Naufragio de la Fragata «Medusa», Alexandre Corréard

[Naufrage de la pégate Méduse]. Relación de Alexandre Corréard (1788-1857) y de H. Savigny, publicada en París en 1818.

El 2 de julio de 1816 la fragata francesa «Medusa», al mando del capitán Duroy de Chaumarey, llevando a bordo al goberna­dor Schmalz, que iba en nombre de Fran­cia a tomar posesión del Senegal, que le habían asignado los recientes tratados, des­pués de separarse de las otras tres naves que formaban parte de la expedición, nau­fragó al chocar contra el banco de Arguin. Como las seis chalupas que llevaba no eran suficientes para salvar a sus cuatrocientos hombres, fue construida de prisa una bal­sa, en la que se refugiaron 152 personas entre soldados, oficiales, marineros y pa­sajeros, y que debía ser remolcada por un cable.

Pero éste se soltó, y cada una de las embarcaciones quedó aislada y aban­donada a su suerte. El ingeniero Corréard y el cirujano Savigny, dos de los diecisiete supervivientes de la balsa, recogidos al cabo de trece días por la nave «Argus», hacen en este libro la relación de los horrores a que asistieron, recogiendo también las re­laciones de otros marineros náufragos. Su fin es el de ilustrar a la opinión pública francesa sobre las culpas de los responsa­bles: el primero de todos el capitán, que se salvó en una chalupa, abandonando a su destino a la fragata, que todavía contenía 64 hombres y, más tarde, la balsa; en se­gundo lugar, el gobernador, a cuya inhuma­nidad se debió, entre otras cosas, el retraso en la busca de los náufragos.

La obra no tiene pretensiones literarias, sino que deja hablar a los hechos con su ruda elocuencia. Los náufragos de las cuatro chalupas, des­embarcados sobre las dunas, para alcanzar San Luis se vieron obligados a una terri­ble travesía por el desierto, torturados por el sol, la sed, el hambre y toda suerte de horrores. Peor aún fue la suerte de los que quedaron en la balsa: al hambre y la sed, que llegaron hasta impulsarlos a co­mer los cadáveres de sus compañeros, se añadió la demencia, que lanzando aquellos hombres unos contra otros, terminó con terribles y sangrientas luchas. La trágica narración inspiró el más bello cuadro de Géricault, ofreció la trama para la Sala­mandra de Sué, para un drama de Desnoyers y Dennery, y fue traducida a muchas lenguas.

E. C. Valla