En su mayor parte las compuso Friedrich Hölderlin (1770- 1843) entre 1799 y 1801, después de ultimada la redacción del Hiperión (v.) y antes de los últimos Himnos en estrofas libres (v.), por el mismo tiempo que las tres grandes Elegías, en los años inmediatamente anteriores a la caída del poeta en las tinieblas de la demencia (cfr. Werke, ed. Hellingrath, vol IV: algunas odas de época anterior están en el volumen II).
Están, por tanto, llenas de fantasía y de atisbos visionarios y representan, en el devenir de la lírica hölderliniana, el momento de la perfecta conciencia del dolor humano y de la superación del mismo en la calma de una espera mística, en la que la fe religiosa lo es todo y en la que Dios es un guía vivo y operante. Es la poesía del último — y más grande — Hölderlin, fruto nacido de sus momentos de frágil pero delicado equilibrio interior.
La separación de Diotima (v.) ha tenido ya lugar, sin remedio y sin esperanza, y todavía duele mucho la herida del corazón («Despedida» en sus tres versiones, «Bien voy yo cada día», «Palinodia», «Su curación», «Diotima», «Tú callas y soportas», etc.); y la realidad de cada día es dura y desolada: «Bóreas, el enemigo hereditario, pasa sobre la tierra, helándolo y devastándolo todo, en su fría furia nocturna» («El invierno»); y el poeta está inerme, sin fuerzas externas de resistencia — «Poco he vivido y sin embargo está transida de frío mi tarde» («Plegaria») —; pero ¿Qué importa? Como el arco iris en silencio sobre una nube oscura («A una princesa de Dessaus»), así límpidas surgen ante los ojos del poeta «sobre su largo dudar puras imágenes» y visiones («A la princesa Augusta de Homburg»); porque donde hay «pureza de corazón», «más claramente perceptible es el Espíritu».
Aunque toda felicidad externa está destruida y Diotima está para siempre perdida sobre la tierra, el mundo sereno y alciónico que al lado de Diotima surgió en días felices está a salvo dentro del alma del poeta («Desciende, oh hermoso sol»), porque él posee dentro de sí su «asilo amigo» en el que «sobre su obrar brilla un tranquilo sol» y puede vivir en segura simplicidad el canto, la poesía («Mi posesión»). Aun en aquel mundo también están siempre presentes a su alrededor «los antiguos dioses de su ideal patria helénica», de la que les «hablaban por todas partes» a él y a Diotima «el bosque y el torrente, la luz y las flores»; y si ellos que han dado a los hombres el «fuego celeste», le dieron a él, poeta, «un santo dolor», porque también él es un «hijo de la tierra nacido para amar y para sufrir» («La Patria»), ello ha sido sobre todo para hacerle penetrar con la mirada cada vez más hondo dentro de la verdad de la vida, en cuanto que «el hombre debe probarlo todo — dicen los habitantes del cielo — para que de todo aprenda a ser grato y comprenda la libertad de dirigirse a donde quiera» («Curso de la vida»).
Sucede de tal modo que la tragedia personal, más bien que sofocar en el poeta la vida, le abre una vida nueva más elevada. Porque — disuelto en la grande y casi total soledad, todas las ficciones objetivas — el vivir viene a ser una costumbre interior del poeta con las cosas eternas («Cantata ante la visión de los Alpes»), un continuo coloquio suyo «con sus Dioses», y la revelación de todo esto a los demás hombres, especialmente en su Patria, a su pueblo.
