Nabucco o Nabucodonosor, Giuseppe Verdi

Es la ter­cera ópera de Giuseppe Verdi (1813-1901), estrenada en la Scala en 1842 con libreto de Temistocles Solera (1817-1878). Consta de obertura y dieciséis escenas en cuatro partes, tituladas: «Jerusalén» [«Gerusalemme»], «El impío» [«L’empio»], «La profe­cía» [«La profezia»] y «El ídolo roto» [«L’ídolo infranto»]. La obertura está cons­tituida con motivos de la obra.

Reunido en el templo de Salomón con el gran pontífice Zacarías, el pueblo de Jerusalén escucha el anuncio de las victorias de Nabucodonosor (v.), rey de Babilonia. Ismael anuncia la llegada de Nabuco como inminente, Zaca­rías consuela a los afligidos y enciende su esperanza. Esta introducción es dramática­mente notable por el cambio de actitud del pueblo, gimiente primero y luego animoso y decidido.

Como Fenena, hija de Nabuco, está en Jerusalén, Zacarías la confía a Is­mael como rehén. Fenena salvó un día la vida a Ismael; ahora Ismael quiere mos­trarle su reconocimiento. Entretanto, irrum­pe un escuadrón de babilonios vestidos de hebreos, junto con Abigail, a la que se cree hija de Nabuco, cuando, según luego se descubrirá, no es sino una esclava. Lle­gada con la espada en la mano, Abigail se olvida de la situación y hace una escena de celos a Ismael, del que está enamorada. La entrada de Abigail es violenta y dra­mática, típicamente verdiana. Pero el ter­ceto que sigue, apenas tiene sentido.

Na­buco entra en el templo; Zacarías le sale al encuentro, amenazando con matar a Fenena si da un paso más. Entonces Ismael libra a Fenena, que se pone a salvo junto a su padre. Grande, sonoro, plenísimo con­certante; todos cantan la misma melodía. Recitativo, cavatinas y «cabaletas» expre­san no tanto sentimientos, como los ím­petus de la voluntad, los agitados movimientos de la conciencia, con algunos re­flejos sentimentales.

El momento culminan­te, escénico y dramático, es aquel en que Nabuco sé corona y se opone a Fenena y Abigail. «Dal caso mió la prendí», expre­sado con un «gesto sonoro» orquestal. Representación del «terror general», mudo tu­multo en los pechos, silencio entre gritos reprimidos. El enfurecimiento del orgulloso Nabucodonosor está expresado con un cres­cendo coral, orquestal y solístico admirable por su variedad y efectismo. Después, caído el rayo sobre su cabeza, la situación se invierte.

Al vuelo del orgullo, sucede la caída en la humildad, la debilidad. El epi­sodio político familiar de Abigail y Nabu­co (la firma de la condena de los hebreos, la revelación de que Abigail es una esclava, el cautiverio imprevisto de Nabuco y la condena de Fenena), es un tanto superfi­cial, menos el «andante» de Nabuco «Or, di qual onta aggravasi». Al fin del acto, la adición del «coro de los esclavos hebreos sobre las riberas del Eufrates» es una de las más grandes piezas líricas de Verdi, can­to lleno de dolor y de humildad, que tras­ciende la situación melodramática, Nabuco prisionero ve desde la ventana a Fenena en prisión, ruega, cobra fuerza, recupera el mando y se dispone a libertarla con los soldados.

Abigail, al morir, se arrepiente. Además de las arias, es de notar en esta obra la participación de la orquesta y del coro en la representación del drama, que es también un drama del pueblo. La partitura ha sido objeto de un gran cuidado por el artista; su sentimiento le infunde vida y la dispone para el logro de sus fi­nes. Se afirman, con admirable fuerza y con nobles medios, los sentimientos que serán luego constantes en la dramaturgia de Verdi: la perennidad del dolor, la va­nidad de la perfidia y de las ambiciones injustas.

A. Della Corte