[Médée] Desarrollo de las homónimas tragedias de Eurípides y Séneca, la Medea de Pierre Corneille (1604-1684), tragedia en cinco actos, fue representada en París en 1635.
La trama, así como las páginas del Examen de Medea [Examen de Médée] muestra la original refundición corneliana de figuras y acontecimientos. En Corinto, donde Medea y Jasón se han refugiado después del robo del Vellocino de oro y el asesinato del hermano de ella, el hombre, que a través de sus amores busca sólo su ventaja, se dispone a casarse con Creusa, para disponer de la protección de su padre Creonte. Medea habrá de abandonar a su esposo y a su patria; pero se vengará. Creusa quiere también la hermosísima vestidura de la repudiada y Jasón consiente el capricho. En vano Medea le recuerda lo que ha hecho por él; éste responde que la abandona para salvar a sus hijos y salvarla a ella misma, pues Creonte la premiará si marcha pronto. La mujer derrama sobre su vestido los venenos más fuertes antes de entregarlo a Creusa; luego, mágicamente, salva a Egeo, rey de Atenas y pretendiente de Creusa, vencido y hecho prisionero por Jasón. La vestidura envenenada procura la muerte más horrible a la novia; también su padre, que acude para socorrerla, muere entre tormentos.
Jasón quiere matar a sus hijos, que son también los de Medea, para castigarla, pero ella ya ha efectuado dicha venganza contra él y se lo dice. Piensa entonces en matarla, pero ella se eleva desde un balcón por los aires, sobre un carro tirado por dos dragones. El desgraciado se suicida. Especialmente de Séneca, sacó Corneille esta primera tragedia suya, indecisa entre lo espectacular, lo fabuloso y el verdadero drama íntimo, al que muy pronto llegará el autor con El Cid (v.). Los procedimientos mágicos de la protagonista disminuyen su humanidad, así como la de la obra, para nosotros los lectores modernos, y ciertamente el carácter mágico, espectacular, tiene excesivo relieve; pero el «moi» de Medea, que en sí misma encuentra la defensa, la razón de su vida, es la primera afirmación de la moral corneillana.
V. Lugli

