Muerte y Supervivencia, Max Scheler

[Tod und Ueberleben]. Obra del filósofo alemán Max Scheler (1874-1928). Son dos ensayos de este autor, sacado el primero de sus obras póstumas, y el segundo, «El fenómeno de lo trágico» [«Zum Phaenomen des Tragischen»], formaba parte de una obra más vasta, editada en 1915, con el título de Crisis de los valores (v.).

Más allá de las demostraciones abusivas del racionalismo y de los groseros errores del empirismo, Scheler se esfuerza en mostrar que allí se vuelve a encontrar, en un análisis fenomenológico de los diversos dominios de vivencias intencionales, una experiencia fundamental y original de nuestra muerte y de nuestra supervivencia. La intuición pura de nuestra vida comprende en cada instante (puntual) una totalidad de vida (pasado + presente + futuro) cuya estruc­tura esencial es la absorción del futuro que se va ocasionando por un pasado que se in­crementa sin cesar. La conciencia del sen­tido de este cambio es la experiencia de nuestra marcha hacia la muerte. Así el co­nocimiento de nuestra muerte no es em­pírico, inductivo, sino intuitivo.

La muerte «natural» se da originariamente, y la muer­te «efectiva» no es más que la confirmación de una certeza intuitiva. No es sino sobre este fondo de la presencia constante de la muerte que puede destacarse la creencia de la supervivencia. Pero, podrá objetarse, esta creencia va esfumándose en la conciencia del hombre moderno. Los datos históricos, responde Scheler, sabrían prevalecer con­tra un análisis que nos revela la esencia misma de la vida humana; la desaparición de esta creencia no es más que la conse­cuencia de un retroceso del pensamiento de la muerte. Estigmatiza como una deprava­ción la «inquietante tranquilidad» de estos hombres para quienes la acción desenfre­nada escuna diversión, en el sentido pascaliano, y el progreso, un proceso sin fin y sin significación, un sucedáneo de la vida eterna.

Por otra parte, incluso en este hom­bre ajeno, el análisis fenomenológico re­encuentra la intuición primordial, el sen­timiento de la supervivencia personal. Con finos análisis de los límites más simples de la vida, el autor demuestra cómo la per­sona espiritual se prueba a sí misma trascendente a su organismo, cómo tiene la experiencia de un «alentar más allá del cuerpo», de un «excedente del espíritu res­pecto a la vida». Este dato eidético, capta­do intuitivamente, no prueba nada con ab­soluto rigor, «rellena» la idea de la super­vivencia bajo sus múltiples formas. Pero esto es suficiente, pues el problema se ha derribado ahora y el «onus probandi» in­cumbirá a partir de este punto a aquellos que nieguen la supervivencia personal.

El fenómeno de lo trágico no se examina ni a través de las obras de arte que lo mani­fiestan, ni en sus efectos sobre nuestra sensibilidad. El propósito del autor es des­arrollar su esencia y por tanto su método no será psicológico, inductivo, sino fenomenológico. Se impone una primera advertencia: no existe lo trágico sin un mundo de valores, y el universo de la física, por ejemplo, lo excluye radicalmente; éste apa­rece en el antagonismo de valores positivos erigidos y la destrucción de uno de ellos.

Por otra parte, es inseparable de la con­ciencia una cierta fatalidad; la catástrofe trágica es aquella de la cual a nadie se puede acusar el ser responsable, falta por la cual este sentimiento ocasiona la piedad, la cólera o la irritación. Así, pues, un error judicial no suscita lo trágico, que sólo apa­rece cuando surge el conflicto entre la Jus­ticia misma y el Valor del que el héroe trá­gico es portador.

Una especie de tristeza pura y serena, consciente de fatalidad esen­cial, envuelve a lo trágico, que aparece en definitiva como una cualidad esencial, no solamente del héroe trágico, sino también del mismo mundo, del mundo «que hace posible tal cosa».