Manifiesto de la Arquitectura Futurista, Antonio Sant’Elia

[Manifestó dell’architettura fu­turista]. Este breve escrito del arquitecto Antonio Sant’Elia (1888-1916), publicado en 1914, tiene como móvil la comprobación po­lémica de la inexistencia de una arquitec­tura moderna digna de tal nombre y de la condena del florealismo pseudoestilístico y de las incoherentes mezcolanzas de formas arquitectónicas del pasado, que pretenden usurpar su función. Por eso precisa crear con base sana, con nuevas formas y líneas, nuevas armonías de perfiles y volúmenes, una arquitectura que logre «su razón de ser en las condiciones especiales de la vida moderna y tenga su correspondencia, como valor estético, en nuestra sensibilidad». En­tre el mundo antiguo y la civilización mo­derna se ha determinado, por efecto de la ciencia, la técnica y las cambiantes mani­festaciones espirituales, una antítesis tan profunda, que la arquitectura debe necesariamente iniciar de nuevo su camino, rompiendo el curso de la tradición. Valién­dose de las posibilidades de los modernos materiales de construcción — hierro, cemen­to, vidrio — que excluyen la arquitectura entendida en el sentido clásico, y aboliendo toda vana subestructura decorativa, el ar­quitecto deberá resolver el urgente pro­blema de la casa y de la ciudad «espiritual y materialmente nuestra, en la que el tu­multo de la vida moderna pueda desenvol­verse sin que parezca un grotesco anacro­nismo».

La última parte del Manifiesto resume los postulados teóricos de la arqui­tectura futurista, que aspira a ser arquitec­tura del cálculo, de la audacia temeraria y de la sencillez, sin convertirse, no obs­tante, en una árida combinación de practicidad y utilidad, sino manteniéndose co­mo arte, es decir, síntesis y expresión. Aho­ra bien: proclamando el poder emocional de las líneas oblicuas y elípticas frente al estatismo de las perpendiculares y horizon­tales, y haciendo depender el valor deco­rativo de las construcciones tan sólo del uso y la disposición original de los mate­riales toscos, desnudos o violentamente co­loreados, Sant’Elia no precisa un programa plástico de la arquitectura nueva, limitán­dose a definirla como «el esfuerzo para ar­monizar con libertad y gran audacia el ambiente con el hombre, a fin de propor­cionar al mundo de las cosas una proyec­ción directa del mundo espiritual». De aquí la caducidad y carácter provisional de la arquitectura futurista: toda nueva genera­ción deberá fabricarse su casa y se verá así obligada a una incesante renovación del ambiente arquitectónico. La posición teó­rica de Sant’Elia tiene un significado y un interés que rebasan los límites del futuris­mo, refiriéndose a todo el movimiento vivo de la arquitectura contemporánea, del cual dicho autor ha sido señalado como un pre­cursor.

No obstante, a pesar de los puntos de contacto (polémica entre lo «monumen­tal» y lo «decorativo», valorización exclu­siva de los materiales nuevos), Sant’Elia difiere profundamente de los teóricos del llamado racionalismo arquitectónico, por el carácter de su ideología; en el fondo, por ningún racionalismo que no se halle vincu­lado por exigencias prácticas y utilitarias, sino entendido considerando la arquitectura, ante todo, como expresión altamente emo­tiva y como ambiente de un drama psico­lógico. Se explica así la transición de la arquitectura a la escenografía, que caracte­riza las mejores realizaciones futuristas ins­piradas en los principios programáticos del Manifiesto.