Oda al Viento del Oeste, Percy Bysshe Shelley

[Ode to the West Wind]. Oda de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), publicada junto con el Prometeo liberado (v.) y otras poesías, en 1820. Son cinco estrofas, compuestas cada una de cuatro tercetos y de un dístico final (el segundo verso del último terceto rima con el pareado final).

La oda fue concebida y en gran parte escrita (1819) en un bosque junto a Florencia, en un día ventoso. El salvaje viento del Oeste, que sopla a través del bosque llevándose las hojas muertas, que arrastra las nubes y levanta las olas del mar, se posesionó de la imaginación del poeta, suscitando en él un intenso de­seo de libertad, el ansia de liberarse de los vínculos materiales impuestos por el cuerpo; querría el poeta ser una hoja, una nube o una ola, para seguir al viento en su curso desenfrenado.

Como esto no es posible, el poeta pide al viento que haga de él su propia lira, que lo haga capaz de expresar por su pecho de hombre el tumulto de su salvaje armonía, que lo convierta en su espíritu y difunda sobre el mundo adormecido sus pensamientos como chispas de un fuego in­extinguible, haciendo de sus labios la trom­ba de una profecía.

La oda es una de las más famosas composiciones de Shelley, y es muy citado su verso final: «If Winter comes, can Spring be far behind?» («Si viene el invierno, ¿podrá tardar mucho la primave­ra?»); es una de las obras en que la fantasía del poeta demuestra mejor su extraordinaria riqueza; véase el esplendor de las imágenes con que, en las primeras estrofas, sigue al viento en sus efectos sobre el bosque, sobre el agua y hasta en los abismos del mar.

Toda la composición, más que expresar un pensamiento preciso, nace de una especie de embriaguez producida por el viento, em­briaguez que se traduce en una visión si­multánea de hechos y lugares lejanos y en una necesidad de prorrumpir en canto. El tema es semejante a un pasaje de Monti (A S. Chigi) derivado de las Cuitas del joven Werther (v.), de Goethe: — «Oh, ¿por qué no puedo dejar de lado/toda mi dig­nidad de hombre y confundirme/con la tempestad que pasa, y sobre las plumas/del viento correr?, etc.»; a unos versos de Höl­derlin: «¡Oh, llevadme allá abajo, nubes de púrpura/ y que revivan en lo alto, en la luz y el espacio, mi amor y mi dolor!», y de Lamartine («L’Isolement»): «…Et moi, je suis semblable a la feulle flétrie;/Emportez- moi comme elle, ourageux Aquilons!»

A. Repací

Podía expresar a su gusto lo material indiferentemente, con términos de uno o de otro. Ningún poeta antes que él le igualó en este don, y difícilmente habrá otro que lo pueda igualar en el futuro; seguramente los hombres verán antes cómo el Juicio prometido pone su mano sobre el árbol del Cielo y sacude de él las hojas secas. (Thompson)