Mario el Epicúreo, Walter Horatio Pater

[Marius the Epicurean]. Novela inglesa de Walter Horatio Pater (1839-1894), publicada en 1882. Es la historia de la vida de un joven austero, pa­tricio romano de la época de los Antoninos, de su infancia en la quinta familiar en Lunigiana, de su educación en Pisa y de sus años maduros en Roma. Sobre el fondo de las costumbres y las corrientes intelectua­les de dicho período, Pater traza el perfil de Mario el Epicúreo (v.) y de sus reaccio­nes a las diversas corrientes espirituales que le dominan: desde la lectura de las Metamorfosis (v.) de Apuleyo (está inser­tada una hermosa versión de la fábula de Amor y Psiquis, v.) y del estudio de los sistemas filosóficos de Heráclito y de Arístipo de Cirene, al estoicismo de Marco Au­relio, la belleza de la antigua religión ro­mana, los horrores de los espectáculos del anfiteatro y, por fin, los contactos con la nueva religión cristiana, y por todo ello dibuja, en el ondulante y delicado carác­ter del protagonista, una especie de evolu­ción espiritual. Mario se dirige para curar­se a un templo de Esculapio y tiene una primera experiencia de carácter místico: un joven sacerdote se le aparece a Mario por la noche y le indica el camino de per­fección a través del amor de la belleza visible.

Mucho más compleja es la expe­riencia de Mario en contacto con los am­bientes cristianos: la casa de Cecilia, donde Mario encuentra la suprema experiencia del espíritu, está completamente impregnada de auras de pureza y de tranquila esperanza. El sereno valor y la fe ardiente de la Iglesia cristiana primitiva producen gran im­presión en Mario, cuyo final es el resultado de un acto de abnegación hecho para salvar a un amigo cristiano. Detenido junto con los cristianos, hace libertar a su amigo en su lugar y muere de fiebre a consecuencia de los malos tratos. Entre los personajes, figuras apenas esbozadas sobre un fondo brumoso más bien que caracteres, está Flaviano, imaginado autor del Pervigilium Veneris (v.), delicado poeta que muere tam­bién trágicamente, debido a la peste. El deseo de vivir en «lugares exquisitos», la simpatía por los sufrimientos de los ani­males y el odio de cuanto repugna a la vista, son los rasgos característicos de Ma­rio, que, más que como romano del siglo II se comporta como un inglés de fines del siglo XIX; la nota de cristianismo, hecha de humanitarismo y de sensibilidad más que de fe, con la que termina el libro, re­cuerda bastante a Ernest Renán.

Más que una novela o un relato, Mario el Epicúreo es una secuela de actitudes plásticas del alma perfiladas sobre el exquisito fondo de la Italia de la época de los Antoninos y de Marco Aurelio, cuando los últimos rayos del elegante mundo pagano se mezclaban con los primeros rayos de la triunfante Iglesia; época cambiante y armoniosa en la que Pater proyectaba el mudable tem­peramento de su propia edad y de su pro­pio carácter. La Iglesia primitiva, tal como se revela al renaniano, o mejor erasmista, Mario, tiene como rasgo sobresaliente «la elegancia de la santidad». Las páginas de la novela filosófica que impresionaron a los contemporáneos no fueron empero las que describían la evolución de Mario ha­cia el cristianismo, sino las que exaltaban el culto de la belleza y enseñaban al alma a «arder con una intensa llama de gema». Por otra parte, era inevitable que sucediese así, dada la insistente repetición en la no­vela de adjetivos como «exquisite», «refined», «dainty», «nice» y, sobre todo, «delicate», como signos puestos- en las páginas para advertir que allí está el acento. El libro puede aparecer como el más exquisito y sugestivo ejemplo de aquel «esteticismo» espiritualizante y complacido al mismo tiempo, que dominó a muchos espíritus en el último cuarto de siglo y había de llevar más tarde a las brillantes vulgarizaciones de un Oscar Wilde.

M. Praz

El espíritu de Pater recuerda el de una de aquellas catedrales en las que se entra al caer el día, en la hora en que ya no queda nadie, y que envuelven entonces con el sentimiento de no se sabe qué recogi­miento animado; y el mismo Pater ha pe­netrado siempre en su espíritu como se penetra en una catedral, con pasos lentos, contenidos y silenciosos. (Du Bos)