Moralia, San Gregorio Magno

[Moralium libri]. Obra de San Gregorio Magno (540-604), en 35 libros di­vididos en seis «Códices», y en que se ex­plica el libro de Job (v.).

En una carta di­rigida a San Leandro, obispo de Sevilla, al cual va dedicada la obra, el autor informa acerca del origen, el carácter y el propósito de ella. Sus compañeros del mo­nasterio de San Andrés, que lo habían se­guido a Bizancio, admirados de su profun­do conocimiento de la Escritura, le supli­caron que explicase el libro de Job. En­tonces San Gregorio comenzó a comentar los primeros capítulos del texto sagrado, acabando más tarde su libro en Roma y dando al mismo tiempo a toda la obra for­ma única y orgánica. En una carta enviada a los monjes, San Gregorio dice que inter­preta la Biblia (v.) por su propio deseo y el de ellos de unir el sentido literal al alegórico y moral. San Gregorio se propone en su obra ser sencillo y llano y desdeñar la retórica como inútil hojarasca que crece en perjuicio de las espigas. Es ésta una obra grandiosa, rica mina de teología, y de ella especialmente se sacan las noticias de éti­ca del siglo VI, porque el autor se pro­pone sobre todo como fin la enseñanza mo­ral. San Gregorio presenta a Job como figu­ra del Redentor; su mujer simboliza la vida carnal; en sus amigos, ve a los herejes.

Examina el libro versículo por versículo, palabra por palabra, pero, con su explica­ción minuciosa, hace pesadas las aladas pá­ginas de la Escritura y da a comprender que no siente el amor y el dolor de que está empapado todo el libro. En los Moralia son explicadas, además de la ética, la disciplina y la teología católicas: las insidias del vicio, el desprecio de los bienes terre­nales, las cuatro virtudes cardinales, los daños de la soberbia, los varios pecados de pensamiento y de obra, los males y conse­cuencias de la ira, la diferencia entre la vida activa y la contemplativa, la utilidad de las lágrimas de penitencia, la dulzura de la caridad, la severidad de los justos en condenar los propios pecados, etc. Él mismo justifica su insistencia en explicar con mayor extensión el lado moral del tex­to, diciendo que todo el que habla de Dios debe procurar que resalte todo lo que pueda mejorar las costumbres de quien escucha, y que debe considerar justo ale­jarse del orden del discurso cada vez que se le presente oportunidad de moralizar. Quien trata una materia sacra debe imitar el curso de los ríos; por esto el que explica la palabra de Dios si ve a mano la opor­tunidad de una digresión moral ha de ver­ter en ella, como en un valle vecino, las ondas de su lenguaje y, cuando haya re­gado suficientemente el campo de la ins­trucción que se le ofrece, volver al cauce del razonamiento normal.

Por estas digre­siones de carácter práctico y de forma sen­cilla, la obra fue en la Edad Media acogida con entusiasmo y tuvo gran difusión y no­table fortuna. Fueron leídos públicamente fragmentos selectos en las iglesias, se hi­cieron extractos de la obra, traducciones y comentarios accesibles para todos los fie­les. La lectura de ella resulta fatigosa por su forma igual y monótona, por su ausencia absoluta de poesía y de imágenes, y por las continuas interpretaciones alegóricas, tal vez expresamente acrobáticas, como cuando se propone demostrar que siete es igual a doce: porque siete indica la per­fección de los dones del Espíritu Santo y está formado de tres y de cuatro, cuyo producto es doce. Pero la importancia del libro reside, sobre todo, en las enseñanzas morales que se deducen del texto escritural después de haberlo liberado del velo de la oscuridad.

B. Benfiglio