Madrigales, Roland de Lattre

Nu­merosas son las composiciones madrigales­cas escritas por el gran polifonista flamen­co (1530/32-1594), durante sus peregrinacio­nes artísticas por Italia.

Aparecieron en las siguientes colecciones: II primo libro di Madrigali a cinque voci, Venecia, 1555 (22 piezas); Il secondo libro di Madrigali a cin­que voci, Venecia, 1559 (10 piezas); Il ter­zo libro di Madrigali a cinque voci, Roma, 1563 (13 piezas); Libro quarto de’ Madri­gali a cinque voci, Venecia, 1567 (12 pie­zas); Il primo libro de Madrigali a quattro voci, Venecia, 1569 (10 piezas); Madrigali nuovamente composti a cinque voci, Nuremberg, 1585 (12 piezas); Madrigali a quat­tro, cinque et sei voci nuovamente composti, Nuremberg, 1587 (19 piezas), además de otros madrigales con un número variado de voces (de cuatro a diez), publicados entre 1555 y 1594 en recopilaciones de la época (Le Muse, Corona di Madrigali, Madrigali pastorali, etc.).

En edición moderna se en­cuentran todos los publicados por Adolf Sandberger en las «opera omnia» de Ro­land. El poeta al cual el polifonista recurre con mayor frecuencia para la elección de los textos es, naturalmente, Petrarca (el fa­vorito de los compositores de madrigales desde Willaert acá), representado en casi todos los citados libros suyos. Entre las más célebres poesías que figuran recorda­remos «Cantai, or piango», «Solo e pensoso I più deserti campi», «Là vèr l’aurora che si dolce l’aura», «Di pensier in pensier, di monte in monte», «In dubbio di mio stato», etc. En el quinto libro a cinco voces, donde los textos son generalmente de contenido espiritual, se encuentran también fragmen­tos de los Triunfos (v.) y, juntamente, poe­sías del eclesiástico Gabriele Fiamma. Arios­to aparece, en este libro y en otros, con octavas aisladas, como se acostumbraba ha­cer en aquella época: entre los Madrigalesa cuatro voces hay una serie sobre octavas del Orlando Furioso (v.) que describen la belleza de Alcina (canto VII).

De Tasso, Roland sólo músico una poesía amorosa, «Ardo si, ma non l’amo», en dos distintas versiones (en el Libro a cinco voces, nú­meros 12a y 12b). Otros textos son de au­tores menores, como el ya citado Fiamma y el piacentino Luigi Cassola, otros anóni­mos, elegidos a veces del repertorio común de la época, como «Poiché il mio largo pianto». Comparando los Madrigales de Lattre con sus otras composiciones profanas, se tiene una nueva prueba de su genial espíritu de asimilación: el estilo es pare­cido al del madrigal italiano de la época, cultivado también por otros flamencos: me­nos elaborado contrapuntísticamente que el de un Willaert (v. Madrigales), pero tam­poco, salvo excepciones, tendencialmente homófono como el de Jacobo Archadelt, Leonardo Barré y otros. Naturalmente hay diferencia entre los madrigales a cinco vo­ces y los a cuatro: estos últimos son me­nos elaborados, y se encuentran algunos en los que prevalece la homofonía, como las dos versiones de «In dubbio di mio stato», quizá por esto intabuladas para laúd por Galilei en el Fronimo. Pero ni siquiera ahí faltan elementos de sobrio contrapuntismo. Los Madrigales a seis voces, que Sandberger considera los más bellos, son de es­tructura bastante compleja: aumentando to­davía en conjunto vocal, el estilo de Lattre es aquí algo ampuloso y decorativo, como en «Passan vasti triomphi», a diez voces (texto del Petrarca) o en otros donde se complace en efectos de eco, dividiendo el coro en dos secciones.

Desde el punto de vista armónico, se nota en general la abun­dancia de alteraciones cromáticas, y aquí y allí un verdadero cromatismo o paso de varios semitonos consecutivos. Notable es también el cuidado de la declamación mu­sical y del acento tónico, que a menudo se hace coincidir con el de la palabra y del verso. Abundan las imitaciones figurativas al gusto del tiempo, algunas veces sutiles y artificiosas, como sobre las palabras «fuggire, volare, aspettare, sospirr, tardo, veloce», etc.; incluso a veces a las palabras «sol», «mi», «fa» corresponden las notas de estos nombres. Pero en general, incluso la pintura sonora obedece en Roland de Lattre a razones expresivas.

M. F. Fano