Por una parte, su poesía recibió nueva consistencia y concreción — porque, «también nosotros, los poetas del pueblo, estamos siempre donde la vida es cálida y se siente su pulso: ¿cómo podríamos, si así no fuera, cantarle a cada uno su propio Dios? («Corazón de poeta» — redacción primera) —; y por otra parte, ante su poesía desaparecen todos los límites — también en la contemplación del doloroso destino humano —, porque «sólo a costa de su sangre le está concedido al hombre el fecundar la oscura tierra» («A Eduardo»). Se hicieron así posibles las grandes Odas — sobre los máximos problemas de la vida y de la historia humana—, las cuales, por su elevadísimo tono, son tal vez únicas en la poesía europea de su tiempo: la oda «A Rousseau», que mal conocido durante su vida, supo «comprender la llamada de los dioses, porque sólo por signos acostumbran los dioses a manifestarse» y ahora «es una fuerza operante en la trabajosa cultura de su pueblo»; las tres odas «Cántico del Alemán», «A los Alemanes» y «Misión del Poeta», que desenvuelven el motivo, eminentemente caro a Hölderlin, del renacimiento de la antigua Hélade en el espíritu de los tiempos por virtud de su pueblo germánico y, en las que, ora la poesía se enternece con acentos de implorante y casi impaciente espera («Sobre toda la fuerza creadora, cuando aparezcas tú, genio de nuestro pueblo, alma de la patria, para que yo me incline ante ti más profundamente…
Dulce es el presagio, pero todavía constituye un sufrimiento, y han transcurrido ya bastantes años»), ora se exalta en la celebración del grande y próximo acontecimiento («Oh santo corazón del pueblo, patria mía, tú que todo lo soportas lo mismo que lo soporta en silencio la tierra madre… He aquí… igual que la primavera el genio pasa de país en país…»), ora se eleva hasta la visión del último misterio en el que el dios de la embriaguez, Dionisos, preside toda la renovación de la actividad creadora («Las riberas del Ganges, oyeron el triunfo del dios de la alegría cuando surgió en la India… Danos tú también nuestras leyes, Maestro, danos la vida…»).
Perspectivas imprevistas e imprevisibles se abren de pronto y se prolongan sobre fondos indefinidos, y por primera vez encuentran cumplida expresión poética algunas complejas inspiraciones de las que brotará más tarde tanta poesía moderna, como el «wunderbares Sehnen dem Abgrund zu» — el «maravilloso impulso interior hacia el abismo» — que ha trastornado a los hombres: Hölderlin reconoce en él una de las grandes fuerzas de la historia, «la que aferra y trastorna a los pueblos» no menos que a los individuos («Voz del pueblo» — primera y segunda redacción).
Seguro también frente a estos «abismos», sereno y confidente permanece el poeta: «Ocurra lo que ocurra, ¡sea todo bendecido por ti!» un cielo sereno recubre toda la naturaleza y a los hombres, y la tierra madre recorre tranquila en la luz su vida segura, entre el melodioso variar de las estaciones («La paz»); pero se comprende que, «cruzado el límite, entre la vida y el misterio», ímpetus de exaltación pasan a veces por la poesía, como en las odas: «El río encadenado» [«Der gefesselté Strom»], en la que se compara el curso precipitado de un río en primavera, con el curso triunfal de un héroe de la humanidad, a la que irradia su potencia benéfica; y «El cantor ciego» [«Der blinde Sänger], que es el mito del cantor ciego, que se hace vidente mediante las potencias del espíritu y la luz de la Poesía.
Estas dos últimas odas — reelaboradas con los títulos «Ganimedes», aludiendo al divino copero, y «Quirón», aludiendo al mito del sabio Centauro, vulnerado por el dardo envenenado de Hércules — han sido incluidas juntas en una nueva redacción de «Plegaria» y de «Corazón de Poeta» y con una nueva oda, «Lágrimas», en un grupo de «Cantos de la Noche» [«Nachtgesänge»], que Hölderlin mandó en 1804 a Wilmans para su «Almanaque de bolsillo de 1805, dedicado al amor y a la amistad»: el tono es aquí más profundo, cargado de emoción, pero exasperado, no exento de sobresaltos y de dolores.
Pero ya en las primeras redacciones «El cantor ciego», especialmente en las estrofas de la invocación final, se eleva a tonalidades ditirámbicas; anuncia el clima poético de los últimos Himnos. [Trad. por M. de Montoliu en Los mejores poemas de Hölderlin (Barcelona, s. a.) y por José María Valverde en Doce poemas (Madrid, 1949); versión al catalán por C. Riba (Buenos Aires, 1943)].
A. Musa

