esta solemne despedida identifica la eter­nidad de su poesía con la del Imperio ro­mano. La vida privada y la vida pública le ofrecen por doquier materia de canto: convites, amores, ciudad, campiñas, fiestas, lutos, son los motivos que con mayor fre­cuencia se repiten.

Pero siempre se afirma la nota personal y a veces hasta autobio­gráfica del poeta, la cual, si es natural que predomine en los motivos eróticos, convi­víales o moralistas, no deja de manifestarse tampoco en las más importantes poesías de carácter patriótico y político, no sólo como programática evasión del esquema épico, sino como auténtico lirismo. El primer libro es el más rico en canciones, inspiraciones y sentimientos; el segundo contiene odas prin­cipalmente gnómicas, dedicadas a sus ami­gos; el tercero se presenta como un solemne templo hexástilo cuyas columnas estuvie­sen constituidas por las seis (I. VI) Odas Romanas (v.), pero en cuanto entramos en él, la estructura del edificio se nos presenta con la sumisa modestia de la inspiración cotidiana en el mundo de las cosas peque­ñas.

De los tres libros primeros se des­prende el cuarto, que, al señalar una reanu­dación de la actividad lírica después de la interrupción de las Sátiras y epístolas (v.), refleja también pensamientos y sentimientos de la senilidad, abandonándose a temas de poesía cortesana. A la intencionada variedad de los cuatro libros corresponde una dispo­sición también diversa de cada una de las odas. Esta armonía parece obtenida ya en las formas, con frecuencia correspondencias de metros que se repiten cada nueve odas, al principio y al final de la serie, ya en su contenido, ya con la dedicatoria a las mis­mas personas o a personas que se relacio­nan entre sí.

Armonía que revela la amo­rosa mano del poeta, que cuidó personal­mente la disposición de las odas, descompo­niendo aquel orden cronológico en el que ya los arrepentimientos de carácter literario, las enmiendas, las suturas y el trabajo de lima habían causado mella, alterándolo profundamente. Por lo demás no placía tam­poco a Horacio que su cancionero revelase por qué evolución había pasado su lírica, antes de llegar a la forma definitiva de los tres primeros libros.

Cuando los publicó a los cuarenta y dos años había ya olvi­dado no solamente la experiencia yámbica de los Épodos, sino también la fracasada tentativa de escribir versos griegos en la época en que, estudiante de poco más de veinte años, aprendía filosofía en Atenas y adoptaba la actitud de libre defensor de los partidarios del cesarismo. Los motivos de la epigramática helenística que tal vez le ha­bían seducido entonces, sumergidos por el furor yámbico y satirizante de la doble actividad de las Sátiras y epístolas y de los Épodos renacían más tarde cuando, transcu­rrida la primera juventud, el poeta, ya cum­plidos los treinta años, descubrió que po­seía la vena virilmente lírica de un Alceo.

Dejó que sus contemporáneos griegos se en­tretuviesen con la epigramática, y los lati­nos se enternecieran con las llorosas ele­gías: para sí prefirió la poesía lésbica. No es casual que el mayor número de las odas, sáficas o alcaicas, fueran compuestas des­pués de la batalla de Accio, ya en la época imperial; pero no hay que olvidar cuánta inspiración ocasional nace directamente de circunstancias del último período republi­cano y de recuerdos y memorias de la ju­ventud de Horacio, de la fuga de Filipos, del triste y desafortunado regreso, de la pobreza que lo afligió en su patria, y de los amigos que cuando volvió le acogieron, Me­cenas el primero, el cual le dio con su protección la sensación de seguridad y el bienestar de la vida.

Casi toda la lírica horaciana está ligada al nombre de una per­sona: una muchedumbre de amigos humil­des o poderosos, políticos o literatos, nobles de alta alcurnia, esclavos o libertos, todos tuvieron su parte en el corazón y en la poe­sía de Horacio, que antes que poeta fue hombre; y por su experiencia humana es por lo que todas sus odas agradan indistin­tamente, incluso por aquel tono de gusto, de erudición, de refinamiento, de buen jui­cio, de mundanidad, acaban por agradar más aquellas poesías de menor lirismo, pero de un estilo quizá más perfecto, con prefe­rencia a las poéticas y emotivas, pero no suficientemente acabadas.

Por lo demás, Horacio gustó y continuó gustando durante siglos, no por su poesía, sino por la enorme mole no-poética con ella captada y amal­gamada. Esto en cuanto a la gnómica pro­ducida por una fácil y equívoca filosofía; en cuanto a su erotismo, difuso en un am­biente francamente hedonístico, a su amor patrio inspirado en contingencias prácticas y reflejos cortesanos, a su antiurbanismo, provocado tanto por reacciones sociales como por un idílico sentido de evasión. Mas, para bien de Horacio, su verdadero valor no es el que le reconoce el dilettantismo de todos los siglos, sino el íntimo valor introspectivo de haber convertido cualquier materia que entrara en su campo visual, en tema lírico.

Horacio es la apti­tud del lirismo, es el ojo lírico que, donde se posa, transfigura lo humilde o lo per­sonal de nuestra existencia cotidina, exal­tándola espiritualmente en su propia fiso­nomía: la mitología no interviene, por esto mismo, como superestructura, sino como poder sugestivo y alucinante; el mun­do urbano o el rústico, el de los acogedo­res convites o de los valles frondosos, se puebla de héroes, de semidioses, de heroí­nas y divinidades, poderosamente evocados como en un ambiente irreal. La fantasía de Horacio no conoce límites: sólo necesita operar en un medio bien conocido, partir de cosas humildes, que se puedan manejar mejor; en eso radica el encanto de la poe­sía, de allí parten sus vuelos, no pindáricos, sino puramente horacianos; vuelos, no de imágenes, sino de seres corpóreos, puesto que todo, en su ficción poética, recupera su corporeidad e induce a nuestros sentidos críticos a creer en su existencia real.

El juego de la poética de Horacio está entero en esto: en obtener de la prosa de la vida los elementos más salientes y espiritualizables por la fantasía, y transformarlos en sueños; a este sueño darle plasticidad, flui­da verosimilitud, o colores; planos y formas tales que causen en todos la ilusión de su legítima realidad: prosa cotidiana y poesía de excepción; he aquí los dos motivos de Horacio, ante los cuales se detiene maravi­llado el lector.

[La primera versión caste­llana de las odas horacianas es la traducción en prosa del doctor Juan Villén de Biedma en el volumen 9. Horacio Flaco, poeta lírico latino. Sus obras con la declaración magis­tral en lengua castellana (Granada, 1599). La más divulgada fue, sin duda, la del P. Urbano Campos, de la Compañía de Jesús, titulada Horacio español, esto es, obras de Q. H. F., traducidas en prosa española e ilustradas con argumentos, epítomes y notas (Lyon, 1682), que contiene expurgados los cuatro libros de las Odas. Esta versión fue objeto de una refundición por parte del P. Luis Mínguez (Madrid, 1783) y fue texto en las escuelas españolas durante más de un siglo. Modernamente la versión más autori­zada es la de Guzmán Salinas en Obras completas, tomo I (Madrid, 1909). Entre las traducciones parciales la mejor y más im­portante es la de fray Luis de León, que tradujo en verso un total de veintidós odas horacianas de segura atribución].

F. Della Corte

La obra lírica de Horacio es un mosaico de trabajo magnífico, efectuado en Roma con algunos fragmentos de piedras precio­sas, desenterradas en Lesbos. (Foscolo)

Horacio no se puede traducir. (Manzoni)