Nuestra Juventud, Charles Péguy

[Notre jeunesse]. Obra de Charles Péguy (1873-1914), apare­cida en 1910 en los Cuadernos de la Quin­cena (v.), colección dirigida por el autor y en torno a la cual se formó uno de los más nobles movimientos espirituales de Francia entre 1900 y 1914.

Es una obra central en la amplia producción de Pé­guy, donde más vigorosamente expresa su pensamiento e incluso su pasión: la mís­tica opuesta a la política, es decir, la lo­zanía, la pureza, la fuerza viva de una idea contra el endurecimiento y el envile­cimiento causado por la costumbre, la prác­tica, la especulación.

De modo que lo esen­cial no es tanto que una política triunfe por encima de otra, sino que en todo sis­tema la mística no sea devorada por la política a la que dio origen. Denuncia di­cha degradación a través de la decadencia de la tercera República, el movimiento so­cialista y la historia del proceso Dreyfus. Las cartas de una antigua familia repu­blicana, encontradas en un archivo, le dan la base para comprobar cuán alejada se encuentra, del espíritu de los primeros re­publicanos, la juventud y la vida moderna, por culpa de la práctica parlamentaria y electoral.

Así el socialismo de su juventud, «religión de la pobreza temporal», se ha convertido en pragmático, parlamentario y demagógico, con Jaurés, de quien Péguy tuvo que alejarse, y con los demás, traido­res al espíritu y a la libertad. El proceso Dreyfus, en el ánimo de los mejores, había sido la batalla por la inocencia y la jus­ticia: no por el desorden, sino por un orden más elevado y bello, contra el orden falso que los antidreyfusistas querían man­tener, destruyendo la verdad y la justicia.

Pero muy pronto los dreyfusistas se han aprovechado de ello, torciéndola para sus fines terrenos, arrastrando al país hacia el «combismo», cuando no algo peor. Es la derrota más trágica de la mística y de Péguy, que ha de oponerse y contradecir incluso a su amigo Daniel Halévy y a su Apología de nuestro pasado; más alta la pasión y más conmovedora la elocuencia; dignas de recuerdo son las páginas sobre la muerte de Bernard Lazare, dreyfusista puro y desconocido. Como todos los escritos del autor, también éste es una confesión fervorosa, irónica, amarga, violenta, donde se vuelcan todos sus sufrimientos, todas sus iras, empezando por la que va contra el espíritu positivo dominante en la ciencia oficial.

Y el estilo es siempre el caracte­rístico suyo, único, absolutamente antilite­rario, hecho de insistentes repeticiones, de imágenes, de ideas superpuestas, interrum­pido por divagaciones y paréntesis, fati­gado y ferviente; pero más ceñido y feliz, menos abandonado aquí, donde se busca y resuelve el nudo más secreto. El hombre que fue maestro en la dureza de la vida, en el sacrificio heroico, y que después de su muerte siguió fecundando a los espíritus con su obra, aparece en este libro más equi­librado y compuesto, en el que nada falta del ansia que anima sus demás prosas polémicas ni los versos, grávidos de fervor religioso.

V. Lugli