Se relaciona con la obra de Folengo, únicamente por su título y su genérico intento burlesco de entretejer una epopeya de humildes insectos, la Moscheida de Giovanni Battista Lalli (1572-1637), publicada en 1630.
La soltura de sus rimas alegra la trama de la obra, y muestra más a lo vivo las innegables cualidades de un artista disperso y desigual, como lo fue este autor de la Franceida y la Eneida disfrazada (v.). A diferencia de la Batracomiomaquia o del poema macarrónico de Folengo, aquí los animales no combaten con otros animales. Las moscas deben luchar con todas sus fuerzas contra un solo enemigo, el emperador Domiciano, de quien son bien conocidas las despiadadas cazas de insectos a que se entregaba. El emperador está soñando la felicidad en su amor, no correspondido, por Olinda, pero su sueño en los jardines imperiales se ve turbado por la picadura de una fastidiosa mosca. Irritado y furioso, intenta exterminar a porrazos a la incauta y a sus compañeras, y ordena que le construyan una ballestita especial para recoger mejor los frutos de su caza despiadada. Entonces Raspone, rey de las moscas, manda reunir a sus súbditos y, después de un agitado consejo de guerra, se pone en marcha contra Roma y Domiciano. Entre el emperador y la mosca Sanguillo se entabla un duelo; los soldados legionarios defienden a su jefe que está en peligro. Pero Domiciano no se da por vencido; con un abanico y otros enseres continúa la lucha, y, sin embargo, hasta en el baño ha de temer por su vida; los encarnizados insectos lo acosan por todas partes.
Pero también ellos han de llorar a sus caídos; así, muere Zaramellina, arrojada a una palangana de agua; y allí se arroja luego Guastasonno, su tierno y petrarquesco amante. Por fin se cumple la justicia; Domiciano, al perecer en manos de sus soldados rebeldes, deberá conceder a las moscas la palma de la victoria. Este argumento inspirado y ligero se desenvuelve con cierta fatiga, pero la jovialidad, aun a veces grosera, de las expresiones, las repetidas ocurrencias y ciertas divertidas digresiones hacen en conjunto bastante amena la lectura de esta composición tan característica de la literatura del siglo XVII.
C. Cordié

