El Novellino, Tommaso Guardati de Salerno

[Il novellino]. Colección de cincuenta cuen­tos, dedicada a Ippolita Sforza, duquesa de Calabria, y publicada póstuma en 1476.

Los cuentos de Tommaso Guardati de Salerno, llamado Masuccio Salernitano (1420?- 1476), no están encerrados en un mar­co, como los del Decamerón (v.), sino que cada uno de ellos está precedido por una dedicatoria a personajes de la Corte aragonesa, en la que se anuncia y se co­menta el argumento, y va seguido por una conclusión que lo vincula al cuento siguien­te.

Todos, además, están ordenados, según la similitud de los argumentos, en cinco par­tes que tratan respectivamente de «algunas detestables acciones de ciertos religiosos», de «burlas y daños para celosos y otros agradables accidentes», de malas acciones cometidas por el «imperfecto sexo mujeril», dé «materia lastimosa y triste» y por fin de aventuras singulares y de «grandes mag­nificencias de grandes príncipes».

Masuccio dio este orden a sus cuentos, inducido por el ejemplo de Boccaccio, «el famoso poeta Boccaccio» como él le llamaba, afirmando que había «hecho siempre lo posible para imitar su adornado idioma y estilo». En efecto, no fueron pocos los motivos que sacó de él; sin embargo, más que en de­talles particulares, la eficacia del ejemplo hay que reconocerla en el ideal artístico perseguido por el autor en su obra, en cuya composición ha tenido presente la prosa del Decamerón, tratando de dominar como artista su heterogénea materia y compen­sando la vulgaridad de más de un cuento con una fina conciencia estilística.

De esta manera ha podido formarse un lenguaje que, sin perder su sabroso gusto local, aspira evidentemente a la dignidad de len­gua italiana; y el Novellino, aun cuando hoy nos sorprendan los numerosos meridionalismos y los crudos latinismos, ha lo­grado, antes que la Arcadia (v.) de Sannazaro (1486) y con una materia mucho más rebelde, un ejemplo ilustre de prosa literaria del siglo XV en el sur de Italia.

Muy distinto era, empero, el espíritu de Masuccio del de Boccaccio; polemista apa­sionado antes que poeta, en sus numerosas páginas sobre los vicios de los eclesiásticos el autor del Novellino desconoce la des­interesada sonrisa del creador, y si, por ejemplo, se acuerda del Padre Cipolla (v.) cuando escribe del Padre Jerónimo de Spoleto (cuento n.° 4), que con una falsa re­liquia vive a expensas del prójimo, no puede, como Boccaccio, tener simpatía para su personaje, que queda para el lector no ya como una figura, sino como un nombre.

Los tipos y las escenas de estos cuentos no se componen, por tanto, en un cuadro artísticamente acabado; es todavía peor cuando, al decaer la seriedad de la polé­mica en que se ha empeñado Masuccio, el autor insiste en ella con los cuentos contra las mujeres, dejándose ir a una decla­ración genérica y mucho más fácil que la concreta representación del arte. El sen­tido de la femineidad, que es tan vivo y delicado en el Certaldés, no se encuentra en Masuccio, quien carece también del gusto por la generosidad y magnificencia caballeresca que inspiró muchos cuentos del Decamerón.

Comparado con el del Deca­meron, el mundo del Novellino nos parece mucho más estrecho, aunque no desprovisto de poesía, ya que Masuccio tiene una poe­sía propia, auténtica y original, de otra naturaleza que la de Boccaccio, y aun cuando no la deja florecer libremente, sabe en muchos cuentos dar expresión plena y adecuada a su inspiración poética. La fan­tasía de Masuccio ama los tonos obscuros, los contrastes violentos; este gusto lo lleva a veces hasta la tragedia, como en el ho­rrible cuadro de los leprosos entre los cuales, sin saberlo, han ido a parar dos jóvenes amantes fugitivos, y que matan con un engaño al joven, tratando luego de violar a la mujer (cuento n.° 31); pero aún se complace más en sacar efectos gro­tescos al mismo tiempo que poderosos de violentos y extraños contrastes, como en el cuento de don Diego, en el que se des­cribe la fuga de un fraile ante un cofrade suyo, que él cree haber matado y que, en cambio, ha sido asesinado por otros que des­pués lo han atado a un caballo (cuento n.° 1), o en otros cuentos semejantes.

Los cuentos de argumento más atrevido se pu­rifican de sus obscenidades con imágenes grotescas que dan un color característico a situaciones tradicionales en la novelís­tica (v. el cuento n.° 29, de la mujer y de sus tres amantes, o el n.° 5, del sastre y de su música). Por la extravagancia de los equívocos le gustan a Masuccio las burlas, cuyo carácter picaresco acentúa. Pero no carece el autor de cierto sentido de humanidad, que se revela a veces en las historias de casos raros y de extravagantes aventuras; por ejemplo, en el sucedido de la sienesa Giannozza (cuen­to n.° 33), que ofreció muy probablemente a Da Porto el motivo para su famoso Romeo y Julieta (v.); y en la de un caballe­ro aviñonés (cuento n.° 45), a quien, sin conocerle, un estudiante castellano revela la culpa de su mujer y que, despiadado para con ella, acierta a comprender y perdonar al imprudente joven.

Este último cuento quizá sea la obra maestra de Masuccio, cu­yos escritos, muy leídos en los primeros años del siglo XVI, fueron más tarde ol­vidados por la reacción de la Contrarreforma y por el predominio de la tradición toscana; vuelta a sacar a la luz en el si­glo pasado por Luigi Settembrini, nos pa­rece hoy como la obra no solamente del mejor escritor de cuentos del siglo XV, sino, y es lo más importante, de un ar­tista sincero y vigoroso.

M. Fubini