Más Pesa el Rey que la Sangre, Luis Vélez de Guevara

Drama en tres actos de Luis Vélez de Guevara (1579-1644), que exalta la figura his­tórica de Alonso Pérez de Guzmán (1246- 1309), el cual estuvo al servicio del sultán marroquí, a condición de no tener que combatir contra el rey de Castilla; y des­pués conquistó para Sancho IV el Bravo, rey de Castilla, la ciudad de Tarifa, que defendió más tarde (1293) contra el rebelde infante don Juan, aliado con el nuevo sul­tán Ibn Yagub, sin ceder ni ante la ame­naza de que le matarían a su propio hijo, que se hallaba en el campo adversario. La amenaza se cumplió, y a Alonso se le con­cedió por su lealtad el título de «Bueno», con el que ha pasado a la historia.

En el drama, Alonso se ve obligado a dejar Cas­tilla, a causa de la animosidad que contra él demuestra el rey Sancho por haber Alon­so seguido el bando de los primos del rey en su lucha contra éste. Alonso se va a África junto a Aben Jacob, después de confiar su hijo Pedro al hermano del rey, Enrique, que también se propone desterrar­se por diferencias con su soberano. Alonso se ofrece a servir a Aben Jacob, siempre que no tenga que combatir con el rey de Castilla: «que, aunque agraviado / vengo de sus disfavores, / los nobles han de cum­plir / siempre sus obligaciones; / que son ofensas de reyes, / de los vasallos crisoles». Grandes méritos contrajo Alonso, pero el rey moro sospechó de él, y el héroe se vio obligado a volver a Castilla: llegó a Tarifa, donde encontró a su mujer, que iba a su encuentro. Nombrado jefe de Tarifa, sos­tuvo el asedio contra Aben Jacob, en cuyo campo militaba Enrique, aliado con el in­fiel; Enrique hizo apresar a Pedro, y para persuadir a Alonso a que entregase Tarifa, lo llevó bajo las murallas, maniatado. «¿Adónde / lleváis maniatado, Infante, / ese cordero inocente, / que aun apenas ba­lar sabe?», pregunta Alonso.

Enrique le expresa su cruel propósito, y entonces Alon­so, puesto en la balanza el amor de padre y su deber de súbdito y de soldado, decla­ra que «más pesa el Rey que la sangre». Y para que el enemigo no crea que un es­pañol pueda ni siquiera dudar en la elec­ción, lanza desde la muralla su puñal, para el caso en que el enemigo carezca de arma para llevar a cabo su propósito. Pedro lla­ma desde abajo: «Padre». «Ya no es / tiempo, Pedro, de llamarme / con ese nom­bre que obliga / a terneza los diamantes. / Morid como caballero, / que aunque ha de derramarse / en vuestra sangre la mía, / más pesa el Rey que la sangre». «Padre y señor, no penséis / que con el nombre de padre / quise enterneceros, no, / como mu­chacho y cobarde; / llamaros fue solamen­te / para, deciros que voy / contento entre estos alarbes, / a morir por Dios, por vos, / por el Rey y por mi madre». Alonso no se atreve a hablar de lo ocurrido a su mujer. Mientras come, oye un grito que le hace temer que la ciudad se halle en peligro. En lugar de esto, el grito ha sido produ­cido por el espectáculo del holocausto de «su Isaac» ocurrido bajo los muros. «Que, vive Dios, que cuidé / que entraba la villa el moro. / Volvámonos a acabar / de co­mer». Pero no puede contener las lágri­mas y se ve obligado a comunicar la muer­te de Pedro a su mujer. Llega el rey San­cho, venera los despojos del joven héroe «degollado y el puñal hincado junto a él lleno de sangre», y recompensa al padre.

En el drama, reaparecen los motivos del teatro de Lope de Vega, pero de modo más adecuado a la realidad psicológica y con una estructura de los caracteres más repo­sada. Vélez de Guevara tiene acentos muy cálidos para representar la dulzura de la vida familiar, subrayada como no es co­rriente en el teatro español (María es digna de su marido Alonso y de su hijo Pedro) para que el sacrificio aparezca más elevado y noble.

F. Meregalli