Odas, Federico García Lorca

Bajo este epígrafe incluimos cuatro grandes composiciones del poeta español Federico García Lorca (1898-1936): «Oda a Salvador Dalí», publica­da en «Revista de Occidente» en 1926; «Oda al Santísimo Sacramento  del Altar», que apareció en la misma revista en 1928; «Oda a Walt Whitman», publicada en México en 1933, y «Oda al Rey de Harlem», dada a co­nocer en las páginas de la revista madrileña «Los Cuatro Vientos» en 1933.

Estos dos úl­timos poemas, junto con otros que estaban también dispersos ,fueron incluidos en Poeta en Nueva York (v.), cuya primera edición apareció en México en 1940.

La «Oda a Salvador Dalí» es un canto al pintor, a su pa­tria y a su pintura. A través de sus imágenes y metáforas, el poeta intenta darnos una visión precisa de la técnica- y del con­tenido del arte de Dalí: su tono de acero, transparente, helado y cristalino («…un iceberg de mármol/enfría las ventanas y disipa las yedras»), la sensación de dureza, sin morbosidades impresionistas («Desnuda la montaña de niebla impresionista»), el dominio puro y libre de la luz y del espacio («Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos»), donde el aire es un prisma puli­mentado («el aire pulimenta su prisma sobre el mar») y donde lo vago e indeciso cobran una plasticidad y una corporeidad casi ar­quitectónica («y el horizonte sube como un gran acueducto»).

Se impone el deseo, el imperativo de la forma («un deseo de for­mas y límites nos gana»), que convierte lo vivo en algo extático, plástico («Venus es una blanca naturaleza muerta»). Cadaqués — el pueblo natal del pintor — es el pai­saje del supremo equilibrio, del aire pacifi­cado por las flautas, donde se hace viva — y cotidiana — la mitología.

Paisaje clásico, donde no hay ensueño, donde la rosa sirve de brújula y donde las sirenas «convencen pero no sugestionan», debido a que el mis­terio se ha intelectualizado y racionalizado. Por esto García Lorca al cantar la persona de Salvador Dalí («¡Oh Salvador Dalí, de voz aceitunada!») alaba sus «ansias de eter­no limitado», su «alma higiénica», su huida de «la oscura selva de formas increíbles».

Su fantasía viene siempre medida y deter­minada por el tacto («Tu fantasía llega hasta donde llegan tus manos,/y gozas el soneto del mar en tu ventana»). El poeta va glosando, bajo diversas imágenes, la técnica y los temas de Salvador Dalí, que podrían concretarse en estos versos: «Dice la línea recta su vertical esfuerzo/y los sabios cristales cantan sus geometrías».

Pero la cifra y norma de su temática es la «rosa del jardín» («una rosa en el alto jardín que tú deseas./Una rueda en la pura sintaxis del acero»), que es a la vez el sím­bolo de su ansia y de su deseo. Finalmente Lorca expone las razones particulares por las que elogia a Dalí, exalta su pintura como representativa de Cataluña e, insistiendo en motivos ya tratados, da un consejo al amigo: «viste y desnuda siempre tu pincel en el aire».

«Oda al Santísimo Sacramento del Altar», «Homenaje a Manuel de Falla», tiene dos partes: «Exposición» y «Mundo».

La primera es una glosa de los dos primeros versos del himno eucarístico Pange lingua («Pange ligua gloriosi/corporis mysterium»). Las alabanzas que el poeta dedica a la Sa­grada Forma expuesta en la custodia res­ponden a las más genuinas expresiones de García Lorca: el Sacramento es comparado a un niño que huye desnudo perseguido por los pecados capitales en forma de novillos; su fragilidad y su tenuidad son comparadas al «pobre corazón de la rana/que los médicos ponen en un frasco de vidrio»; es llamado «piedra de soledad», «tiro al blan­co de insomnio sin un pájaro negro», «panderito de harina», «brisa y materia juntas», “vértice de las flores», «nieve circundada por témpanos de música», etc. Y entretanto, las mujeres («por el muro clavado», «en la arena sin norte») cantan al Sacramento y «quinientos serafines de resplandor y tinta» gustan su racimo.

La segunda parte glosa las palabras «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi. Miserere nobis», y es la visión del mundo, de sus ciudades, de los hombres pecadores. El poeta describe la noche de la ciudad, esto es, el pecado. Sólo el Sacra­mento («manómetro que salva») puede apa­ciguar esta noche y este pecado. — La «Oda al Rey de Harlem» y la «Oda a Walt Whitman — esta última una de las composiciones señeras de García Lorca — fueron incluidas en Poeta en Nueva York (v.).

A. Comas